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jueves, 5 de agosto de 2021

Messi

Leo Messi. Foto: DIARIO OLÉ

Muchos disfrutaron de su inmenso talento. Yo no. No pude ni supe: explíquenme cómo se disfruta de semejante bestia que vestía de azul y grana y cuyas hazañas castigaban al Real. Lo respeté y lo valoré, sí; aprecié el privilegio de contemplar a uno de los más grandes del Olimpo, consciente de presenciar en directo al talento más sublime que ha visto el fútbol español desde Maradona. Pero sobre todo lo temí y lo sufrí. Cada genialidad, cada brillante acción repetida con una asombrosa regularidad, era una puñalada para el madridista, para goce y deleite del culé. El desafío del Madrid fue mayúsculo: competir en la era de Messi. Y el corolario dejó sangre y lágrimas: el dolor de ceder el trono de la Liga durante diez años y la desazón de que la Orejona viajara a Barcelona cuatro veces. Por no hablar de la cuchillada casi persistente de los clásicos. Fue una pesadilla, un tormento que duró demasiados años. Se marcha el rival más temible que ha soportado y soportará el Real. Su leyenda elevó al fútbol español, enalteció a su club como ningún otro futbolista consiguió en su historia y propició que las victorias blancas tuvieran más mérito. No, no se derrotaba al Barça: se lograba la heroicidad de ganarle al Barça de Messi, otra cosa bien distinta.

Fue un honor, Messi.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Los años oscuros del Real Madrid de baloncesto

El Real Madrid de baloncesto se vuelve a proclamar campeón de un título, la Supercopa de España, y el madridismo, que saborea con deleite esta bella época de esplendor, se resiste a no olvidar. A pesar de los éxitos, el hincha merengue recuerda que no siempre fue así. La memoria tiene presente que durante muchos años sufrió y padeció con la sección de baloncesto, más incluso que con el fútbol. Desde que el Real Madrid de Pablo Laso se instaló en la excelencia competitiva, que le ha llevado a disputar prácticamente todas las finales (25 de 34 posibles), con triunfo en la mayoría de ellas (18 campeonatos), el madridismo disfruta con el regusto de haber dejado atrás la pesadilla que tanto tiempo duró. 

Hoy llueven los elogios al equipo blanco, el lasismo es una referencia y la trayectoria del club es extraordinaria. El Barcelona, anclado a la sombra de su eterno rival durante más de un lustro, descarga este verano un sobresfuerzo económico para poder desbancar al equipo que rige con puño de hierro el baloncesto español. Pero no hace mucho ambos clubes afrontaban realidades diferentes: el Barça reinaba mientras el Madrid naufragaba, con equipos impotentes que acumularon decepciones y fracasos estrepitosos. Aquella época decadente perduró casi dos décadas y sumió en una depresión al madridismo, acostumbrado históricamente a pugnar por la victoria.

Alberto Herreros lanza el triple ganador de la final de la ACB 04/05. Foto de Real Madrid.com.

Cómo no olvidar que Alberto Herreros, antimadridista confeso en los noventa y última gran estrella del baloncesto nacional hasta la irrupción de los ‘Júniors de Oro’, abandonó en 1996 Estudiantes por el Real Madrid para ganar títulos y acabó su carrera en 2005 con solamente una Recopa europea y dos Ligas en su poder. Y habría ganado menos de no ser por su triple milagroso ante el TAU Vitoria. Un anotador excelso condenado a la mediocridad, sumando fiascos año tras año y que se retiró "cansado de perder finales", como él mismo reconocía. 

Cómo no olvidar jamás que el Real Madrid no participó en ninguna Final Four de la Euroliga en la primera década del milenio. Pasaban los años y el Real Madrid, rey de reyes en Europa, se ausentaba de la gran cita del baloncesto continental. Surgieron generaciones de madridistas que nunca habían visto a su equipo en una final de la máxima competición europea. Un servidor, que se enamoró del baloncesto a mediados del 2000, tuvo que esperar hasta el año 2011 para contemplar por primera vez al Real Madrid en una Final Four.

Cómo no olvidar tampoco que el Real Madrid finalizó una temporada en… ¡la décima posición! El equipo merengue se quedó por primera vez fuera del play off de la ACB en el curso 02/03, firmando un ridículo espantoso mientras el fastuoso Barça de Bodiroga se coronaba en la Euroliga. Aquel plantel, a los mandos de Javier Imbroda, que había cambiado la Selección española por el Raimundo Saporta, reunía viejas guardias nacionales, como los hermanos Angulo (el tirador Alberto y el defensivo Lucio), el veterano Alfonso Reyes y el propio Herreros, además de exjugadores del Barça como Alain Digbeu y Derrick Alston. No formaban un mal roster, a priori. Pero el año resultó horrible. Eliminado en primera ronda de la Copa del Rey y en la primera fase de la Euroliga, aquel conjunto protagonizó la peor temporada de la historia del Real Madrid.

Cómo no olvidar de ninguna manera que en la temporada 03-04 el Real Madrid dejó escapar un título menor, pero un título al fin y al cabo, al perder la final de la Copa ULEB contra el discreto pero digno Hapoel Jerusalén. El argentino Julio Lamas era el entrenador y la plantilla, aunque pobre en calidad, tenía como mejores jugadores al fiable base estadounidense Elmer Bennett y al prometedor Kaspars Kambala, un pivot letón de fantásticos movimientos pero más recordado por su patada voladora en un derbi. El Madrid tropezaba otra vez en cuartos de la Copa del Rey y en Liga era eliminado en cuartos por Estudiantes, que vivía su última etapa dorada. El club merengue, por el contrario, sumaba su cuarta temporada en blanco. 

Plantilla del Real Madrid de la temporada 02/03. Foto de Madridistareal.com.
Cómo no olvidar nunca las heridas de los clásicos, aquella sensación de inferioridad en cada enfrentamiento ante el Barça. Los azulgranas doblegaban al Madrid con frecuencia, sometiéndole en ocasiones a resultados dolorosos, con Navarro como líder, auténtica bestia negra de los blancos. El escolta llegó a anotar 33 puntos a los merengues. Nunca desaprovechó una oportunidad para hacer sangre en los clásicos. 

Y cómo no olvidar las reiteradas amenazas del cierre de la sección, que han sobrevolado tradicionalmente  el club. A finales de los noventa, las penurias deportivas mermaron las arcas, un agravio que se añadía a la penosa gestión económica de los directivos. En la etapa de Florentino, son numerosas las ocasiones en las que el presidente avisaba de que “la sección de baloncesto no es rentable, genera más pérdidas que ingresos”. Todavía hoy lo sigue diciendo en público.

La triste decadencia

Ahora parece increíble, pero durante muchos años el Real Madrid era un club mediocre en el baloncesto. Desde 1996 hasta 2011 apenas cosechó cinco trofeos. El periplo oscuro comenzó tras la etapa de Sabonis y duró hasta la irrupción de Pablo Laso. En total, son 15 temporadas en las que el conjunto blanco ganó tres Ligas (99/00, 04/05 y 06/07), una Recopa de Europa (96/97) y una Copa ULEB (06/07). Nada más. Además, el Real Madrid perdió dos finales ACB (96/97 y 00/01), cayó en cinco finales de la Copa del Rey (00/01, 04/05, 06/07, 09/10 y 10/11) y fue derrotado en una final de la Copa ULEB (03/04). Y, para más inri, el Real Madrid, que siempre ha sido el más laureado de la Copa de Europa, acumuló 15 años sin pisar la Final Four.

El Real Madrid no sólo cedió en la batalla que libra desde los ochenta con el Barcelona por la hegemonía del baloncesto nacional, sino que además claudicó ante la segunda línea de la ACB: Baskonia, Málaga y Valencia. Incluso flaqueó contra su vecino, el Estudiantes, superior a los blancos durante varias temporadas. El ocaso también sucedió en Europa. El viejo dominador del continente desapareció de la élite, contemplando cómo los históricos CSKA y Maccabi Tel Aviv aumentaban su palmarés (ambos poseen 8 y 6 Euroligas, respectivamente) y cómo los griegos Panathinaikos y Olympiacos (con 6 y 3 entorchados, respectivamente) se abrían paso en la cima europea.

No todo fueron penurias: el club logró victorias importantes, que invitaban a soñar con el optimismo. Pero resultaron efímeras alegrías en una travesía por el desierto. Obradovic dirigía, Arlaukas mandaba en la pintura y Bodiroga y Herreros lideraban el perímetro en los primeros años sin Sabonis, pero sucumbieron ante el Barça de Aíto y Dueñas. Después, Scariolo condujo un buen equipo, con Raúl López, Djordevic y Tabak, pero perdedor ante el ciclón de Pau Gasol en 2001 y el vendaval que fue aquel Barça de Navarro, Bodiroga y Fucka, que consiguió su primera y ansiada Euroliga en 2003, amén del triplete.

Louis Bullock, en la temporada 06/07. Foto de Europa Press.
Y hubo especialmente tres periodos esperanzadores para el madridismo: tres proyectos ilusionantes que obtuvieron el éxito pero se apagaron antes de tiempo, anulados por la falta de continuidad. Es el periodo de Maljković y los fichajes de Louis Bullock y Felipe Reyes, que elevaron el nivel del equipo hasta el punto de disputar finales (2005) tras cinco años ausente; duró dos años, en el segundo curso el proyecto se vino abajo. Es también la etapa de Joan Plaza, que cosechó un doblete (Liga y Copa ULEB; y además se plantó en la final de la Copa del Rey, perdida ante los azulgranas), pero que se desvaneció un año después, pese a terminar primero en la clasificación, derrotado en primera ronda ante el octavo clasificado, Unicaja –sorpresón-.  Otro proyecto dilapidado.

Y finalmente la era de Messina, un técnico que aterrizó con el aval de su palmarés y que hizo acopio de un buen puñado de jóvenes perlas (Llull, Tomic y Sergio Rodríguez) y de veteranos de la Liga (Garbajosa y Prigioni). Pero no pudo hacer frente a otro brillante Barça, que alzó su segunda Euroliga con Navarro –nuevamente-, Pete Mickeal y Ricky Rubio. Aun así, el entrenador italiano volvió a situar al equipo en las finales de la Copa, saldadas con dos derrotas y, aunque ya fuera del club tras dimitir meses antes, su sucesor, Molin, rompió el maleficio en 2011 al entrar en la Final Four, un hecho insólito desde 1996.

El fin de la era ominosa

Los designios del Real Madrid cambiaron con Pablo Laso. La andadura del vitoriano empezó con un derroche de aire fresco en el juego, veloz y anotador, que le colocó en la pista de baile de los grandes, tuteando al Barcelona. Al fin ganó la Copa del Rey (11/12), tras 19 años de sequía, pero perdió en la pelea por el título de Liga. Al año siguiente las tornas se volvieron: el Madrid cedió en Copa, pero capturó la Liga (12/13); siempre con el Barça de rival. El equipo blanco alcanzó un nivel ofensivo exuberante, nunca visto en el Madrid durante todo el siglo XXI.

El lasismo, cuya trayectoria se encuentra en vías de canonización, conjugó al inicio victorias de relumbrón, pero también derrotas muy sonadas (las dos finales perdidas en la Euroliga, en la temporada 12/13 y en la 13/14). Sin embargo, la mecha estaba prendida. El Madrid se encaminaba hacia la reconquista de la gloria perdida. La temporada 14/15 fue la obra maestra de Laso: pleno de títulos, con un imponente repóquer en un mismo curso (Supercopa española, Copa del Rey, Euroliga, Liga nacional e Intercontinental). Alberto Herreros, la leyenda del Madrid de entreguerras, se redimía en los despachos. El Real Madrid había conseguido la ansiada continuidad, clave para erigirse en lo que es hoy: un tótem hegemónico.

domingo, 30 de abril de 2017

Superando el clásico

Leo Messi, tras marcar el gol decisivo. Foto de Marca.

En los años de gloria, cuando el fútbol y la fidelidad a unos colores lo eran todo, perder ante el eterno rival suponía la herida más grave que un hincha podía sufrir. El día siguiente se soportaba con un preceptivo apagón informativo: tras la derrota, no se ponía la tele, ni se leían periódicos ni se hablaba con el vecino. Hay tragos que se superan mejor en silencio. Con el 2-6, por ejemplo, juro que tardé más de cinco años en ver el resumen. Por eso, me sorprendo a mí mismo cuando, de nuevo en un revés, ahora me atrevo a hojear algunas páginas, leyendo a unos, escuchando a otros. Incluso intento comprender, cuando antes ahogaba penas olvidando. Ese maldito gol de Messi escoció como sólo puede doler una derrota en el último instante de un clásico. Pero se entierra como se cicatrizan las heridas de las viejas batallas. Uno recuerda, por ejemplo, que en la misma temporada de la Décima se perdieron ambos duelos de Liga; y la Undécima se logró en el mismo curso en el que se perdió 0-4. Tal vez sea la única lección que haya aprendido con los años: la revancha –la oportunidad de redimirse- en el fútbol siempre vuelve. Y los madridistas todavía estamos a tiempo en la 16/17.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 22 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (II): Madrid-Barça de la 04/05

El clásico de la 04/05 se destapó, ante todo, como la reivindicación del orgullo mancillado del Madrid de los Galácticos. El duelo perdura en la memoria madridista como la última exhibición de una generación irrepetible, como el epílogo de un conjunto que fascinó mucho más que ganó. Fue la redención del viejo rey destronado ante el emergente aspirante, el insolente Barça de Rijkaard, hambriento de fútbol y de títulos. En aquella etapa, el Real competía, a ojos sinceros, como una ruina de equipo, incapaz de sostenerse táctica ni físicamente, discontinuo en el juego y condenado a una renovación profunda. Pero a un partido, ay a un partido, aquella colección de estrellas prejubiladas era temible: aquella calidad legendaria podía esconder un historial de defectos en noventa minutos. Lo demostró un Ronaldo motivado, encarando como en los noventa; lo certificó un -por un día- ordinariamente pragmático Zidane, dispuesto a purgar en labores de intendencia y que no dudó en lanzarse ante el poste en pos del gol; lo atestiguó Roberto Carlos, echándole un pulso a Xavi, a sus piernas y al tiempo. Y lo verificó Beckham, con un pase cartesiano, exento de marketing pero repleto de su mejor leyenda. Los Galácticos dieron un puñetazo en el verde. Fue el último. El triunfo en el clásico no trajo la Liga y los trofeos jamás volverían, pero aquella tarde, ay aquella tarde, los Galácticos se rebelaron para firmar la última página dorada de su historia.


viernes, 21 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (I): Madrid-Barça de la 06/07

El clásico de la 06/07 queda en el recuerdo como una ensoñación de lo que pudo ser y nunca fue en la segunda era de Fabio Capello en el Real. Pocas veces el plan que siempre pergeñó el italiano funcionó como aquel día. Sí, Capello y su Madrid acabaron ganando la Liga, pero con otras armas (la fe como ley salvaje, el orgullo del veterano herido como razón de supervivencia), distintas a las que planificó al principio de la temporada. Pero ese partido, ese clásico de octubre de 2006, el Madrid se erigió compacto, rocoso y solidario, con su doble pivote cipotudo como eje, Guti jugando con libertad en campo contrario y lanzando pases sin juez, Robinho como fuego en verso libre y la efectividad del inolvidable Ruud. Incluso Raúl, el héroe decadente, revivió aquella noche galones pretéritos, con un gol importante en una cita clave. No resultó tampoco el duelo perfecto: Messi, el genio incipiente, encontró las únicas hendiduras del plan, quebrando la cintura de Cannavaro, y provocó las ocasiones del Barça. No entraron y el Madrid voló por el clásico a la manera que siempre soñó Capello para derrotar al vigente campeón de Europa.


jueves, 9 de marzo de 2017

Remontadas europeas

El Barça celebra el gol decisivo, anotado por Sergi Roberto. Foto de Eurosport.


Todavía hay algo peor que tu adversario gane. Que lo haga a tu manera. Que te haga sentir estúpido con tu relato exclusivo. Esa remontada es nuestra, esa gesta lleva la firma del Madrid. La lleva cuando las proezas no tienen explicación. Simplemente suceden porque forman parte de su grandeza: irrumpen y dejan felicidad e incredulidad a partes iguales. Pero no pida una descripción científica. O a ver quién se atreve a descifrar cómo se marcan tres goles en el 88. De repente, surge un golazo inapelable; después se desliza una astucia –seamos elegantes‑ y al final se dispara el fogonazo de la épica: alguien, un anónimo ayer, un héroe después, empuja a la red el balón caído del cielo. Y el estadio se viene abajo mientras las hemerotecas archivan en oro. Pasas a la historia porque, primero, no existe precedente y, segundo, se ha desafiado toda lógica deportiva. Ese prodigio lo consiguió un equipo anoche. Y no fue el Real.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Madridismo dolorido

Es doloroso, pero el madridismo se ha acostumbrado a sufrir humillaciones históricas cuando juega contra su eterno rival. Disculpen el exabrupto deportivo en este ´Buenos días´, y sí, el fútbol no da soluciones ni elude los problemas cotidianos, como recuerda a menudo Relaño, pero emociona y sobrecoge a demasiada gente como para aplicar soflamas mojigatas. La vida también es esto. Y el Madrid volvió a claudicar ante el Barça. La grada descargó contra el palco, que resetea proyectos sin criterio, abonado al 'cortoplacismo'; la prensa deportiva señala al entrenador, pese a que puso el equipo que ellos querían de antemano. Con todo, Benítez, que presume de cuidar la pizarra, alineó un once inédito esta temporada; sin rodaje, expuesto a grietas, vulnerable en defensa, sin ideas con la pelota. Cursimente ofensivo, como querían, pero incapaz. La quema también afecta a los jugadores, cómo no. Pero la ecuación en el deporte suele ser mucho más sencilla: enfrente hubo un adversario superior, que disfruta cuando huele la sangre en el Bernabéu. No queda más que esperar la revancha. El fútbol también es esto.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 20 de mayo de 2013

Mourinho y el Real Madrid

Con Mourinho hemos sido groseros, marrulleros y protestones; hemos despreciado los buenos modales y hemos despreciado al adversario; hemos metido el dedo en un ojo, hemos sido sancionados; hemos sido odiados por el colectivo arbitral. Hemos tirado una Liga en noviembre y hemos sido humillados contra el Barça; hemos arremetido contra empleados de nuestro club; hemos atacado a leyendas propias; hemos cargado contra todo el mundo. A diestro y siniestro.

Pero hemos sido valientes, dignos y orgullosos, hemos denunciado y puesto el grito en el cielo; hemos sido pasionales y vehementes, hemos sido racionales y coherentes; hemos dicho la verdad más dolorosa. Hemos incorporado el vocablo "top" y hemos desterrado la palabra "mito"; hemos gestionado y dirigido desde la profesionalidad absoluta; hemos instalado la meritocracia y hemos sido independientes de la prensa; hemos sido competitivos y hemos jugado un fútbol de escándalo (año 11/12). Hemos sido ofensivos, goleadores y atractivos sin ceñirnos al libro fundamentalista de la posesión.

Hemos sido temidos y respetados, hemos enterrado los periodos de la vergüenza y hemos vuelto al ring de los grandes; hemos combatido contra los mejores; hemos sido punteros. Hemos retado a uno de los mejores equipos de la historia y hemos sido capaz de herirle y ganarle. Hemos sido elitistas y lo hemos demostrado.

Hemos vuelto a pelear por todos los títulos (menos esta Liga), hemos ganado títulos y hemos caído con honor, peleando hasta el último minuto y en el último escalón. No hemos caído bien a nadie salvo a madridistas, no hemos puesto la otra mejilla, no hemos claudicado a la prensa, no nos hemos rendido nunca. Hemos sido el puto y jodido Real Madrid.

He defendido a Mourinho hasta la extenuación. Hasta las últimas consecuencias. A las duras y las maduras. No me arrepiento. Porque así lo creo. Y lo he hecho desde la razón y la pasión.

Mourinho, aun con sus fallos, es el Madrid que siempre quise.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Dolor, mucho dolor

Ocho de la mañana. He bebido bastante y no me noto siquiera borracho. Bebí y salí para olvidar. Y lo cierto es que por momentos de la noche lo conseguí. Pero no. Ha sido llegar a casa, inmiscuirme en mis pensamientos y el dolor ha vuelto a mí. Tampoco puedo dormir. Qué cojones. Juro que no quise, que siempre intenté controlar, pero he de reconocerlo: el fútbol me tiene cogido por los huevos. Esa mierda de deporte me ha atrapado. Estoy jodido. Otras veces fueron goleadas, malos partidos que provocaron un regusto amargo; nada más, sensaciones que superé fácilmente; pero hoy es puro dolor. Impotencia sin remedio a la vista. Pienso, rebusco, doy vueltas y nada me cuadra. Escribir es la única solución. Aun así, estoy más perdido que Robinson en su primer día en la isla.

Por qué, me digo constantemente, que diría el cabronazo de Mourinho. Intento tener un análisis racional y riguroso, intento ser minucioso y parco; todo debe de tener una explicación, me digo. Por esta vez llegaba el Madrid futbolísticamente a la par que el Barça; ya no había pretextos ni matices que considerar. Es el segundo año de un proyecto bien planificado y desarrollado, tercero de muchos jugadores. Hay estilo consolidado, juego mecanizado y futbolistas talentosos e implicados. Todos a lomos de Mourinho. Asimismo, hay experiencia, nos íbamos a una guerra que conocemos al dedillo, contra un enemigo muy reconocible. Todo en marcha. Todo listo. Por esta vez, reitero, no había ningún puñetero pero que señalar. Estábamos sobradamente preparados. Era la hora.

Y los mamones fallaron. Los hijos de puta. Y eso que empezó bien. Con esa presión tan característica nuestra, rápidos y mordaces. Buscaron el fallo y lo consiguieron. Valdés yerra y Benzema no perdona. Un comienzo genial. Y luego la tuvo Cristiano. La tuvo y la falló. No sigo, le dejo el resto de la crónica a Segurola, insoportablemente petulante hoy, seguro, o al cursi de Sámano. O al hijo de perra de Torres. Lo resumiré yo mejor que nadie: perdimos como idiotas. Otra vez. Y eso es lo que me duele en el alma. No los baños de juego recibidos ni los contundentes resultados (2-6, 5-0) . Sino acostumbrarnos a perder. Eso me jode. Somos el Atlético de Madrid para ellos. Lo somos, maldita sea.

Y no, yo por ésas no paso. Lo siento, pero no. Me niego a aceptar esa realidad. Memorizo, interiorizo. ¿Por qué me hice yo del Madrid? O más preciso: ¿Por qué juré fidelidad eterna a este club? Muy fácil: porque éramos el puto club más ganador de todos los tiempos. Ojo. Se confunden si las razones que presuponen son los títulos, récords y demás polleces. No. Me hice del Madrid por su carácter ganador. Porque era un equipo de grandes noches. Un equipo formado por hombres auténtica y genuinamente ganadores. Hombres, diablos. Hombres.

Y lo que yo he visto hoy, lo que estoy viendo en estos últimos años, no me identifica para nada con lo que siento yo ser del Madrid. Esos cabrones no me representan. Todo mi amor -porque yo a esos los quiero y los querré siempre- se pierde en noches como hoy. No estoy viendo hombres legendarios. No estoy viendo lo que yo espero de ellos. Seré muy exigente yo, pero esto es el Real: que se jodan si no comprenden. Los futbolistas blancos no imponen respeto, no generan temor ni nada parecido. Son, por qué no, mierda. Huy, sí. Estoy muy cabreado. Quién me lo iba a decir. Pero ese perfecto mierda, enano y retrasado llamado Messi resulta ser el mejor futbolista del mundo y que tiene más huevos que todos nosotros. Venga ya. Que ese brillante pero panoli de Iniesta se pasea en nuestra casa. Que ese mentiroso y tramposo ideólogo, pero genial futbolista, Xavi -aunque no lo crean, estoy perfectamente lúcido- los tiene cuadrados. Quién me lo iba a decir de esos. Esos. ¿Pero los han mirado realmente bien?

Qué lejos quedan las historias que me contaron y leí. Y qué lejos queda lo que yo mismo vi y comprobé con mis propios ojos. Dónde estás, Súker, Pedja, Seedorf y Capello, que le ganasteis al todopoderoso Barça del mejor Ronaldo; dónde estás, Fernando Hierro, que te measte en la grandísima Juventus de Turin; dónde estás, Mijatovic, que no hiciste nada en todo el año, pero, ay, amigo, qué hombre fuiste el 20 de mayo de 1998; dónde estás, Redondo, cómo te añoro en estos partidos, maricón; dónde estás, Raúl, que nos diste una Champions tú solo, y cuatro mil títulos más; dónde estás, Raúl, que callaste a cien mil tíos; dónde estás, Zinedine, elegante, estético y maravilloso futbolista, pero efectivo y ganador, como debe ser, con tu gol al Barça en semifinales de Europa, con tu gol en la final; dónde estás, Ronaldo, que jamás fallaste en tu vida; Capello, que volviste y te follaste al Barça de Rijkaard. Xavi, Iniesta, Messi, Puyol. A esos mismos que hoy sonríen como capullos tú se la metiste por el culo.

¿Y qué veo hoy? ¿Qué estoy viendo? Destrozado estoy. Mi madridismo roza el suicidio.

¿Qué? ¿Qué me está diciendo usted? ¿Que estoy loco? ¿Que por qué le doy tanta importancia al fútbol? Lo lamento, señor, pero no estoy de acuerdo con usted. Le argumentaré con suma brevedad: si no tiene pasión en la vida, ¿para qué coño vive?

Disculpen el lenguaje usado hoy. Estoy tocado y hundido. Sírveme otro Brugal, Damián. No ayuda ni soluciona una mierda, lo sé, pero lo parece.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Una visión de la Liga


F.C. Barcelona. Mismos jugadores, mismo entrenador, mismo estilo de juego; misma dinámica ganadora. A ello se le añade la presencia de dos buenos incentivos, Cesc y Alexis, que otorgarán profundidad y desequilibrio respectivamente al juego culé. Dos futbolistas muy bien fichados a mi juicio: más recursos y salidas para un sistema imbatible a día de hoy, por mucho que los rivales sepan cómo juega el Barça. Y si todo falla, siempre quedará Messi. Por otro lado, se comenta que el punto débil se sitúa en la defensa, en el banquillo de ésta, más preciso. Minucias. Salvo posiblemente ante el Real Madrid, el Barça no perderá la Liga por no tener a Piqué y/o Puyol en el once. La superioridad sigue siendo incontestable para cualquier equipo de España, incluidos los presuntos equipos champions. El Real Madrid y nada más que el Real Madrid es su gran rival, el único que puede hacerle daño. La temporada se resumirá por tanto en mantener la regularidad de antaño y en vencer a los blancos en el enfrentamiento directo.

Real Madrid. Aunque ninguno de los cincos fichajes de este año sea finalmente titular, este Madrid es doblemente más fuerte que el del año pasado. Por vez primera en ocho años, repite el técnico y todo lo que ello implica: se refuerza el juego, con mejores y más automatismos, con más fluidez, con más compenetración entre los jugadores, más expertos ellos. Lo que todo partió con una reunión de enormes jugadores, sumando una plantilla inigualable en el mundo, tiene hoy lo que necesita todo equipo: tiempo. Aunque objetivamente para mí el favorito es el Barça, si yo tuviera que apostar mi dinero por el campeón de liga de este año lo haría por el Madrid. La receta para esta temporada ya la tienen asimilada: escaso regalo de puntos y sumar cuatro puntos como mínimo en los duelos directos ante el Barça. Rival al que cada vez le juega mejor, cada vez le supone más factible y al que -importante- ya le hizo daño: final de la Copa. ¿Algún pero, alguna duda futbolística? El acompañante de Xabi. ¿Khedira, otrora interior todoterreno y ahora alumno aplicado del cursillo acelerado de mediocentro? ¿El caos perfecto de Lass? ¿El imberbe Granero? ¿La incógnita Sahin? Coentrao es un extremo vistoso, un buen lateral, un gran jugador polivalente pero no un centrocampista.

Valencia. Le he empezado a coger manía a Unay Émery. Y no sólo por la poca empatía que desprende el tipo, con esos cambios de humor tan histéricos, con esos tics tan raros: parece el informático loco de la tienda de ordenadores de la esquina. La persona que jamás vería llevando un grupo de futbolistas, sino como el rey del pecé fútbol. No, no sólo por eso. En lo referido al fútbol, Émery me está dejando dudas. Valoro, no obstante, muchas cosas del técnico; como por ejemplo sus dos grandes años en el Almería (ascenso y permanencia); como también que ha mantenido al Valencia en posiciones dignas, primero, en un equipo lleno de gallitos para un técnico novel (un horror enfrentarse a Albelda en un vestuario) y, después, con el desmantelamiento de sus mejores jugadores. Pero las dudas van por otro lado. No comprendo cómo, aun siendo finalmente tercero, el Valencia es tan irregular en su juego, dejándose puntos inexplicables en campos de nadie, goleadas humillantes anexas; como también, del mismo modo, aún no he visto al Valencia de Émery destacar ante los grandes (aún no ha rascado un punto ante Barça y Madrid) ni en Europa. No se puede pasar siempre desapercibido, hay que brillar, aunque sea esporádicamente. Este año tiene la oportunidad de cerrar mi enorme bocaza... o de ser un mediocre para siempre.

Villareal. Todos los que no somos Maldinis podemos concluir fácilmente que el Villareal es de los pocos equipos en el mundo, junto a Barça y Madrid -y el City ahora, ¡ojo!-, que ofrece un fútbol atractivo. No diré el siempre mal utilizado y de patente de exclusividad barcelonista término jugar bien, acción que engloba a más equipos (¿acaso ha habido un campeón de una liga europea que haya jugado mal?), sino atrayente en su concepción del fútbol ofensivo y atacante; por ello, el Villareal es de esos escasos equipos que vale la pena perder el tiempo viendo fútbol. Garrido sabe. Asimismo, y ya podría aprender el susodicho Émery, el Villareal nos tiene acostumbrados con alguna gesta, tal como ganar en Europa al Bayer Leverkusen y al Nápoles (le faltó el Oporto), por citar las recientes. Así pues, lo extraño sería que este año no llegara a octavos en la Copa de Europa aun en el grupo de la muerte. Sin embargo, y es curioso, este Villareal, ejemplo de eficaz gestión de la última década, tiene en su haber una singular paradoja: nunca empala dos temporadas consecutivas en Liga con suficiencia. Altibajos anuales, se podría decir. Mi apuesta es clara, pues: bien en Europa, mal en España.

*lo escribí antes del Bayern Munnich y lo mantengo todavía.

Sevilla. El conjunto andaluz quiere resarcirse de los tiempos convulsos de los últimos años, resaca floreciente de la mejor etapa de su historia. Y nada mejor que la contratación de un entrenador competente como es Marcelino -pan y vino- para recuperar la estabilidad deportiva. El asturiano (Marcelino) retoma su prometedora carrera después de esa enorme equivocación que fue entrenar a un segunda (Zaragoza) por un vaya usted a saber por qué. La plantilla es un tanto más manejable, más sana, ya desterrados los Fabianos de turnos y con gente joven como puntales (Negredo). También ayudaría que Monchi recobrase sus habilidades de vidente tan admiradas en su día, van ya un par de años con sonoros fiascos; sus últimas incorporaciones son un tal Trochowski y Spahic. Efectivamente, no los conoce ni el propio Monchi ni se espera nada rutilante de ellos. Pero lo mismo se creyó de Alves y de Baptista, entre otros, creánme.

Atlético de Madrid. Los designios divinos del Atlético de Madrid son inescrutables. Un auténtico enigma indescifrable; nunca se sabe por dónde va a salir el Atleti. Igual confecciona una plantilla notoria y acaba deambulando por la competición, que lo mismo el año que casi desciende a segunda -otra vez- gana dos títulos coperos. Aventurarse a predecir su andadura es toda una osadía. Sin embargo, y esto es noticia, es la primera vez desde que volvió a primera división (2002, o sea, diez temporadas) que yo tengo buenas sensaciones con el equipo rojiblanco. Sí, me gusta lo que veo. Me gustan los fichajes. Sí, veo criterio y sentido común en la elaboración del nuevo Atleti. A riesgo de caer en pecado mortal, auguro una buena campaña atlética. Y eso que Manzano no es santo de mi devoción. Claro que todas las buenas intenciones mostradas por Caminero en la enésima reinserción colchonera en la élite se enfrentan a un cúmulo de contrariedades tan ridículamente atléticas. A saber: una afición caprichosa, impaciente e ignorante, que pide la cabeza de sus entrenadores al primer traspié. Unos directivos torpes e inútiles -Gil Marín, directivo del año 2010 (?)-. Un presidente cazurro y populista. Un entorno irascible y fatalista que resta más que suma, en resumen. Torear al Atleti no es faena fácil. Pero esta vez les deseo lo mejor. Me encantaría que esta historia saliera bien.

Eso sí: volverán a dejarse seis puntos con el Madrid. Ley de vida.

Athletic de Bilbao. Los leones vienen de un estío electoral. Unas elecciones que han dejado una conclusión rotunda que a mi parecer es totalmente sorprendente. Y paradójica. Porque resulta que el tipo que ha ganado los comicios a la presidencia ha basado su programa en la contratación de Marcelo Bielsa. Es decir, han cambiado a García Macua por Josu Urrutia debido única y exclusivamente a Bielsa. Y yo me pregunto, mente pensante tal vez ingenua la mía. ¿Cómo es posible que el equipo más limitado del planeta fútbol, que vive de los tres millones de euskal herritarrak (gentilicio de Euskal Herria) existentes en el mundo y de la rápida nacionalización de los apátridas, vaya y coloque a uno de los técnicos más exquisitos del fútbol? Paréntesis aclaratorio: Bielsa apuesta por jugar al ataque, posesión mediante. De la casa de Pep, Lillo y cía (le caerá súper bien a Segurola, ya verán). Es decir, ese fútbol requiere de una serie de futbolistas escrupulosamente aptos para la tarea. ¿De dónde piensa sacar el Athletic las exigencias del argentino? ¿Qué jugadores va a usar? ¿A los que no saben, les va a enseñar ahora? ¿Por qué supeditar los pocos efectivos existente a un sólo hombre? ¿No es más lógico al revés? Francamente, pienso que si yo fuera aficionado bilbaíno (y doy gracias por no serlo, y ellos a mí) viviría más tranquilo con entrenadores supervivientes, tipo Caparrós, que jamás será top (gracias, Mou, por el palabro) de su profesión pero cuyos equipos son siempre dignos.

Eso es todo hoy.

miércoles, 20 de abril de 2011

La Copa de Pep y Mou


Reflexionaba un servidor en una entrada pasada acerca del paupérrimo y lamentable trato dado a la Copa de España. Argüía que tanto la dejadez y la mediocridad imperante en la RFEF, organismo organizador del torneo, como el escaso y casi indiferente interés de los clubes participantes, amén de la apatía de las televisiones, conformaban, en suma, un conjunto que no hacía sino lastrar el histórico prestigio de la Copa de España. Sin embargo, tres meses después, este servidor está a punto de hacer el ridículo; pues hoy, miércoles 20 de abril, se prevé que sea la final más vista de la historia.

Nada más lejos de la realidad. Sigo creyendo lo mismo. Sigo pensando que la Copa es un trofeo muerto, defenestrada por todos; mal administrada y minusvalorada en su totalidad. En resumen: en comparación entre lo que pudo haber sido y es, esta Copa es una mierda (no encuentro definición más precisa). Y que a falta de una verdadera transformación, sólo un milagro podría cambiar el signo. Cosa que ha ocurrido. Si hoy más de diez millones de españoles se sentarán ante el televisor, si hoy Villar se vanagloriará en el palco, si mañana TVE presumirá de audiencia, si el día de mañana esta final será recordada por sus vencedores, se deberá única y exclusivamente a dos hombres: José Mourinho y Pep Guardiola. O Pep y Mou, como quieran.

Pues sólo el real interés y deseo de los técnicos del Real Madrid y el Barcelona han propiciado el fenómeno que el mundo entero verá hoy. Desde el comienzo de la competición, creyeron en ella; dieron el todo por el todo, nunca ninguneándola y gestionando sus plantillas para la victoria final. Así lo certifican varios ejemplos. En el lado azul y grana todavía colean las palabras de Guardiola ante la visita del Ceuta en una eliminatoria ya resuelta, acusadas por muchos de cursis y pasadas de frenada –entre los que me incluyo-. Pero hay un hecho que va más allá de las palabras: el día del Betis.

Aquel día vino el líder de la Segunda División al Nou Camp en el momento cumbre de juego del Barça, en un partido de apariencia fácil y sencilla; además, era la resaca post-balón de oro. El típico partido para reservar estrellas y sacar suplentes. No obstante, la sensación final, a pesar del contundente resultado (5-0), fue la de un Barça anulado en su juego. El Betis de Pepe Mel fue ante todo un ataque frontal a su sistema. ¿Saben cuál fue la alineación del Barça aquel día? La mejor posible, menos Pinto y el lateral zurdo. En efecto: Alves, Puyol, Piqué, Maxwell; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedro, Villa y Messi. Alineación de gala. ¿Qué hubiera pasado con otro equipo en cancha? O más simplificado aún: ¿Se imaginan ese partido sin Messi, autor de tres goles?

Aquella eliminatoria confirmó que Guardiola se tomaba muy en serio la competición. En el otro lado, el merengue, también hay ejemplos significativos. Mourinho apostó siempre por un bloque en su mayoría compuesto de jugadores titulares. Cristiano Ronaldo, titular indiscutible. Por citar un partido: el día del Levante (8-0); Xabi, Ozil, DiMaría, Cristiano y Benzemá partieron de inicio. Tal fue su convicción en esta competición que no dudó ni siquiera con su portero titular. Dudek tan sólo disputó minutos en la vuelta ante el Levante. Otro punto a favor de Mou es la firmeza mostrada en eliminatorias contra Atlético y Sevilla, equipos tradicionalmente más peligrosos en este tipo de compitición y que, sin embargo, esta temporada apenas dieron sensación de poder disputar la eliminatoria.

Así que hoy, antes de que el arbitro dé el pitido de salida, antes de que mi corazón blanco me ciegue por completo y entre de lleno en el partido, animando como un becerro al Real, brindaré por Mourinho y por Guardiola. Por permitirnos disfrutar de tan glorioso espectáculo. Se lo debemos.

lunes, 10 de mayo de 2010

Un fin de semana completito


Liga: en la mano del Barça está. Esta temporada he roto uno de mis principios: por una vez y sin que sirviese de precedente, me convencí de que ganar un título no era una obligación ni una exigencia. Lo contrario no era sino engañarse uno mismo, desvincularse de la realidad por completo. Los propósitos y objetivos pronosticados dictaban mucho más allá de lograr trofeos. La temporada 09/10 era el año I de proyecto: el comienzo. En consecuencia, era el año de adecuación y adaptación; de crear y realizar; de conjuntar y complementar; en definitiva, de definir los cimientos sólidos de un equipo. Aun así, todo ello nunca había sido históricamente un inconveniente que impidiera la consecución final de un título y que por tanto saciase el sentir ganador de todo madridista (recuerde: "Un año en blanco son cien años en el Real", Valdano dixit). Sin embargo, la envergadura y complejidad del recién estrenado proyecto así como el gran nivel del FC Barcelona complicaba enormemente las opciones de victoria final. Por consiguiente, ahora que la competición casera alcanza a su última jornada, no me sabe mal ni me enrabieta ni me entristece que el Madrid no consiga esta Liga. De hecho, por no querer, mis miras están puestas en cuestiones más alejadas.




Comienza el acoso mediático de Pellegrini. A la campaña realizada por el diario Marca en personalización de su director, el deleznable Inda, se le une también el diario As y la Cadena Ser. O sea, Prisa. O sea, Prisa y Marca, los grupos más poderosos del periodismo deportivo, unidos por la misma causa: largar a Pellegrini y traer a Mourinho. Y ante tal afrenta, no puedo ser más que pesimista. Qué menos si quiero ser realista. Porque quisiera creer y tener fe, pero la experiencia me dice que Florentino y su grupo -Valdano y cía- claudicará. ¿Aguantará esta vez el Real Madrid la presión de la prensa? ¿O bien soy un iluso y los medios ni mienten ni son interesados? Lo cierto es que se esperan cuatro semanas de guerra mediática hasta el pistoletazo de salida del mundial, donde imagino que desviarán el punto de mira. Ya saben mi opinión: no es cuestión de que Pellegrini sea nefasto o magnífico, ni tampoco de que Mourinho sea Dios y Cristo encarnado (visto así, en criterios comparativos, es indudable: Mourinho es mejor entrenador), sino de que no tengo ganas de romper el enésimo proyecto y empezar de nuevo. No me apetece pasarme la vida animando a un equipo que se reinicia todos los años. Así es imposible.



Despedida de Guti. Anda el madridismo un tanto dividido con el hecho de que Gutiérrez cuente sus últimas horas como madridista. Los hay aliviados, felices tipos que respiran tranquilos tras conocer la salida de Guti del Madrid; y los hay -éstos son mayoría- tristes, emocionados y melancólicos por la retirada de su jugador fetiche, un grande incomprendido, uno de los suyos. Yo, fíjense, ni uno ni otro. Ni contigo ni sin ti, que diría aquél. Al margen de las suspicacias estrictamente deportivas -nunca ha sido indispensable en el Real, menos ahora con treinta y tantos años-, el adiós de Guti me deja frío, casi indiferente, intrascendente, tal y como me lo parecía el propio futbolista. Una baja más de final de curso. A lo sumo, me provoca un deje de desencanto, por la sensación de que este futbolista nunca ha sido ni la mitad de lo que pudo haber sido. Todo un talento tirado a la basura, apenas aprovechado, casi inutilizado. ¿Alguna temporada completa y regular en el Real? ¿Alguna vez decisivo y determinante más allá de dos partidos al año? En fin, que adiós, Gutiérrez.



Barça, flamante campeón de Europa. Cuando hace dos años el Regal Barça -por entonces, Winterthur- tocó fondo, nadie esperaba que la recuperación de esta laureada sección azulgrana fuese tan rápida como productiva. En menos de dos años, han pasado de la ignominia deportiva a la gloria de los grandes que otorga la consecución de la Euroliga, la Copa de Europa del basket, ése título que tanto se le ha resistido a lo largo de su historia. Y todo ello tiene un responsable: Joan Creus y su grupo. Ellos han diseñado la magnífica plantilla: Mickeal, Morris, Ndong y, sobre todo, Rubio. Incorporaciones muy acertadas que otorgaron un salto de calidad a una plantilla de buenos jugadores (Navarro, Vázquez). Asimismo, otro tanto de Creus fue su confianza plena en un novato de los banquillos. Xavi Pascual, aun sin ser un fino estilista, su labrado y eficaz trabajo ha dado sus frutos. Porque, y es muy curioso, el éxito de este Barça se explica de manera muy simple: grandes jugadores, una mayúscula defensa y un baloncesto sencillo; todo ello aplicado con mucha intensidad. Conclusión: equipo arrollador. Como así queda refrendado: la temporada del Barça es casi perfecta, inmaculada -aún falta el desenlace de la ACB-. Sus números han sido demoledores: ¡31 victorias, sólo tres derrotas! Y campeón de Copa del Rey. Una barbaridad. Enhorabuena, por tanto.



Red Bull es el rey del mambo. No se dejen engañar. La clasificación del mundial de pilotos no refleja la realidad imperante de la fórmula uno. Si bien lideran la tabla Button y Alonso, no tienen los coches más rápidos a día de hoy. Son los Red Bull, a lomos de Webber y Vettel, los principales dominadores de esta primera parte del Mundial. El mérito de esta escudería es extraordinario, y gran parte de su celebridad actual se debe a Adrian Newey, el ingeniero que ha diseñado el coche. Así pues, se puede establecer una breve conclusión a vista de las cuatro primeras carreras: muy por encima del resto, Red Bull; si McLaren y Ferrari no están alejados en puntos y rendimiento es fundamentalmente por el talento de sus pilotos. Montmeló será una pista aburrida para el espectador pero es un circuito muy clarificado: expone con fina exactitud quiénes son los mejores bólidos. Sólo hay que echar un vistazo a la estadística. Aquellos que copan el podio en el Gran Premio de España suelen ser los que acaban disputando el mundial de fórmula uno.

lunes, 12 de abril de 2010

Certezas que se (re)confirman


A todas luces el clásico en el Bernabéu de la presente temporada resultaba trascendental para los intereses de los dos equipos que disputan por la Liga. La victoria de uno sobre el otro, añadido de la diferencia de goles particular -existiendo traducción, desterremos, por favor, el término gol average-, conllevaba sentenciar el campeonato nacional liguero. Como así fue: aunque enfermizos optimistas o maliciosos engañabobos -como prefieran- se nieguen a admitir tan tajante aseveración, aludiendo al supuestamente desfavorable calendario culé, lo cierto es que el Barça, salvo catástrofe, conseguirá su vigésima Liga española. Sin embargo, el encuentro entre el Real y el Barça no mostró tan sólo quién sería el vencedor del clásico y consecuentemente del título; sino mucho más, el partido del sábado solventó a la perfección la auténtica realidad de ambos clubes.

Por un lado, por los de blanco, se vio a un equipo compuesto de excelsos jugadores, de celebridad y fama sobradamente reconocida, con calidad y talento a raudales y del que se subyace un amplio potencial; pero también se discierne una escuadra joven, recién nacida y conjuntada esta misma temporada, sin antecedentes, sin pasado y casi sin presente y agravada, por tanto, por tales inconvenientes y todo lo que ello suscita. Por otro lado, por los azulgrana, se vio a un conjunto brillante en su forma y su fondo, de igual o mayor notoriedad que su rival; sin embargo, en su contenido se descubre un equipo compacto y brillante, del que sin duda todo su deslumbrante virtuosismo trasluce un trabajo laborioso y largo como respuesta a sus célebres resultados.

El Real Madrid realizó un buen planteamiento, estudió al Barça; le presionó arriba y bien, juntó líneas y confió el ataque a su poderosa pegada. Pero si bien el Madrid se tomó en serio el partido, más aún si cabe se preparó a consciencia el Barça: sabedor de que cómo le iba a hacer daño el Madrid, se fraguó en altos niveles de competitividad. En el centro del campo estuvo la clave, quien lo dominase controlaba el partido. Y fue ahí, en la reñida y combatida batalla por el dominio del juego donde se demostró quién lleva más tablas: el Barça hizo valer su fútbol contrastado, tantas veces practicado y tan bien ejecutado; así como se notó la experiencia de quien ha jugado finales y partidos importantísimos. Conquistado el centro del campo y el balón pues, sólo había que esperar el despiste merengue. No era un partido para tomar riesgos innecesarios. Minuto treinta y dos, falta que saca rápido y en corto que descoloca la formación del Real, Messi, pared mediante, recibe un pase magistral de Xavi que el argentino no perdona. Primera ocasión, primer gol.

En la segunda parte el dominio culé se acentuó aún más. Con firme determinación en su idea y paciencia llegó el segundo y definitivo gol barcelonista. La indecisión de Arbeloa se pagó cara: Pedrito anota solo ante Casillas tras otra genial asistencia de Xavi. Con el cero dos en contra, el Madrid intentó desarbolarse y fruto de ello ocasiones tuvo, pero muy tímidas, sin generar un peligro constante y real. El Barça mantuvo el orden y el equilibrio, la autoridad culé no se rebajó en ningún momento, no perdieron jamás el control del encuentro, tal y como ellos plantearon: seriedad y seguridad, sin descuidos, sin errores. Piqué y Puyol estuvieron francamente bien ante las acometidas madridistas. Sólo hubo un error culé: en un fallido intento de tirar el fuera de juego, Van de Vaart se quedó solo ante Valdés, una ocasión clarísima, inapelable, que sin embargó el cancerbero culé consiguió arrebatar. No seré yo quien diga a Del Bosque cómo hacer su trabajo -error que cometí en el pasado-, pero realmente la internacionalidad sería un justísimo reconocimiento por su excelente campaña.

Al final bastó con eso, con sólo dos ocasiones finalizadas. Fue, por tanto, una victoria trabajada, luchada y peleada; desde el punto de vista del espectador puede que pareciera demasiado fácil, sin ir más lejos, al diario catalán y culé Mundo Deportivo le pareció un baño (!), sin embargo fue todo lo contrario. El Barça tuvo que imprimir un mayor repertorio de juego, ajustarse al rival. Eso habla del empaque del Real; pero también muestra que el fútbol del Barça es a ciencia exacta el mejor realizado de todo el mundo -sobre la belleza y el arte que su fútbol pueda desprender se lo dejo a los cursis-, el más eficaz, el que mejor compite hoy en día. El peleón y correoso pero imberbe Madrid perdió ante el curtido y maduro Barça.

Un clásico radicalmente distinto al disputado hace menos de un año, al dos seis. El Real nada se parece al del año pasado: jugó un partido digno, con holgura, para nada regaló a su adversario la victoria. Asimismo, este equipo es infinamente mejor que el de Juande Ramos, y no sólo jugador por jugador -caso que resulta evidente-, sino que juega mejor y que progresa conforme pasan los partidos y con una plantilla bien diseñada que llama al optimismo de cara al futuro. ¿El problema? Que aun con todas las mejoras, sigue estando por debajo del Barça. A fin de cuentas, el Real Madrid no ganó por una razón muy sencilla: el Barça es superior. ¿Por qué? Porque le saca seis años de trabajo al Real Madrid. Esto es así de fácil. Mientras el Real está en el primer año de su proyecto -y dios quiera que no se lo carguen: Pellegrini debe seguir-, el Barça está en su máximo esplendor de juego y resultados. Ésa es la realidad.

Por consiguiente, el FC Barcelona encarrila un título que difícilmente se le escapará; mantiene así el nivel competitivo y el carácter ganador y centra sus objetivos en la competición más prestigiosa del fútbol profesional: la Copa de Europa. Porque, sin duda, está en el mejor momento de su historia. Por más que determinados aficionados culés y cierta prensa perfectamente reconocible tengan tan pobres y cortas miras, siempre ancladas en su archienemigo de la meseta, lo cierto es que tutean a la historia: el Barça está en camino de dictar una hegemonía mundial -palabras mayores-. Mientras que la élite del fútbol, los Manchesteres, Ínteres, Chelseas y demás pelean por los títulos y el reconocimiento del presente, el Barça lo hace por inscribir su nombre con letras de oro en la historia, alcanzar, así pues, la gloria eterna que se le otorga a los pocos que han conseguido marca una época en el fútbol. Si se confirma la consecución de la Copa de Europa por parte del Barça, no habrá sino realizar un punto y aparte a la hora de clasificar a esta mitad de final de década que ya finaliza, mencionarla y registrarla como la época imperial del Fútbol Club Barcelona, toda suya. Tres Copas de Europa en cinco años sería una proeza digna de los grandes de la historia.

viernes, 29 de mayo de 2009

La consagración de Leo Messi

Llevaba ya más de un lustro en la cima del fútbol: era la estrella número uno, el orgullo de toda una nación sufrida; era la imagen del fútbol mundial. Pero Menotti, su técnico en el Barça, desestimó tajantamente una verdad para muchos indiscutible: "Maradona sólo será el mejor del mundo cuando gane títulos". Y así ocurrió. No fue hasta su llegada al Napoles y su triunfo en el Mundial 86, cuando Maradona gozó de tal distinción. Caso parecido, por no decir idéntico, es el de Lionel Messi, jugador que desde su primer partido -en el Gámper, contra la Juve de Capello- estaba destinado también a ser el mejor del mundo.

Jugador singular, de técnica y velocidad envidiable, se ganó la admiración de sus aficionados vertiginosamente. La maquinaria propagandística del Barça le echó el ojo como futura estrella culé y del planeta fútbol. Sin embargo, el revelo llegó más temprano de lo que creían. Los primeros indicios de decadencia de Ronaldinho tardaron lo mismo que su hundimiento absoluto. Es decir, a ritmo de vértigo, de la noche a la mañana, Ronaldinho desapareció. Así pues, en la temporada 06-07, necesitados de cubrir el inminente vacío del Gaucho, señalaron a Messi. Regates antológicos, golazos increíbles y la adoración de su público, eran motivos suficientes y clarificientes para optar a los premios que oficializan la etiqueta del mejor jugador del mundo.

Desaparecido ya Ronaldinho y afianzado el argentino como líder de su club, la propanga culé, fiel a su intachable tradición, realizó un trabajo de diez. Ni los resultados insuficientes del Barça, el cual no logró nada e hizo una temporada ridícula, ni la intromisión de la Eurocopa y lo que ello conlleva, ni siquiera el hecho de que Messi se tirara tres meses lesionado fueron argumentos para que no optase al Balón de Oro. Al contrario, futbolista genuino como él, no merece otra distinción que el trofeo dorado del revista France Football. Aunque eso conlleve destrozar el trabajo impecable de todo un año de un portugués.

El sentido común se impuso. Cristiano Ronaldo, máximo goleador del planeta, referente de su club, ganador de Copa de Europa y Liga, fue el ganador. Porque para ser eso, el mejor del mundo, no sólo tienes que tener cualidades extraordinarias y únicas, no sólo tienes que ser un futbolista distinto del resto, sino que además tienes que ser el líder y referencia de un club ganador. El fútbol se explica fácil: sólamente los equipos campeones serán los mejores; por tanto, sus futbolistas más resplandecientes serán los mejores. Tal explicación se corresponde con el Manchester de Cristiano de la pasada temporada, con el Milán de Kaká de la temporada 06-07. Y hoy, en el presente, con el Barça de Messi.

Porque hoy no necesito ni necesitamos al entorno culé para comprender la realidad de Messi. La temporada de Messi y de su club, el Barça, ha sido cuasi perfecta en todos los sentidos. Individualmente, Messi ha rendido a un altísimo nivel, ha cosechado unos registros estratosféricos; además, ha sido decisivo e influyente en los no menos excelsos resultados del Barça. Campeón de Copa, Liga y Champions; el triplete del Barça de Messi. Con ello, Messi se consagra de modo definitivo y unánime como uno de los grandes futbolistas del mundo. El debate -ahora sí y no antaño, como nos ha querido colar la prensa culé- tiene pies y cabeza. Es Messi, la estrella del flamante campeón, es el Barça de Messi, ¿A que no suena igual que hace un año?

Por cierto; esta entrada me ha llevado a una curiosa paradoja. El Barça tiene a Messi: campeón de España y de Europa. El Manchester tiene a Ronaldo: bicampeón de la Liga inglesa y subcampeón de Europa. ¿Y nosotros? A Raúl...

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Apuntes, varios y breves, sobre la final de la Copa de Europa.



-Felicito, otra vez, al Barça y a sus aficionados. Conseguir el triplete no es ninguna trivialidad.

-El Barça fue el mejor. Por tanto, ganó con indiscutible merecimiento.

-Me decepcionó el Manchester. Me esperaba más.

-Ferguson se equivocó. Su planteamiento fue erróneo.

-Guardiola acertó. Xavi, Busquest e Iniesta, es decir, un centro del campo ofensivo, fue la clave del éxito.

-Ciertos jugadores reds no dieron la talla. Van der Sar, dubitativo; Vidic y Ferdinand fallaron en el primer y segundo gol, respectivamente; Anderson y Giggs no estuvieron en el partido, no debieron jugar (error de Ferguson); Rooney y Ronaldo muy separados, muy solos en ataque.

-Ronaldo fue el único que dio la cara.

- El Barça no acusó sus bajas. Más mérito todavía.

-Iniesta es el mejor futbolista español que ha salido desde Raúl.

-¡Raúl, jubílate! (ya sé que no viene a cuento, pero no puedo evitarlo).

-Me hubiera gustado hacerlo por nuestra cuenta, pero, de momento, agradezco al Barça que le haya ganado a Ferguson. Sí, viejo borracho; no me caes bien. Jódete.

-La mejor noticia es que se ha acabado el año. El triplete ya es historia. Ya sólo vale junio en adelante.

lunes, 18 de mayo de 2009

Felicitando al Barça

Ahora que la temporada ha finalizado, ahora que es el momento del reparto de títulos, ahora que es el momento de las conclusiones finales es cuando se debe calificar y adjetivar al Barça.Y felicitar, claro. No a mitad de temporada, cuando no había logrado nada.

Empiezo por Guardiola. Entrenador al que se le atribuye mucho mérito de la gran temporada del Barça. Para muchos su gran baza es el fútbol que su equipo ha practicado y su afinidad hacia la cantera, es decir, a lo superficial y artificial. Yo, sin embargo, me quedo con otros aspectos, los que nadie ve ni valora. A mi juicio, más que por abogar un fútbol bonito, alegre y espectacular, su gran labor reside en haber actuado como un verdadero entrenador. Es decir, ha resuelto con nota lo que se requiere para el ejercicio del entrenador de fútbol en el siglo XXI. Este año los jugadores del Barça se han encontrado con la paradoja de que había que ganarse el puesto si querían jugar domingo a domingo. Cosa que no ocurría en la era Rijkard. Eso significa ser la autoridad máxima en un vestuario, que decide y manda sin ataduras ni amiguismos. El ejemplo más claro es el de Eto'o.

Guardiola ha impuesto el orden y la disciplina; el trabajo diario y no el nombre como mérito ha hecho de los jugadores del Barça altamente competitivos durante todo el año, con muy pocas lagunas. Normalmente, los equipos campeones suelen tener bajones de juego y resultados. Miren al Madrid de Schúster en febrero y marzo del curso pasado. Este año el Barça apenas ha tenido un mal momento. De este modo, se establece una clara jerarquía vertical en el vestuario, la cual no hace sino producir grandes beneficios al club. Formenta la competitividad dentro del propio equipo lo cual equivale a un aumento del nivel de los jugadores en partido oficial; los jugadores no piensan, sino trabajan y actúan; elude que se creen grupúsculos en el vestuario. Todos van a una, todos van con Guardiola. O estás con él y su método, o estás fuera. Los que no trabajan, los desganados quedan retratados. Señalados. Ya no hay sitio para ovejas negras. Guardiola es el jefe; nadie cuestiona su autoridad.

En segundo lugar, Guardiola ha dotado de sentido táctico al equipo. Eso, en equipos que practican un fútbol ofensivo, es una rareza. Esto es clave para comprender el éxito del Barça en los momentos más importantes del año. No ceñirse y encabezonarse al sistema, dotarlo de más verticalidad le ha hecho ser un equipo menos previsible, más poderoso. El Madrid, mi Real Madrid, lo ha sufrido en sus carnes. Otro punto es el aspecto físico. Gran suspenso del antecesor de Guardiola. La mayoría de los jugadores han llegado frescos a mayo, que es cuando se da el todo por el todo. No obstante, está la excepción de Eto'o, al que creo que llega quemado a la final de Roma. Estas dos facetas del fútbol son importantísimas e imprescindibles en el fútbol de hoy en día. Y Guardiola las ha manejado muy bien. Sin ellas, no habría opción al triplete.

Así pues, son en los cimientos y creación de este equipo y no en el resultado final y la visualización del producto donde encontramos el gran mérito de Guardiola. La estructura del majestuoso edificio es suya; la pintura y la estética, es de los jugadores. Los resultados: la sincronización de ambos.

No obstante, en esta entrada también quiero dejar paso a la crítica particular. Es decir, a título mío. Y lo hago concretamente en un tema que no hago amigos, precisamente; de esos etiquetados por la realidad imperante como políticamente incorrectos. Mucho se habla del agradecimiento a Cruyff por traer esa filosofía del fútbol, ofensivo y, especialmente, bonito; el fútbol de toque con el que han disfrutado de tantos elogios y piropos. Personalmente, me es una forma de jugar al fútbol tan legítima como cualquier otra. No me hace de más mérito, de más justicia poética las victorias de los equipos que juegan de ese modo. Se está convirtiendo lo que era hasta ahora una teoría o manera de ver e interpretar el fútbol en un fundamentalismo radical. Es más, creo que en esta campaña se ha echado en falta equipos que sí valgan como vara de medir al fútbol del Barça. La única y verdadera prueba de fuego la han tenido en semifinales de la Copa de Europa. Y aunque el resultado diga lo contrario, no salió como se esperaba. Su excelso juego ofensivo no superó al brillante juego defensivo que planteó el Chelsea. Podemos decir, sin ambages, que el fútbol ofensivo no ha vencido al fútbol defensivo con contundencia.

Por último, señalar que este Barça, por mucho triplete y mucho récord que haya logrado esta temporada, no ha tocado techo. Ni muchísimo menos. Esto no ha hecho más que empezar. El Barça aún tiene un largo camino que recorrer.

Durante toda la vida, o mejor dicho, desde que Santiago Bernabéu cogió las riendas del Real Madrid, el Barcelona ha sido un equipo perdedor. El segundón de España. Siempre a la deriva de los éxitos del club blanco, con pretensiones y aspiraciones de menor calibre. Con la llegada de Cruyff, la historia azulgrana empezó a variar. Consiguió acabar con el monopolio blanco en España. Ya no hay un grande, sino dos, el Barça y el Madrid. Ellos son los amos y señores del campeonato de Liga. Poco a poco va cambiando la dinámica y la historia de este club. Cada vez es menor el pensamiento perderdor de antaño "con ganar al Madrid en el derbi nos sobra". Su camino debe acercarse al de las letras de oro de la historia del fútbol . Éste es el objetivo primordial del Barça del futuro próximo. El de Guardiola y sus futbolistas.

Esto es, les queda lo que nunca jamás -perdonen el pleonasmo- han hecho en más de cien años de existencia. Su gran laguna, su gran lunar, su gran diferencia con el Milan, el Liverpool, el Bayern, el Ajax y, sobre todo, el Real Madrid; les falta lo mismo que intenta ahora el Manchester United: plantar una hegemonía en Europa. Ganar, dominar y marcar una época en el viejo continente. He ahí la mayor grandeza del fútbol. Y no jugar como los ángeles.