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miércoles, 4 de octubre de 2017

Patriotismo en la Selección

Recuerdo un diagnóstico futbolero que escuché en la antesala de una Eurocopa, cuando en las tertulias entre amiguetes dilucidábamos cómo demonios podía España superar la maldita barrera de los cuartos de final. “Lo que nos pasa”, analizaba un colega, “es que hay jugadores que no sienten la Selección. No se sienten españoles”. Era comienzos de junio de 2008 y el tipo clavó su observación: esos mismos futbolistas se proclamaron campeones de dos Eurocopas y un Mundial.

Como hinchas tendemos a exigir actitud sobre el verde y lo hacemos porque ciertamente el fútbol, en esencia, es pasión. Pero la actitud no deja de constituir un factor más (imprescindible, eso sí) entre otras muchas variables. Resulta absurdo creer que el éxito se explique sólo por derroche de bemoles. La evolución del juego y la alta competición exigen algo más que “echarle huevos”. Un arrebato puede servir para derrotar a un rival, pero suele ser insuficiente para ganar un campeonato. Aquello de ‘la furia española’ quedó anclado en el pasado. 


Y, en consecuencia, resulta ingenuo pensar que en el fútbol de clubes se juegue únicamente por amor a una camiseta y que en las selecciones se haga por amor a una patria. O, al menos, como única causa. Un futbolista puede aceptar la llamada del seleccionador por muchas razones: por experiencia profesional, por prestigio internacional, por sumar currículum, por curiosidad, por dinero, incluso porque le obligan. Etcétera. Y también por representar a su país, por supuesto. Cada uno tiene sus motivaciones individuales. Respetables todas. Y si hay contradicciones, en todo caso son dilemas personales: un asunto del deportista, no del hincha. Exijamos profesionalidad (rendimiento) a los futbolistas, que de sentir los colores ya nos ocupamos los aficionados.


*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Fracasos deportivos

Tantos éxitos nos han malacostumbrado. Se encadenan las glorias de Nadal, Mireia Belmonte, la Undécima, la Duodécima y uno, abrumado ante los triunfos, acaba asumiendo que la victoria es lo habitual y se olvida de que la derrota forma parte del juego. En el deporte de élite se llega al extremo de que no ganar un torneo se recibe como «un fracaso». El calificativo ha alcanzado en el fútbol un cariz demoledor, rotundo, a pesar de que la RAE siga definiendo la palabra simplemente como «resultado adverso».

No ocurre en el baloncesto, más alejado de los maniqueísmos del fútbol, donde nadie ha catalogado como un fiasco el hecho de que España no revalidara su corona europea. Al contrario, queda la sensación de una trayectoria esplendorosa, con nueve medallas en diez Eurobaskets.

«El éxito es estar siempre ahí», comentaba en una entrevista Sergio Rodríguez antes de caer eliminado ante Eslovenia. Ese es, como aficionado, el objetivo que se debería pedir a un equipo o a un deportista: que sea competitivo y pelee por los triunfos; que se codee en el ring de los favoritos; que pugne por la gloria; o sea, que «esté ahí», como dice El Chacho. Porque exigir medallas de oro y dar por sentado que se deben conseguir títulos es irreal. El deporte no es eso: el éxito y el fracaso no se pueden valorar con sólo 90 minutos, o con 40. Y menos cuando, como en la vida, se suele perder más que ganar. Incluso el Real Madrid, por citar un caso de palmarés abundante, ha sumado más temporadas sin campeonatos de Liga (en 53 ocasiones) que con el trofeo en sus vitrinas (33). ¿Tantas veces ha fracasado en su historia? Yo no lo vería así.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 1 de febrero de 2014

Descanse en paz, Luis Aragonés



Luis Aragonés perdurará para siempre como el artífice de la etapa más dorada del fútbol español. Invirtió el rumbo de la Selección en las competiciones internacionales y transformó el ánimo de los españoles, por entonces víctimas de un fatalismo incorregible.

Gran parte de su mérito se enaltece si recordamos que su periplo como seleccionador estuvo marcado por el acoso y derribo perpetuo de la prensa. La enésima decepción que resultó la prematura eliminación contra Francia, a quien previamente se despreció (cómo olvidar esa portada de 'Marca' que instaba a jubilar a Zidane), y la decisión irrevocable de no convocar a Raúl, otrora máxima figura de nuestro fútbol, propiciaron una de las mayores campañas mediáticas que ha sufrido un entrenador en nuestro país.

Aquel Mundial de Alemania significó el germen del estilo de juego con el que España se convertiría invencible durante los tres siguientes torneos. La Selección nacional encontraba su fútbol después de años apelando a la furia de Juanito, moliendo cemento con Clemente y buscando el grial en los centros de Joaquín a Morientes. Aquel Mundial perfiló además el reclutamiento de los hombres que conducirían a su selección al éxito, un relevo generacional que necesitó del destierro de los viejos héroes. Nunca se volvió a echar en falta a Raúl.

Y con Aragonés manteado al cielo de Viena, la prensa olvidó e ignoró ignominiosamente; nadie rectificó. Incluso quienes en su día torpedearon su trabajo y pidieron su cabeza hoy titulan 'el padre de la España del tiqui-taca'. Pero no todos. Merece la pena recordar el artículo que Enric González escribió el día de la final de la Euro: "Ha resultado que sí, que él era un sabio y nosotros, los periodistas, unos capullos".

Descanse en paz, Luis Aragonés.

jueves, 28 de junio de 2012

España: talento, estilo y competitividad


España disputará la final de la Eurocopa 2012. La selección se coloca a un paso de ser el primer equipo en la historia en ganar tres entorchados internacionales de manera consecutiva. La victoria ante Portugal certifica el excelente estado de salud del fútbol español, que tendrá el domingo la oportunidad de alargar su indiscutible hegemonía mundial. Quién nos lo iba a decir, a nosotros, que durante años padecimos el dolor de la derrota y la losa del fracaso. ¿Qué ha cambiado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Es esta una reflexión muy personal y que en tiempos donde todo se analiza y opina, me resisto a no ser menos, que para algo el blog es mío. Al fin y al cabo todos los españoles tenemos un tertuliano dentro -y, por traslación, somos seleccionadores también-.

Conviene, para ello, echar un vistazo con perspectiva a nuestro pasado: conocer la historia para comprender el presente. Históricamente, las prematuras eliminaciones en Eurocopas y Mundiales se achacaron a detalles muy concretos, estereotipados en el siempre recurso fácil de la 'mala suerte'. Un penalti, un árbitro, una cantada. Un fatalismo, tan simple, tan impreciso y tan español, que ha ocultado durante toda una vida las causas reales de los fracasos españoles. Me niego a aceptar que el éxito sea fruto única y exclusivamente de la suerte que nunca que tuvimos. Esta España no gana sólo porque esta vez un futbolista sí mete el penalti, el árbitro no le perjudica y los astros no conspiran contra nosotros. Talento, estilo y competitividad; esas son las mías.

El primer factor es la abundancia de talento en los jugadores. España goza hoy de los mejores jugadores del mundo; el once titular está compuesto por futbolistas que dominan todos los registros en su posición. Casillas, Puyol, Piqué, Ramos, Xabi Alonso, Xavi, Iniesta, Villa y Torres son los mejores en sus demarcaciones. Antaño, seamos serios y con la salvedad del combinado de Chile 62, los equipos españoles apenas contaban con un par de jugadores de talla mundial. El resto eran futbolistas de perfil medio-alto, sobrevalorados por la prensa, medianos y vulgares en su conjunto. Hace diez años, España jugaba con un Raúl y diez Capdevilas. Hoy lo hace con diez Raúles y un Capdevila. El empeño de nuestra selección a lo largo de la historia es muy loable, pero los mediocres no triunfan. España nunca tuvo una generación brillante. Hoy es una fábrica incombustible de jugadores dotados para el más alto nivel.

Pero no basta con tener futbolistas excepcionales. En Chile 62, España reunió a un elenco de estrellas que cayó en cuartos de final (Di Stéfano, Puskas, Gento y Luis Suárez, entre otros). Un estilo de juego definido es la clave del éxito en el deporte colectivo. Un plan de juego cohesionado y bien ejecutado supone la principal razón del triunfo final en el fútbol. En una liga, el factor competitivo se reduce a partidos puntuales, un Madrid-Barça, un partido complicado fuera de casa, pero la dinámica ganadora la otorga el estilo. Sin una idea clara de juego, es imposible ganar. En España hemos conjugado el pundonor y la raza de la 'furia' española de los setenta con el preciosista pero frágil y efímera de la España de Muñoz de los ochenta, pasando por el cerrojazo de Clemente de los noventa y terminando en el anacrónico fútbol de Camacho, bandas y extremos puros, con Urzaiz al remate. Los bandazos históricos en el juego español impidieron la estabilidad de un estilo: una lacra que parecía interminable. Hasta que llegó Aragonés, a quien nunca se le valorará como se merece, denostado todavía por muchos, paradigma moderno del clásico héroe español.

Luis Aragonés lo vio claro. Con suma inteligencia optó por el fútbol que mejor se adaptaba a las cualidades de los mejores futbolistas españoles. Nuestra virtud, nuestra diferencia con el resto del mundo, estaba en el fútbol de toque y posesión. Aquello de que "España no tiene condición física de base" no era ninguna tontería. Nuestra materia prima estaba en el juego combinativo y asociativo. El mérito de Aragonés es aún mayor si observamos que nunca había entrenado equipos con estas características -recuerden: el 'Sabio de Hortaleza' era famoso por su fútbol de contragolpe-. Aragonés confeccionó el equipo para ello, lo llenó de mediocentros y desterró las bandas. Erigió a un entonces intrascendente Xavi como piedra angular del proyecto. Pero aquello requería tiempo y paciencia; los equipos no se construyen en dos meses, máxime en el ámbito internacional, donde no existe el entrenamiento diario. Y, sobre todo, requería foguearse en la alta competición. La primera gran prueba de fuego llegó en Alemania 06, donde la selección dio una exhibición de buen fútbol en la primera fase, pero en octavos bastó una selección ordenada y seria como Francia para volver a pisar la lona.

Aquella eliminatoria ante los galos supuso un punto de inflexión para Luis Aragonés. Había llegado el primer examen y, por tanto, tocaba el momento del balance. Reforzó lo que funcionaba y desterró las debilidades. Futbolistas como Xavi y Villa se hicieron intocables; Raúl y Albelda no volvieron a jugar con la selección. Sin embargo, todo ello se dio en el peor de los escenarios: en una España cainita y ruin, siempre impaciente y dada a los extremos, que no perdonó el fiasco en el Mundial. Las duras críticas y fuertes presiones complicaron más aún si cabe la tarea de Aragonés. Nadie creía en él: ni aficionados, ni prensa ni siquiera la federación. Aragonés se refugió en sus jugadores, fieles y a muerte con él, en especial Casillas y Puyol, nuevos líderes del vestuario. Con portadas pidiendo la cabeza del seleccionador, con las tertulias incendiando y con una afición desilusionada y perdida en debates estériles -"Raúl, selección"-, el equipo empezó a desarrollar automatismos, a mecanizar movimientos. España tenía cada vez más claro a qué quería jugar. La culminación de todo un estilo trabajado, cuatro años de rodaje, llegó en la Eurocopa de 2008. España por fin se presentaba a una cita internacional con un idea de juego definida y mecanizada. El resto ya lo conocemos: dominio y victoria; superioridad futbolística.

Del Bosque encontró un equipo hecho al que solo debía otorgar continuidad. En un intento altivo por dejar su sello -sí, Vicente el Humilde-, el técnico salmantino casi manda al traste la herencia que recogió con aquella esperpéntica idea de jugar -otra vez- con bandas, Riera y Navas poniendo balones a la nada. Supo rectificar: la fórmula ganadora era la de Aragonés. Dejó a los extremos como recursos alternativos, volvió al plan A y ganamos el Mundial. Y con la misma idea estaremos el domingo en la final. El estilo sigue, pues, intacto hoy en día. Cambian los matices: más centrocampistas, menos delanteros; más posesión, menos profundidad. Pero España gira en torno al control y el dominio del partido a través de la pelota y la rápida recuperación del balón en defensa. Desde esta premisa podemos entender la hegemonía española en el fútbol internacional.

Sin embargo, el estilo no lo es todo. El fútbol también está sujeto a la determinación de sus futbolistas y a los caprichos del azar. Cualquier nimio detalle puede variar el signo de un partido. El factor competitivo; o el otro fútbol, que diría Camacho. Si en una Liga -decía antes- esto se reduce a dos o tres partidos concretos, en una competición internacional este factor cobra una magnitud mucho más relevante, debido al sistema de eliminatoria pura y dura. Un mal día es determinante en un Mundial. Esta era una de las asignatura pendientes. Y es aquí donde interviene la tempestividad de los españoles. La mejor generación de la historia supo aprovechar la oportunidad: estaban en el lugar y en el momento exacto. No fallaron. Sin un Casillas inspirado en una tanda de penalti, jamás hubiéramos superado los cuartos del Europeo. Sin un Torres decisivo en su primer oportunidad clara, nunca hubiéramos ganado la final a Alemania. Sin un Villa resolutivo y ultacompetitivo habríamos fallado en las fases previas. Y sin un genial Iniesta no habríamos ganado un Mundial. Ya lo dice la Historia sagrada del fútbol: las grandes selecciones de todos los tiempos contaban con espléndidos equipos, eran futbolísticamente superiores a sus rivales y tenían auténticas leyendas del fútbol.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Grandeza en estado puro



Hay tipos que tienen un halo realmente especial. Hombres nacidos con un don extraordinario, único, que les hace triunfar en la vida. Talento se podría decir. Lo pensaba cuando veía a Gasol encestar triples como churros (hasta los cuartos, 6/7 en triples) como nunca lo había hecho antes. En la enebea tenía su tirito de cinco metros, certero y fiable, pero nunca lo intentaba desde más distancia. Ha sido cosa de este verano; entrenar, probar, ejecutar y anotar en dos meses. La facilidad y rapidez con la que Gasol ha añadido un recurso más a su amplio repertorio indica mucho del calibre del talento de Pau Gasol. Esta observación me llevó a echar la vista atrás: no es la primera vez que lo hace. En el 99, era un simple alero flaco y desgarbado que sólo le llegaba para ser reserva en la selección júnior (campeona, por cierto) y que pasó a convertirse en el cuatro titular del Barça, donde destrozó pinturas por su versatilidad y agilidad. Después, ya en la enebea, logró moldear su cuerpo y pelear con los duros jugadores afroamericanos; posteriormente, adquirió una serie de movimientos de auténtico pivot, con ese juego de espaldas tan característico y su efectivo gancho con cualquiera de las dos manos; finalmente introdujo un tiro de 4-5 metros que le alzó como uno de los mejores jugadores del mundo. Completo, difícil de parar. La excepcional velocidad para transformarse en mejor jugador a lo largo de una carrera deportiva se explica mediante el talento. Sin él, es imposible.

Hay otro señor que cuando decidió dedicarse al baloncesto posiblemente le dijeron que llegaba tarde, que su época ya había pasado, que se metía en un mundo donde el físico es exigencia innegociable. Pero resultó ser muy cabezón: Navarro era un tipo bajo que no quería ser base, que no saltaba ni tenía músculo, ni corría ni era ágil. También le costaba defender. Sólo quería tener la bola; y cómo la tenía; y cómo la enchufaba. De donde sea. Y sin embargo, con todas las mismas carencias que tenía en sus inicios y que tan desfavorables son en el baloncesto actual se convirtió en una leyenda del basket FIBA. Obtuvo un palmarés brutal, tanto colectivo como individual, a base de una importancia decisiva y crucial en sus dos equipos: el Barça y la Selección. Determinante, imparable. Todo por puro talento. Todo mediante el talento. No se puede lograr tanto con tan menos.

Pero en el baloncesto, juego íntegro de equipo, no basta con el talento, la cualidad más notoria. Con sólo talento atisbaríamos a la explosión de genios individuales deportados en equipos perdedores, cual Alemania y su Nowitzki. Se requiere más. Se necesitan fundamentos del juego, conocimiento pleno del deporte practicado, el perfeccionismo por el buen hacer en cualesquiera de las tareas. Ése es Calderón. Asimismo, la inteligencia en tipos de más de 2.10 otorga un poderío único, véase Marc. Del mismo modo, se precisa de la explosividad física y el ímpetu de Rudy. Como tampoco se puede dejar pasar el impagable plus que otorga la superioridad física del jugador negro, impregnada en Ibaka. También ayuda, y mucho, que tipos como Felipe hagan del rebote territorio inexpugnable (este año no; pero la aportación de Felipe a la selección ha sido fundamental). Baste, por último, sin más alardes que criterio y sentido común en la dirección, Scariolo, para que la suma resulte fácil. Porque cuando todo ello se conjunta, la ecuación sale sola: un equipo invencible, ganador. Arrollador en sus mejores noches. Acompañar a la URSS y Yugoslavia en los libros de Historia, con mayúscula sagrada. Grandeza.

jueves, 3 de junio de 2010

No hay tiempo

Quisiera escribir sobre Florentino Pérez, su gestión a todas las escalas. El fútbol es mucho más que una pelota y dos porterías, hay vida más allá de unos simples resultados. Quisiera hablar tanto de Pellegrini como de Mourinho, el nuevo técnico madridista. Quisiera, además, opinar sobre Valdano, al que muchos critican.

Quisiera tratar el Mundial que se nos avecina: de España y sus futbolistas, del absurdo debate de los guardametas, de su juego y del peligro de Del Bosque; así como de nuestros rivales. Quisiera también comentar la final de NBA: de los flamantes Lakers y de los siempre tenaces y orgullosos Celtics.

Quiero hablar de muchas de cosas. Pero no tengo tiempo.

Discúlpenme.

lunes, 30 de junio de 2008

¡Campeones de Europa!



La falta de tiempo por culpa de los exámenes me impiden escribir. Pero si ya estaba volando con la final de la NBA, no sé dónde estoy ahora con la Eurocopa.
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Enhorabuena, campeones.