Ahora que la temporada ha finalizado, ahora que es el momento del reparto de títulos, ahora que es el momento de las conclusiones finales es cuando se debe calificar y adjetivar al
Barça.Y felicitar, claro. No a mitad de temporada, cuando no había logrado nada.
Empiezo por
Guardiola. Entrenador al que se le atribuye mucho mérito de la gran temporada del
Barça. Para muchos su gran baza es el fútbol que su equipo ha practicado y su afinidad hacia la cantera, es decir, a lo superficial y artificial. Yo, sin embargo, me quedo con otros
aspectos, los que nadie ve ni valora. A mi juicio, más que por abogar un fútbol bonito, alegre y espectacular, su gran labor reside en haber actuado como un verdadero entrenador. Es decir, ha resuelto con nota lo que se requiere para el ejercicio del entrenador de fútbol en el siglo
XXI. Este año los jugadores del
Barça se han encontrado con la paradoja de que había que ganarse el puesto si querían jugar domingo a domingo. Cosa que no ocurría en la era
Rijkard. Eso significa ser la autoridad máxima en un vestuario, que decide y manda sin ataduras ni amiguismos. El ejemplo más claro es el de
Eto'o.
Guardiola ha impuesto el orden y la
disciplina; el trabajo diario y no el nombre como mérito ha hecho de los jugadores del
Barça altamente competitivos durante todo el año, con muy pocas lagunas. Normalmente, los equipos campeones suelen tener bajones de juego y resultados. Miren al Madrid de
Schúster en febrero y marzo del curso pasado. Este año el
Barça apenas ha tenido un mal momento. De este modo, se establece una clara
jerarquía vertical en el vestuario, la cual no hace sino producir grandes beneficios al club.
Formenta la
competitividad dentro del propio equipo lo cual equivale a un aumento del nivel de los jugadores en partido oficial; los jugadores no piensan, sino trabajan y actúan; elude que se creen
grupúsculos en el vestuario. Todos van a una, todos van con
Guardiola. O estás con él y su método, o estás fuera. Los que no trabajan, los desganados quedan retratados. Señalados. Ya no hay sitio para ovejas negras.
Guardiola es el jefe; nadie cuestiona su autoridad.
En segundo lugar,
Guardiola ha dotado de sentido táctico al equipo. Eso, en equipos que practican un fútbol ofensivo, es una rareza. Esto es clave para comprender el éxito del
Barça en los momentos más importantes del año. No ceñirse y
encabezonarse al sistema, dotarlo de más
verticalidad le ha hecho ser un equipo menos previsible, más poderoso. El Madrid, mi Real Madrid, lo ha sufrido en sus carnes. Otro punto es el aspecto físico. Gran suspenso del antecesor de
Guardiola. La mayoría de los jugadores han llegado frescos a mayo, que es cuando se da el todo por el todo. No obstante, está la excepción de
Eto'o, al que creo que llega quemado a la final de Roma. Estas dos facetas del fútbol son importantísimas e imprescindibles en el fútbol de hoy en día. Y
Guardiola las ha manejado muy bien. Sin ellas, no habría opción al
triplete.
Así pues, son en los cimientos y creación de este equipo y no en el resultado final y la
visualización del producto donde encontramos el gran mérito de
Guardiola. La estructura del
majestuoso edificio es suya; la pintura y la estética, es de los jugadores. Los resultados: la sincronización de ambos.
No obstante, en esta entrada también quiero dejar paso a la crítica particular. Es decir, a título mío. Y lo hago concretamente en un tema que no hago amigos, precisamente; de esos etiquetados por la realidad imperante como políticamente incorrectos. Mucho se habla del
agradecimiento a
Cruyff por traer esa filosofía del fútbol, ofensivo y, especialmente, bonito; el fútbol de toque con el que han disfrutado de tantos elogios y piropos.
Personalmente, me es una forma de jugar al fútbol tan legítima como cualquier otra. No me hace de más mérito, de más justicia poética las victorias de los equipos que juegan de ese modo. Se está convirtiendo lo que era hasta ahora una teoría o manera de ver e interpretar el fútbol en un
fundamentalismo radical. Es más, creo que en esta campaña se ha echado en falta equipos que sí valgan como vara de medir al fútbol del
Barça. La única y verdadera prueba de fuego la han tenido en semifinales de la Copa de Europa. Y aunque el resultado diga lo contrario, no salió como se esperaba. Su excelso juego ofensivo no superó al brillante juego defensivo que planteó el
Chelsea. Podemos decir, sin ambages, que el fútbol ofensivo no ha vencido al fútbol defensivo con contundencia.
Por último, señalar que este
Barça, por mucho
triplete y mucho
récord que haya logrado esta temporada, no ha tocado techo. Ni muchísimo menos. Esto no ha hecho más que empezar. El
Barça aún tiene un largo camino que recorrer.
Durante toda la vida, o mejor dicho, desde que Santiago
Bernabéu cogió las riendas del Real Madrid, el Barcelona ha sido un equipo perdedor. El segundón de España. Siempre a la deriva de los éxitos del club blanco, con pretensiones y aspiraciones de menor calibre. Con la llegada de
Cruyff, la historia
azulgrana empezó a variar.
Consiguió acabar con el monopolio blanco en España. Ya no hay un grande, sino dos, el
Barça y el Madrid. Ellos son los amos y señores del campeonato de Liga. Poco a poco va cambiando la dinámica y la historia de este club. Cada vez es menor el pensamiento
perderdor de
antaño "con ganar al Madrid en el
derbi nos sobra". Su camino debe acercarse al de las letras de oro de la historia del fútbol . Éste es el objetivo primordial del
Barça del futuro próximo. El de
Guardiola y sus futbolistas.
Esto es, les queda lo que nunca jamás -perdonen el pleonasmo- han hecho en más de cien años de existencia. Su gran laguna, su gran lunar, su gran diferencia con el
Milan, el
Liverpool, el
Bayern, el
Ajax y, sobre todo, el Real Madrid; les falta lo mismo que intenta ahora el
Manchester United: plantar una hegemonía en Europa. Ganar, dominar y marcar una época en el viejo continente. He ahí la mayor grandeza del fútbol. Y no jugar como los ángeles.