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miércoles, 16 de junio de 2021

El adiós de Ramos

Sergio Ramos, en Lisboa. Foto: FOXSPORT


Enloquecí. Grité como un poseso. Descargué toda la rabia acumulada en 90 minutos de desesperación. Canté el gol como jamás lo había hecho en un partido de fútbol. Ningún gol superará al minuto 92, segundo 48. Tiempo después comprendí que en aquella celebración salvaje, rodeado de madridistas en trance, no explotaba sólo por la angustia de aquel tanto que se resistía, sino que en realidad me liberé de todos los demonios encerrados en una década de madridismo descarnado. En aquella final hubo tres goles más, pero el más importante fue el primero. Todos los madridistas lo sabíamos: si empatábamos aquel partido, la Décima era nuestra, nada nos iba a frenar. Pero antes había que derribar el dichoso muro rojiblanco. Y apareció él y puso fin a la agonía.

Don Sergio Ramos era un futbolista destinado a la grandeza, pero hasta entonces su verdadera leyenda sólo se había exhibido en una gloriosa noche en Múnich. Su enorme potencial se vislumbraba todos los años, pero se perdía en una extraña irregularidad en cada temporada. Flotaba la sensación de que ofrecía menos de lo mucho que podía dar. Hasta que en la 11-12 se destapó como un excelente central, obra de Mourinho, por cierto. Nos dimos cuenta de que jamás habíamos tenido un defensa como él: rápido y poderoso, contundente y portentoso, insultantemente superior a sus rivales. Y partir de Lisboa se descubrió su gran don: el talento para ser decisivo en los días señalados. Una cualidad propia de un genio. 

El gol del minuto 92, segundo 48 encumbró al madridismo a los cielos y dio comienzo a la segunda época más gloriosa de la historia del club. Ramos lideró, junto con un ilustre portugués, el Real de las cuatro copas de Europa en cinco años. El camero levantó por tres ocasiones consecutivas el trofeo que más desea el madridismo. Esa etapa también mostró un capitán respetado en su vestuario y que representaba con holgura al club. Descubrimos la inusitada madurez de Ramos, que sólo se desvanecía con sus salidas caprichosas (aquella oferta de China). Las meteduras de pata de Ramos. Hoy no es el día de recordar eso. En la noche en la que el madridismo pierde uno de sus mejores estandartes sólo cabe lamentar su adiós y agradecerle todo cuanto dio al club. Es lo justo ante el fin de un futbolista irrepetible. El mejor defensa que vistió la camiseta blanca. El hombre de la Décima; el hombre que marcó el gol que más he celebrado en mi vida. Gracias por todo, don Sergio Ramos.


miércoles, 6 de marzo de 2019

El fin de una era


De repente, el madridista retrocedió una década. El Madrid tiró la temporada apeado en los octavos de final de la Copa de Europa, eliminado y sin títulos. Como en una amarga noche cualquiera de 2009. El madridismo vuelve a sentir sensaciones que creía enterradas en un lustro de felicidad europea: el ardor de la derrota imprevista, la frustración de saberse impotente y la sonrisa del antimadridista asomando. El Real se despoja de su corona en un escenario que su hincha no tolera: perder se acepta, pero no se concibe abandonar el cetro lejos de la élite en la que se codeó y dominó. Fuera de su salón habitual de baile, volviendo -insisto- a las noches aciagas de Lyon en 2009.

Es cierto: es el fin de una era. Y la memoria exige gratitud eterna a un equipo que dio alegrías únicas al madridista, que gozó de hazañas que antes sólo pudo soñar. Recalquemos, por si alguien no lo ha valorado suficientemente: más de mil días como rey de Europa, cuatro copas de Europa en cinco años. ¿Cómo hacer un reproche? Pero el agradecimiento eterno no es incompatible con la reivindicación diaria de un aficionado exigente por razón de ser. Debemos reconocerlo: la planificación de la era Después de Cristiano ha sido pésima. Los síntomas, que solo Zidane advirtió, ya afloraron el año pasado, se evidenciaron durante esta temporada y ahora, en una semana trágica, se revolvieron en la cara del madridista.

Modric lo expresó con claridad: se traspasó al mejor goleador de todos los tiempos y en su lugar se optó por no incorporar a nadie. Entonces se vio como un riesgo, hoy se contempla como un grave error. A cambio se fio todo, añadía Modric, a que los futbolistas de la plantilla -Bale, Benzema, Isco, Asensio- dieran un paso adelante. Pudo pasar, pero no ocurrió. Y el Madrid lo acusó estrepitosamente en la 18/19.

El gol lo es todo en el fútbol: salva partidos en los que el juego naufraga. Quién sabe qué hubiera sucedido con pólvora este año: qué partidos se habrían maquillado, qué puntos no se habrían desaprovechado, qué devenir de una eliminatoria copera podría haber cambiado. Los detalles caprichosos del fútbol. Pero esta observación es un ejercicio ficticio, que evita analizar un trasfondo más hondo aún. Porque más allá de los (no) goles y la estrategia deportiva, el rendimiento de muchos futbolistas fue deplorable; el entrenador inicial, Lopetegui, se quedó sin tiempo para plasmar su libreto, bloqueado por los resultados y también incapaz de levantar a sus pupilos; y el técnico sustituto, Solari, se encontró con un marrón y su mejor logro, la racha de enero, terminó en espejismo, devorado por la realidad.

Consumado el fracaso, es el momento de tomar decisiones. Y bien estudiadas. Hasta junio, hay tres meses inanes para calcular los pasos y no cometer errores. Primero, un entrenador. Un nuevo técnico que marque un nuevo rumbo. Por bien intencionado que fuera Solari, su andadura queda ya condicionada por esta temporada. Segundo, sentencias duras. Toca renovar los pesos pesados. No necesariamente deben ser medidas abruptas. Jugadores queridos por la afición, los símbolos, pueden pasar a ocupar un rol secundario. Pero el nuevo Madrid ya no puede erigirse en torno a Modric. La columna vertebral, tan exitosa en el pasado, tan fallida hoy día, ya no puede ser la misma. Tercero, gastarse la pasta. La nueva política de contratar jugadores jóvenes es un acierto, pero incompleta para las aspiraciones del Madrid. Nunca se debió de tomar en serio las críticas que recriminaban "el uso del talonario": se picó el anzuelo. Sin jugadores de alto nivel, no se puede competir en la élite salvaje del fútbol. Y hoy el Madrid necesita un salto de calidad. 

Y un crack. Si puede ser, hay que fichar un crack. El vacío es evidente desde que se fue el Siete. Una estrella que guíe el nuevo proyecto y marque diferencias. Por fortuna, el edificio no hay que derruirlo. El grupo de las jóvenes perlas -Vinicius, Reguilón, Ceballos, Llorente e incluso el defenestrado Asensio- es buena materia prima para reconstruir el equipo. Y todavía son aprovechables otros miembros de la plantilla. No todo se ha hecho mal.

Renacer no supone una aventura inédita para el Madrid. Siempre lo ha hecho en su historia, para delirio de sus hinchas y desazón de sus adversarios. Volverá: la 18/19 queda ya como una tregua para sus rivales, que al fin descansan de la tiranía blanca.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Decimotercera

Gareth Bale, en el minuto 64. Foto de Robert Ghement (Efe)

Los detalles resuelven el fútbol. La final de Kiev deparó las lágrimas de un portero desdichado en el peor momento, pero también dejó la extraordinaria imagen de un gol de chilena en el instante más decisivo, como es la cima de la Copa de Europa. En un duelo hay otros factores importantes además de los detalles, por supuesto: detrás de los focos del golpeo estelar de Bale encontramos la soberbia actuación de Ramos y Varane anulando al tridente red, el recital silencioso de Benzema bailando su mejor vals y el trabajo de un equipo que capeó el fulgurante inicio del rival para sentirse dominador con el paso de los minutos. El juego pesa y fija el rumbo, aunque no decida tanto como una pelota caprichosa. De disgustos inoportunos bien sabe el madridismo, que se vio obligado a remar como nunca en el partido más angustioso de su historia moderna cuando Casillas –el héroe de tantas noches- salió a no se sabe dónde hasta que una hora después Sergio Ramos, en otro detalle crucial, puso fin a la agonía.

La Decimotercera llegó sin respiro, casi atropellando las anteriores. Apenas da tiempo para valorar la dificultad que supone convertirse en campeón de Europa, no digamos ya la hazaña de conseguirlo en tres ocasiones de forma consecutiva. Mi generación se hizo madridista durante las tres Champions del 98 y al 2002 y sobrevaloró el mérito de la victoria: pasé toda una adolescencia sintiendo la amargura de la derrota. Por eso uno no olvida las seis eliminaciones en octavos ni los golpes de las semifinales; uno todavía recuerda las noches de Lyon, el desastre de la Roma, el dolor de la tanda de penaltis de 2012 y la debacle en Dortmund y su remontada truncada. Los fantasmas pasados siguen ahí, aunque los destierre la poderosa sonrisa de Zidane –cómo sonríe, otro gran detalle-. El madridista se siente ahora feliz, abrazado a Zizou, cuya figura es un regalo para el madridismo.

viernes, 4 de mayo de 2018

La final

22 días. Es el tiempo que queda para la cita de Kiev; es el tiempo que tiene el madridismo para saborear la espera. Después llegará la final, el partido será un infarto y, quién sabe, quizá se pierda y el estado de ánimo se torne en un drama. Pero antes de la taquicardia nadie puede despojarle al hincha blanco de sus días más hermosos y felices. Proezas como jugar cuatro de las últimas cinco finales de la Champions League recuerdan que el madridismo vive para sentir momentos como este. Es incomparable esa sensación. Un madridista promete lealtad eterna a sus colores y soporta tragos amargos (verbigracia: irregularidad en la Liga, clásicos vapuleados) para contar los días que le faltan para su final de la Copa de Europa.

En las jornadas previas al gran escaparate del fútbol, el madridismo se envuelve en historias únicas: los recuerdos de otras finales (que son muchas en este club), las odiseas de los aficionados que viajan a Kiev y el relato de las leyendas que evocan sus duelos en los grandes triunfos e incluso en las derrotas, como aquella tarde aciaga de París de 1981 en la que Camacho tuvo la gloria en sus botas con una vaselina marrada ante precisamente el Liverpool. Y, por supuesto, hay instantes de pánico, en los que se mira al rival como invencible (ciertamente la sonrisa de Klopp produce pavor) y se cree que la victoria será imposible. El respeto a la historia del adversario y la curiosidad por conocer con detalle a sus futbolistas también forman parte de la rutina del finalista.

Se equivocaría el madridista si no valora este periodo de dulce expectación; máxime cuando tiene los precedentes de los 32 años que transcurrieron entre la Sexta y la Séptima y las duras eliminaciones de los doce años entre la Novena y la Décima. El hincha del Real y su cuenta atrás para la final de la Copa de Europa: ¿Qué puede superar este momento?

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 8 de marzo de 2018

El Real y sus enigmas

Foto de Christophe Ena (AP)

Los caminos del Real Madrid son inescrutables. A ver qué analista descifra cómo es posible que el equipo que firma una de las mejores temporadas de su gloriosa historia (la 16/17 fue casi perfecta en juego, resultados y títulos) es el mismo que, meses después, deambula en la Liga, tira la Copa y aun así elimina a uno de los superfavoritos de Europa. Quién diablos entiende a este club. ¿Será capaz de terminar su annus horribilis en Kiev? El desafío es mayúsculo. E insólito. Ya lo era repetir como campeón de la Champions, nadie lo había conseguido hasta entonces, y lo logró: quién si no en la Copa de Europa, el Real en su competición fetiche. ¿Qué es la historia para un club acostumbrado a reescribirla? No pequemos ahora de euforia, el termómetro de la Liga no miente: cuando se rinde mal en el torneo doméstico implica que hay problemas futbolísticos sin resolver. Y la lógica invita a pensar que esas incógnitas se pueden pagar en Europa, ante los rivales más exigentes del continente. Pero también era increíble que este equipo no se pareciera al del curso pasado. En París, el Real volvió a reconocerse a sí mismo: en el duelo crucial, compitió sereno, inteligente y mortal, con el pulso de quien lleva afrontando eliminatorias con éxito desde hace un lustro. Visto así, sorprende que casi esos mismos jugadores patinaran con estrépito una semana antes, en Cornellá. Lo dicho: ¿quién descodifica a este club? Mientras sus hinchas siguen incrédulos, el Madrid ha alargado la tensión de la temporada hasta abril, se ha colado entre los ocho mejores de Europa y ha dado un serio aviso a sus adversarios al fulminar a una de sus mayores amenazas (¿o el PSG ya no es tan bueno ahora?). No es el que el Madrid siempre vuelve: es que nunca se va.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 7 de junio de 2017

La duodécima alegría

Celebración del segundo gol del Real Madrid. Foto de Ángel Martínez (Web del Real Madrid)


Aquella cita célebre de Kevin Keegan («El asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada») es tan bonita e idílica que no resulta necesario matizar que es mentirosa, pero, ay, chico, qué alegría más tonta deja el fútbol. Eso también es la vida, suelo decir a menudo. Cómo no va a formar parte de la vida si en Cardiff los madridistas sufrieron -un poquito-, saltaron, disfrutaron y se proclamaron campeones por duodécima vez. Y cómo no lo van a querer si otra vez reina en Europa.

El madridismo desea tanto este trofeo precisamente porque ningún hincha siente como el madridista cada derrota europea, cada temporada sin la orejona en casa. Porque el éxtasis de la victoria lleva tatuado cada año en que el título no fue suyo. Una exigencia desmedida e irreal, pues en el fútbol se pierde más que se gana incluso compitiendo de blanco, pero los madridistas han convertido ese sentimiento en su patrimonio. Es imposible olvidar que varias generaciones de madridistas lamentaron 32 años de amargas noches en la Copa de Europa y otros soportaron -soportamos- doce inviernos que pesaron como losas hasta que la Décima exorcizó.

La Duodécima, en cambio, irrumpió tan rápida como la Undécima -tan seguidas que apenas dio tiempo a pedirlas-, en una final menos sufrida, pero inmaculada, inapelable y rubricada con el sello de Zidane. La alegría es blanca. Cómo no vamos a disfrutar de esto.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 9 de marzo de 2017

Remontadas europeas

El Barça celebra el gol decisivo, anotado por Sergi Roberto. Foto de Eurosport.


Todavía hay algo peor que tu adversario gane. Que lo haga a tu manera. Que te haga sentir estúpido con tu relato exclusivo. Esa remontada es nuestra, esa gesta lleva la firma del Madrid. La lleva cuando las proezas no tienen explicación. Simplemente suceden porque forman parte de su grandeza: irrumpen y dejan felicidad e incredulidad a partes iguales. Pero no pida una descripción científica. O a ver quién se atreve a descifrar cómo se marcan tres goles en el 88. De repente, surge un golazo inapelable; después se desliza una astucia –seamos elegantes‑ y al final se dispara el fogonazo de la épica: alguien, un anónimo ayer, un héroe después, empuja a la red el balón caído del cielo. Y el estadio se viene abajo mientras las hemerotecas archivan en oro. Pasas a la historia porque, primero, no existe precedente y, segundo, se ha desafiado toda lógica deportiva. Ese prodigio lo consiguió un equipo anoche. Y no fue el Real.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 30 de mayo de 2016

Y nada más

Sergio Ramos alza la Undécima Copa de Europa. Foto de Mundo Deportivo.

Lo sabemos: ni salud ni dinero, ni esconde los problemas cotidianos ni nunca los solucionará, pero el alegrón que provoca el fútbol es inmenso. Único e incomparable. La vida también es esto. Milán albergó un duelo de la Copa de Europa agónico y cardíaco para sus hinchas y que reparó un final despiadado para todos: madridistas expiados de la angustia, atléticos sumidos en la tristeza y antimadridistas abocados a la frustración –sí, los «cholistas por un día» y los «cholo pienso en ti»–. El fútbol también produce amargura; cómo si no, cuando la gloria se escapa por dos minutos en Lisboa y ahora se esfuma en un marrado penalti. Pero la epopeya que ha rubricado Simeone en un lustro es demasiado elocuente como para no creer que surgirá una nueva oportunidad. Siempre hay una revancha en el fútbol: el mismo equipo vapuleado en el clásico del Bernabéu, ridiculizado en la Copa y que destituyó a su técnico es quien ahora saborea la Undécima. El Real no entiende de proyectos ni sabe vivir sin sobresaltos, pero, mientras nos desquicia, sigue ensanchando su histórica leyenda.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 18 de mayo de 2014

El Real Madrid y su última corona


Diecinueve años después, el Real Madrid puede volver a reinar en Europa. Se trata de mucho tiempo para un club que se empecina todos los años en ser el mejor de su deporte, pero cuya leyenda se había desvanecido estrepitosamente a finales del pasado siglo. Desde la consecución de la última Copa de Europa en 1995, el Madrid solamente ha disputado tres 'Final four'. En dos de ellas cayó derrotado en semifinales: en París en 1996 ante el Barça y, mucho años después, en Barcelona en 2011 ante el Maccabi, hoy rival. Entretanto, hubo una capitulación de quince años, en los que el Madrid se convirtió en un club menor, vencido e impotente. Fue un ignominioso paréntesis competitivo en el que contempló cómo la nueva élite del baloncesto continental no reunía al viejo rey de la competición. Los equipos griegos, que no habían ganado nunca en Europa, lograron nueve Euroligas entre 1996 y 2013: Panathinaikos se hizo gigante con seis entorchados y Olympiakos, vigente campeón, logró tres. También crecieron los viejos enemigos: Maccabi ganó tres y tanto Barça como CSKA se alzaron con dos trofeos.

El tercer asalto por la corona europea se produjo en la temporada pasada. El Madrid regresó a una final de la Copa de Europa con una escuadra talentosa y vigorosa, apuntalada con jugadores prestigiosos como Rudy Fernández y espoleada por el talento de Sergio Rodríguez, que por aquellas fechas destapó su versión inaudita de crack y que mantiene actualmente. Era un plantel diseñado para recuperar la hegemonía en España y y tomar el mando en la máxima competición continental. El equipo venía de reiniciar el último proyecto fracasado: se fue Messina, un plan bien intuido pero mal ejecutado, que aportó un salto significativo pero sin triunfos, y apareció Pablo Laso. Era otra propuesta, más desatada y descarada, menos controladora, más acorde con su joven e impetuosa plantilla, pero igualmente exigida por las urgencias históricas. A fuerza de evolucionar con el nuevo baloncesto, el conjunto merengue volvió a ganar los títulos con una Copa del Rey frente al sobrio y elitista Barça en el primer año, y a conquistar en la siguiente campaña la Liga nacional, pero el ascendente itinerario se truncó frente al Olympiakos.

El Real Madrid dilapidó una diferencia de 18 puntos y claudicó en la final más codiciada. Pero aquella dolorosa derrota supuso la última lección de un proyecto plenamente armado: había que ser más competitivo y fiero ante los grandes rivales. Nunca más habría fisuras ni titubeos y trazó una trayectoria impecable. Desde entonces ha ganado todos los títulos que ha jugado: Liga, Supercopa y Copa del Rey. El conjunto de Pablo Laso sembró un camino de superioridad inquebrantable, certificada en las 27 victorias consecutivas en la Liga ACB, y de admiración unánime del mundo de baloncesto, articulado en una de las mejoras temporadas que se recuerdan. Aplastó sin compasión al Barça, su última muesca, y se sitúa de nuevo en la final de la Euroliga. El último desafío para recuperar la gloria es el Maccabi, un contrincante histórico en consonancia con el mayúsculo reto del Real Madrid. La vieja copa de Europa vuelve a estar a su alcance, aunque esta vez hay mucho más en juego: se mide la excelencia de un equipo destinado a ser memorable.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Ganar o ganar


No hay más opciones. Por esta vez ya no. No hay espacio para plantearse posibilidades trágicas; como tampoco tiene cabida el tantas veces mencionado "y qué pasaría si....". Aunque bien es sabido que el proyecto no exige la consecución inmediata e incondicional del título más importante en el ámbito profesional, también lo es que la realidad imperante dicta que el Madrid, por innumerables factores, debe ganar este partido. El trabajo realizado hasta ahora concluye un satisfactorio rendimiento de los jugadores blancos que indica la escalada ascendente del Real Madrid. ¿Hasta dónde llegará? ¿Le dará tiempo a este año? ¿Estará preparado el Real Madrid para lidiar con los colosos de la Copa de Europa? Sólo el tiempo conoce la respuesta. Sin embargo, para poder plantearnos con holgura tales cuestiones, el partido de hoy se debe ganar.

Y sin excusas. Porque este año el rival no es el Liverpool. Porque este año no remontamos un 0-1; y no jugamos fuera sino en casa. Porque este año nuestro mejor jugador y líder en el campo es Cristiano Ronaldo y no Raúl. Porque este año no tenemos una plantilla mediocre, sino una de las mejores plantillas del planeta fútbol. Porque este año se han hecho las cosas muy bien, y no a contra corriente como en la campaña pasada. Porque este año estamos jugando bien al fútbol, plantando cara al mismísimo Fútbol Club Barcelona. Y porque estamos hasta los cojones de la prensa y sus gilipolleces; con sus maldiciones -octavos- y sus bestias negras -Lyon-. Y, sobre todo, porque somos el puto Real Madrid, herido en nuestro orgullo por tanta mancillación gratuita del honor madridista, sediento de venganza por tanta injuria cometida y deseoso de recuperar nuestra gloria perdida.

Y todo eso pasa por vencer al Lyon hoy, por ganar la eliminatoria. Es la primera piedra del camino hacia el éxito. No se puede fallar.

¡¡Hala Madrid!!

martes, 3 de noviembre de 2009

La gran oportunidad


Estoy totalmente convencido de que no peco de sabihondo ni de ingenuo si me atrevo a afirmar que lo más doloroso y lastimoso para el aficionado madridista en este último lustro, por encima de ordinarios equipos y efímeros y mediocres resultados, de penosos e indignos dirigentes y sus calumnias e injurias correspondientes, ha sido sin duda la pérdida de prestigio en Europa. Dicho también de otro modo: la sangrante mancillación del vetusto y legendario orgullo madridista, forjado en gloriosas hazañas por el viejo continente a lo largo de su historia. Así pues, hoy, martes 3 de noviembre, se le presenta una oportunidad única, irrechazable, tanto que sería imperdonable dejarla escapar.

Probablemente, a efectos prácticos y razonables, el resultado del encuentro de hoy apenas conclusiones generales conllevará. El camino hacia la cima se presupone aún lejano y arduo. Pero no es menoscabo si manifiesto que en el envite de hoy traza otros caminos y sendas. Es un encuentro de sensaciones e impresiones, todo un partido descrito en clave emotiva. Es el momento de empezar a recuperar la gloria olvidada; el momento de resarcirse de dolorosas y humillantes derrotas pasadas. De verse reconocido en los jugadores, en los tipos de blanco; de recuperar ese viejo sentimiento ganador e imperial, que sólo un madridista siente. De sentir que el equipo que durante largo tiempo dominó con mano de hierro el fútbol europeo todavía sigue vivo y con plena intención de recuperar la hegemonía abandonada. De volver a causar en Europa esa sensación de temor y respeto en los rivales. De recuperar el orgullo madridista; tan intrínseco, tan único, tan diferente, tan nuestro. Es, en definitiva, la hora del Real Madrid.

Y qué mejor que ante el Milan, el auténtico y eterno rival blanco, otra leyenda, aún acomplejado por la alargada sombra del Real, y en inmejorable escenario, San Siro, otrora Giuseppe Meazza, para cerrar de un portazo una época tormentosa y drástica, dañada y herida en su honor por rotundos fracasos europeos con Liverpool, Juve, Roma, Bayern, Arsenal, así como otros equipos, mediocres y sin nombre, que tuvieron su momento de épica ante el Real. Nos ahora toca a nosotros. Tenemos la oportunidad de demostrar a los ojos del mundo que el Real ha vuelto.

Tal vez alguno de ustedes me diga que la oportunidad en verdad la tenemos todos los años, que éste es el cuento mil veces repetido, la misma cantinela de siempre, nada nuevo bajo el sol por tanto; cierto, no negaré la evidencia. Sin embargo, sí recuerdo que las últimas refrendas no se correspondían con la realidad del presente. Una ilusión creada por la sencilla y simple consecuencia de ser aficionado a este equipo y que indirectamente ocultaba la verdaderas posibilidades. Todo lo contrario ocurre hoy. Ahora sí existe una realidad imperante que respalde el sentimiento blanco, que dignifique con holgura el escudo y la camiseta: si se confirma la baja de Raúl, el once que jugará hoy ofrece verdaderas garantías. Sin Raúl y sin Guti, sin los dos grandes lastres del equipo, el Madrid jugará con once tipos de alto nivel, jóvenes y con mucha calidad, y con el hambre intacto. Y, sobre todo, con una delantera poseedora de una cualidad a destacar: rapidez; Benzemá e Higuaín son futbolistas muy veloces, que tal vez marquen la diferencia ante el lento Milan.

Es, por ahí, donde se encuentra otra gran oportunidad: sentenciar a Raúl. De este modo pues, una victoria rotunda significaría el comienzo del fin de Raúl y el raulismo. Cuestión que no es baladí. Además de renovar confianza y fe en el proyecto de Florentino Pérez y alejar el alarmismo y pesimismo instaurado en el madridismo, así como callar bocas y críticas maliciosas, procedentes en su mayoría de uno de los máximos oponentes del club, la hostil y ruin prensa deportiva. Como ven, es un ahora o nunca, vencer o morir. Hay mucho en juego. Nosotros, incondicionales seguidores, madridistas todos, apoyemos a muerte. Con la cabeza bien alta, el corazón blanco y la bufanda al cuello, animemos y aupemos al Madrid:
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¡¡Hala Madrid!! ¡¡Siempre!!

viernes, 29 de mayo de 2009

La consagración de Leo Messi

Llevaba ya más de un lustro en la cima del fútbol: era la estrella número uno, el orgullo de toda una nación sufrida; era la imagen del fútbol mundial. Pero Menotti, su técnico en el Barça, desestimó tajantamente una verdad para muchos indiscutible: "Maradona sólo será el mejor del mundo cuando gane títulos". Y así ocurrió. No fue hasta su llegada al Napoles y su triunfo en el Mundial 86, cuando Maradona gozó de tal distinción. Caso parecido, por no decir idéntico, es el de Lionel Messi, jugador que desde su primer partido -en el Gámper, contra la Juve de Capello- estaba destinado también a ser el mejor del mundo.

Jugador singular, de técnica y velocidad envidiable, se ganó la admiración de sus aficionados vertiginosamente. La maquinaria propagandística del Barça le echó el ojo como futura estrella culé y del planeta fútbol. Sin embargo, el revelo llegó más temprano de lo que creían. Los primeros indicios de decadencia de Ronaldinho tardaron lo mismo que su hundimiento absoluto. Es decir, a ritmo de vértigo, de la noche a la mañana, Ronaldinho desapareció. Así pues, en la temporada 06-07, necesitados de cubrir el inminente vacío del Gaucho, señalaron a Messi. Regates antológicos, golazos increíbles y la adoración de su público, eran motivos suficientes y clarificientes para optar a los premios que oficializan la etiqueta del mejor jugador del mundo.

Desaparecido ya Ronaldinho y afianzado el argentino como líder de su club, la propanga culé, fiel a su intachable tradición, realizó un trabajo de diez. Ni los resultados insuficientes del Barça, el cual no logró nada e hizo una temporada ridícula, ni la intromisión de la Eurocopa y lo que ello conlleva, ni siquiera el hecho de que Messi se tirara tres meses lesionado fueron argumentos para que no optase al Balón de Oro. Al contrario, futbolista genuino como él, no merece otra distinción que el trofeo dorado del revista France Football. Aunque eso conlleve destrozar el trabajo impecable de todo un año de un portugués.

El sentido común se impuso. Cristiano Ronaldo, máximo goleador del planeta, referente de su club, ganador de Copa de Europa y Liga, fue el ganador. Porque para ser eso, el mejor del mundo, no sólo tienes que tener cualidades extraordinarias y únicas, no sólo tienes que ser un futbolista distinto del resto, sino que además tienes que ser el líder y referencia de un club ganador. El fútbol se explica fácil: sólamente los equipos campeones serán los mejores; por tanto, sus futbolistas más resplandecientes serán los mejores. Tal explicación se corresponde con el Manchester de Cristiano de la pasada temporada, con el Milán de Kaká de la temporada 06-07. Y hoy, en el presente, con el Barça de Messi.

Porque hoy no necesito ni necesitamos al entorno culé para comprender la realidad de Messi. La temporada de Messi y de su club, el Barça, ha sido cuasi perfecta en todos los sentidos. Individualmente, Messi ha rendido a un altísimo nivel, ha cosechado unos registros estratosféricos; además, ha sido decisivo e influyente en los no menos excelsos resultados del Barça. Campeón de Copa, Liga y Champions; el triplete del Barça de Messi. Con ello, Messi se consagra de modo definitivo y unánime como uno de los grandes futbolistas del mundo. El debate -ahora sí y no antaño, como nos ha querido colar la prensa culé- tiene pies y cabeza. Es Messi, la estrella del flamante campeón, es el Barça de Messi, ¿A que no suena igual que hace un año?

Por cierto; esta entrada me ha llevado a una curiosa paradoja. El Barça tiene a Messi: campeón de España y de Europa. El Manchester tiene a Ronaldo: bicampeón de la Liga inglesa y subcampeón de Europa. ¿Y nosotros? A Raúl...

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Apuntes, varios y breves, sobre la final de la Copa de Europa.



-Felicito, otra vez, al Barça y a sus aficionados. Conseguir el triplete no es ninguna trivialidad.

-El Barça fue el mejor. Por tanto, ganó con indiscutible merecimiento.

-Me decepcionó el Manchester. Me esperaba más.

-Ferguson se equivocó. Su planteamiento fue erróneo.

-Guardiola acertó. Xavi, Busquest e Iniesta, es decir, un centro del campo ofensivo, fue la clave del éxito.

-Ciertos jugadores reds no dieron la talla. Van der Sar, dubitativo; Vidic y Ferdinand fallaron en el primer y segundo gol, respectivamente; Anderson y Giggs no estuvieron en el partido, no debieron jugar (error de Ferguson); Rooney y Ronaldo muy separados, muy solos en ataque.

-Ronaldo fue el único que dio la cara.

- El Barça no acusó sus bajas. Más mérito todavía.

-Iniesta es el mejor futbolista español que ha salido desde Raúl.

-¡Raúl, jubílate! (ya sé que no viene a cuento, pero no puedo evitarlo).

-Me hubiera gustado hacerlo por nuestra cuenta, pero, de momento, agradezco al Barça que le haya ganado a Ferguson. Sí, viejo borracho; no me caes bien. Jódete.

-La mejor noticia es que se ha acabado el año. El triplete ya es historia. Ya sólo vale junio en adelante.

jueves, 7 de mayo de 2009

Seis goles directos al corazón blanco


Seis goles nos colaron el sábado. Seis nos coló el Barça. Y en nuestra casa. Nunca un partido de fútbol resultó tan doloroso para un servidor. Creo que ha sido la mayor humillación que he recibido desde que soy madridista. Y no es porque yo haya visto precisamente pocas derrotas blancas. Ni las eliminatorias europeas perdidas durante el último lustro, ni la goleada del Valencia en la Copa del 99, ni la del Zaragoza hace tres años; ni aun el 0-3 que el Barça nos endosó en noviembre del 2005 ha sido tan doloroso como el partido del sábado. Uno contemplaba la posibilidad de un partido duro y arduo, hasta era consciente de la posibilidad de perder, pero no me esperaba esto. Nos la metieron doblada: derrota, baño y goleada. Y encima el equipo que más nos odia, el que más se alegra de nuestras miserias y cuyos aficionados soporto a diario.


Gran parte de la culpa de todo esto lo tiene el propio Madrid. Las nefastas políticas deportivas e ineptitudes de los dirigentes blancos, la demagogia y las falsas ilusiones creadas por la prensa blanca, el conformismo de una afición indolente y profundamente ignorante han propiciado la cruda realidad de este Madrid: un equipo de aspiraciones paupérrimas. No da para más. El adjetivo ridículo es constante en sus noches por Europa. Un equipo que, con su mediocre y lastimoso presente, maltrata a su glorioso pasado y a su futuro. Porque no es capaz ni de generar ilusión. Y, para remate de las penurias, tiene la desgracia de convertir a toda una leyenda viva en un auténtico lastre (Raúl). Sin todo esto, el Barça jamás se hubiera permitido el lujo de humillarnos.

No obstante, no voy a restar ningún mérito a los culés. Admito su superioridad en el clásico. Guardiola pareció aprender muy rápido la lección del Chelsea. En el partido de ida, el Barça, con el técnico culé a la cabeza, se quejó de que les pusieran el autobús. Ay, mamá, que fulano no me deja, clamaron. El catennaccio en estado puro es una forma totalmente legítima de ganar partidos de igual modo que practicar un fútbol ofensivo. Es trabajo del Barça conseguir sus objetivos por iniciativa propia, y no porque el rival se lo ponga en bandeja. Así, el Madrid de Juande supongo que intentaría jugar como los ingleses -lo supongo porque no lo vi- pero el Barça se adelantó. Fue listo Guardiola: estudió al Madrid, aprovechó sus puntos débiles e, incluso, varió el sistema para poder jugar y ganar al Real. Fue el 4-3-3 menos rígido de toda la temporada. No sé si se fijaron, pero el Barça jugó en casi la totalidad del partido sin un nueve definido y con Messi por el centro. Así sí, señor Guardiola. Así sí tienen mérito las victorias. A mayor dificultad, mayor grandeza. Felicito su victoria en el Bernabéu y mi parabién les daré cuando les toque la hora de celebrar sus títulos.

Confieso una cosa: el Barça, personalmente, me ha hecho daño. Y eso es difícil. Que el Barça me traiga dolores de cabeza es complicado. Por la sencilla razón de que no me importa sus andaduras. No me interesan ni celebro sus miserias como tampoco me enrabian sus victorias. No es mi estilo. Simplemente no me caen simpáticos, nada más. O dicho de otro modo: soy madridista, no antibarcelonista. Pero por esta vez voy a hacer una excepción. Ésta derrota no se puede pasar por alto. No se olvidará jamás. La escandalosa goleada es un ultraje en toda regla al honor madridista. No podemos tener esa mancha en nuestra historia. Quiero venganza, pido revancha. Quiero lo mismo que ocurrió hace 14 años, cuando le devolvimos la manita que ellos mismos nos endosaron. Necesito tener la conciencia tranquila.

Pero eso, la vindicta culé, no deber ser más que una batalla particular. O un capricho mío. Sólo eso. Porque nuestra gran batalla, nuestra verdadera guerra es recuperar nuestra identidad. A ver si los futuribles dirigentes blancos nos devuelven la grandeza perdida. Por ello, espero y deseo el Florentino del 2000. El mismo que cambió el rumbo del club. El mismo con el que fuimos grandes en todos los aspectos, que no todo son resultados. Y que sea cuanto antes, pues, al ritmo que vamos, me estoy convirtiendo en un jodido nostálgico. No es mi intención pasarme el resto de mi vida contando batallitas. Quiero volver a revivirlas; quiero que mi equipo recupere el lugar que históricamente le corresponde. El cetro del fútbol mundial debe ser siempre blanco.

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Actualizo la entrada:


Hoy media España futbolera celebra el pase a la final del FC Barcelona. La otra mitad refuña y maldice la potra culé y los fallos arbitrales.
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Todos lo vimos ayer. El arbitraje de ayer fue horroroso, hasta tres penaltis no pitó el árbitro ayer. El Chelsea tuvo sus ocasiones para llevarse la eliminatoria; todo lo contrario que el Barça que tan sólo tuvo una y en tiempo de descuento. Le bastó con eso. Iniesta, el futbolista con más talento del Barça -es opinable, y yo opino- la metió por toda la escuadra. Golazo. Sin embargo, realmente, la victoria del Barça fue injusta e inmerecida, porque el Chelsea dominó el encuentro.

Pero quisiera hacer una breve reflexión. No somos nadie para poder quejarnos. Lo mejor es mantener la boca cerrada. Imaginen si en en vez del Barça fuese ayer el Madrid. Todos lo hubiéramos celebrado como locos. A ningún madridista le hubiera importado si el arbitro influyó o no en su contra; como tampoco nos habría molestado que su equipo fuera inferior en el juego. Porque estos partidos son los que se ganan por lo civil o por lo criminal.

Así que, madridistas, menos quejas fútiles y más mirarse el ombligo. Que tenemos muchas cosas por hacer. Aunque nos fastidie, dejemos en paz a la gente que hace las cosas bien.

jueves, 12 de marzo de 2009

Fracasos incuestionables

Enésimo fracaso europeo del Madrid; enésimo ridículo del Madrid. Intolerable para el aficionado madridista. El Madrid siguió con la tónica decadente del Madrid en los últimos años: el prestigio está por los suelos, la camiseta mancillada y apenas respeto nos queda en Europa ya. Sin embargo, lo peor es que ya ni siquiera creamos ilusión. ¿Cuántos niños en el mundo se hicieron el martes del Liverpool?

El motivo de la derrota es sencillo: enfrente hubo una plantilla superior a la nuestra; presenta un modelo, un plan que se sigue desde hace cinco años, unos jugadores hechos y derechos y sabedores de su trabajo, expertos y ganadores. Los jugadores del Liverpool saben qué hacer, cuándo y dónde, y cómo hacerlo. El Real Madrid, en cambio, es un equipo cogido con pinzas, no existe plan, su política de fichajes contempla tanto fracasos como éxitos a su vez, ni tampoco son expertos ni ganadores, al menos en Europa.

El Liverpol buscó la victoria en su desarrollado método, en el trabajo racional, en la continuidad, en la coherencia a lo practicado y entrenado durante años; sabían cómo lograr el éxito porque simplemente ya lo habían hecho en anterioridad. Su victoria tenía motivos y razones. Todo lo contrario que el Madrid, que la buscó en la sorpresa, en un trabajo incorrecto e intermitente, en la inspiración de determinados jugadores y el pinchazo del rival; el posible éxito del Madrid hubiera sido inédito, nunca antes visto. De ganar, dudo de la existencia de motivos lógicos.

Fue el fracaso de dos grandes bloques. Por un lado, el de los dirigentes madridistas, los cuales son responsables de la permanente inestabilidad institucional, de su nula gestión deportiva, con sus escándalos y despropósitos acompañados de salidas de tonos inapropiadas, todo condenado y resuelto a la autogestión de los propios jugadores. Y por otro lado, fue el fracaso del raulismo. Jugador alabado hasta cotas inimaginables, señalado estrella y líder desde el hundimiento de los galácticos que, sin embargo, no ha cosechado ningún resultado en Europa. Son cinco años ya. El raulismo no sirve, no funciona; ha sido una mentira que ha perjudicado a todos. La eliminación del Madrid es también el fin del raulismo.

Ya sólo queda a los madridista refugiarse en la Liga. Un título menor que casi nunca sabe a nada; cada vez que se logra, se recuerda que nuestra mirada es más alta, que nuestra grandeza no está aquí en España, sino en Europa, donde hasta hace poco éramos los más grandes.

martes, 3 de marzo de 2009

A falta de pan...

Un plantilla tan suficiente para el título liguero como limitada para el título europeo. Ésa es la realidad del actual Real Madrid. Preparado para ganar a cualquier equipo español y a la mayoría de los europeos, pero no aún para la élite de los grandes. Liverpool, Inter, Manchester United y los excelsos equipos tácticos -Juventus, Chelsea, por ejemplo- quedan fuera del alcance real del Madrid. Al Madrid, efectivamente, le falta de una plantilla de alto nivel y, lo más importante, presentar y aplicar un modelo a seguir, un método de trabajo: un proyecto deportivo.

Así pues, el Madrid se debe a la Liga, superior en todas las facetas a sus rivales. Le basta con lo que tiene. Hace falta que un equipo haga la mejor campaña de su historia y bata registros para dudar de la consecución del campeonato por parte del Madrid. Si el Madrid gana esta liga, no sé qué demonios tendrá que hacer el Barça para vencer a su eterno rival. De fallar en Anfield y aunque siga sin depender de él mismo, no tengo dudas de que el Madrid se presentará como favorito indiscutible para revalidar el título.

Pero no nos engañemos. Las exigencias del Madrid no son éstas. Arruinar el año al equipo que más nos odia no está nada mal. Y reconozco además que es aliviante. Pero no se debe olvidar quiénes somos y qué representamos; no podemos olvidar que la grandeza del Madrid está en la Copa de Europa y que no nos vale nada más que ganarla. Fastidiar la marrana al culé no es nuestro sino.

jueves, 26 de febrero de 2009

El Liverpool y una pardillada

Puntualizo. Antes de todo, quiero dejar claro que este texto es una modesta opinión de un joven aficionado. No tengo los conocimientos mínimos ni he visto el fútbol suficiente para plasmar aquí el porqué de la derrota del Madrid ayer. Digo esto porque tal vez esta entrada pueda sonar oportunista y muy ventajista. Expongo aquí mi particular punto de vista del partido de ayer, con mis críticas y mis reproches. Podría también rajar y lanzar impropios a los jugadores y técnicos del Madrid sin piedad alguna, pero me voy a calmar. Porque creo que todo esto ha sido muy simple. El análisis y conclusión del encuentro está claramente condicionado por la derrota. De no perder, se pensaría y se comentaría de otra forma. Sinceramente, cómo escuecen las derrotas en el Madrid.

La crónica. El partido de ayer lo perdió el Madrid por dos cosas: porque enfrente estaba el Liverpool y por una pardillada de un futbolista blanco. Equipos como el Liverpool no los hay en España desde los tiempos del Valencia y el Depor. Los actuales clubes españoles son buenos técnicamente pero inferiores, por ejemplo, a los equipos italianos -incluidas medianías- desde el punto de vista táctico. Así pues, el Madrid se enfrentó a lo desconocido, a lo inédito en la competición casera, a una auténtica tela de araña roja: imposible de romper, difícil de arañar. A ello hay que sumar el trabajo y la experiencia del Liverpool, que sigue un método, un plan desde hace 5 años; por el contrario, el Madrid presentó un ¿estilo? de 2 meses. Por ahí perdió el Madrid. Y perdió también por una inútil falta cometida por Heinze, la cual fue mal defendida y significó la victoria inglesa.

El Liverpool no engañó a nadie. El Liverpool entregó la pelota al equipo local y rápidamente enseñó sus cartas al Madrid: en defensa, no entraréis, no podréis hacernos daño, sois niños jugando con mayores; en ataque, estamos mermados, colega, no tenemos ni a Gerrard ni a Torres, así que iremos al contragolpe y a las jugadas a balón parado; eso haremos, Madrid. Y así fue. El Madrid no tiene soluciones ofensivas reales contra este Liverpool: Robben se dio cuenta que no es lo mismo regatear a jugadores del Sporting o del Mallorca que intentar irse de jugadores de alto nivel. Mascherano estuvo inmenso ayer en las ayudas y coberturas a los laterales. Higuaín estuvo demasiado solo, mucha responsabilidad para su edad y rendimiento tuvo ayer. Raúl volvió a ser un cero a la izquierda y Marcelo, simplemente no desentonó. Ni ayudó ni erró. El Liverpool, a lomos de su imperial centro del campo, con Mascherano y Xabi Alonso como mariscales, manejó todo el partido. En el ataque rojo, efectivamente, no tenían su día. Torres estaba cojo y la ausencia de Gerrard se notó. El contragolpe no fue su arma ayer; Pepe, Cannavaro y Lass estuvieron bien. Su única posibilidad residía en un fallo del rival o una jugada a balón parado. Como así ocurrió.

Juande leyó mal. Ante esto, el Madrid necesitaba, junto a Robben y Ramos, a Cristiano Ronaldo y a Roberto Carlos. Intentar desactivar con calidad y velocidad al Liverpool por fuera, nunca por dentro, pues era imposible. ¡Ah, no! Que no tenemos esos jugadores. Una lástima. No obstante, a falta de recursos técnicos y físicos, es decir, a falta de plantilla de alto nivel, el Madrid tenía que haber sido más listo. Sacar o, por lo menos, intentar obtener petróleo de su limitada plantilla. Dar por bueno el 0-0 era una posibilidad lógica. No permitir nunca el gol rival e intentar por otros medios el gol madridista, aunque éste no era prioritario. Más urgente era mantener la portería a cero. ¿Por qué no buscamos nosotros el gol a través del contragolpe y jugadas estratégicas? Juande apostó por Guti. Error. Por el centro del campo no iba a conseguir nada el Madrid. Nada. Y menos con Guti. Hubiera sido más preferible Sneider: habríamos ganado en verticalidad y en opciones a balón parado. Pero Juande ni lo intentó. Se equivocó.

Se lo hemos puesto en bandeja. Visto lo visto y viendo lo que hay, que el Madrid fuera a Anfield con un empate sin goles era un excelente resultado. El Liverpool se vería obligado a abrirse y generar espacios, tendría que ir a buscar el gol local, esto es, el Madrid -ya que no es malo su defensa ni su centro del campo en labores defensivas- podría esperarle con comodidad para matarlo a la contra. Un solo gol podía bastar. Pues no, resulta que no. Un jugador de la experiencia de Heinze no puede cometer en forma alguna -Rey dixit- una falta como la que inexplicablemente cometió: sin motivo aparante, sin necesidad alguna. Como tampoco se puede permitir que Benayoun, 1.73 m de estatura, remate solo y fácil. Y el portero a verlas venir. Por culpa de esto hemos sentenciado casi la eliminatoria. Ahora la pelota está en el tejado del Liverpool. Seremos nosotros los obligados a buscar el gol, con ellos arropados atrás, cómodos y en su salsa, con Gerrard y Torres-esta vez sí- en forma y con la grandiosa afición del Liverpool tronando.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Regresa la Copa de Europa


Las dos últimas jornadas de Liga han disparado el estado de ánimo de los jugadores y aficionados blancos. Después de casi seis meses de decepción general y a la deriva de la ilusión culé, ahora son los madridistas quienes llevan la voz cantante. Las opciones de ganar el título liguero aumentan. Si antes era difícil -nunca imposible-, ahora es factible. Pero ahora no toca comentar la liga. Regresa el Zahir madridista -quintadelbuitre.blogspot dixit-. Se nos presenta nuesta competición. De la Liga ya hablaremos otro día. Hoy, miércoles, nos toca un equipo que nada tiene que ver con el Betis, el Sporting o el Racig: es el gran Liverpool de Rafa Benítez.

El Liverpool, sin duda alguna, es uno de los grandes equipos del presente. Difíciles de derrotar, presentan una organización táctica impecable. Sus jugadores destacan en virtudes en peligro de extinción hoy día: son infatigables y perseverantes; son orgullosos y ganadores, siempre alientados y llevados en volandas por su magnífica afición. El liverpool es un equipo con todas sus letras, tal vez falto de un jugador desequilibrante, un punto de alta calidad para apuntillar, pero compensado por el entrenador. Sí, por encima de los Gerards, Torres o el equipo en sí está el entrenador. Su verdadera estrella. Si el Manchester es del portugués Ronaldo, si el Barça es del astro Messi; el Liverpool es de Rafa Benítez. Un tipo serio, tenaz y brillante. No hay nada más efectivo ante un físico pundoroso o un talento desorbitante que un tío listo: la inteligencia puede con todo. A ello se le suma la experiencia de sus jugadores en competiciones europeas. Este mismo bloque sabe jugar finales y, más aún, ganarlas. Una ventaja que, por otra parte y con sus lógicas excepciones en determinados jugadores, carece en su totalidad el Real Madrid.

Sin embargo, esto sólo significa que la victoria del Madrid tendrá más mérito. Hay respeto y consideración hacia el rival. Pero no hay pesimismo ni miedo. Nada más. El Madrid, por lo que ha sido y sigue representando, jamás concibe en su diccionario la palabra derrota. Nunca debe salir a un campo temeroso o asustado. Sí sabedor de un partido complicado y duro, consciente de un tarea ardua que realizar. Pero los imposibles no existen aquí. Su gloriosa historia se lo recuerda constantemente. Dicho esto; al igual que el Liverpol, el Real Madrid también tiene argumentos futbolísticos de sobra para pasar la eliminatoria. El trabajo de Juande ha dado sus frutos. La defensa del Madrid, aunque dotada de menos fuerza táctica, es superior a la del Liverpool y los mediocentros blancos están preparados para resistir la embestidas del fuerte centro del campo inglés -su gran baza-; hay calidad y desequilibrio arriba con Higuaín y Robben, y Raúl, hasta hace poco mi única duda, está en forma. El estado de ánimo de los jugadores está en alza y, cómo no, llevan la camiseta del Real Madrid. La victoria blanca es obligada.

La temporada 08/09 para el Real Madrid ha sido un fracaso, tanto institucionalmente como deportivamente. No obstante, si el primero no tiene más remedio que lo que digan las próximas elecciones, el segundo todavía tiene solución. El objetivo principal y casi único del Madrid a comienzos de temporada es la Copa de Europa, es decir, a un club como el Real le corresponden las exigencias más altas. Por ello, el Madrid siempre debe ganar esta competición o, en su defecto, aspirar hasta el final. Es su inevitable sino y que, a su vez, es el orgullo de sus aficionados. Ahora es el momento de la verdad. Ha llegado nuestro día D. Así pues, la posible eliminación será contemplada como un fracaso. No hay excusas. ¿Yes, we can? ¿Podemos? No. Debemos.

jueves, 24 de abril de 2008

Yo no lo ví así

Dicen periodistas, analistas y aficionados que el Manchester United de ayer fue una decepción. El equipo inglés, a lo largo de toda la temporada, ha desarrollado un fútbol rápido, eléctrico y vertical. Fuerte en defensa pero valiente en el área rival, con delanteros de mucha calidad y gol. Es el líder de la Premier, está en semifinales de la máxima competición continental con total merecimiento y, lo mejor sin duda, posee al mejor jugador del mundo, Cristiano Ronaldo. El portugués está realizando una temporada de escándalo y sus números son, sin discusión, de Balón de Oro y de Fifa World Player. Sin embargo, tales reconocimientos individuales no llegarán de no ser hombre en la Copa de Europa. Pero él lo sabe. Tiene fijado la final de Moscú en la frente. Sueña con la orejones y, por qué no, jugar en España.

No obstante, en el día de ayer, no se vio nada de lo citado en el anterior párrafo. O eso afirma la opinión pública futbolera. Enfrente del Barça no hubo ningún equipo ofensivo sino al contrario, un conjunto muy defensivo. En ningún momento se vio la verticalidad que tanto caracteriza al United. Parecía como si en vez de Ferguson, en el banquillo visitante se hubiera sentado el mismísimo José Mourinho. Y Cristiano, a parte de fallar una pena máxima, se tomó el partido como si de un amistoso se tratara. Esto es, con tres o cuatro detalles de la calidad que tiene, pero no más. Sin motivación y con aire de divo. Vamos, el tío estaba en un amistoso. O sea. Que ni el Manchester jugó al ataque, ni metió miedo Ronaldo, ni nada de nada. Una patata en toda regla. El United les resultó un fraude, un timo.

Pero mire por donde, que yo no ví ningún chasco. Es cierto que no ví el juego típico del Manchester United -ni yo ni nadie- pero no por ello resultó ser un fracaso. Es más, el conjunto inglés jugó como un equipo del siglo XXI. Los diablos rojos salieron conscientes de que las eliminatorias duran 180 minutos y no 90, y de la importancia que supone no encajar un gol. El Barça, para bien o para mal y más en su campo, siempre tiene la pelota. Y ante eso, o se le quita el balón o se le espera. Hasta el momento nadie le ha quitado la pelota, sino al revés, han habido equipos que le han esperado y le han dado soberanas lecciones -el Real Madrid, el Villareal, y el Chelsea, el año pasado, son ejemplos-. Haber jugado de manera distinta hubiera propiciado que los culés estuvieran más liberados del marcaje, más contragolpe y, por consecuencia, más posibilidad de anotar un gol. Ayer el Manchester defendió bien, taponó a Messi e intentó que los mediocentros culés no conectaran con los delanteros. La pena fue no marcar un gol. Cristiano tuvo la única ocasión. Y falló. Con él es lo único en lo que estoy de acuerdo con los demás.

Todo despejado para Old Traffor, donde, ahí sí, en un campo de dimensiones más reducidas, la afición de su lado y el Barça con mucha presión, el Manchester jugará como todo el mundo esperaba. Y más le vale a Miltio que no tiente más a la diosa fortuna. San Jordi no estará presente el 29 de abril.

jueves, 6 de marzo de 2008

La champions por la tele

El flamante líder de la primera división española, el equipo invencible, el equipo que tiene ganada la liga desde hace meses según el diario más leído de España, la "máquina total" en palabras de su presidente, o sea, el Real Madrid, ha sido eliminado a las primeras de cambio de la máxima competición continental, la Copa de Europa. La competición que lo ha sido todo para el Real, el trofeo que le permitió y le permite ser la envidia del resto, el campeonato que hizo que la FIFA por unanimidad le declarase mejor equipo indiscutibles de la historia, la Copa de Europa, le ha dado con la puerta en las narices al Real Madrid. O al revés, el Real, como así se le llama en el extranjero, le ha dado la espalda a su competición.

Y la manera de su eliminación ha sido la peor de todas. En octavos, en la primera oportunidad, ante un equipo inferior -sobre el papel-, sin dar ninguna sensación de poder ganar, sin espíritu y en su campo. Todo un ultraje a la gloriosa camiseta del Madrid. Lo dicho, había muchas formas de perder, pero se escogió la peor. Ni siquiera la afición estuvo a la altura. Es, en resumidas cuentas, un fracaso rotundo y ridículo. También es verdad que si al equipo blanco le cambias el nombre ayer, si no se llamara Real Madrid, si no poseyera la brillante historia que posee, no merecería tales adjetivos. Es más, está haciendo una buena temporada, con muchísimas posibilidades de ganar la liga, siempre un éxito. Pero no, el equipo de ayer era el Real Madrid. Este club siempre tiene la obligación moral y ética de ganar la copa de Europa o, al menos, de pelear hasta el final. Le pese a quien le pese. La competición nacional, la Liga, siempre ha sido la segunda opción. De hecho, han habido ligas que ni se han celebrado. Bien lo sabe la generación de la quinta del buitre. Bien lo saben los madridistas de verdad.