La noticia
del regreso de Sergio Rodríguez a la NBA genera un cierto escepticismo: a
sus treinta años y asentado en el mejor momento de su carrera, ¿acierta el 'Chacho' renunciando a un hábitat favorable -el básquet FIBA-, que domina y a
menudo deslumbra con su talento, embarcado además en un proyecto ganador con un
rol importante? La NBA acarrea un reto difícil y supone abandonar la zona de
confort; pero nunca olvidemos que es la cima: la NBA es el sueño de todo
jugador de baloncesto. Sobresalir en Europa no simboliza lo mismo que hacerlo
en el escaparate norteamericano. Otrosí: la oferta obsequia una nómina
demasiado bien pagada (8 kilos de dólares) como para no pensárselo. Y la
experiencia fallida de antaño sólo se tiene que asumir como una brújula para no tropezar en errores de bisoñez y
sortear peligros conocidos. Figurará en un equipo perdedor, el peor de la Liga,
lo que conlleva sus contras –muy obvios-, pero también sus pros –más protagonismo,
más visibilidad-. Un ‘Chacho’ pletórico, con la misma confianza que gozó en el ‘lasismo’,
no debe temer a nada: ni a ningún base físico rival ni a ningún entrenador
desconfiado.
Este blog es una mirada muy personal sobre el mundo del deporte. Abierto en 2006, cuando un servidor tenía 16 años, el cuaderno es un recorrido íntimo de más de diez años: contiene desde las observaciones de un adolescente sobre sus pasiones -el fútbol, el baloncesto o la Fórmula 1- hasta las reflexiones actuales, muchas de ellas publicadas en prensa.
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martes, 5 de julio de 2016
viernes, 1 de noviembre de 2013
El reto de Lebron
Cuando Jordan ganó en 1993 las finales a los Suns de Barkley creó que ya le no quedaba nada que hacer en el baloncesto. Había ganado su tercer anillo consecutivo y era el mejor jugador del mundo. Los míticos equipos de los ochenta claudicaron ante los Bulls y tampoco perdonó a los nuevos ricos de los incipientes noventa. Los había derrotados a todos; lo había ganado todo. Jordan estaba hastiado y desmotivado. La controvertida muerte de su padre fue un pretexto para anunciar su -primera- retirada. Lo necesitaba. El mejor jugador del mundo escribía el epílogo a una brillante carrera de nueve temporadas en la NBA. Se retiró del baloncesto, desconectó y decidió embarcarse en un proyecto diferente. Sin embargo, aquel breve periplo por el béisbol le hizo comprender que su misión estaba inacabada. Todavía le faltaba por cumplir su último designio entre los mortales: debía sellar su legado en la historia. Así que regresó dos años después con el colmillo entre los dientes, se echó a su espalda una de las mejores escuadras de la historia y jugó el mejor baloncesto de su vida. Obtuvo tres anillos más, su segundo three peat y su nombre quedó inmortalizado para siempre como el mejor jugador de todos los tiempos.
Lebron sonríe ante el inicio de la temporada 2013/2014. Hace dos años que se liberó de los tormentos con el triunfo de su primer anillo. La victoria ante los Thunder de su rival Durant marcó un punto de inflexión para Lebron. Zanjó años de frustraciones, un trauma propagado con finales perdidas (2007 y 2011), las feroces críticas de la opinión pública y el estigma de perdedor. Aquella losa ha desaparecido y Lebron disfruta con su mejor juego. La pasada temporada arrasó con los Heat y se alzó con su cuarto MVP con unos números abrumadores: 26.8 - 8 - 7.3 y en las que destaca un increíble 56% en tiros de campo. San Antonio plantó una admirable batalla en las finales, que llegaron al séptimo partido; sin embargo, James, más seguro en sí mismo que nunca, impuso su autoridad en el decisivo encuentro: 37 puntos y 12 rebotes para vencer a los Spurs. Fue su segundo anillo y el mundo comprendió que es estúpido discutir que Lebron James es el mejor.
James tiene muy claro cuál su es meta: "Quiero ser el mejor baloncestista de todos los tiempos. Así de simple", asevera rotundo. Y sabe cómo lograrlo. Su principal argumento es su innata facilidad para dominar todas las estadísticas, una cualidad comparable históricamente a Oscar Robertson. Su influencia en el juego repercute en el premio individual más importante: solamente Kareem Adbul Jabbar (6), Bill Russel (5) y Michael Jordan (5) han logrado más MVP que él. Posiblemente los supere. Pero el mayor e irrefutable dictamen lo marcará su palmarés colectivo. La colección de títulos es la mejor tesis para mostrar su supremacía. Y en esta temporada se le presenta una oportunidad única: Miami Heat puede ser el cuarto equipo en conseguir tres títulos de forma consecutiva. Hasta la fecha, sólo Celtics (1959-66: el único que pasó la barrera de los tres hasta llegar a ochos entorchados seguidos, un hito insólito), Lakers (por partida doble: 1952-54 cuando la franquicia estaba en Minneápolis y 2000-02 con O'neal y Bryant al frente) y Bulls (también en dos ocasiones: 1991-93 y 1996-98). Es el three peat, el mayúsculo reto de Lebron James.
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martes, 19 de marzo de 2013
El reinado de James
Lebron James volvió a exhibir su aplastante hegemonía en el baloncesto mundial. Ayer aniquiló a los Celtics en el TD Garden con una demostración de superioridad incontestable, con canasta ganadora incluida. Boston dominó gran parte del duelo, siempre competitivo y orgulloso, pero cayó ante un soberbio último cuarto de Miami, que remontó una renta de 13 puntos a falta de 8 minutos. No hubo solución ante Lebron, que lideró a su equipo con 37 puntos, 12 asistencias, 7 rebotes, 2 robos y 2 tapones. El triunfo catapulta, además, a los Heat como la segunda mejor racha de la historia de la NBA: 23 victorias consecutivas, un hito que no pudo aspirar en su día Michael Jordan.
Se trata de otra muesca para su excelsa temporada regular y que pone de manifiesto la constatación real de la supremacía absoluta de Lebron James, profetizada y anhelada durante muchos años. Desde que el mundo le contempló en su segundo año en el high school, Lebron James ha estado predestinado a ser el rey de la NBA. Una presión brutal con la que ha convivido toda su carrera, insoportable para el resto de los mortales. Nunca se achantó. Asumió su destino y él mismo se proclamó como the choosen one (el elegido). A los 17 años firmó un contrato publicitario multimillonario con Nike (90 millones de dólares) y saltó directamente desde el instituto a la gran liga. Muy pronto demostró su valía, se ganó el hueco entre los mejores y batió todos los récords de precocidad existentes. Consiguió el MVP a los 24 años, el galardón individual más importante. Se obstinó en conseguir la grandeza para Cleveland, la ciudad maldita del deporte de Estados Unidos (el último título profesional se logró en 1964), y se plantó en las finales de 2007 con uno de los peores conjuntos finalistas que se recuerdan.
Pero la brillante hoja de ruta hacia la gloria se trastabilló. El camino hacia el anillo resultó ser más duro de lo que él pudo prever. Peleó contra todos y contra todo, especialmente ante él, su peor juez. Perdió las finales y aguantó reproches despiadados, algunos humillantes. Optó por concluir el capítulo con los Cavs, que se replantearán eternamente su ineptitud para dotar a Lebron un equipo de garantías, y se lanzó al proyecto de su vida. Su decisión acarreó críticas feroces que le auguraron el desprestigio de su historial y la infravaloración de sus futuras hazañas. "Yo no llamé a Larry ni a Magic para jugar con ellos; trataba de ganarles en la cancha", sentenció Jordan. Sin embargo, James se había ganado el derecho a decidir y obró bien. Los Heat le ofrecieron un equipo confeccionado para el éxito. Y la franquicia voló durante su primer año pero el sueño se truncó en las Finales. Lebron volvía a perder.
Levantarse no era una novedad para Lebron James. La heroica capacidad de superación, tan apreciada en Estados Unidos, es otra de sus señas de identidad. Hijo de una joven madre soltera, forjó su carácter en los barrios marginales de Acron (Ohio) e hizo de la lucha una constante en su vida. Un hombre hecho a sí mismo que no cesaría jamás su empeño en alcanzar el anillo. La derrota ante los Mavs supuso un punto de inflexión en su vida. Encabritado como Jordan en el 96, Lebron realizó en 2012 el mejor baloncesto de su carrera. La estrotésferica exhibición en el sexto partido de las Finales de Conferencia (45-15-5) mostró al mundo su terrible hambre de gloria. Y los Thunder palidecieron en la gran final ante el vendaval imparable. La NBA coronaba, al fin, a su rey.
Levantarse no era una novedad para Lebron James. La heroica capacidad de superación, tan apreciada en Estados Unidos, es otra de sus señas de identidad. Hijo de una joven madre soltera, forjó su carácter en los barrios marginales de Acron (Ohio) e hizo de la lucha una constante en su vida. Un hombre hecho a sí mismo que no cesaría jamás su empeño en alcanzar el anillo. La derrota ante los Mavs supuso un punto de inflexión en su vida. Encabritado como Jordan en el 96, Lebron realizó en 2012 el mejor baloncesto de su carrera. La estrotésferica exhibición en el sexto partido de las Finales de Conferencia (45-15-5) mostró al mundo su terrible hambre de gloria. Y los Thunder palidecieron en la gran final ante el vendaval imparable. La NBA coronaba, al fin, a su rey.
Aún hay quien le discute. Desconfíe: quien asegure tal aseveración lleva años sin ver un partido de NBA. Lebron James reina con mano de hierro. Durant le reta, pero de momento es sólo un digno rival. Igual que Kobe, ilustres adversarios que engrandecen pero no discuten la supremacía de Lebron. Sin duda, el anillo le ha liberado. Sólo hay que observar su mirada, que sigue arrogante y decidida, muy jordanesca, muy americana, pero que ha encontrado la paz. Ha domado el juego, ha mejorado sus porcentajes; toma mejores decisiones, domina los partidos. Es mejor jugador de lo que ya lo era. No hay quien le pare. Y tiene 28 años. A esa edad, Jordan ganaba su primer campeonato. Ahora es el tiempo de King James.
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lunes, 13 de junio de 2011
¡Dallas, al fin!

Con la victoria obtenida en la madrugada de ayer, al derrotar a los exhuberantes Heats en las finales (4-2), Dallas Mavericks se alza con el flamante título de la enebea. Culmina así una de las luchas más trabajadas y deseadas de uno de los mejores equipos de la última década; así como se destierra lo que parecía uno de los episodios más tristes de la historia reciente del baloncesto profesional estadounidense. El sistema de competición norteamericano, tan exigente, tan duro como simple en su fin, que sólo permite una única gloria y honor en todo el año, que no entiende de matices, con su único ganador por treinta perdedores, nunca había sido tan cruel con un gran equipo como ha sido Dallas. Hay, por qué no, una cierta justicia en este anillo tejano, que reconoce la consistente labor de un equipo ganador, siempre fiel a la cita de los play offs, a una gestión certera en los despachos y sobre todo a la de su flamante estrella, Nowitzki.
La historia data de comienzos de la década pasada, prinicipio de siglo, cuando en plena vorágine y esplendor del Oeste tras la resaca dominadora de los Bulls de Jordan, la franquicia tejana, sin pasado victorioso que presumir (poco hay más allá de Rolando Blackman, espléndido jugador), decide poner todo su empeño en hacer un hueco en la vasta y gloriosa historia de la enebea. Bajo la tutela del veterano Don Nelson, aquel equipo se configuró sobre jóvenes potenciales del momento, los pipiolos y prometedores Steve Nash y Michael Finley y de un por entonces desconocido Dirk Nowitzki. Muy pronto los Mavericks alcanzaron la senda de las victorias, a colarse en los play offs, tras años bailando en la nada; pero su fama obtuvo aún más celebridad por el baloncesto que llegaron a poner en práctica, uno de los más ofensivos y alegres, a la par con los Kings, en una de las épocas más prestigiosas del Oeste que se recuerdan.
En la temporada 2000/01 llegaron a las 53 victorias por 29 derrotas, conformando una línea que todavía hoy perdura: llevan once años consecutivos con un mínimo de 50 victorias en temporada regular, con varias de ellas en más de 60, lo que es un hito en la enebea. Sin embargo, y consolidado con el paso de los años, todo su buen hacer en la regular season quedaba empequeñecido por su perdedora andadura en la fase final. Tal impronta quedó retratada en la ocasión que más cerca estuvieron del suspirado anillo: las finales de 2006, de triste final para los Mavs. Infausto capítulo que se enturbió especialmente por la forma en que se perdió el anillo: le remontaron un 2-0 y el factor cancha a favor, y un tercer partido decisivo de la serie que dominó en su totalidad. La leyenda de equipo perdedor y desafortunado se agrandó por las suspicacias del formato americano, tan generoso con sus ganadores como despiadado con sus perdedores, en lo que Daimiel magistralmente definió como "el trauma de Dallas"; pero no por ello dejaba de ser lo que era: un gran equipo.
Un gran equipo que a pesar los sinsabores finales supo reciclarse y regenerarse sin perder un ápice de su constancia y regularidad, que cambió de jugadores y entrenadores sin perjuicios para el devenir del equipo y que erigió en estrella indiscutible a un alemán (MVP en 2007) que salió de la nada, de un país de poca tradición baloncestística, sin cartel de joven promesa, todo talento pulido y perfeccionado por su cuenta ajena y que tuvo en los Mavericks su recompensa, y al que los Mavs se negaron a traspasar por O'neal cuando éste era sinónimo de títulos. Un gran equipo que, aunque vapuleado y vilipendiado, sobrevivió a los Lakers de Shaq y Kobe, a los Spurs de Duncan y de nuevo a los Lakers de Kobe y Gasol. Un gran equipo al que siempre se le añadía a la vitola de favorito en las quinielas un pero insoportable. Y en ésas estaban, luchando contra lo mismo y los mismos, en esta temporada, a la enésima, cuando por fin el incansable trabajo ha encontrado su premio.
Se pone fin a años de resignación y sufrimiento; se reconoce, del mismo modo, a un equipo siempre sensato y mesurado en sus gestiones. Buena prueba de ello da la confección de su plantilla, girada en torno a un supercrack como es Nowitzki -como mandan los cánones allá, al otro lado del Atlántico-, pero muy bien rodeado: con los expertos y eficaces Jasons (Kidd y Terry) en la dirección y el perímetro, con su revulsivo Barea, con intimidación y lucha en los tableros, Chandlers y Marion, con DeShawn y Cardinal como buenos complementos, con un siempre peligroso Stojakovic (al final, prácticamente inédito). Una buena y larga plantilla, y orquestada por un entrenador muy serio: Rick Carlisle. Y todo ello al fin con crédito indiscutible con la consecución del anillo. Dallas Mavericks lo merece: ¡gloria eterna al equipo tejano!
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sábado, 17 de octubre de 2009
¡Todos los jugones sonríen igual!
Profundamente consternado estoy. Una intensa tristeza se ha apoderado de mí cuando he sabido de la fatídica noticia del fallecimiento de Andrés Montes. Ha sido todo un palo; y muy duro por inesperado e imprevisto. Creo que aún no lo he asimilado. No lo es menos. El viernes se fue una parte de mi vida. Un trozo de mí. Cuando descubrí el baloncesto, hará aproximadamente una década, ya estaba Montes, y Daimiel, y no puedo negar que si me enamoré pérfida y locamente de este bendito deporte es gracias en gran medida a aquella manera de ver, sentir y disfrutar el baloncesto que impregnó el genuino Andrés Montes.
Coincidí justo en la era posjordan; el comienzo de la dinastía de la Fiebre amarilla, liderada por el Artículo 34 del Estado de California, Twister O'neal; de los maravillosos Sacramento Kings, el equipo ye-yé, el de la tortilla de patatas, de American Grafiti Stojakovic, de Chocolate blanco Williams primero y Manicura Bibby después, de Magoo Jackson; de los Mavericks de Robin Hood; de los Knicks, su equipo -y en fútbol el Atleti-, de melodía de seducción Strewell, de Allan hilo de seda Houston; de los Spurs de Tim siglo XXI Duncan y de Teléfono Rojo llamando a Moscú Popovich; de los Jazz de la informática a su servicio Stockton y Karl Malone, hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana.
Me enganché de por vida a un deporte que no desprendería la misma sensación ni la misma emoción sin la inigualable y magnífica jerga que le otorgó Montes. Su peculiar estilo, su particular manera de narrar y de comentar el baloncesto, hizo que la NBA tuviese aún un dejo más especial y mágico si cabe. Todo comenzaba con ese Qué tal. Bienvenidos al club, a este curso baloncestístico. Aquí estamos todos, viviendo la magia del Basket. Descubría que los verdaderos cracks que nos levantan del sillón y que dan sentido a la existencia del deporte no son sino jugones. Así como los pinchos de merluza, los triiiiiiiples, los interminables ra-ta-ta-ta-tá, las piedras que no entran, los aterrizajes -mates-. Los motes de los jugadores, ingeniosa y minuciosamente elegidos. Nunca se me olvidará el mote más gracioso y mejor seleccionado nunca, el que cada noche articulaba Montes cuando Dennis Rodman la armaba en una cancha de baloncesto: ¡¡Adivina quién viene esta noche, Daimiel!! Con sus innumerables clubes: el club de los Amarrategui Blues, los Estopa Mix o Cicuta Mix, los forajidos de leyenda, el sector pijo de la Liga, el Consejo de Administración de Geppeto Brother y, sobre todo, el Calabazas's clubs.
Porque aquello no era sólo baloncesto, conversaciones
triviales sobre el deporte; sino mucho más: todo un canto a la vida. Música,
cine, gastronomía, mujeres. Un tiempo muerto con Montes y Daimiel podía ser lo
más interesante de un partido; hacía, sin duda, que mereciese la pena
trasnochar. Son tantos los recuerdos acumulados y amontonados en la cabeza que
fácilmente podría escribir un libro entero. Y son tantos los sentimientos
experimentados y aflorados y que me reconcomen, que difícilmente puedo
expresarme con claridad y entereza. De ahí este intento de homenaje personal.
Ayer se fue el jugón más grande de todos. Descanse en paz.
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miércoles, 17 de junio de 2009
Los Ángeles Lakers son campeones de la NBA

Al final no pude resistirme: como en todos los partidos de la serie, había programado el vídeo y ajustado el Digital la noche anterior. Lo dejé todo preparado para verlo al día siguiente, más cómodo y relajado, sin sufrir mi singular jat lag. Pero esta vez era diferente. No era un partido más. Esa noche podía pasar algo grande, y no se trataba precisamente de tener una cita con Mónica Bellucci. Durante media hora intenté dormir, pero por mi cabeza rondaban inconscientemente pensamientos sobre una pelota naranja y unos tipos vestidos de púrpura y oro. No aguanté mucho en la cama. Me levanté, cogí el paquete de tabaco y, con mucho cuidado de no hacer ruido por el pasillo, acudí al salón. Estaba decidido a a disfrutar de un partidazo: en directo, a altas horas de la madrugada y con el volumen de la tele muy bajo -si no le doy al mute es por Daimiel-. Como mandan los cánones del buen aficionado del baloncesto del otro lado del Atlántico.
Y efectivamente, pasó algo grande. Los Lakers lograron el ansiado anillo de campeón de la Nacional Basketball Association, la NBA para los colegas. No dejaron espacio para la sorpresa y lo consiguieron en la primera oportunidad. Fue un momento de alegría y grata felicidad para un loco amante del baloncesto como es un servidor. El último anillo databa de tiempos muy pretéritos; mucho ha cambiado desde la temporada 01/2002. Por entonces, la estrella indiscutible y absoluto dominador de la Liga era un tal Shaquille O'neal y su escudero un jovencito y arrogante Kobe Bryant; asimismo, el mismo servidor era un mocoso en plena adolescencia que miraba y disfrutaba atónito de un deporte que le enamoró desde el primer día. Mucho ha llovido desde entonces. Aquel majestuoso equipo se fue a pique. Se tuvo que realizar una larga reconstrucción que culminó el pasado domingo con la consecución del décimo quinto anillo de la franquicia. La tónica de preguntas sobre este equipo cambia radicalmente: ¿Serán capaces de realizar una dinastía? ¿Superarán a su viejo rival, los Celtics de Boston, en cuanto a títulos se refiere? De momento, vuelven a ponerse a tan sólo dos entorchados.

Kobe Bryant se llevó un merecidísimo MVP. Aun con los avisos cada vez más amenazadores y permanentes de Lebron James, Bryant aún es el mejor jugador de baloncesto del mundo. Jugador indefendible en el uno contra uno, es sin lugar a dudas el mejor anotador que ha salido desde Jordan y que ha concluido y con éxito la última fase del baloncestista profesional: aquella que determina la diferencia entre una estrella del momento y un grande de la historia, una leyenda. A lo largo de su periplo como jugador franquicia tras la marcha de O'neal, Kobe ha ido evolucionando y mejorando hasta convertirse en lo que es hoy: el mejor baloncestista en todos los aspectos. Ya no sólo anota, asiste con asiduidad, entiende mejor el juego, y es mejor defensor de lo que ya era. Un jugador, desde el punto de vista individual, completo, total.
Además, Bryant ya no es simplemente el mejor jugador de su equipo, sino su líder, al que todos siguen; su jefe que no duda en gritar y exigir a sus compañeros en la cancha, y a los que protege en público; su alma máter, cuyas ansias de triunfo contagian al equipo. Es el hombre que los guía hacia la gloria. Es decir, hablamos de un Kobe que nada tiene que ver con el de 2004. El progreso de estos cinco años ha sido espectacular. Definitivamente, Kobe Bryant ha alcanzado la madurez como deportista. La misma, por otra parte, que no han logrado otras superestrellas de la liga, como Allen Iverson, Vince Carter o T-Mac y que, por tanto, le sitúa en un escalón muy por encima.
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Es un orgullo que en los Lakers, la franquicia más famosa del mundo del baloncesto, juegue también un español: nuestro Pau Gasol. Un español que no está de complemento, sino que su presencia se requiere fundamental en estos Lakers campeones. No se concibe este anillo sin el catalán en el equipo. La balanza entre el juego interior y exterior se equilibró y se compensó con la llegada de Gasol al equipo angelino que recibieron calidad y talento, altura e intimidación; o sea, incorporaron a un jugador de renombre en la pintura. Pocos jugadores actuales tienen los movimientos y recursos que posee Gasol. Eso se llevaron los Lakers, porque poseer un hombre interior del calibre de Gasol es importantísimo en este deporte. Todos los grandes equipos de la NBA, a excepción de los Bulls de MJ, han tenido un pívot o jugador interior referente. Con un cualquiera en la pintura no se gana en el baloncesto. Un repaso histórico de los últimos campeones así lo certifica: los Celtics de Garnett, los Spurs de Duncan, los Lakers y los Heats de Shaq, los Rockets de Olajuwon. ¿Sigo? Consecuentemente, para la historia quedará como el anilo de los Lakers de Bryant... y de Gasol, of course.
¿Dejará la prensa estadounidense de llamar blando a Gasol? ¿Se desterrará el término Gasoft? Pues sí. Pero déjenme explicarles que toda esta polémica la veo desde otro punto de vista al que lo ve la entendida prensa española. No comparto las opiniones generalizadas al respecto durante estos últimos años. Para mí hay una doble visión del asunto.
En primer lugar, yo parto del punto de que sí, Gasol es un jugador blando. Se trata de un baloncestista que centra todas su grandes virtudes en sus capacidades ofensivas y cuyas aptitudes defensivas se resumen en un físico intimidatorio: su defensa, por regularidad, es aceptable, cumple el mínimo. No se trata de un excelente defensor por constancia y trabajo. Gasol no hace 82 partidos brillantes en defensa. Sin embargo, por fundamentos -la gran baza del basket europeo- es capaz de realizar buenas defensas en encuentros concretos: rinde, y a un alto nivel, en determinados partidos. Exactamente como ha hecho en esta final, en la que se ha bregado con Howard como nadie hasta ahora había hecho. Por regularidad, Gasol no alcanza el sobresaliente en la faceta defensiva, ni siquiera aspira al notable. Por la sencilla y llana razón que de ser así estaríamos hablando de un jugador completísimo, sin apenas un defecto; sería el Lebron James de la pintura. Un extraterrestre, una máquina en el sentido estricto de la palabra. Y Gasol es bueno, muy bueno diría yo, el mejor de la historia de España. Pero no se trata del mejor de la historia de la NBA, ni siquiera de los 50 mejores. Eso son palabras mayores. Una cosa no quita la otra.
Y en segundo lugar, la campaña de descrédito de las facultades defensivas de Pau responde a la mentalidad de los norteamericanos. La sociedad estadounidense es profundamente competitiva. Se alza y se dignifica a los ganadores; los perdedores no tienen cabida. Todo lo contrario que en Europa, donde los subcampeones y hasta los terceros puestos son más conocidos incluso que los campeones. En Estados Unidos no ocurre así: la diferencia entre el ganador y el perdedor es brutal, siderialmente abismal. O eres una leyenda o eres un perfecto mierdecilla. Es otra forma de ver el deporte, otra manera de valorar la vida. Una célebre frase de Ayrton Senna lo podría resumir perfectamente: "El segundo es el primero de los perdedores". Por ello, aquellos que buscan la gloria, la victoria definitiva, deben fraguarse en un camino de espinas, difícil y complejo. Se señalan defectos, se buscan miserias, se infravaloran, se reniega de su supuesta fama. Por eso apodaron a un jugador con muy buena pinta pero que no había logrado nada como Gasoft, a ver qué se ha creído el hispano éste. Pero no se trata de ensañamiento particular ni discriminación hacia Gasol, ni de xenofobia, ni demás tonterías que nos ha querido vender la prensa española. Lo que ha sufrido Gasol, lo han aguantado todos. Bryant, Garnett, O'neal, Drexler, Jordan, y lo harán, si no lo están haciendo ya, con Lebron y Howard. Todos han pasado por ahí. Ésa es la explicación. Los americanos no regalan nada, les gusta que el éxito se consiga a base de esfuerzo y superación, sea quien sea. Y cuanto más le cueste, más le adoran. Por eso les pone tan cachondos Michael Jordan, ejemplo único de superación y evolución hasta la perfección.
Por consiguiente, todo aquel que logra la cima recibe un respeto absoluto, un prestigio y una consideración claramente distinguida, que le diferencia de cualquier otro mortal. La vida de Gasol cambia considerablemente con la conquista de este anillo. A partir de ahora, no se nombra a un buen tipo, a una estrellita, sino a un campeón, a un crack con mayúsculas. El trato a Gasol por parte de los norteamericanos ha cambiado. No habrán reproches que valgan cuando se cite su nombre. Ya lo comprobarán ustedes.
El anillo lo cambia todo. Si ya lo dicen ellos mismos, the ring is the thing.
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viernes, 17 de abril de 2009
Tiempo de play offs

Ha finalizado la temporada regular de la mejor liga del mundo de baloncesto. Comienza uno de los períodos más hermosos del mundo del deporte. Es tiempo de play offs. Es la hora de la verdad, donde cada equipo se juega el todo por el todo. Ya no hay lugar para los errores. A diferencia del sistema europeo, en Norteamérica sólo hay un título. El formato de competición estadounidense establece un claro y rotundo ganador por encima de muchos perderdores. Sólo un equipo puede alcanzar la gloria. Así de hermoso y cruel a la vez es.
Confieso que mi final sería Cavallaliers contra Lakers. Pero un último acontecimiento me ha hecho dudar. Las mofas y burlas de los jugadores de Cleveland hacia los Celtics en su último enfrentamiento harán que éstos, jugadores muy buenos y veteranos, salgan extra motivados. Ya no veo tan fácil el este, no. Todo lo contrario que el Oeste, que lo veo clarísimo. No creo que hayan sorpresas ni novedades. Tampoco tengo fe en la extrema competividad de los Spurs y que sea año impar. No. Los Lakers son superiores a sus rivales de conferencia, como lo eran el año pasado. Con una diferencia: están más rodados, más hechos; son mejor equipo hoy día.
Pero, como siempre, prefiero ver buenos partidos a que los Lakers -mi equipo favorito- ganen el título. Todo lo contrario que en el fútbol, donde sólo me interesa la victoria y el honor del Madrid. Así pues, si los cálculos no me fallan, serán interesantísimas las semifinales de conferencia del Este. Quiero decir, será imperdonable perderse, por un lado, el duelo entre los Heats y los Cavs, o sea, entre James y Wade, y por otro, el partido de los Magics de Howard y los actuales campeones. Como también sería bonito revivir una final de conferencia entre Lakers y Spurs, como en los viejos tiempos. Por ello, espero y deseo un emocionante final de temporada. Y que gane el mejor, claro.
Confieso que mi final sería Cavallaliers contra Lakers. Pero un último acontecimiento me ha hecho dudar. Las mofas y burlas de los jugadores de Cleveland hacia los Celtics en su último enfrentamiento harán que éstos, jugadores muy buenos y veteranos, salgan extra motivados. Ya no veo tan fácil el este, no. Todo lo contrario que el Oeste, que lo veo clarísimo. No creo que hayan sorpresas ni novedades. Tampoco tengo fe en la extrema competividad de los Spurs y que sea año impar. No. Los Lakers son superiores a sus rivales de conferencia, como lo eran el año pasado. Con una diferencia: están más rodados, más hechos; son mejor equipo hoy día.
Pero, como siempre, prefiero ver buenos partidos a que los Lakers -mi equipo favorito- ganen el título. Todo lo contrario que en el fútbol, donde sólo me interesa la victoria y el honor del Madrid. Así pues, si los cálculos no me fallan, serán interesantísimas las semifinales de conferencia del Este. Quiero decir, será imperdonable perderse, por un lado, el duelo entre los Heats y los Cavs, o sea, entre James y Wade, y por otro, el partido de los Magics de Howard y los actuales campeones. Como también sería bonito revivir una final de conferencia entre Lakers y Spurs, como en los viejos tiempos. Por ello, espero y deseo un emocionante final de temporada. Y que gane el mejor, claro.
lunes, 2 de junio de 2008
martes, 5 de febrero de 2008
¡Gasol, traspasado a los Lakers!

Aún no me lo creo. Gasol jugará en los Lakers. En mis Lakers. La temporada estaba siendo mejor de lo que me esperaba. Pensé que con Bryant pidiendo el traspaso y con Mitch Kutchap tocándose la nariz por enésima vez, este año iba a ser cuanto menos bueno. Los Lakers dejarían de crecer, tal y como estaban haciendo desde que se fue Shaquille O'neal. Kobe se marcharía, la franquicia volvería otra vez a empezar de cero y yo perdería toda mi ilusión por la NBA. Pues no, ocurrió todo lo contrario. Kobe se quedó, los Lakers jugaron mejor que el último año y, por tanto, me ilusioné más que nunca. La temporada iba de perlas, llegamos incluso a ser líderes de la Conferencia Oeste. Todo marchaba bien. Pero tenía mis dudas, como cualquier otro seguidor de los Lakers. El objetivo de este año era superar la primera ronda de los play offs. De lo contrario, habrían hecho lo mismo que el año pasado y que el anterior. Esto es, no crecerían sino al contrario, se estancarían. Así que dudaba, a pesar de tener al mejor entrenador y jugador de la Liga, Phil Jackson y Kobe Bryant, respectivamente, -es opinable y yo opino- no estaba seguro de pasar ronda, no confiaba en la plantilla. Sin embargo, de repente, ¡zas!, me entero de que Pau Gasol es jugador de los Lakers.
Mi primera reacción fue un sonoro ¡toma!, parecido al de Alonso encima de su Renoult el año en que ganó su primer mundial. Lo repetí varias veces. Estaba eufórico. Pero duró poco. Inmediatamente digo, no puede ser, ésto tiene truco; no, maldita sea, aquí se huele algo raro que no me gusta un pelo. Gasol cobra 12 millones, ¿a quién le habrán dado a cambio? No, Bryant, no, es imposible -cobra más y lo habrían nombrado igualmente-. Pero a ver si le han dado a Odom, o a Bynum, o a Fisher. ¿O a los tres? ¿Le habrán dado a Phil? No, factoría_senna, no seas imbécil y piensa un poco. Jackson continúa, leches, cómo puedes pensar eso. Y sobre los tres citados se irá alguno pero no todos. Gasol y Bryant juntos sí, pero que no se me lleven a medio equipo. Total, pasé de eufórico a nervioso perdido. Rápidamente acudí a Internet, tenía que saberlo y bien. Tontos los del estado de Tennessee no pueden ser. Y ahí sí que me quedé de piedra: Kwame Brown, Javaris Crittenton, Aaron McKie y los derechos de Marc Gasol y las primeras selecciones de los drafts de 2008 y 2010. O sea, le damos a un muerto, a un chavalín que aunque tiene buena pinta no perdemos nada sin él, a un viejo que está para al asilo, a Marc y los derechos de draft de dos años que no necesitamos para nada. Todo esto a cambio de un tío de 20-10 por noche, que ha sido All Star y sin necesidad de tocar el equipo. Un auténtico lugarteniente de Kobe. Una ganga de traspaso, sin ningún pero que señalar. ¿No podían ser todos los días así? Era imposible estar más contento. Y sabedor de la gran noticia baloncestística del año, me fui de fiesta, era viernes, más feliz que una anchoa.
Costará creerlo, pero soy joven y sí, soy de los Lakers y no por una razón cualquiera. Empecé como todo crío con el fútbol, pero a los once años descubrí el mundo de la canasta. No era bueno, pero se me daba mejor que patear un balón. Empecé a enamorarme de este deporte. Me interesé y me informé sobre el Baloncesto. Primero, la ACB, y después, la NBA. Por entonces, estaba reciente la retirada de Jordan y por mera curiosidad sobre el gran mito me sumergí en la historia de la NBA. El interés por Jordan me introdujo en la mítica historia de la NBA. Quería saber cosas del 23 de los Bulls, quería saber qué hizo para que se le considerara el mejor de todos los tiempos. Y eso me llevó a su incuestionable y eterna dictadura Bulls en la década de los noventa. A los gloriosos ochentas, a Magic y Bird, a los Lakers y los Celtics, al Fórum y al Garden. Jamás admiré y disfruté tanto con la NBA de los ochenta. He dicho amarillo y verde, sin embargo debería mencionar también los Sixers del doctor Jota y Moses Malone, los indomables Piston, las torres gemelas de Houston y demás. Posteriormente, seguí con los setenta, que me gustaron menos pero son fundamentales para comprender el boom de los ochenta, y los sesenta donde descubrí que un tal Chamberlain fue individualmente mejor que Jordan. Pero ninguna me caló tanto como los ochenta. Rotundamente, me había enamorado de la NBA. Fue entonces cuando yo, en plena adolescencia, decidí tener equipo. Tenía que ser de alguno. Y elegí los Lakers, en aquel año ganadores de su décimo tercer título (el segundo de O'neal y Kobe). Y no fue por ese título, no. Fue por su color púrpura y oro, por el Fórum, por su glamour, por sus leyendas, por Magic, por las palmeras de Venice Beach. Por todo lo que rodea la aureola de misticismo de los Lakers. No obstante, todo esto me llevó a una conclusión final que siempre quedará a mi pesar: la envidia -sana, por supuesto- que tuve y tengo por todo aquel humano que pudo disfrutar de los grandes momentos históricos de la NBA en directo.
Y ahí andaba yo, con las hormonas a tope, lakermaníaco pero sobre todo, loco del baloncesto, trasnochando por ver la NBA en Sportmanía, preso de un mundo del que nunca saldré. Para colmo, todo coincidió con la llegada de un españolito a la NBA. Un españolito que resulta que también era bueno, que llegó a jugar un All Star y unos play offs de la mejor liga del mundo y que lideró a su selección, la nuestra, a un campeonato del mundo. Y todo eso lo ví en vivo. Pero le faltaba algo, jugar en un equipo grande con aspiraciones al anillo. Era cuestión de tiempo. Lo que no me esperaba es que ese equipo fuera los Lakers, mis Lakers. Así que hoy, y feliz como un niño el día de reyes, trasnocharé. No puedo perdérmelo. ¡Go Lakers, go!
miércoles, 29 de noviembre de 2006
EL BALONCESTO

"Baloncesto", esa palabra que tanto le gusta a Pepu Hernández es, descontando los de motor, el segundo deporte más seguido en España. La liga española, la ACB, es la más fuerte del mundo y se está convirtiendo en la principal exportadora de talentos de una liga que no reside en este mundo, la NBA.
Los americanos son los auténticos amos, ellos lo crearon y de ellos se escribieron las páginas más hermosas de la historia de este deporte. Equipos como la leyenda Celtics o el maravilloso Show Time de los Lakers y sobre todo los grandes jugadores han hecho del baloncesto un deporte mítico. Nombres como Wilt Chamberlain, Roberston, Bird, Magic y, como no, Jordan merecen ser recordados por siempre jamás.
Ésto y mucho más es lo que me hace afirmar que la NBA no es de este mundo, sin embargo, el resto de los mortales cada vez estamos más cerca y su credibilidad va bajando poco a poco. Aún así, en el aspecto económico y montaje estamos a años luz, ni siquiera el fútbol puede compararse.
Particularmente y por cuestiones de edad yo nunca he visto a ninguna de las grandes leyendas. Hoy en día parece ser que todos los equipos tienen una super estrella. Lo parecen por su salario y sus números. Pero yo no creo que me pierda nada. El márketing hace demasiado daño y hoy por hoy es una liga un tanto sobrevalorada o tal vez sufrida por tanta exigencia histórica. Pocos jugadores merecen recordar: O'neal, Duncan y Kobe Bryant tendrán su sillón del olimpo reservado pero otros tendrán que ganárselo o tal vez, serán simplemente buenos jugadores. Menos mal que acaba de surgir una estupenda generación, esta vez de verdad, la del 2003. Lebron James, Carmelo Anthony y Dywane Wade, a pesar de que están como todos los demás, sí serán grandes.
Los americanos son los auténticos amos, ellos lo crearon y de ellos se escribieron las páginas más hermosas de la historia de este deporte. Equipos como la leyenda Celtics o el maravilloso Show Time de los Lakers y sobre todo los grandes jugadores han hecho del baloncesto un deporte mítico. Nombres como Wilt Chamberlain, Roberston, Bird, Magic y, como no, Jordan merecen ser recordados por siempre jamás.
Ésto y mucho más es lo que me hace afirmar que la NBA no es de este mundo, sin embargo, el resto de los mortales cada vez estamos más cerca y su credibilidad va bajando poco a poco. Aún así, en el aspecto económico y montaje estamos a años luz, ni siquiera el fútbol puede compararse.
Particularmente y por cuestiones de edad yo nunca he visto a ninguna de las grandes leyendas. Hoy en día parece ser que todos los equipos tienen una super estrella. Lo parecen por su salario y sus números. Pero yo no creo que me pierda nada. El márketing hace demasiado daño y hoy por hoy es una liga un tanto sobrevalorada o tal vez sufrida por tanta exigencia histórica. Pocos jugadores merecen recordar: O'neal, Duncan y Kobe Bryant tendrán su sillón del olimpo reservado pero otros tendrán que ganárselo o tal vez, serán simplemente buenos jugadores. Menos mal que acaba de surgir una estupenda generación, esta vez de verdad, la del 2003. Lebron James, Carmelo Anthony y Dywane Wade, a pesar de que están

Todo surgió a finales del siglo XIX, cuando un profesor de educación física, preocupado por el mal tiempo en invierno que impedía a sus alumnos practicar cualquier deporte, decidió buscar otra alternativa. En esas frías tardes de invierno el profesor James Naismith inventó el balón en la cesta. Por entonces contaba con 13 reglas y dictaba mucho del baloncesto actual. Pero fue la primera piedra.
Desafortunadamente no tuvo el crecimiento de otros deportes, pero en los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín (recordados por el fracaso de la supuesta raza aria y la prepotencia de Hitler ante el mítico atleta Jes
se Owen) el baloncesto ya era deporte oficial. Estados Unidos ganó la medalla de oro, quedando la plata y el bronce para Canadá y México respectivamente. La entrega de medallas fue a cargo de, como no, del doctor Naismith que, como anécdota curiosa, a pesar de inventar el baloncesto en EEUU, era canadiense de nacimiento. Cuarenta años más tarde, el baloncesto femenino también se convirtió en deporte olímpico.Tras la segunda guerra mundial, en 1946 se creó la primera liga de baloncesto profesional: la NBA. A pesar de sus muchas fusiones (BAA, ABA, etc) ha sido, es y será la mejor liga del mundo. La presencia de grandes jugadores han echo mítico no sólo a la NBA, sino también al baloncesto. Fue entonces cuando despegó de verdad el baloncesto: primero la leyenda de George Mikan, después la aparición del gran jugador negro, Bill Russell y Wilt Chamberlain, con Elgyn Baylor, Oscar Roberston y Kareem Abdul-Jabbar, junto con los jugadores que vinieron de la ABA como el doctor J, pasando por la mágica e inolvidable década de los 80, la dictadura de Jordan, la época de las ventas de camisetas y el éxito del jugador europeo.
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En lo que a España respecta, el baloncesto llegó tarde y en un principio se jugaba al aire libre y en tierra. Era un deporte totalmente minoritario. Su explosión surgió en los 50s y 60s, cuando el presidente del mejor equipo del mundo de fútbol por entonces, Santiago Bernabeu, decidió apostar fuerte por su sección de baloncesto. El Real Madrid con Raimundo Saporta, el segundo de Bernabeu y el auténtico mecenas del baloncesto español, decidió apostar por lo mejor de entonces: fichó al alicantino e inigualable Ferrándiz y a los mejores jugadores españoles del momento. El resultado no fue otro que el Real Madrid se convirtió en una auténtica leyenda europea con récords hoy día imposibles de batir, como el de los 10 años seguidos ganando la liga y sus ocho Copas de Europa.
Aún así, el boom del baloncesto llegó en los 80s. Una estupenda generación de jugadores españoles al mando del genial Díaz Miguel consiguieron hitos que hasta hace 4 meses se pensaban irrepetibles. Fue el momento en que el baloncesto caló entre la juventud española, las noticias llegadas desde Norteamérica, la creación de la ACB y los resultados de la selección con la mítica plata de los Ángeles a la cabeza hicieron del baloncesto el segundo deporte nacional.
En los 90s, a pesar de los resultados nacionales ya no eran como antaño, la fiebre por el baloncesto aumentó. Todo provocado por la presencia del mejor combinado de jugadores de la historia del baloncesto en los juegos olímpicos celebrados en nuestro país, el conocido Dream Team y, por supuesto, la aparición del "fenómeno Jordan". Hoy día en pleno siglo XXI, el deporte europeo se encuentra en su máximo esplendor, con grandes jugadores triunfando en la NBA (el alemán Nowitzki ha sido recientemente subcampeón con un equipo del que es líder indiscutible) y con selecciones capaces no sólo de plantar cara a los americanos, sino de ganarles incluso con facilidad.

No obstante, si lo españoles estamos aún más alegres es por la generación de la ÑBA, geniales jugadores que consiguieron el oro en el Mundial Junior del 99 y del que se pensaba alero reserva salió el mejor jugador de la historia del baloncesto español: Pau Gasol. El de Sant Boi ha logrado triunfar en la NBA, como así lo refleja el contratazo que firmó (12 millones $ por año) y junto con sus compañeros capaz de ganar el mundial de baloncesto desde la humildad y la simpatía que durante todo el campeonato demostraron y enamoraron a todo un país.
Es por ello, que nos encontramos sin duda en la Edad de Oro del baloncesto español y así lo aprovechan locos enamorados del baloncesto como es el caso de un servidor.

PD: tengo que incluir un punto más. Hablaba yo de factores que propiciaron el boom del basket
en España. Pues a esos factores tengo que incluir a la pareja Montes&Daimiel. Ellos también merecen su huequecillo. Qué lástima tu marcha, Montes!!
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Andrés Montes,
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