Mostrando entradas con la etiqueta Real Madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Real Madrid. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de abril de 2026

La decisión de Vinicius


 

En una charla con Ibai, el futbolista Vinicius Júnior, ganador de dos Copas de Europa y uno de los mejores jugadores del mundo, revelaba su rutina diaria: "Entreno por la mañana, como con mis amigos, hago dos horas de siesta; luego, gimnasio y fisio. Desde las 19.00 hasta las 00:00 juego a la Play con mis amigos. Juego al Call of Duty y al FIFA. No me gusta nada el gimnasio, pero lo hago porque tengo que hacerlo".

… 

"Odié cada minuto de entrenamiento, pero dije: no te rindas. Sufre ahora y vive el resto de tu vida como un campeón". 

Muhammad Ali. 

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

Vinícius Júnior. 

"El talento solo no es suficiente". 

Rafa Nadal. 

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

 Vinícius Júnior. 

"Todo el mundo tiene talento, pero la habilidad requiere trabajo duro". 

Michael Jordan. 

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

 Vinícius Júnior. 

"Siempre he creído que puedes lograr cualquier cosa si te propones trabajarlo lo suficiente". 

Michael Schumacher.

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

 Vinícius Júnior. 

"No puedo identificarme con gente perezosa. No hablamos el mismo idioma. No los entiendo, no quiero entenderlos. Cualquiera que desee ser uno de los grandes, debe entender los sacrificios que vienen con eso y tratar de lidiar con eso". 

Kobe Bryant. 

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

 Vinícius Júnior. 

"El talento no lo es todo. Lo puedes tener desde la cuna, pero es necesario aprender el oficio para ser el mejor". 

Cristiano Ronaldo. 

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

 Vinícius Júnior. 

"No te preguntes qué pueden hacer tus compañeros por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tus compañeros". 

Magic Johnson.

"Todos los días juego cinco horas a la Play".

 Vinícius Júnior. 


Sé que este texto peca de demagogia. Seguramente soy injusto con un chico a quien nadie le ha regalado nada desde sus inicios hasta convertirse en una de las estrellas del club más importante del mundo. Detrás de los éxitos siempre hay piedras en el camino, noches largas y lágrimas sin consuelo. Y por la dura escalada hacia la cima de Vinicius, mofa de rivales y carne de memes desde su irrupción en La Liga, sabemos que es mucho más que un chico veloz y con talento. Pero algo se torció desde aquel (no) Balón de Oro de 2024. La evolución se estancó y el ascenso se frenó. Desde aquel otoño no hay mejoría en Vinicius, perdido en muchos partidos grises, anulado por adversarios que conocen sus movimientos, frustrado por no sacar su mejor versión. Por momentos parece que se olvida de las armas que le catapultaron: la repetición y la constancia; o sea, dos atributos basados en el esfuerzo. Los cracks más brillantes suelen esconder métodos muy convencionales: trabajo, trabajo y trabajo. La Mamba Mentality, que explicaba Kobe Bryant, un tipo tan obsesionado con mejorar su juego que incluso despertaba de madrugada a otro tirano del trabajo, Michael Jordan, para preguntarle por nuevos movimientos. Todos los deportistas de élite afrontan baches, puntos de inflexión que obligan a una reflexión para reactivar sus carreras: para repensar, corregir y cambiar. Algunos no toman esa decisión y se dejan llevar, cual Ronaldinho; otros consiguen reinventarse y alargan sus trayectorias al máximo nivel. Vinicius debe meditar sobre ello. La autocrítica es una buena compañera de vida. Y ante la duda, la receta es conocida: trabajo.

miércoles, 16 de junio de 2021

El adiós de Ramos

Sergio Ramos, en Lisboa. Foto: FOXSPORT


Enloquecí. Grité como un poseso. Descargué toda la rabia acumulada en 90 minutos de desesperación. Canté el gol como jamás lo había hecho en un partido de fútbol. Ningún gol superará al minuto 92, segundo 48. Tiempo después comprendí que en aquella celebración salvaje, rodeado de madridistas en trance, no explotaba sólo por la angustia de aquel tanto que se resistía, sino que en realidad me liberé de todos los demonios encerrados en una década de madridismo descarnado. En aquella final hubo tres goles más, pero el más importante fue el primero. Todos los madridistas lo sabíamos: si empatábamos aquel partido, la Décima era nuestra, nada nos iba a frenar. Pero antes había que derribar el dichoso muro rojiblanco. Y apareció él y puso fin a la agonía.

Don Sergio Ramos era un futbolista destinado a la grandeza, pero hasta entonces su verdadera leyenda sólo se había exhibido en una gloriosa noche en Múnich. Su enorme potencial se vislumbraba todos los años, pero se perdía en una extraña irregularidad en cada temporada. Flotaba la sensación de que ofrecía menos de lo mucho que podía dar. Hasta que en la 11-12 se destapó como un excelente central, obra de Mourinho, por cierto. Nos dimos cuenta de que jamás habíamos tenido un defensa como él: rápido y poderoso, contundente y portentoso, insultantemente superior a sus rivales. Y partir de Lisboa se descubrió su gran don: el talento para ser decisivo en los días señalados. Una cualidad propia de un genio. 

El gol del minuto 92, segundo 48 encumbró al madridismo a los cielos y dio comienzo a la segunda época más gloriosa de la historia del club. Ramos lideró, junto con un ilustre portugués, el Real de las cuatro copas de Europa en cinco años. El camero levantó por tres ocasiones consecutivas el trofeo que más desea el madridismo. Esa etapa también mostró un capitán respetado en su vestuario y que representaba con holgura al club. Descubrimos la inusitada madurez de Ramos, que sólo se desvanecía con sus salidas caprichosas (aquella oferta de China). Las meteduras de pata de Ramos. Hoy no es el día de recordar eso. En la noche en la que el madridismo pierde uno de sus mejores estandartes sólo cabe lamentar su adiós y agradecerle todo cuanto dio al club. Es lo justo ante el fin de un futbolista irrepetible. El mejor defensa que vistió la camiseta blanca. El hombre de la Décima; el hombre que marcó el gol que más he celebrado en mi vida. Gracias por todo, don Sergio Ramos.


lunes, 23 de marzo de 2020

Lorenzo Sanz, el presidente de la Séptima

Lorenzo Sanz, el 20 de mayo de 1998. Foto de Atlas (ARCHIVO EL PAÍS).

Lorenzo Sanz era un señor castizo, un buscavidas que desde la pobreza se labró un hueco en la vida a su manera, tosca pero astuta, sin elegancia ni clase, pero con olfato e instinto, y que devolvió al Real Madrid la gloria europea y recuperó el prestigio deportivo. Lo consiguió al estilo de los noventa, entre delirios de grandeza pero gestiones chapuceras. "Estamos aquí para recuperar nuestro sitio en la historia", proclamaba micrófono en mano ante el Bernabéu en el verano de 1996, durante la presentación de la temporada. Aquel curso fichó al mejor entrenador del mundo y reunió una de las mejores camadas de fichajes de siempre. Había sembrado el camino del Real del siglo XXI. 

Era un madridista tradicionalista, del puro y las mocitas madrileñas, que captó el sentido global del fútbol aunque sin el talento ni la capacidad para desenvolverse en la nueva galaxia que se avecinaba. Un tipo familiar, paternalista y cercano con los jugadores; conocedor del juego, con buen ojo para fichar y muy, muy apasionado del Madrid, que era el centro de su universo; un hombre también de sombras y grises, involucrado en negocios turbios y con problemas con la Justicia, como muchos buscavidas. Su despedida de la Presidencia, en aquel verano del 2000, significó el final de una era: el adiós a los noventa y a los presidentes como Sanz. Había conseguido reescribir la historia, su gran deseo. Durante su mandato, el club desterró los éxitos europeos en blanco y negro e inició el Madrid moderno, el que todos conocemos hoy: respetado, temido y de nuevo hegemónico. Su legado para el madridismo es inmortal: legó el título más importante de su historia, la Séptima. Descanse en paz.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Los años oscuros del Real Madrid de baloncesto

El Real Madrid de baloncesto se vuelve a proclamar campeón de un título, la Supercopa de España, y el madridismo, que saborea con deleite esta bella época de esplendor, se resiste a no olvidar. A pesar de los éxitos, el hincha merengue recuerda que no siempre fue así. La memoria tiene presente que durante muchos años sufrió y padeció con la sección de baloncesto, más incluso que con el fútbol. Desde que el Real Madrid de Pablo Laso se instaló en la excelencia competitiva, que le ha llevado a disputar prácticamente todas las finales (25 de 34 posibles), con triunfo en la mayoría de ellas (18 campeonatos), el madridismo disfruta con el regusto de haber dejado atrás la pesadilla que tanto tiempo duró. 

Hoy llueven los elogios al equipo blanco, el lasismo es una referencia y la trayectoria del club es extraordinaria. El Barcelona, anclado a la sombra de su eterno rival durante más de un lustro, descarga este verano un sobresfuerzo económico para poder desbancar al equipo que rige con puño de hierro el baloncesto español. Pero no hace mucho ambos clubes afrontaban realidades diferentes: el Barça reinaba mientras el Madrid naufragaba, con equipos impotentes que acumularon decepciones y fracasos estrepitosos. Aquella época decadente perduró casi dos décadas y sumió en una depresión al madridismo, acostumbrado históricamente a pugnar por la victoria.

Alberto Herreros lanza el triple ganador de la final de la ACB 04/05. Foto de Real Madrid.com.

Cómo no olvidar que Alberto Herreros, antimadridista confeso en los noventa y última gran estrella del baloncesto nacional hasta la irrupción de los ‘Júniors de Oro’, abandonó en 1996 Estudiantes por el Real Madrid para ganar títulos y acabó su carrera en 2005 con solamente una Recopa europea y dos Ligas en su poder. Y habría ganado menos de no ser por su triple milagroso ante el TAU Vitoria. Un anotador excelso condenado a la mediocridad, sumando fiascos año tras año y que se retiró "cansado de perder finales", como él mismo reconocía. 

Cómo no olvidar jamás que el Real Madrid no participó en ninguna Final Four de la Euroliga en la primera década del milenio. Pasaban los años y el Real Madrid, rey de reyes en Europa, se ausentaba de la gran cita del baloncesto continental. Surgieron generaciones de madridistas que nunca habían visto a su equipo en una final de la máxima competición europea. Un servidor, que se enamoró del baloncesto a mediados del 2000, tuvo que esperar hasta el año 2011 para contemplar por primera vez al Real Madrid en una Final Four.

Cómo no olvidar tampoco que el Real Madrid finalizó una temporada en… ¡la décima posición! El equipo merengue se quedó por primera vez fuera del play off de la ACB en el curso 02/03, firmando un ridículo espantoso mientras el fastuoso Barça de Bodiroga se coronaba en la Euroliga. Aquel plantel, a los mandos de Javier Imbroda, que había cambiado la Selección española por el Raimundo Saporta, reunía viejas guardias nacionales, como los hermanos Angulo (el tirador Alberto y el defensivo Lucio), el veterano Alfonso Reyes y el propio Herreros, además de exjugadores del Barça como Alain Digbeu y Derrick Alston. No formaban un mal roster, a priori. Pero el año resultó horrible. Eliminado en primera ronda de la Copa del Rey y en la primera fase de la Euroliga, aquel conjunto protagonizó la peor temporada de la historia del Real Madrid.

Cómo no olvidar de ninguna manera que en la temporada 03-04 el Real Madrid dejó escapar un título menor, pero un título al fin y al cabo, al perder la final de la Copa ULEB contra el discreto pero digno Hapoel Jerusalén. El argentino Julio Lamas era el entrenador y la plantilla, aunque pobre en calidad, tenía como mejores jugadores al fiable base estadounidense Elmer Bennett y al prometedor Kaspars Kambala, un pivot letón de fantásticos movimientos pero más recordado por su patada voladora en un derbi. El Madrid tropezaba otra vez en cuartos de la Copa del Rey y en Liga era eliminado en cuartos por Estudiantes, que vivía su última etapa dorada. El club merengue, por el contrario, sumaba su cuarta temporada en blanco. 

Plantilla del Real Madrid de la temporada 02/03. Foto de Madridistareal.com.
Cómo no olvidar nunca las heridas de los clásicos, aquella sensación de inferioridad en cada enfrentamiento ante el Barça. Los azulgranas doblegaban al Madrid con frecuencia, sometiéndole en ocasiones a resultados dolorosos, con Navarro como líder, auténtica bestia negra de los blancos. El escolta llegó a anotar 33 puntos a los merengues. Nunca desaprovechó una oportunidad para hacer sangre en los clásicos. 

Y cómo no olvidar las reiteradas amenazas del cierre de la sección, que han sobrevolado tradicionalmente  el club. A finales de los noventa, las penurias deportivas mermaron las arcas, un agravio que se añadía a la penosa gestión económica de los directivos. En la etapa de Florentino, son numerosas las ocasiones en las que el presidente avisaba de que “la sección de baloncesto no es rentable, genera más pérdidas que ingresos”. Todavía hoy lo sigue diciendo en público.

La triste decadencia

Ahora parece increíble, pero durante muchos años el Real Madrid era un club mediocre en el baloncesto. Desde 1996 hasta 2011 apenas cosechó cinco trofeos. El periplo oscuro comenzó tras la etapa de Sabonis y duró hasta la irrupción de Pablo Laso. En total, son 15 temporadas en las que el conjunto blanco ganó tres Ligas (99/00, 04/05 y 06/07), una Recopa de Europa (96/97) y una Copa ULEB (06/07). Nada más. Además, el Real Madrid perdió dos finales ACB (96/97 y 00/01), cayó en cinco finales de la Copa del Rey (00/01, 04/05, 06/07, 09/10 y 10/11) y fue derrotado en una final de la Copa ULEB (03/04). Y, para más inri, el Real Madrid, que siempre ha sido el más laureado de la Copa de Europa, acumuló 15 años sin pisar la Final Four.

El Real Madrid no sólo cedió en la batalla que libra desde los ochenta con el Barcelona por la hegemonía del baloncesto nacional, sino que además claudicó ante la segunda línea de la ACB: Baskonia, Málaga y Valencia. Incluso flaqueó contra su vecino, el Estudiantes, superior a los blancos durante varias temporadas. El ocaso también sucedió en Europa. El viejo dominador del continente desapareció de la élite, contemplando cómo los históricos CSKA y Maccabi Tel Aviv aumentaban su palmarés (ambos poseen 8 y 6 Euroligas, respectivamente) y cómo los griegos Panathinaikos y Olympiacos (con 6 y 3 entorchados, respectivamente) se abrían paso en la cima europea.

No todo fueron penurias: el club logró victorias importantes, que invitaban a soñar con el optimismo. Pero resultaron efímeras alegrías en una travesía por el desierto. Obradovic dirigía, Arlaukas mandaba en la pintura y Bodiroga y Herreros lideraban el perímetro en los primeros años sin Sabonis, pero sucumbieron ante el Barça de Aíto y Dueñas. Después, Scariolo condujo un buen equipo, con Raúl López, Djordevic y Tabak, pero perdedor ante el ciclón de Pau Gasol en 2001 y el vendaval que fue aquel Barça de Navarro, Bodiroga y Fucka, que consiguió su primera y ansiada Euroliga en 2003, amén del triplete.

Louis Bullock, en la temporada 06/07. Foto de Europa Press.
Y hubo especialmente tres periodos esperanzadores para el madridismo: tres proyectos ilusionantes que obtuvieron el éxito pero se apagaron antes de tiempo, anulados por la falta de continuidad. Es el periodo de Maljković y los fichajes de Louis Bullock y Felipe Reyes, que elevaron el nivel del equipo hasta el punto de disputar finales (2005) tras cinco años ausente; duró dos años, en el segundo curso el proyecto se vino abajo. Es también la etapa de Joan Plaza, que cosechó un doblete (Liga y Copa ULEB; y además se plantó en la final de la Copa del Rey, perdida ante los azulgranas), pero que se desvaneció un año después, pese a terminar primero en la clasificación, derrotado en primera ronda ante el octavo clasificado, Unicaja –sorpresón-.  Otro proyecto dilapidado.

Y finalmente la era de Messina, un técnico que aterrizó con el aval de su palmarés y que hizo acopio de un buen puñado de jóvenes perlas (Llull, Tomic y Sergio Rodríguez) y de veteranos de la Liga (Garbajosa y Prigioni). Pero no pudo hacer frente a otro brillante Barça, que alzó su segunda Euroliga con Navarro –nuevamente-, Pete Mickeal y Ricky Rubio. Aun así, el entrenador italiano volvió a situar al equipo en las finales de la Copa, saldadas con dos derrotas y, aunque ya fuera del club tras dimitir meses antes, su sucesor, Molin, rompió el maleficio en 2011 al entrar en la Final Four, un hecho insólito desde 1996.

El fin de la era ominosa

Los designios del Real Madrid cambiaron con Pablo Laso. La andadura del vitoriano empezó con un derroche de aire fresco en el juego, veloz y anotador, que le colocó en la pista de baile de los grandes, tuteando al Barcelona. Al fin ganó la Copa del Rey (11/12), tras 19 años de sequía, pero perdió en la pelea por el título de Liga. Al año siguiente las tornas se volvieron: el Madrid cedió en Copa, pero capturó la Liga (12/13); siempre con el Barça de rival. El equipo blanco alcanzó un nivel ofensivo exuberante, nunca visto en el Madrid durante todo el siglo XXI.

El lasismo, cuya trayectoria se encuentra en vías de canonización, conjugó al inicio victorias de relumbrón, pero también derrotas muy sonadas (las dos finales perdidas en la Euroliga, en la temporada 12/13 y en la 13/14). Sin embargo, la mecha estaba prendida. El Madrid se encaminaba hacia la reconquista de la gloria perdida. La temporada 14/15 fue la obra maestra de Laso: pleno de títulos, con un imponente repóquer en un mismo curso (Supercopa española, Copa del Rey, Euroliga, Liga nacional e Intercontinental). Alberto Herreros, la leyenda del Madrid de entreguerras, se redimía en los despachos. El Real Madrid había conseguido la ansiada continuidad, clave para erigirse en lo que es hoy: un tótem hegemónico.

miércoles, 6 de marzo de 2019

El fin de una era


De repente, el madridista retrocedió una década. El Madrid tiró la temporada apeado en los octavos de final de la Copa de Europa, eliminado y sin títulos. Como en una amarga noche cualquiera de 2009. El madridismo vuelve a sentir sensaciones que creía enterradas en un lustro de felicidad europea: el ardor de la derrota imprevista, la frustración de saberse impotente y la sonrisa del antimadridista asomando. El Real se despoja de su corona en un escenario que su hincha no tolera: perder se acepta, pero no se concibe abandonar el cetro lejos de la élite en la que se codeó y dominó. Fuera de su salón habitual de baile, volviendo -insisto- a las noches aciagas de Lyon en 2009.

Es cierto: es el fin de una era. Y la memoria exige gratitud eterna a un equipo que dio alegrías únicas al madridista, que gozó de hazañas que antes sólo pudo soñar. Recalquemos, por si alguien no lo ha valorado suficientemente: más de mil días como rey de Europa, cuatro copas de Europa en cinco años. ¿Cómo hacer un reproche? Pero el agradecimiento eterno no es incompatible con la reivindicación diaria de un aficionado exigente por razón de ser. Debemos reconocerlo: la planificación de la era Después de Cristiano ha sido pésima. Los síntomas, que solo Zidane advirtió, ya afloraron el año pasado, se evidenciaron durante esta temporada y ahora, en una semana trágica, se revolvieron en la cara del madridista.

Modric lo expresó con claridad: se traspasó al mejor goleador de todos los tiempos y en su lugar se optó por no incorporar a nadie. Entonces se vio como un riesgo, hoy se contempla como un grave error. A cambio se fio todo, añadía Modric, a que los futbolistas de la plantilla -Bale, Benzema, Isco, Asensio- dieran un paso adelante. Pudo pasar, pero no ocurrió. Y el Madrid lo acusó estrepitosamente en la 18/19.

El gol lo es todo en el fútbol: salva partidos en los que el juego naufraga. Quién sabe qué hubiera sucedido con pólvora este año: qué partidos se habrían maquillado, qué puntos no se habrían desaprovechado, qué devenir de una eliminatoria copera podría haber cambiado. Los detalles caprichosos del fútbol. Pero esta observación es un ejercicio ficticio, que evita analizar un trasfondo más hondo aún. Porque más allá de los (no) goles y la estrategia deportiva, el rendimiento de muchos futbolistas fue deplorable; el entrenador inicial, Lopetegui, se quedó sin tiempo para plasmar su libreto, bloqueado por los resultados y también incapaz de levantar a sus pupilos; y el técnico sustituto, Solari, se encontró con un marrón y su mejor logro, la racha de enero, terminó en espejismo, devorado por la realidad.

Consumado el fracaso, es el momento de tomar decisiones. Y bien estudiadas. Hasta junio, hay tres meses inanes para calcular los pasos y no cometer errores. Primero, un entrenador. Un nuevo técnico que marque un nuevo rumbo. Por bien intencionado que fuera Solari, su andadura queda ya condicionada por esta temporada. Segundo, sentencias duras. Toca renovar los pesos pesados. No necesariamente deben ser medidas abruptas. Jugadores queridos por la afición, los símbolos, pueden pasar a ocupar un rol secundario. Pero el nuevo Madrid ya no puede erigirse en torno a Modric. La columna vertebral, tan exitosa en el pasado, tan fallida hoy día, ya no puede ser la misma. Tercero, gastarse la pasta. La nueva política de contratar jugadores jóvenes es un acierto, pero incompleta para las aspiraciones del Madrid. Nunca se debió de tomar en serio las críticas que recriminaban "el uso del talonario": se picó el anzuelo. Sin jugadores de alto nivel, no se puede competir en la élite salvaje del fútbol. Y hoy el Madrid necesita un salto de calidad. 

Y un crack. Si puede ser, hay que fichar un crack. El vacío es evidente desde que se fue el Siete. Una estrella que guíe el nuevo proyecto y marque diferencias. Por fortuna, el edificio no hay que derruirlo. El grupo de las jóvenes perlas -Vinicius, Reguilón, Ceballos, Llorente e incluso el defenestrado Asensio- es buena materia prima para reconstruir el equipo. Y todavía son aprovechables otros miembros de la plantilla. No todo se ha hecho mal.

Renacer no supone una aventura inédita para el Madrid. Siempre lo ha hecho en su historia, para delirio de sus hinchas y desazón de sus adversarios. Volverá: la 18/19 queda ya como una tregua para sus rivales, que al fin descansan de la tiranía blanca.

sábado, 28 de julio de 2018

Después de Cristiano

Cristiano Ronaldo. Foto de Getty Imágenes.

Ningún jugador está por encima de una camiseta ni de un equipo, se suele afirmar con firmeza entre los hinchas. Pero sólo un futbolista extraordinario como Cristiano Ronaldo, cuya irrupción marcó un punto de inflexión en el Real Madrid, podría hacer que se tambaleara esta sentencia, tan vieja como el fútbol. El traspaso del portugués significa también el fin de una era, ya que establece en los libros de la Historia del club blanco un Antes de Cristiano y un Después de Cristiano. El 'siete' se despide después de rubricar 450 goles en 438 partidos, con una salvaje media de 50 tantos por temporada y que, sobre todo, ha dado cuatro Copas de Europa. Quizá no sea el jugador más querido para el madridismo, ni tampoco resulte el más admirado, pero sí es el futbolista más importante desde Alfredo Di Stéfano: es el jugador que más y mejor ha rendido con el Real Madrid.

A Cristiano siempre hay que valorarlo en el campo, me comentaba con lucidez un amigo, gran hincha madridista. Y es cierto. La grandeza del delantero se percibe en el césped. Sin embargo, toda su figura forma parte del mismo paquete: el propio carácter egocéntrico, tan guardián de sí mismo y tan necesitado de adulación, explica también una tenacidad inigualable y una feroz voluntad de superación. Su voracidad, su hambre de marcar goles en cada partido por insignificante que resultara, ya constituye una marca registrada. Como todos los genios, es alguien especial, lo que incluye soportar sus celebraciones, sus gestos y sus declaraciones. Esa personalidad determina su dimensión como futbolista. 

Durante muchos años al portugués se le privó de la catalogación de genio, relegado a una segunda categoría de estrella. Nada más lejos de la realidad. Su duelo en tiempo y espacio con Lionel Messi representa una de las grandes epopeyas del deporte, similar a la que firmaron Magic Johnson y Larry Bird y protagonizan todavía Roger Federer y Rafa Nadal. Sólo el portugués ha logrado el privilegio de tutear al astro argentino, a quien llegó a derrotar en más de una temporada; y ese mérito, que entroniza su carrera, únicamente está al alcance de un genio. 

Las despedidas deparan (casi) siempre un regusto amargo, máxime para un madridismo aún dolorido por el adiós de Zinedine Zidane. No caben tampoco reproches para Cristiano. No deberían. El crack, que llegó como un extremo y mutó a supergoleador, dio su mejor fútbol al club blanco, lo catapultó a la cima de la Copa de Europa y se marcha sin arrastrar ni un minuto de decadencia. El madridismo deberá aprender a convivir sin su jugador franquicia y a sobrevivir a su recuerdo. La leyenda queda ahora como modelo de máxima exigencia para todo futbolista que persiga la gloria en el Real. Empieza la era Después de Cristiano.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 2 de junio de 2018

Zizou y su legado único

Zinedine Zidane, junto con Florentino Pérez, el día de su adiós. Foto de ABC.


«Tomé la decisión de no seguir el próximo año. Quiero mucho a este club», anunciaba Zinedine Zidane, sobrecogiendo el corazón del hincha madridista en su semana más placentera. «Después de tres años, el equipo necesita un cambio para seguir ganando». Sólo cinco días después de coronarse como campeón de Europa, el artífice de una obra irrepetible se despide y deja en el madridismo una sensación de orfandad, como sólo se puede sentir cuando le arrebatan su joya más preciada. No es para menos. El legado del francés es abrumador. No sólo por los títulos y su etapa triunfal, sino sobre todo por la dimensión de la figura de Zidane. Zizou es un tipo especial. Puro carisma. El hombre que lo ha conseguido todo en el fútbol es el mismo que responde que su mejor recuerdo es su presentación como jugador del Real Madrid. «Era un sueño». Es el mismo que se retiró como futbolista antes de sufrir su ocaso, perdonando un último año de contrato; y es el mismo que ahora se marcha en la cima como técnico del Real.

El madridismo se queda sin su gran fetiche. Zidane ha sido un regalo: como jugador, por su fútbol elegante, su clase en el verde y su volea inolvidable en Glasgow; y sobre todo como entrenador, cuyo brillante periplo sorprendió a todos. Nadie esperaba la hoja de ruta que trazó en el banquillo blanco. Aceptó el reto de dirigir a un Madrid inmerso en una crisis y lo recuperó para colocarlo en la final de Milán. Después firmó una temporada perfecta, en juego y resultados, aprovechando al máximo su plantilla (manejaba dos onces competitivos). Reconvirtió a Cristiano Ronaldo y lo potenció, convenciéndole de la importancia de la suplencia, una idea impensable en otro tiempo para el portugués. Y rubricó su gestión con una tercera Copa de Europa consecutiva en su año más complicado.

Tomó decisiones valientes, protegió a sus jugadores, pidió disculpas cuando se equivocó, asumió siempre la responsabilidad, se comportó impoluto con los árbitros y apagó los fuegos diarios del Bernabéu con serenidad. Y lo hizo desde la naturalidad aplastante, sin artificios ni imposturas, sino con su sonrisa, ya icónica. No hay ninguna mancha. Y así permanecerá en el imaginario madridista en el día en que anuncia su adiós. Aunque el madridismo suspira por un «hasta luego», no hay espacio para el reproche. Zidane se lo ha ganado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Decimotercera

Gareth Bale, en el minuto 64. Foto de Robert Ghement (Efe)

Los detalles resuelven el fútbol. La final de Kiev deparó las lágrimas de un portero desdichado en el peor momento, pero también dejó la extraordinaria imagen de un gol de chilena en el instante más decisivo, como es la cima de la Copa de Europa. En un duelo hay otros factores importantes además de los detalles, por supuesto: detrás de los focos del golpeo estelar de Bale encontramos la soberbia actuación de Ramos y Varane anulando al tridente red, el recital silencioso de Benzema bailando su mejor vals y el trabajo de un equipo que capeó el fulgurante inicio del rival para sentirse dominador con el paso de los minutos. El juego pesa y fija el rumbo, aunque no decida tanto como una pelota caprichosa. De disgustos inoportunos bien sabe el madridismo, que se vio obligado a remar como nunca en el partido más angustioso de su historia moderna cuando Casillas –el héroe de tantas noches- salió a no se sabe dónde hasta que una hora después Sergio Ramos, en otro detalle crucial, puso fin a la agonía.

La Decimotercera llegó sin respiro, casi atropellando las anteriores. Apenas da tiempo para valorar la dificultad que supone convertirse en campeón de Europa, no digamos ya la hazaña de conseguirlo en tres ocasiones de forma consecutiva. Mi generación se hizo madridista durante las tres Champions del 98 y al 2002 y sobrevaloró el mérito de la victoria: pasé toda una adolescencia sintiendo la amargura de la derrota. Por eso uno no olvida las seis eliminaciones en octavos ni los golpes de las semifinales; uno todavía recuerda las noches de Lyon, el desastre de la Roma, el dolor de la tanda de penaltis de 2012 y la debacle en Dortmund y su remontada truncada. Los fantasmas pasados siguen ahí, aunque los destierre la poderosa sonrisa de Zidane –cómo sonríe, otro gran detalle-. El madridista se siente ahora feliz, abrazado a Zizou, cuya figura es un regalo para el madridismo.

viernes, 4 de mayo de 2018

La final

22 días. Es el tiempo que queda para la cita de Kiev; es el tiempo que tiene el madridismo para saborear la espera. Después llegará la final, el partido será un infarto y, quién sabe, quizá se pierda y el estado de ánimo se torne en un drama. Pero antes de la taquicardia nadie puede despojarle al hincha blanco de sus días más hermosos y felices. Proezas como jugar cuatro de las últimas cinco finales de la Champions League recuerdan que el madridismo vive para sentir momentos como este. Es incomparable esa sensación. Un madridista promete lealtad eterna a sus colores y soporta tragos amargos (verbigracia: irregularidad en la Liga, clásicos vapuleados) para contar los días que le faltan para su final de la Copa de Europa.

En las jornadas previas al gran escaparate del fútbol, el madridismo se envuelve en historias únicas: los recuerdos de otras finales (que son muchas en este club), las odiseas de los aficionados que viajan a Kiev y el relato de las leyendas que evocan sus duelos en los grandes triunfos e incluso en las derrotas, como aquella tarde aciaga de París de 1981 en la que Camacho tuvo la gloria en sus botas con una vaselina marrada ante precisamente el Liverpool. Y, por supuesto, hay instantes de pánico, en los que se mira al rival como invencible (ciertamente la sonrisa de Klopp produce pavor) y se cree que la victoria será imposible. El respeto a la historia del adversario y la curiosidad por conocer con detalle a sus futbolistas también forman parte de la rutina del finalista.

Se equivocaría el madridista si no valora este periodo de dulce expectación; máxime cuando tiene los precedentes de los 32 años que transcurrieron entre la Sexta y la Séptima y las duras eliminaciones de los doce años entre la Novena y la Décima. El hincha del Real y su cuenta atrás para la final de la Copa de Europa: ¿Qué puede superar este momento?

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 8 de marzo de 2018

El Real y sus enigmas

Foto de Christophe Ena (AP)

Los caminos del Real Madrid son inescrutables. A ver qué analista descifra cómo es posible que el equipo que firma una de las mejores temporadas de su gloriosa historia (la 16/17 fue casi perfecta en juego, resultados y títulos) es el mismo que, meses después, deambula en la Liga, tira la Copa y aun así elimina a uno de los superfavoritos de Europa. Quién diablos entiende a este club. ¿Será capaz de terminar su annus horribilis en Kiev? El desafío es mayúsculo. E insólito. Ya lo era repetir como campeón de la Champions, nadie lo había conseguido hasta entonces, y lo logró: quién si no en la Copa de Europa, el Real en su competición fetiche. ¿Qué es la historia para un club acostumbrado a reescribirla? No pequemos ahora de euforia, el termómetro de la Liga no miente: cuando se rinde mal en el torneo doméstico implica que hay problemas futbolísticos sin resolver. Y la lógica invita a pensar que esas incógnitas se pueden pagar en Europa, ante los rivales más exigentes del continente. Pero también era increíble que este equipo no se pareciera al del curso pasado. En París, el Real volvió a reconocerse a sí mismo: en el duelo crucial, compitió sereno, inteligente y mortal, con el pulso de quien lleva afrontando eliminatorias con éxito desde hace un lustro. Visto así, sorprende que casi esos mismos jugadores patinaran con estrépito una semana antes, en Cornellá. Lo dicho: ¿quién descodifica a este club? Mientras sus hinchas siguen incrédulos, el Madrid ha alargado la tensión de la temporada hasta abril, se ha colado entre los ocho mejores de Europa y ha dado un serio aviso a sus adversarios al fulminar a una de sus mayores amenazas (¿o el PSG ya no es tan bueno ahora?). No es el que el Madrid siempre vuelve: es que nunca se va.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las Ligas que el Madrid no gana

Alirón Liga 87/88. Foto de Defensa Central.

No hay manera, oiga, de vivir Ligas tranquilas como madridista. Uno creía que había llegado ese culmen deportivo en el que la inercia de los triunfos conduciría a un periodo de calma y estabilidad, pero de nuevo estaba en una ilusión: los puntos se esfuman en las primeras jornadas, el liderato se aleja y el equipo se ve en otra temporada obligado a remar a contracorriente. Tal vez sea un vicio endémico, adquirido en los últimos años, pero no siempre fue así.


La gran diferencia entre el madridista moderno –el que nace y crece, pongamos, en los noventa y el siglo XXI y el madridista clásico –aquel que vivió los ochenta, setenta e incluso los sesenta– es la forma en que afronta la Liga. El estado de ánimo ha variado de un madridismo plácido, cómodo en su rutina de triunfos, propia de una época en la que el Real disputaba como el equipo hegemónico de la competición nacional (el Madrid ganó 19 Ligas desde 1961 hasta 1990), a un madridismo exaltado, inmerso en una era de sobresaltos, y más habituado a dejar escapar Ligas que a conseguirlas.


Alirón Liga 60/61. Foto de Cihefe.

En las pocas veces de la era moderna en las que el Madrid conseguía esa serenidad deseada, esa aburrida tranquilidad que el madridista reclama para sus domingos, el efecto se dilapidó con rapidez. Ocurrió, por ejemplo, con el Madrid de Capello de la 96/97 y con el de Mourinho de la 11/12. Incluso en la etapa de Del Bosque, la última dorada hasta el nuevo reinado de Zidane, el equipo alternaba éxitos con decepciones –sí, se anotó siete títulos, pero también se dejó una Intercontinental y un Centenariazo en casa–.

La irregularidad es la irremediable condena contemporánea, pero a cambio ha gozado de un gen único para las grandes noches. El madridista del nuevo tiempo presenció desastres como los de Tenerife y ridículos como el Alcorconazo, pero también disfrutó de momentos únicos como la Séptima o la Décima y ha sobrevivido –y con éxito- a rivales liderados por Leo Messi –tres Copas de Europas coincidiendo con Messi; no olviden, valórenlo–. 

Así que, pese a que uno anhela tardes soporíferas de victorias, Ligas ganadas en el salón de casa, los tropiezos ligueros sitúan ahora al equipo y al hincha en un escenario que todos conocen muy bien: el Madrid suele funcionar cuando se le entierra en otoño. Hay una sola realidad inalterable a lo largo de la historia, que saben y -temen- sus rivales: el Real siempre vuelve

jueves, 28 de septiembre de 2017

Aquel alirón de la Liga de las remontadas



Un servidor, que estuvo aquella tarde en el Bernabéu y fue testigo de la coronación de la Liga más increíble de todas las que celebró el madridismo en su historia, nunca había visto por televisión aquel partido. Diez años después, aquel inolvidable Madrid-Mallorca reapareció de casualidad gracias a YouTube, con el encuentro completo y narrado por el equipo de Canal Plus. Fue imposible resistirse al morbo de confrontar, una década después, los recuerdos con el visionado preciso de los 90 minutos de aquel duelo. Porque sobre aquel día uno conserva intactas las sensaciones, así como las anécdotas contadas tantas veces para rememorar la cita y también las imágenes icónicas que la tele ha ido repitiendo a lo largo de estos años. Pero la memoria apenas custodió el lance del juego: el fútbol y sus circunstancias. No recordaba, por ejemplo, que Ramos (entonces se le nombraba como Sergio Ramos) jugó como central; ni recordaba tampoco la exhibición que derrochó Arango en el Bernabéu.

Me acuerdo -disculpen, pero sólo puedo usar la primera persona- del gol del Mallorca como un escalofrío; mantengo muy presente qué sentí cuando Ruud van Nistelrooy abandonaba el campo lesionado en la primera parte y con el marcador ya adverso; no olvido que dos veces pregunté por el resultado del Barça a mi desconocido vecino de asiento: sin despojarse el auricular de la radio, primero respondió 0-1 y después 0-3. Nunca más volví a preguntarle. Todavía sonrío cuando evoco las palabras que aquel grupo de hinchas gallegos le espetaban a Roberto Carlos desde la grada cuando el lateral defendía a Jonás: "Dale, Roberto, dale". Recuerdo cómo temblaba el estadio con el gol del empate. A fuego quedó grabado el abrazo con el que nos fundimos mi otro vecino de bancada -también desconocido- y yo tras el segundo del Real. Y aún permanece fresco mi estupor al comprobar en el marcador quién había anotado el tanto, cuyo goleador, con el estruendo de la celebración, no dio tiempo a discernir en directo. “¡Diarrá, Diarrá!”, gritábamos incrédulos y sonrientes. Y jamás se borrará el instante del pitido final, las manos en alto, el alivio y el júbilo por un título que se resistió cuatro años y que se consiguió de la manera más inverosímil: a contracorriente, remontando y desafiando cualquier ley de la lógica futbolística. Esos sentimientos son patrimonio sagrado de mi memoria como madridista.

Ante todo, si una sensación perdura es la tensión con la que se vivió el transcurso de los minutos. La Décima fue una agonía hasta el gol de Ramos; la Undécima fue un mar de nervios y la Duodécima, sexo en el paraíso; pero aquel alirón de la trigésima Liga, aquella final liguera en la que el Real ponía fin a cuatro temporadas de fracasos y decepciones, si una impresión predominó en el ambiente fue la tensión.

Preso de ese estado que congela el ánimo, siempre cuento como anécdota que olvidé echar fotos durante el partido. Por supuesto, era un madridista fervoroso que vivía sus años más intensos de militancia madridista, consciente de la importancia del duelo para el club, y la idea de captar imágenes era secundaria; pero también resultaba la segunda vez en mi vida que veía al Real Madrid en directo, en un estadio de fútbol. Y era joven. Compréndanme. Por eso, hipnotizado por todo cuando contemplaba, mi propósito inicial pasaba por fotografiar cualquier detalle que sucedía delante de mis ojos: la llegada al estadio, los hinchas en la Castellana, algún aficionado del Mallorca, el calentamiento de los futbolistas, el trío arbitral, una falta en los primeros minutos… Hasta que Varela heló el Bernabéu con su gol. Sólo cuando terminó el partido y los jugadores, inmersos en la celebración, se acercaron hacia nuestra zona pude caer en la cuenta de que no había fotografiado nada más. Ninguna instantánea más. Pese a mis propósitos iniciales, en ningún momento me acordé de la cámara. Desde entonces tengo claro que las cámaras de fotografías, ahora móviles, en los campos no son cosa de hinchas sino de turistas o de primerizos.

El fútbol recuerda al Real Madrid de la 06-07 como un equipo que se proclamó campeón jugando mal. Y, ciertamente, aquel Madrid tenía muchos problemas. Con una plantilla extrañamente diseñada (cohabitaban veteranos cerca de la decadencia con noveles sin caché; lidiaban futbolistas seleccionados por Capello con otros a los que el entrenador nunca pidió), sin estilo tras una temporada abrupta, salpicada por las derrotas ante rivales menores y las prematuras eliminaciones europeas y coperas, por las críticas furibundas y por un ambiente enrarecido en el club, y abocado a los impulsos de orgullo herido del final del curso; el Madrid se plantó en la jornada 38 sin un fútbol definido. Su juego ofensivo era disperso y efervescente, casi improvisado, confiado al talento de sus jugadores y su instinto competitivo. No, no fue el bloque rocoso que deseaba Capello, y que intentó cimentar con aquel doble pivote Emerson-Diarrá; pero sí exhibió el espíritu ganador que anhelaba el técnico italiano.

Y, claro, aquella tarde no iba a disimular las carencias de todo un año. Y para colmo el Madrid empezó nervioso. El Mallorca, en cambio, sin agobios, se desenvolvía cómodo en el campo madridista, con Jonás perforando por su banda y sobre todo con Arango, que entre líneas hacía daño a la defensa blanca. En una de sus escaramuzas, el venezolano asistió y Varela finalizó. Gol del Mallorca. La tensión, el marcador en contra y un estadio mudo no ayudaban a ubicarse al equipo blanco en el partido. El Madrid palidecía para generar oportunidades y recurría a menudo a los balones largos. No había manera de enlazar con los delanteros. Van Nistelrooy, desconectado; Raúl, desaparecido, dominados ambos por Ballesteros -una leyenda del fútbol secundario-. Diarrá perdió dos balones en sendas conducciones y se lo recriminó el Bernabéu, que poco después coreaba el nombre de Guti, suplente aquella jornada.

La única luz en el juego era Robinho. El brasileño se ofrecía constantemente, pedía la pelota, la buscaba. Y con ella en sus botas, Robinho encaraba, desequilibraba e intentaba asociarse. El juego se desatascaba con sus acciones. También puso el peligro, sorprendentemente, Míchel Salgado (titular por lesión de Miguel Torres), con dos internadas por su banda, caño al rival incluido. E igualmente Beckham, con sus centros y sus faltas, siempre amenazantes. El inglés, una ocasión más -y esta era la última-, se mostró generoso en el esfuerzo y valiente en la actitud. Entre tanto el Barcelona ganaba 0-3 en el minuto 37, según indicaba Carlos Martínez. No hubo más ocasiones y el duelo se marchó al descanso con el madridismo en estado de shock.

Entró Guti por Emerson en la reanudación, pero la balanza no se invirtió. Al menos durante los primeros 20 minutos: ni el Mallorca sufría ni el Madrid encontraba ideas. De nuevo Varela dispuso de una clamorosa oportunidad tras un excelente pase de Aganzo. Tan cómodo discurría el Mallorca que incluso se permitió el lujo de hacer un rondo en una jugada. Los minutos pasaban y el Madrid sólo era capaz de alcanzar la portería rival con dos acciones de Beckham: un centro que Ramos no remató por poco y una falta que se estrelló en el larguero. El inglés, para más inri, se retiraba lesionado. Pero, caprichos del destino, detalles del fútbol, esta desdicha marcó el duelo. Su sustituto, Reyes, cambió el devenir del partido precisamente en el segundo balón que tocó: en el enésimo intento de Robinho por la banda, el brasileño conecta en el área con Higuaín, quien con un espléndido movimiento se deshace de Ballesteros y se la coloca a Reyes. El andaluz chuta al primer palo y marca el empate.

Ya nada fue igual. Todo lo que el Madrid no había logrado con el juego, lo consiguió con la fe y el empuje, que también forman parte del fútbol -dicho sea de paso-. La grada se reactivó y el Real se volcaba. Guti, que casi se autoexpulsa tras un calentón (“El Madrid necesita once jugadores para remontar”, decía Robinson), se adueñó de los mandos y el duelo entró en un trance frenético. Robinho deja en el suelo a Héctor y su disparo roza el palo. El brasileño tira una doble pared con Diarrá, que cae en el área. No hay penalti. Entregado el Madrid en ataque, el Mallorca aprovecha una contra por medio del exculé Maxi López para dar el último susto, desbaratado por Casillas. El conjunto blanco, desatado, mete la quinta marcha. Y otra vez Robinho prueba desde fuera del área, pero Moyá despeja a córner. Fue el momento. Ese saque de esquina acabó en diana. Diarrá remató uno de los goles más importantes -¿y olvidados?- de la historia moderna del madridismo. Por cierto, quien lanzó el córner fue el Pipa, doble asistente, protagonista cuando entonces gozaba de buena estrella (el gol definitivo de la remontada ante el Espanyol, el tanto del alirón que marcaría en Pamplona un año después… El Lyon embrujó a un jugador que se vació sin éxito para triunfar en el Real).

Al poco, Reyes anotaba el tercero y el madridismo se desahogaba al fin: la Liga de las remontadas era suya, era nuestra.






miércoles, 7 de junio de 2017

La duodécima alegría

Celebración del segundo gol del Real Madrid. Foto de Ángel Martínez (Web del Real Madrid)


Aquella cita célebre de Kevin Keegan («El asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada») es tan bonita e idílica que no resulta necesario matizar que es mentirosa, pero, ay, chico, qué alegría más tonta deja el fútbol. Eso también es la vida, suelo decir a menudo. Cómo no va a formar parte de la vida si en Cardiff los madridistas sufrieron -un poquito-, saltaron, disfrutaron y se proclamaron campeones por duodécima vez. Y cómo no lo van a querer si otra vez reina en Europa.

El madridismo desea tanto este trofeo precisamente porque ningún hincha siente como el madridista cada derrota europea, cada temporada sin la orejona en casa. Porque el éxtasis de la victoria lleva tatuado cada año en que el título no fue suyo. Una exigencia desmedida e irreal, pues en el fútbol se pierde más que se gana incluso compitiendo de blanco, pero los madridistas han convertido ese sentimiento en su patrimonio. Es imposible olvidar que varias generaciones de madridistas lamentaron 32 años de amargas noches en la Copa de Europa y otros soportaron -soportamos- doce inviernos que pesaron como losas hasta que la Décima exorcizó.

La Duodécima, en cambio, irrumpió tan rápida como la Undécima -tan seguidas que apenas dio tiempo a pedirlas-, en una final menos sufrida, pero inmaculada, inapelable y rubricada con el sello de Zidane. La alegría es blanca. Cómo no vamos a disfrutar de esto.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 30 de abril de 2017

Superando el clásico

Leo Messi, tras marcar el gol decisivo. Foto de Marca.

En los años de gloria, cuando el fútbol y la fidelidad a unos colores lo eran todo, perder ante el eterno rival suponía la herida más grave que un hincha podía sufrir. El día siguiente se soportaba con un preceptivo apagón informativo: tras la derrota, no se ponía la tele, ni se leían periódicos ni se hablaba con el vecino. Hay tragos que se superan mejor en silencio. Con el 2-6, por ejemplo, juro que tardé más de cinco años en ver el resumen. Por eso, me sorprendo a mí mismo cuando, de nuevo en un revés, ahora me atrevo a hojear algunas páginas, leyendo a unos, escuchando a otros. Incluso intento comprender, cuando antes ahogaba penas olvidando. Ese maldito gol de Messi escoció como sólo puede doler una derrota en el último instante de un clásico. Pero se entierra como se cicatrizan las heridas de las viejas batallas. Uno recuerda, por ejemplo, que en la misma temporada de la Décima se perdieron ambos duelos de Liga; y la Undécima se logró en el mismo curso en el que se perdió 0-4. Tal vez sea la única lección que haya aprendido con los años: la revancha –la oportunidad de redimirse- en el fútbol siempre vuelve. Y los madridistas todavía estamos a tiempo en la 16/17.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 22 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (II): Madrid-Barça de la 04/05

El clásico de la 04/05 se destapó, ante todo, como la reivindicación del orgullo mancillado del Madrid de los Galácticos. El duelo perdura en la memoria madridista como la última exhibición de una generación irrepetible, como el epílogo de un conjunto que fascinó mucho más que ganó. Fue la redención del viejo rey destronado ante el emergente aspirante, el insolente Barça de Rijkaard, hambriento de fútbol y de títulos. En aquella etapa, el Real competía, a ojos sinceros, como una ruina de equipo, incapaz de sostenerse táctica ni físicamente, discontinuo en el juego y condenado a una renovación profunda. Pero a un partido, ay a un partido, aquella colección de estrellas prejubiladas era temible: aquella calidad legendaria podía esconder un historial de defectos en noventa minutos. Lo demostró un Ronaldo motivado, encarando como en los noventa; lo certificó un -por un día- ordinariamente pragmático Zidane, dispuesto a purgar en labores de intendencia y que no dudó en lanzarse ante el poste en pos del gol; lo atestiguó Roberto Carlos, echándole un pulso a Xavi, a sus piernas y al tiempo. Y lo verificó Beckham, con un pase cartesiano, exento de marketing pero repleto de su mejor leyenda. Los Galácticos dieron un puñetazo en el verde. Fue el último. El triunfo en el clásico no trajo la Liga y los trofeos jamás volverían, pero aquella tarde, ay aquella tarde, los Galácticos se rebelaron para firmar la última página dorada de su historia.


viernes, 21 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (I): Madrid-Barça de la 06/07

El clásico de la 06/07 queda en el recuerdo como una ensoñación de lo que pudo ser y nunca fue en la segunda era de Fabio Capello en el Real. Pocas veces el plan que siempre pergeñó el italiano funcionó como aquel día. Sí, Capello y su Madrid acabaron ganando la Liga, pero con otras armas (la fe como ley salvaje, el orgullo del veterano herido como razón de supervivencia), distintas a las que planificó al principio de la temporada. Pero ese partido, ese clásico de octubre de 2006, el Madrid se erigió compacto, rocoso y solidario, con su doble pivote cipotudo como eje, Guti jugando con libertad en campo contrario y lanzando pases sin juez, Robinho como fuego en verso libre y la efectividad del inolvidable Ruud. Incluso Raúl, el héroe decadente, revivió aquella noche galones pretéritos, con un gol importante en una cita clave. No resultó tampoco el duelo perfecto: Messi, el genio incipiente, encontró las únicas hendiduras del plan, quebrando la cintura de Cannavaro, y provocó las ocasiones del Barça. No entraron y el Madrid voló por el clásico a la manera que siempre soñó Capello para derrotar al vigente campeón de Europa.


domingo, 22 de enero de 2017

El madridismo y su dosis de histeria

Por fin el madridismo está cómodo. Ya era hora. Tanta felicidad nos había situado en un terreno desconocido: el placebo que aparece cuando todo salía rodado era una sensación poco habitual, tanto que nos mosqueaba. Las derrotas contra el Sevilla en Liga y ante el Celta en Copa nos devuelven a un escenario que reconocemos mejor: las críticas, el pesimismo y el sobresalto. Es decir, la histeria. También nos sobrevuela el supersticioso recuerdo del Madrid de Queiroz, que se desplomó tras un inicio brillante, así como el de Ancelotti; así que más nos valía acelerar cuanto antes la caída, para luego poder estar a tiempo de corregir –lo que definimos como remontar–. Y, además, nueve meses –el tiempo que duró la racha merengue sin perder– suponían demasiado silencio para los antimadridistas: había que concederles ya su derecho a ser felices. Resulta curioso cómo gran parte del madridismo de la historia moderna –la que, digamos, nació tras los desastres de Tenerife– asume que funciona mejor a contracorriente, sin el cartel de favorito y cuando todos le dan por muerto. Parece que lo deseamos incluso cuando no hay motivos. Al menos, de momento. Pues exceptuando tal vez la época de Mourinho y Guardiola –con equipos rozando y alcanzando los 100 puntos– las temporadas nunca son arrolladoras. Ni en resultados ni menos aún en juego. Los altibajos son circunstancias naturales del deporte. Y de su gestión dependen en buena medida los resultados finales. Por ejemplo: aunque parezca increíble, aún tiene arreglo la Copa. El fin del mundo que tanto nos gusta todavía no ha llegado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 12 de diciembre de 2016

El mito de Sergio Ramos

Foto de Getty Imágenes.

Se empeña Sergio Ramos en reescribir su leyenda a fuerza de transformar lo excepcional –el gol decisivo en los últimos minutos– en rutina. El camero es un jugador especial: sus frecuentes excesos pueden exasperar a la misma hinchada que después celebra absorta sus hazañas. Tal vez por eso resulta complicado ser ecuánime con Ramos. Su trayectoria es la de un futbolista con un extraordinario potencial que apenas canalizó en regularidad ni en constancia. Sólo le recuerdo una temporada completa rindiendo a gran nivel –la 11/12, asentado ya como central–. Pero el fútbol también se explica con instantes en momentos cruciales; es decir, una volea sublime en Glasgow o una parada inverosímil en Johannesburgo. Y aquel cabezazo en el 92.48 en Lisboa colocó a Ramos en terreno sagrado de la historia del Real Madrid –palabras mayores–. Lo sorprendente ahora es que aquel cabezazo queda como el primero de una muesca asombrosa. Esta virtud sólo está al alcance de futbolistas únicos; una cualidad muy propia de lo que, año tras año, nos costaba creer que teníamos ante nosotros: un genio.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 30 de mayo de 2016

Y nada más

Sergio Ramos alza la Undécima Copa de Europa. Foto de Mundo Deportivo.

Lo sabemos: ni salud ni dinero, ni esconde los problemas cotidianos ni nunca los solucionará, pero el alegrón que provoca el fútbol es inmenso. Único e incomparable. La vida también es esto. Milán albergó un duelo de la Copa de Europa agónico y cardíaco para sus hinchas y que reparó un final despiadado para todos: madridistas expiados de la angustia, atléticos sumidos en la tristeza y antimadridistas abocados a la frustración –sí, los «cholistas por un día» y los «cholo pienso en ti»–. El fútbol también produce amargura; cómo si no, cuando la gloria se escapa por dos minutos en Lisboa y ahora se esfuma en un marrado penalti. Pero la epopeya que ha rubricado Simeone en un lustro es demasiado elocuente como para no creer que surgirá una nueva oportunidad. Siempre hay una revancha en el fútbol: el mismo equipo vapuleado en el clásico del Bernabéu, ridiculizado en la Copa y que destituyó a su técnico es quien ahora saborea la Undécima. El Real no entiende de proyectos ni sabe vivir sin sobresaltos, pero, mientras nos desquicia, sigue ensanchando su histórica leyenda.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Madridismo dolorido

Es doloroso, pero el madridismo se ha acostumbrado a sufrir humillaciones históricas cuando juega contra su eterno rival. Disculpen el exabrupto deportivo en este ´Buenos días´, y sí, el fútbol no da soluciones ni elude los problemas cotidianos, como recuerda a menudo Relaño, pero emociona y sobrecoge a demasiada gente como para aplicar soflamas mojigatas. La vida también es esto. Y el Madrid volvió a claudicar ante el Barça. La grada descargó contra el palco, que resetea proyectos sin criterio, abonado al 'cortoplacismo'; la prensa deportiva señala al entrenador, pese a que puso el equipo que ellos querían de antemano. Con todo, Benítez, que presume de cuidar la pizarra, alineó un once inédito esta temporada; sin rodaje, expuesto a grietas, vulnerable en defensa, sin ideas con la pelota. Cursimente ofensivo, como querían, pero incapaz. La quema también afecta a los jugadores, cómo no. Pero la ecuación en el deporte suele ser mucho más sencilla: enfrente hubo un adversario superior, que disfruta cuando huele la sangre en el Bernabéu. No queda más que esperar la revancha. El fútbol también es esto.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.