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lunes, 20 de mayo de 2013

Mourinho y el Real Madrid

Con Mourinho hemos sido groseros, marrulleros y protestones; hemos despreciado los buenos modales y hemos despreciado al adversario; hemos metido el dedo en un ojo, hemos sido sancionados; hemos sido odiados por el colectivo arbitral. Hemos tirado una Liga en noviembre y hemos sido humillados contra el Barça; hemos arremetido contra empleados de nuestro club; hemos atacado a leyendas propias; hemos cargado contra todo el mundo. A diestro y siniestro.

Pero hemos sido valientes, dignos y orgullosos, hemos denunciado y puesto el grito en el cielo; hemos sido pasionales y vehementes, hemos sido racionales y coherentes; hemos dicho la verdad más dolorosa. Hemos incorporado el vocablo "top" y hemos desterrado la palabra "mito"; hemos gestionado y dirigido desde la profesionalidad absoluta; hemos instalado la meritocracia y hemos sido independientes de la prensa; hemos sido competitivos y hemos jugado un fútbol de escándalo (año 11/12). Hemos sido ofensivos, goleadores y atractivos sin ceñirnos al libro fundamentalista de la posesión.

Hemos sido temidos y respetados, hemos enterrado los periodos de la vergüenza y hemos vuelto al ring de los grandes; hemos combatido contra los mejores; hemos sido punteros. Hemos retado a uno de los mejores equipos de la historia y hemos sido capaz de herirle y ganarle. Hemos sido elitistas y lo hemos demostrado.

Hemos vuelto a pelear por todos los títulos (menos esta Liga), hemos ganado títulos y hemos caído con honor, peleando hasta el último minuto y en el último escalón. No hemos caído bien a nadie salvo a madridistas, no hemos puesto la otra mejilla, no hemos claudicado a la prensa, no nos hemos rendido nunca. Hemos sido el puto y jodido Real Madrid.

He defendido a Mourinho hasta la extenuación. Hasta las últimas consecuencias. A las duras y las maduras. No me arrepiento. Porque así lo creo. Y lo he hecho desde la razón y la pasión.

Mourinho, aun con sus fallos, es el Madrid que siempre quise.

martes, 2 de abril de 2013

La virtud del mito nunca se toca


Ha vuelto a ocurrir. "Lo que sucede con Iker Casillas es humillante y una desgracia para el Real Madrid", afirmó ayer rotundamente Santiago Segurola en su charla digital en 'marca.com'. Se repite la historia. Nuestro periodismo deportivo, esta vez mediante su estandarte más ilustre, vuelve a cubrir las espaldas al ídolo nacional cuando sufre su primer aviso de vulnerabilidad. Así sucedió exactamente durante todo el ocaso de Raúl, a quien se le defendió hasta las últimas consecuencias, aun cuando su estado -futbolístico, se entiende- distaba a años luz de la élite.

Seré claro: señalo -denuncio- la semejanza en el tratamiento dado a los dos mitos en esta etapa especial de su carrera. No quiero, para nada, establecer una comparación directa entre Casillas con Raúl, pues no procede todavía. Mientras el delantero tuvo cinco años horribles, Casillas sólo ha mostrado cinco meses de rendimiento discutible. Mourinho reaccionó y le envió al banquillo. Un mensaje contundente; opinable en las formas, verificado en razones. El resto es la embaucadora historia que ustedes conocen: Adán no fue titular porque estaba en mejor estado de forma que Iker, sino por demérito de este. El objetivo era llamar la atención al portero titular y buscar una respuesta; Adán, pese a su titularidad, no cambiaba su estatus de suplente. La desdicha tuvo que aparecer: Adán fue expulsado, Casillas regresó al once obligado por las circunstancias y, la ironía se retorció aún más, se lesionó. Pero Adán no pudo ser titular ante Diego López porque simplemente nunca existió esa posibilidad.

Alfredo Relaño atacaba a los instintos primarios del lector madridista. Imagine que el Madrid se queda sin Cristiano Ronaldo durante dos meses. Imagine que Callejón ocupa su puesto. Imagine que el canterano juega fenomenal. ¿Tendrían ustedes dudas de la reaparición de Cristiano en la alineación?, remata. Lo cierto es que su tesis, absolutamente tendenciosa, se desmonta sola. En primer término, por incompatibilidad, porque no se sitúan en igualdad de condiciones. La posición de jugador de campo de Cristiano ofrece mil variantes por la irremediable y única decisión de seleccionar a un portero. Se inventaría una fórmula que aunara a los dos futbolistas y que beneficiase al grupo. Y segundo, porque el director de 'As' obvia, o quiere obviar, que la lesión de Casillas coincidió con un flojo rédito deportivo. Si Casillas cayera en desgracia rindiendo a un nivel estratosférico (Relaño lo ha comparado con Cristiano, subrayemos eso), por supuesto que habría que preservar el derecho a recuperar la titularidad. Es más, el debate podría parecer razonable.

La oposición de la prensa deportiva española causa vergonzante estupor. 'Marca' y 'As', juntos en la misma batalla. Como en los viejos tiempos. Actúan con desmedida vehemencia y mezquino fundamentalismo; como -muy- temerosos de perder un bien preciado, como si la virtud de sus mitos fuera inviolable e imperecedera. Pero lo cierto es que el periodismo deportivo gestiona funestamente el declive de los grandes. Ese no es el camino. No se trata de minusvalorar la intachable hoja de servicios de Casillas al madridismo. Al contrario: titular o suplente, sigue siendo una leyenda del club. Nadie duda del talento, de su calidad y de su vigor. Ni siquiera de su voluntad y fe (murmuran sobre presuntos topos y sobre camas al entrenador, que no creo personalmente). Sino del nivel competitivo actual, de su estado de forma y su rendimiento. En el verbo deportivo, siempre conjugado en presente, está la diferencia: no se trata de ser el mejor, sino de estar mejor. Es el prisma en el que se basa la meritocracia, instaurado por Mourinho. El Madrid no debería permitir que sus viejas glorias se conviertan en rémoras. Verbigracia, Bernabéu no renovó a DiStéfano y a los dos años se consiguió la sexta Copa de Europa. 

jueves, 28 de junio de 2012

España: talento, estilo y competitividad


España disputará la final de la Eurocopa 2012. La selección se coloca a un paso de ser el primer equipo en la historia en ganar tres entorchados internacionales de manera consecutiva. La victoria ante Portugal certifica el excelente estado de salud del fútbol español, que tendrá el domingo la oportunidad de alargar su indiscutible hegemonía mundial. Quién nos lo iba a decir, a nosotros, que durante años padecimos el dolor de la derrota y la losa del fracaso. ¿Qué ha cambiado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Es esta una reflexión muy personal y que en tiempos donde todo se analiza y opina, me resisto a no ser menos, que para algo el blog es mío. Al fin y al cabo todos los españoles tenemos un tertuliano dentro -y, por traslación, somos seleccionadores también-.

Conviene, para ello, echar un vistazo con perspectiva a nuestro pasado: conocer la historia para comprender el presente. Históricamente, las prematuras eliminaciones en Eurocopas y Mundiales se achacaron a detalles muy concretos, estereotipados en el siempre recurso fácil de la 'mala suerte'. Un penalti, un árbitro, una cantada. Un fatalismo, tan simple, tan impreciso y tan español, que ha ocultado durante toda una vida las causas reales de los fracasos españoles. Me niego a aceptar que el éxito sea fruto única y exclusivamente de la suerte que nunca que tuvimos. Esta España no gana sólo porque esta vez un futbolista sí mete el penalti, el árbitro no le perjudica y los astros no conspiran contra nosotros. Talento, estilo y competitividad; esas son las mías.

El primer factor es la abundancia de talento en los jugadores. España goza hoy de los mejores jugadores del mundo; el once titular está compuesto por futbolistas que dominan todos los registros en su posición. Casillas, Puyol, Piqué, Ramos, Xabi Alonso, Xavi, Iniesta, Villa y Torres son los mejores en sus demarcaciones. Antaño, seamos serios y con la salvedad del combinado de Chile 62, los equipos españoles apenas contaban con un par de jugadores de talla mundial. El resto eran futbolistas de perfil medio-alto, sobrevalorados por la prensa, medianos y vulgares en su conjunto. Hace diez años, España jugaba con un Raúl y diez Capdevilas. Hoy lo hace con diez Raúles y un Capdevila. El empeño de nuestra selección a lo largo de la historia es muy loable, pero los mediocres no triunfan. España nunca tuvo una generación brillante. Hoy es una fábrica incombustible de jugadores dotados para el más alto nivel.

Pero no basta con tener futbolistas excepcionales. En Chile 62, España reunió a un elenco de estrellas que cayó en cuartos de final (Di Stéfano, Puskas, Gento y Luis Suárez, entre otros). Un estilo de juego definido es la clave del éxito en el deporte colectivo. Un plan de juego cohesionado y bien ejecutado supone la principal razón del triunfo final en el fútbol. En una liga, el factor competitivo se reduce a partidos puntuales, un Madrid-Barça, un partido complicado fuera de casa, pero la dinámica ganadora la otorga el estilo. Sin una idea clara de juego, es imposible ganar. En España hemos conjugado el pundonor y la raza de la 'furia' española de los setenta con el preciosista pero frágil y efímera de la España de Muñoz de los ochenta, pasando por el cerrojazo de Clemente de los noventa y terminando en el anacrónico fútbol de Camacho, bandas y extremos puros, con Urzaiz al remate. Los bandazos históricos en el juego español impidieron la estabilidad de un estilo: una lacra que parecía interminable. Hasta que llegó Aragonés, a quien nunca se le valorará como se merece, denostado todavía por muchos, paradigma moderno del clásico héroe español.

Luis Aragonés lo vio claro. Con suma inteligencia optó por el fútbol que mejor se adaptaba a las cualidades de los mejores futbolistas españoles. Nuestra virtud, nuestra diferencia con el resto del mundo, estaba en el fútbol de toque y posesión. Aquello de que "España no tiene condición física de base" no era ninguna tontería. Nuestra materia prima estaba en el juego combinativo y asociativo. El mérito de Aragonés es aún mayor si observamos que nunca había entrenado equipos con estas características -recuerden: el 'Sabio de Hortaleza' era famoso por su fútbol de contragolpe-. Aragonés confeccionó el equipo para ello, lo llenó de mediocentros y desterró las bandas. Erigió a un entonces intrascendente Xavi como piedra angular del proyecto. Pero aquello requería tiempo y paciencia; los equipos no se construyen en dos meses, máxime en el ámbito internacional, donde no existe el entrenamiento diario. Y, sobre todo, requería foguearse en la alta competición. La primera gran prueba de fuego llegó en Alemania 06, donde la selección dio una exhibición de buen fútbol en la primera fase, pero en octavos bastó una selección ordenada y seria como Francia para volver a pisar la lona.

Aquella eliminatoria ante los galos supuso un punto de inflexión para Luis Aragonés. Había llegado el primer examen y, por tanto, tocaba el momento del balance. Reforzó lo que funcionaba y desterró las debilidades. Futbolistas como Xavi y Villa se hicieron intocables; Raúl y Albelda no volvieron a jugar con la selección. Sin embargo, todo ello se dio en el peor de los escenarios: en una España cainita y ruin, siempre impaciente y dada a los extremos, que no perdonó el fiasco en el Mundial. Las duras críticas y fuertes presiones complicaron más aún si cabe la tarea de Aragonés. Nadie creía en él: ni aficionados, ni prensa ni siquiera la federación. Aragonés se refugió en sus jugadores, fieles y a muerte con él, en especial Casillas y Puyol, nuevos líderes del vestuario. Con portadas pidiendo la cabeza del seleccionador, con las tertulias incendiando y con una afición desilusionada y perdida en debates estériles -"Raúl, selección"-, el equipo empezó a desarrollar automatismos, a mecanizar movimientos. España tenía cada vez más claro a qué quería jugar. La culminación de todo un estilo trabajado, cuatro años de rodaje, llegó en la Eurocopa de 2008. España por fin se presentaba a una cita internacional con un idea de juego definida y mecanizada. El resto ya lo conocemos: dominio y victoria; superioridad futbolística.

Del Bosque encontró un equipo hecho al que solo debía otorgar continuidad. En un intento altivo por dejar su sello -sí, Vicente el Humilde-, el técnico salmantino casi manda al traste la herencia que recogió con aquella esperpéntica idea de jugar -otra vez- con bandas, Riera y Navas poniendo balones a la nada. Supo rectificar: la fórmula ganadora era la de Aragonés. Dejó a los extremos como recursos alternativos, volvió al plan A y ganamos el Mundial. Y con la misma idea estaremos el domingo en la final. El estilo sigue, pues, intacto hoy en día. Cambian los matices: más centrocampistas, menos delanteros; más posesión, menos profundidad. Pero España gira en torno al control y el dominio del partido a través de la pelota y la rápida recuperación del balón en defensa. Desde esta premisa podemos entender la hegemonía española en el fútbol internacional.

Sin embargo, el estilo no lo es todo. El fútbol también está sujeto a la determinación de sus futbolistas y a los caprichos del azar. Cualquier nimio detalle puede variar el signo de un partido. El factor competitivo; o el otro fútbol, que diría Camacho. Si en una Liga -decía antes- esto se reduce a dos o tres partidos concretos, en una competición internacional este factor cobra una magnitud mucho más relevante, debido al sistema de eliminatoria pura y dura. Un mal día es determinante en un Mundial. Esta era una de las asignatura pendientes. Y es aquí donde interviene la tempestividad de los españoles. La mejor generación de la historia supo aprovechar la oportunidad: estaban en el lugar y en el momento exacto. No fallaron. Sin un Casillas inspirado en una tanda de penalti, jamás hubiéramos superado los cuartos del Europeo. Sin un Torres decisivo en su primer oportunidad clara, nunca hubiéramos ganado la final a Alemania. Sin un Villa resolutivo y ultacompetitivo habríamos fallado en las fases previas. Y sin un genial Iniesta no habríamos ganado un Mundial. Ya lo dice la Historia sagrada del fútbol: las grandes selecciones de todos los tiempos contaban con espléndidos equipos, eran futbolísticamente superiores a sus rivales y tenían auténticas leyendas del fútbol.

jueves, 25 de agosto de 2011

Una de periolistos

Hoy, a eso de las ocho de la mañana, mientras tomaba el desayuno me ha dado por hojear el Marca de la cafetería. A ver con qué me vienen estos hoy, me digo. Dos puntos me han llamado la atención. El primero es la estupefacción que he sentido al leer la crónica de Santiago Segurola: todo un texto íntegro a cuatro columnas (con la excepción del último párrafo) dedicado a la suplencia de Casillas. Bien es cierto que el partido de ayer dio muy poco de sí, apenas hubo fútbol, pero no es menos que resulta inadmisible que en una crónica deportiva me encuentre una auténtica opinión personal. Segurola malgasta todo el papel para explicarnos desde la objetividad imperante que requiere la crónica de un diario por qué Mourinho obró mal, dándonos todo lujo de detalles de su decisión, con el resalto de todas las virtudes de Casillas y la desautorización del técnico portugués. Todo esto me hubiera resultado indiferente de habérmelo encontrado en la correspondiente columna de opinión, un texto que seguramente no hubiera leído por considerarlo estúpido e irrelevante; pero ése era su sitio. Sin embargo, el caso es que me importa un bledo los usos del oficio de los profesionales de Marca, es cosa suya. La reflexión que me provoca es otra. ¿Tanto les irrita Mourinho? ¿Tan desquiciados están que usan todo medio posible para la descalificación? ¿Hasta dónde van a llegar?

El segundo punto que me ha tocado los cojones lo encuentro en la contraportada, en una columna de opinión, donde sí, efectivamente, el autor tiene derecho a decir lo que le venga en gana, y yo a respetárselo. Pero no estaría de más que de vez en cuando hubiese rigor y seriedad en el ejercicio del dictamen; que el convencimiento de lo que se exponga se base en hechos y no en ideologías cocidas de casa. Porque en este caso, quedas retratado. Que lo es que le ha pasado a Roberto Palomar hoy, un tipo que la última vez que hizo un comentario alegre debió de ser en la primera comunión. El susodicho afirma hoy que la afición que acudió ayer al estadio es más falsa que un Lacost de mercadillo (sic), que no se puede tomar en consideración alguna. Dejando a un lado su escaso tacto al meterse con lo intocable (la afición, siempre la afición), no, señor Palomar, se equivoca: la de ayer puede que sea hasta la más viva expresión del madridismo, pues no hablamos de los ochenta mil abonados de siempre, los fijos al estadio, sino de miles de personas de diferentes lugares de España, con presencia de peñas incluidas; un grupo totalmente heterogéneo que sin embargo -¡sorpresa!- está con Mourinho. A muerte con Mourinho están, más preciso. Luego, señor Palomar, si le quitan la más poderosa arma de legitimación para sus cruzadas particulares, jódase; pero no mienta ni tergiverse. Que no cuela.

lunes, 10 de mayo de 2010

Un fin de semana completito


Liga: en la mano del Barça está. Esta temporada he roto uno de mis principios: por una vez y sin que sirviese de precedente, me convencí de que ganar un título no era una obligación ni una exigencia. Lo contrario no era sino engañarse uno mismo, desvincularse de la realidad por completo. Los propósitos y objetivos pronosticados dictaban mucho más allá de lograr trofeos. La temporada 09/10 era el año I de proyecto: el comienzo. En consecuencia, era el año de adecuación y adaptación; de crear y realizar; de conjuntar y complementar; en definitiva, de definir los cimientos sólidos de un equipo. Aun así, todo ello nunca había sido históricamente un inconveniente que impidiera la consecución final de un título y que por tanto saciase el sentir ganador de todo madridista (recuerde: "Un año en blanco son cien años en el Real", Valdano dixit). Sin embargo, la envergadura y complejidad del recién estrenado proyecto así como el gran nivel del FC Barcelona complicaba enormemente las opciones de victoria final. Por consiguiente, ahora que la competición casera alcanza a su última jornada, no me sabe mal ni me enrabieta ni me entristece que el Madrid no consiga esta Liga. De hecho, por no querer, mis miras están puestas en cuestiones más alejadas.




Comienza el acoso mediático de Pellegrini. A la campaña realizada por el diario Marca en personalización de su director, el deleznable Inda, se le une también el diario As y la Cadena Ser. O sea, Prisa. O sea, Prisa y Marca, los grupos más poderosos del periodismo deportivo, unidos por la misma causa: largar a Pellegrini y traer a Mourinho. Y ante tal afrenta, no puedo ser más que pesimista. Qué menos si quiero ser realista. Porque quisiera creer y tener fe, pero la experiencia me dice que Florentino y su grupo -Valdano y cía- claudicará. ¿Aguantará esta vez el Real Madrid la presión de la prensa? ¿O bien soy un iluso y los medios ni mienten ni son interesados? Lo cierto es que se esperan cuatro semanas de guerra mediática hasta el pistoletazo de salida del mundial, donde imagino que desviarán el punto de mira. Ya saben mi opinión: no es cuestión de que Pellegrini sea nefasto o magnífico, ni tampoco de que Mourinho sea Dios y Cristo encarnado (visto así, en criterios comparativos, es indudable: Mourinho es mejor entrenador), sino de que no tengo ganas de romper el enésimo proyecto y empezar de nuevo. No me apetece pasarme la vida animando a un equipo que se reinicia todos los años. Así es imposible.



Despedida de Guti. Anda el madridismo un tanto dividido con el hecho de que Gutiérrez cuente sus últimas horas como madridista. Los hay aliviados, felices tipos que respiran tranquilos tras conocer la salida de Guti del Madrid; y los hay -éstos son mayoría- tristes, emocionados y melancólicos por la retirada de su jugador fetiche, un grande incomprendido, uno de los suyos. Yo, fíjense, ni uno ni otro. Ni contigo ni sin ti, que diría aquél. Al margen de las suspicacias estrictamente deportivas -nunca ha sido indispensable en el Real, menos ahora con treinta y tantos años-, el adiós de Guti me deja frío, casi indiferente, intrascendente, tal y como me lo parecía el propio futbolista. Una baja más de final de curso. A lo sumo, me provoca un deje de desencanto, por la sensación de que este futbolista nunca ha sido ni la mitad de lo que pudo haber sido. Todo un talento tirado a la basura, apenas aprovechado, casi inutilizado. ¿Alguna temporada completa y regular en el Real? ¿Alguna vez decisivo y determinante más allá de dos partidos al año? En fin, que adiós, Gutiérrez.



Barça, flamante campeón de Europa. Cuando hace dos años el Regal Barça -por entonces, Winterthur- tocó fondo, nadie esperaba que la recuperación de esta laureada sección azulgrana fuese tan rápida como productiva. En menos de dos años, han pasado de la ignominia deportiva a la gloria de los grandes que otorga la consecución de la Euroliga, la Copa de Europa del basket, ése título que tanto se le ha resistido a lo largo de su historia. Y todo ello tiene un responsable: Joan Creus y su grupo. Ellos han diseñado la magnífica plantilla: Mickeal, Morris, Ndong y, sobre todo, Rubio. Incorporaciones muy acertadas que otorgaron un salto de calidad a una plantilla de buenos jugadores (Navarro, Vázquez). Asimismo, otro tanto de Creus fue su confianza plena en un novato de los banquillos. Xavi Pascual, aun sin ser un fino estilista, su labrado y eficaz trabajo ha dado sus frutos. Porque, y es muy curioso, el éxito de este Barça se explica de manera muy simple: grandes jugadores, una mayúscula defensa y un baloncesto sencillo; todo ello aplicado con mucha intensidad. Conclusión: equipo arrollador. Como así queda refrendado: la temporada del Barça es casi perfecta, inmaculada -aún falta el desenlace de la ACB-. Sus números han sido demoledores: ¡31 victorias, sólo tres derrotas! Y campeón de Copa del Rey. Una barbaridad. Enhorabuena, por tanto.



Red Bull es el rey del mambo. No se dejen engañar. La clasificación del mundial de pilotos no refleja la realidad imperante de la fórmula uno. Si bien lideran la tabla Button y Alonso, no tienen los coches más rápidos a día de hoy. Son los Red Bull, a lomos de Webber y Vettel, los principales dominadores de esta primera parte del Mundial. El mérito de esta escudería es extraordinario, y gran parte de su celebridad actual se debe a Adrian Newey, el ingeniero que ha diseñado el coche. Así pues, se puede establecer una breve conclusión a vista de las cuatro primeras carreras: muy por encima del resto, Red Bull; si McLaren y Ferrari no están alejados en puntos y rendimiento es fundamentalmente por el talento de sus pilotos. Montmeló será una pista aburrida para el espectador pero es un circuito muy clarificado: expone con fina exactitud quiénes son los mejores bólidos. Sólo hay que echar un vistazo a la estadística. Aquellos que copan el podio en el Gran Premio de España suelen ser los que acaban disputando el mundial de fórmula uno.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Portadas infames


'Ironam Raúl'. Y porque jugó España; si no, igual se hubiese publicado a doble página y todo, a modo sábana. Evidentemente me refiero a la última y brillantísima ocurrencia de Marca en su cruzada pro Raúl: Iron Man.

Un insulto en toda regla a la inteligencia humana. Qué pena me produce aquellos que se lo creen, que desgraciadamente serán muchos.

Lo lamentable de todo esto es que se trata de un medio con una gran influencia en el mundo del fútbol, no en vano es el periódico más leído de toda España, por encima de diarios generalistas como EL PAÍS y EL MUNDO. Si fuese un diario que no leyesen pocos tendría su gracia. Y yo no perdería el tiempo escribiendo. Pero no es así: este periódico es considerado por una gran parte de la afición futbolera como la referencia intelectual del fútbol.

¿Pero saben lo que pienso? Que tan idiotas y tan estúpidos los juntaletras no pueden ser; yo creo que son unos artistas de la ironía. Que en verdad son antiraulistas y todo.

Iron Man. Hay que joderse. Y yo que creía que ya estaba todo inventado...

viernes, 23 de enero de 2009

Malos tiempos para la lírica

El indecoroso e ignominioso Ramón Calderón, el falso y mentiroso Calderón; en definitiva, ese farsante que los madridistas tuvimos una vez de presidente salió anoche de copas con unos amiguetes de los que se pueden destacar, como estrellas de la noche, a Nanín y a Bárcenas. Hasta ahí, todo normal. Incluso es comprensible que el presidente celebrara algo esa noche. Engañar tanto y en tan poco tiempo sin que nadie se dé cuenta, salvo Abellán, es todo un éxito. Sí, ya saben, el de la COPE, una mosquita muerta. ¿Qué problema nos puede dar este hombre? Ante cualquier molesto síntoma, siempre nos quedará la consulta del doctor Joserra, trabajador incansable por otra parte y cuyas recetas son seguidas por millones de espectadores. Eso pensarían la calaña de Calderón, para su desgracia, claro. Subestimaron a los poderosos amigos de la cadena -Pedro J, Marca, etcétera-. Ahora, el martirizado locutor de la COPE se ha erigido en héroe nacional. Ya no es José Antonio Abellán el Voceras, sino San Abellán de todos los santos. Aunque me da a mí que la gloria se la ha llevado Marca. Cosas que sólo le pasan a la infame cadena COPE. Cosas de esta España. Ya lo decía el sabio: esto es para listos.

Pero vamos al lío. Que me voy por las ramas. Decía que no me resultaría sorprendente que Calderón y sus más eficaces secuaces brindaran esa noche de no ser porque en sus últimas horas como mandatario blanco jurara por su honor que no les conocía de nada. ¿Nanín, Bárcenas? ¿Quiénes son? No les conozco de nada, manifestaba Calderón nervioso de que le privaran de asistir al próximo evento deportivo. No, por dios, ahora no. Que no me pierdo el Open de Australia por nada del mundo. Ahora entiendo por qué no vi su careto en el Dakar. Supongo que este último hecho despejará dudas a los que aún creen en la inocencia de Calderón. Y es esto a lo que me lleva a una profunda reflexión: ¿Qué ha fallado con este tipo? ¿Tan buen actor ha sido durante su mandato o tan sumamente gilipollas hemos sido nosotros, los aficionados que, como siempre, pagamos el plato? ¿Cómo hemos conseguido que campara por sus anchas en el club más importante del mundo?

Ahora, echando la vista atrás, recuerdo perfectamente las últimas elecciones. Se presentaron hasta cinco candidatos. Los había patéticos -Baldasano-, pseudomafiosos -Sanz-, nostálgicos -Palacios-, continuistas -Villar Mir- e ilusionantes -Calderón-. Sí, a mi modo de ver, por entonces, Ramón Calderón era el candidato más preferible. Presentaba una línea continuadora y mejorada más aún si cabe de la brillante gestión económica de Florentino, exponía también, como su antecesor, la creación de un pabellón deportivo y obtener la catalogación de 5 estrellas del Bernabéu para la UEFA y, lo más necesitado en ese momento, proponía un acertado proyecto deportivo, el cual consistía en contratar al mejor entrenador del mundo, Fabio Capello. Nadie como él para acabar con la sequía del Madrid. Además de prometer estrellas, como Floren, pero jóvenes y altamente preparadas -el famoso Kaká, Cesc y Robben-. Asimismo, el tipo en cuestión, Calderón, sabía idiomas, tenía labia y el expediente limpio. En resumen, lo bueno de Florentino no se toca, pero dispuesto a solucionar y arreglar los errores del Florentinato. Desde mi punto de vista era el candidato idóneo. O el menos malo, porque sinceramente el nivel de los aspirantes a la poltrona blanca era cutre. Cutre por una simple razón: cuando en el Madrid se habla del presidente, siempre se tiene en mente la grandeza de don Santiago Bernabéu.

Visto hoy día, con la perspectiva que da el paso del tiempo, me siento estúpido e ingenuo. No me puedo creer lo que fue o pudo ser Calderón y lo que es ahora. Todo este esperpento me produce trágicas sensaciones para el futuro. No sé si confiar en el próximo que venga, no sé si todavía tengo esperanza en el Madrid -siempre hablando como institución, por supuesto-. Carezco de ilusión alguna por el Real Madrid. Estoy, digámoslo de algún modo, en una crisis de madridismo. Jamás perdonaré a Calderón por lo que nos ha hecho, por lo que me ha hecho. Puedo admitir errores, por supuesto. Errores basados en decisiones equivocadas o por pura ineptitud. Pero no consiento que nos tomara el pelo a todos. Que nos tomara por imbéciles, gentiles marionetas de su mundo fantástico. Y lo que es peor, no puedo tolerar, ni aceptar ni admitir la desastrosa imagen que ha dado el Real Madrid durante todo este periplo. Por todo esto considero a Calderón como el peor presidente de la gloriosa historia del Real Madrid.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Hablando de héroes

Hoy voy a hablar de hombres de verdad. Decía en un anterior post que la fórmula 1 de hoy en día carece de la esencia de la auténtica fórmula 1... gracias a Dios. La fórmula uno de antaño no tenía nada que ver con la de ahora. Los hombres que conducían aquellos monoplazas no eran pilotos, sino auténticos héroes del siglo XX. Competir era sobrevivir. Cuando el juego era la vida que diría aquél. Aquellos bólidos eran auténticas bestias amaestradas por hombres excepcionales y conducidos en circuitos de mala muerte. Sí, míticos y grandiosos con trazados monumentales, pero con medidas de seguridad del tercer mundo, donde la muerte estaba al paso de cada curva. Así lo reflejan los libros de historia: hasta 23 pilotos fallecieron en grandes premios, amén también de 29 espectadores y oficiales.Hasta el punto que se afirmaba que un piloto que permaneciese 5 años en activo tenía un 65 por ciento de posibilidades de morir. Los pilotos negociaban con su vida carrera a carrera, todos con el sueño de ser campeón del mundo de fórmula 1. Esa era su meta, la meta de todos ellos. Y para ello no había obstáculo ni barrera que les parara. Ponían su vida en peligro, por tanto, poseían un grado de valor y decisión superior al común del resto de los mortales.

Por consiguiente, hoy toca hablar de uno de ellos. Toca comentar aquel terrible gran premio de Alemania de 1976. La carrera fue en el viejo Nurburgring, el infierno verde, esto es, en el Nordschleife original. El protagonista en sí es el tricampeón mundial austriaco Niki Lauda. Por entonces, llevaba un lustro en la fórmula 1 y ya había conseguido ser campeón del mundo. Se encontraba pues, en camino de su segunda corona mundial. Pero no la lograría ese año. Así, en un primero de agosto de 1976, Lauda se disponía a disputar la décima prueba año. Sin embargo, apenas en la segunda vuelta, se vio envuelto en el mayor desafío de toda su vida. En la curva de Berwerkel, Lauda perdió el control de su coche, se salió de pista donde las escapatorias brillaban por su ausencia, y chocó contra el muro. Su auto se incendió y se quedó hecho un amasijo de chapa y hierros, con el piloto dentro. El mundo se paralizó mientras miraba en directo semejantes escenas por televisión. El resto de coches lo esquivaron a duras penas, no obstante, un italiano, el piloto Arturo Merzario se detuvo y junto con dos pilotos que llegaron después, Harald Ertl y Guy Edwards, lo ayudaron a sacarlo.


Las consecuencias del accidente fueron terribles. Tenía quemaduras de primer y de tercer grado en la cabeza y en las muñecas, varios huesos rotos y los pulmones inundados de gases tóxicos. Además, entró en un coma indefinido. Se trataba de un hombre prácticamente muerto. E incluso le dieron la extrema unción. Esto es, las esperanzas de vida eran nulas. Sin embargo y ante la sorpresa de todos, médicos inclusive, Niki despertó. Había esquivado a la muerte y con un cuerpo mutilado había sobrevivido. Gracias a la rapidez y valentía de aquellos tres pilotos, no perdió la vida en aquella fatídica tarde. A Merzario, el primer piloto que paró, Niki le regaló un reloj de oro en agradecimiento. Y en cuanto a las causas del accidente, tardaron en averiguarse, no en vano, el Ferrari de Lauda había quedado destrozado. Hasta que se confirmó que había sido por un fallo en la suspensión trasera izquierda. Lauda quedó conforme con esa explicación: estaba convencido de que el accidente no pudo haber sido culpa suya, porque se trataba de una curva poco exigente y no había forma de equivocarse. Cosas de genios.


Una experiencia así marca a cualquiera. Pero no a Niki Lauda. Justo después de despertar del coma, lo primero que hizo fue preguntar cuándo sería la próxima carrera. Tenía esposa, hijos, fama, dinero, y había sido campeón del mundo de la categoría reina del automovilismo. Era ya una leyenda viva del automovilismo. Lo tenía todo, no había razón alguna para volver a enfrentarse a la muerte. Pero se trataba de Lauda, el gran Niki Lauda. Con sangre mojando los vendajes de su cabeza, con una oreja menos y en menos de cuarenta días, reapareció en la siguiente carrera, en el circuito de Monza. Al final, no llegó a lograr el campeonato del mundo, le faltó un sólo punto. Pero no tuvo que esperar mucho. Al año siguiente, ganó su segundo título mundial. El que le arrebataron en aquella nefasta curva de Berwerkel. ¿Por qué volvió? Ni lo sé yo ni lo sabe nadie. Lo que sí que sé yo es que huevos como los suyos no los hay.

Pero a día de hoy, año 2007, desgraciadamente, el nombre de Lauda no suena por su hazaña. No, qué va, y al menos en España, su nombre ha sonado por unas desafortunadas declaraciones en contra del ídolo nacional, Fernando Alonso. Todos le han criticado, le han llamado de todo y se han cagado en su familia en pro de defender al guapo de Alonso. Los primeros, los periodistas y después, esa patriótica y sabia afición que tenemos. Y es que, en primer lugar, en este mundo de libertad de expresión, la cual se utiliza y se manipula a mansalva, pero se nombra, que es lo que cuenta; cualquier tipejo, hombre, famoso, mendigo o incluso un servidor en su humilde blog, puede decir lo que le dé la real o república gana. Pero es sobre todo él y todos los pilotos retirados, de las pocas personas que tienen más autorización que nadie para hablar de fórmula 1. De decir lo que le salga de las narices. Y de respetarle. La verdad es que me siento ridículo dando ese primer argumento, no se debería ni pensar, pero viendo el patio... En segundo lugar, nadie cuenta con el factor prensa. Cualquier frase inocente puede convertirse en una declaración de guerra con un simple cambio de letras. Y son ellos, los periodistas, a los que me cisco yo en su conciencias. Ellos profanan las mentiras y confunden a los demás. Porque no sólo le han criticado -cosa totalmente legítima- sino que le han tildado de loco para arriba. Así claro, los aficionados dicen lo que quieren, porque los periodistas también lo dicen. Y ellos saben mucho, no se puede dudar de la inteligencia de un periodista. Es delito. Y eso precisamente es lo que más me duele. Un cronista de fórmula 1 ama por ley a la fórmula uno con todas sus letras , y amar a este deporte significa enamorarte de su historia, de empaparte de leyendas y hazañas. Una de ellas es la de Lauda. Pero ellos no tienen compasión. Todo sea por vender.
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Pero claro, resulta que yo hoy no había venido a escribir de Alonso y demás. Yo hoy he venido a hablar de héroes, como es el gran Niki Lauda.

martes, 16 de octubre de 2007

Cinco días para la carrera del siglo


Lewis Hamilton, Fernando Alonso y Kimi Raikkonen. Estos son los protagonistas de la carrera de fórmula 1 que se disputará en Interlagos, Brasil, el próximo domingo 21. Los tres pelearán por la corona más codiciada del automovilismo mundial (y que me perdonen los norteamericanos). Después de tres meses recorriendo el mundo, el circo de la fórmula uno alcanza su última parada en la tierra de los míticos Fitipaldi, Piquet y Senna. La expectación es máxima. Aquí en España, el diario Marca, ya ha calificado a la carrera como "la carrera del siglo".

Tengo que decir que no me hace mucha gracia eso de la carrera del siglo. Yo, al menos, le pondría un matiz: la carrera del siglo XXI. Eso sí que me convence. Porque, eso de poner en la gran historia de la fórmula uno que la carrera más importante fue una en la que corrió unos tales Hamilton, Raikkonen y Alonso, pues como que dan ganas de hacer puñetas al diario Marca. No es cuestión de quitar méritos y valores a estos tres pilotos, sino se trata de no olvidar los méritos de otros. De los grandes héroes de la fórmula1. De esos que no hay ahora.

Sin embargo, este mundial ha estado muy bien. Bonito, disputado y espectacular. Vale, han habido muchas carreras sosas y tampoco ha hecho mucha gracia el asunto del espionaje. Pero miren, hemos tenido otros años más sosos y el proceso del espionaje ha hecho que al duelo Hamilton versus Alonso se le haya unido un tercer contrincante, Raikkonen. Pues mejor. Ahora, los tres tienen posibilidades. Uno más que otros. Pero las tienen, que es lo que cuenta. Y ya sabemos de la capacidad de la fórmula uno para que las cosas más inverosímiles ocurran en sólo una carrera. Desde que gane Hamilton sin incidente ninguno, hasta que Alonso y Hamilton se estrellen en la primera curva como ya hicieron en su día Senna y Prost en aquel lejano gran premio de Suzuka del 90. Más vale que no ocurra eso, de lo contrario, nos chafarían la carrera, Raikkonen le bastaría con quedar segundo y McLaren haría el ridículo más grande de sus historia.

Ocurra lo que ocurra, lo único que tenemos claro es que, aficionados o no, el domingo tenemos una cita con la fórmula uno que no podemos rechazar. ¡Disfrútemos, pues!