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sábado, 21 de julio de 2018

El ejemplo de Maradona

Maradona, en el palco del estadio Krestovski. Foto de Gabriel Bouys (AFP

Para quienes el nombre de Diego Armando Maradona se remonta a recopilaciones de brillantes jugadas en YouTube y a letras escritas en mayúsculas en los libros de Historia (del fútbol), la figura del astro argentino está exenta de toda divinidad. Es decir, quienes no somos argentinos ni crecimos antes de los noventa hemos conocido a otro Maradona, acostumbrados a sus caídas, sus salidas de tono y sus resurrecciones. Por eso nos duelen menos ni nos sonrojan tanto las últimas escenas del ‘Pelusa’ en el estadio de San Petersburgo, con su celebración celestial primero, sus insultos después y, finalmente, su desalojo asistido del palco.

«Dio una imagen lamentable, no es un ejemplo para los niños», analizaban en las tertulias, cargando por su comportamiento. De nuevo se exigen conductas impolutas a los deportistas, como si los malos ejemplos no sirvieran tampoco para educar, empeñados en desterrar los errores y en endulzar actitudes perfectas, como si los pecados no existieran. Es indudable que la exquisita educación de atletas como Pau Gasol o la deportividad intachable de Rafa Nadal son un regalo para quienes tienen en sus manos la formación de un joven; pero no resulta menos cierto que paradigmas como el de Maradona también ayudan a entender la complejidad de la vida como modelos de caminos torcidos y como una manera de descubrir lo que no se debería hacer.

Y en esa misión, la biografía de la leyenda argentina es una lección: el pibe que salió de la miseria y se erigió en un futbolista sublime, que enamoró a todos los hinchas con un fútbol antológico, que dos veces conquistó el Scudetto en los años más lustrosos del Calcio italiano y que condujo a todo un país a la cima de la Copa del Mundo; el mismo hombre que, convertido en deidad, arrastró sus días de gloria y fama hacia el fango, devorado por su propia figura e inmerso en problemas de salud y adicciones. «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha», dijo, genial, Maradona en su despedida del fútbol, a modo de epitafio. La mancha de una persona, tan humana como todas, no empaña el legado futbolístico de Maradona. Las luces se admiran, pero de las sombras se aprende aún más.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Grandeza en estado puro



Hay tipos que tienen un halo realmente especial. Hombres nacidos con un don extraordinario, único, que les hace triunfar en la vida. Talento se podría decir. Lo pensaba cuando veía a Gasol encestar triples como churros (hasta los cuartos, 6/7 en triples) como nunca lo había hecho antes. En la enebea tenía su tirito de cinco metros, certero y fiable, pero nunca lo intentaba desde más distancia. Ha sido cosa de este verano; entrenar, probar, ejecutar y anotar en dos meses. La facilidad y rapidez con la que Gasol ha añadido un recurso más a su amplio repertorio indica mucho del calibre del talento de Pau Gasol. Esta observación me llevó a echar la vista atrás: no es la primera vez que lo hace. En el 99, era un simple alero flaco y desgarbado que sólo le llegaba para ser reserva en la selección júnior (campeona, por cierto) y que pasó a convertirse en el cuatro titular del Barça, donde destrozó pinturas por su versatilidad y agilidad. Después, ya en la enebea, logró moldear su cuerpo y pelear con los duros jugadores afroamericanos; posteriormente, adquirió una serie de movimientos de auténtico pivot, con ese juego de espaldas tan característico y su efectivo gancho con cualquiera de las dos manos; finalmente introdujo un tiro de 4-5 metros que le alzó como uno de los mejores jugadores del mundo. Completo, difícil de parar. La excepcional velocidad para transformarse en mejor jugador a lo largo de una carrera deportiva se explica mediante el talento. Sin él, es imposible.

Hay otro señor que cuando decidió dedicarse al baloncesto posiblemente le dijeron que llegaba tarde, que su época ya había pasado, que se metía en un mundo donde el físico es exigencia innegociable. Pero resultó ser muy cabezón: Navarro era un tipo bajo que no quería ser base, que no saltaba ni tenía músculo, ni corría ni era ágil. También le costaba defender. Sólo quería tener la bola; y cómo la tenía; y cómo la enchufaba. De donde sea. Y sin embargo, con todas las mismas carencias que tenía en sus inicios y que tan desfavorables son en el baloncesto actual se convirtió en una leyenda del basket FIBA. Obtuvo un palmarés brutal, tanto colectivo como individual, a base de una importancia decisiva y crucial en sus dos equipos: el Barça y la Selección. Determinante, imparable. Todo por puro talento. Todo mediante el talento. No se puede lograr tanto con tan menos.

Pero en el baloncesto, juego íntegro de equipo, no basta con el talento, la cualidad más notoria. Con sólo talento atisbaríamos a la explosión de genios individuales deportados en equipos perdedores, cual Alemania y su Nowitzki. Se requiere más. Se necesitan fundamentos del juego, conocimiento pleno del deporte practicado, el perfeccionismo por el buen hacer en cualesquiera de las tareas. Ése es Calderón. Asimismo, la inteligencia en tipos de más de 2.10 otorga un poderío único, véase Marc. Del mismo modo, se precisa de la explosividad física y el ímpetu de Rudy. Como tampoco se puede dejar pasar el impagable plus que otorga la superioridad física del jugador negro, impregnada en Ibaka. También ayuda, y mucho, que tipos como Felipe hagan del rebote territorio inexpugnable (este año no; pero la aportación de Felipe a la selección ha sido fundamental). Baste, por último, sin más alardes que criterio y sentido común en la dirección, Scariolo, para que la suma resulte fácil. Porque cuando todo ello se conjunta, la ecuación sale sola: un equipo invencible, ganador. Arrollador en sus mejores noches. Acompañar a la URSS y Yugoslavia en los libros de Historia, con mayúscula sagrada. Grandeza.

miércoles, 17 de junio de 2009

Los Ángeles Lakers son campeones de la NBA


Al final no pude resistirme: como en todos los partidos de la serie, había programado el vídeo y ajustado el Digital la noche anterior. Lo dejé todo preparado para verlo al día siguiente, más cómodo y relajado, sin sufrir mi singular jat lag. Pero esta vez era diferente. No era un partido más. Esa noche podía pasar algo grande, y no se trataba precisamente de tener una cita con Mónica Bellucci. Durante media hora intenté dormir, pero por mi cabeza rondaban inconscientemente pensamientos sobre una pelota naranja y unos tipos vestidos de púrpura y oro. No aguanté mucho en la cama. Me levanté, cogí el paquete de tabaco y, con mucho cuidado de no hacer ruido por el pasillo, acudí al salón. Estaba decidido a  a disfrutar de un partidazo: en directo, a altas horas de la madrugada y con el volumen de la tele muy bajo -si no le doy al mute es por Daimiel-. Como mandan los cánones del buen aficionado del baloncesto del otro lado del Atlántico.

Y efectivamente, pasó algo grande. Los Lakers lograron el ansiado anillo de campeón de la Nacional Basketball Association, la NBA para los colegas. No dejaron espacio para la sorpresa y lo consiguieron en la primera oportunidad. Fue un momento de alegría y grata felicidad para un loco amante del baloncesto como es un servidor. El último anillo databa de tiempos muy pretéritos; mucho ha cambiado desde la temporada 01/2002. Por entonces, la estrella indiscutible y absoluto dominador de la Liga era un tal Shaquille O'neal y su escudero un jovencito y arrogante Kobe Bryant; asimismo, el mismo servidor era un mocoso en plena adolescencia que miraba y disfrutaba atónito de un deporte que le enamoró desde el primer día. Mucho ha llovido desde entonces. Aquel majestuoso equipo se fue a pique. Se tuvo que realizar una larga reconstrucción que culminó el pasado domingo con la consecución del décimo quinto anillo de la franquicia. La tónica de preguntas sobre este equipo cambia radicalmente: ¿Serán capaces de realizar una dinastía? ¿Superarán a su viejo rival, los Celtics de Boston, en cuanto a títulos se refiere? De momento, vuelven a ponerse a tan sólo dos entorchados.


Kobe Bryant se llevó un merecidísimo MVP. Aun con los avisos cada vez más amenazadores y permanentes de Lebron James, Bryant aún es el mejor jugador de baloncesto del mundo. Jugador indefendible en el uno contra uno, es sin lugar a dudas el mejor anotador que ha salido desde Jordan y que ha concluido y con éxito la última fase del baloncestista profesional: aquella que determina la diferencia entre una estrella del momento y un grande de la historia, una leyenda. A lo largo de su periplo como jugador franquicia tras la marcha de O'neal, Kobe ha ido evolucionando y mejorando hasta convertirse en lo que es hoy: el mejor baloncestista en todos los aspectos. Ya no sólo anota, asiste con asiduidad, entiende mejor el juego, y es mejor defensor de lo que ya era. Un jugador, desde el punto de vista individual, completo, total. 

Además, Bryant ya no es simplemente el mejor jugador de su equipo, sino su líder, al que todos siguen; su jefe que no duda en gritar y exigir a sus compañeros en la cancha, y a los que protege en público; su alma máter, cuyas ansias de triunfo contagian al equipo. Es el hombre que los guía hacia la gloria. Es decir, hablamos de un Kobe que nada tiene que ver con el de 2004. El progreso de estos cinco años ha sido espectacular. Definitivamente, Kobe Bryant ha alcanzado la madurez como deportista. La misma, por otra parte, que no han logrado otras superestrellas de la liga, como Allen Iverson, Vince Carter o T-Mac y que, por tanto, le sitúa en un escalón muy por encima.

¿El verdadero heredero de Jordan? Es debatible. Pero sí es el jugador que más se le parece.
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Es un orgullo que en los Lakers, la franquicia más famosa del mundo del baloncesto, juegue también un español: nuestro Pau Gasol. Un español que no está de complemento, sino que su presencia se requiere fundamental en estos Lakers campeones. No se concibe este anillo sin el catalán en el equipo. La balanza entre el juego interior y exterior se equilibró y se compensó con la llegada de Gasol al equipo angelino que recibieron calidad y talento, altura e intimidación; o sea, incorporaron a un jugador de renombre en la pintura. Pocos jugadores actuales tienen los movimientos y recursos que posee Gasol. Eso se llevaron los Lakers, porque poseer un hombre interior del calibre de Gasol es importantísimo en este deporte. Todos los grandes equipos de la NBA, a excepción de los Bulls de MJ, han tenido un pívot o jugador interior referente. Con un cualquiera en la pintura no se gana en el baloncesto. Un repaso histórico de los últimos campeones así lo certifica: los Celtics de Garnett, los Spurs de Duncan, los Lakers y los Heats de Shaq, los Rockets de Olajuwon. ¿Sigo? Consecuentemente, para la historia quedará como el anilo de los Lakers de Bryant... y de Gasol, of course.

¿Dejará la prensa estadounidense de llamar blando a Gasol? ¿Se desterrará el término Gasoft? Pues sí. Pero déjenme explicarles que toda esta polémica la veo desde otro punto de vista al que lo ve la entendida prensa española. No comparto las opiniones generalizadas al respecto durante estos últimos años. Para mí hay una doble visión del asunto.

En primer lugar, yo parto del punto de que sí, Gasol es un jugador blando. Se trata de un baloncestista que centra todas su grandes virtudes en sus capacidades ofensivas y cuyas aptitudes defensivas se resumen en un físico intimidatorio: su defensa, por regularidad, es aceptable, cumple el mínimo. No se trata de un excelente defensor por constancia y trabajo. Gasol no hace 82 partidos brillantes en defensa. Sin embargo, por fundamentos -la gran baza del basket europeo- es capaz de realizar buenas defensas en encuentros concretos: rinde, y a un alto nivel, en determinados partidos. Exactamente como ha hecho en esta final, en la que se ha bregado con Howard como nadie hasta ahora había hecho. Por regularidad, Gasol no alcanza el sobresaliente en la faceta defensiva, ni siquiera aspira al notable. Por la sencilla y llana razón que de ser así estaríamos hablando de un jugador completísimo, sin apenas un defecto; sería el Lebron James de la pintura. Un extraterrestre, una máquina en el sentido estricto de la palabra. Y Gasol es bueno, muy bueno diría yo, el mejor de la historia de España. Pero no se trata del mejor de la historia de la NBA, ni siquiera de los 50 mejores. Eso son palabras mayores. Una cosa no quita la otra.

Y en segundo lugar, la campaña de descrédito de las facultades defensivas de Pau responde a la mentalidad de los norteamericanos. La sociedad estadounidense es profundamente competitiva. Se alza y se dignifica a los ganadores; los perdedores no tienen cabida. Todo lo contrario que en Europa, donde los subcampeones y hasta los terceros puestos son más conocidos incluso que los campeones. En Estados Unidos no ocurre así: la diferencia entre el ganador y el perdedor es brutal, siderialmente abismal. O eres una leyenda o eres un perfecto mierdecilla. Es otra forma de ver el deporte, otra manera de valorar la vida. Una célebre frase de Ayrton Senna lo podría resumir perfectamente: "El segundo es el primero de los perdedores". Por ello, aquellos que buscan la gloria, la victoria definitiva, deben fraguarse en un camino de espinas, difícil y complejo. Se señalan defectos, se buscan miserias, se infravaloran, se reniega de su supuesta fama. Por eso apodaron a un jugador con muy buena pinta pero que no había logrado nada como Gasoft, a ver qué se ha creído el hispano éste. Pero no se trata de ensañamiento particular ni discriminación hacia Gasol, ni de xenofobia, ni demás tonterías que nos ha querido vender la prensa española. Lo que ha sufrido Gasol, lo han aguantado todos. Bryant, Garnett, O'neal, Drexler, Jordan, y lo harán, si no lo están haciendo ya, con Lebron y Howard. Todos han pasado por ahí. Ésa es la explicación. Los americanos no regalan nada, les gusta que el éxito se consiga a base de esfuerzo y superación, sea quien sea. Y cuanto más le cueste, más le adoran. Por eso les pone tan cachondos Michael Jordan, ejemplo único de superación y evolución hasta la perfección.

Por consiguiente, todo aquel que logra la cima recibe un respeto absoluto, un prestigio y una consideración claramente distinguida, que le diferencia de cualquier otro mortal. La vida de Gasol cambia considerablemente con la conquista de este anillo. A partir de ahora, no se nombra a un buen tipo, a una estrellita, sino a un campeón, a un crack con mayúsculas. El trato a Gasol por parte de los norteamericanos ha cambiado. No habrán reproches que valgan cuando se cite su nombre. Ya lo comprobarán ustedes.

El anillo lo cambia todo. Si ya lo dicen ellos mismos, the ring is the thing.

martes, 5 de febrero de 2008

¡Gasol, traspasado a los Lakers!


Aún no me lo creo. Gasol jugará en los Lakers. En mis Lakers. La temporada estaba siendo mejor de lo que me esperaba. Pensé que con Bryant pidiendo el traspaso y con Mitch Kutchap tocándose la nariz por enésima vez, este año iba a ser cuanto menos bueno. Los Lakers dejarían de crecer, tal y como estaban haciendo desde que se fue Shaquille O'neal. Kobe se marcharía, la franquicia volvería otra vez a empezar de cero y yo perdería toda mi ilusión por la NBA. Pues no, ocurrió todo lo contrario. Kobe se quedó, los Lakers jugaron mejor que el último año y, por tanto, me ilusioné más que nunca. La temporada iba de perlas, llegamos incluso a ser líderes de la Conferencia Oeste. Todo marchaba bien. Pero tenía mis dudas, como cualquier otro seguidor de los Lakers. El objetivo de este año era superar la primera ronda de los play offs. De lo contrario, habrían hecho lo mismo que el año pasado y que el anterior. Esto es, no crecerían sino al contrario, se estancarían. Así que dudaba, a pesar de tener al mejor entrenador y jugador de la Liga, Phil Jackson y Kobe Bryant, respectivamente, -es opinable y yo opino- no estaba seguro de pasar ronda, no confiaba en la plantilla. Sin embargo, de repente, ¡zas!, me entero de que Pau Gasol es jugador de los Lakers.

Mi primera reacción fue un sonoro ¡toma!, parecido al de Alonso encima de su Renoult el año en que ganó su primer mundial. Lo repetí varias veces. Estaba eufórico. Pero duró poco. Inmediatamente digo, no puede ser, ésto tiene truco; no, maldita sea, aquí se huele algo raro que no me gusta un pelo. Gasol cobra 12 millones, ¿a quién le habrán dado a cambio? No, Bryant, no, es imposible -cobra más y lo habrían nombrado igualmente-. Pero a ver si le han dado a Odom, o a Bynum, o a Fisher. ¿O a los tres? ¿Le habrán dado a Phil? No, factoría_senna, no seas imbécil y piensa un poco. Jackson continúa, leches, cómo puedes pensar eso. Y sobre los tres citados se irá alguno pero no todos. Gasol y Bryant juntos sí, pero que no se me lleven a medio equipo. Total, pasé de eufórico a nervioso perdido. Rápidamente acudí a Internet, tenía que saberlo y bien. Tontos los del estado de Tennessee no pueden ser. Y ahí sí que me quedé de piedra: Kwame Brown, Javaris Crittenton, Aaron McKie y los derechos de Marc Gasol y las primeras selecciones de los drafts de 2008 y 2010. O sea, le damos a un muerto, a un chavalín que aunque tiene buena pinta no perdemos nada sin él, a un viejo que está para al asilo, a Marc y los derechos de draft de dos años que no necesitamos para nada. Todo esto a cambio de un tío de 20-10 por noche, que ha sido All Star y sin necesidad de tocar el equipo. Un auténtico lugarteniente de Kobe. Una ganga de traspaso, sin ningún pero que señalar. ¿No podían ser todos los días así? Era imposible estar más contento. Y sabedor de la gran noticia baloncestística del año, me fui de fiesta, era viernes, más feliz que una anchoa.

Costará creerlo, pero soy joven y sí, soy de los Lakers y no por una razón cualquiera. Empecé como todo crío con el fútbol, pero a los once años descubrí el mundo de la canasta. No era bueno, pero se me daba mejor que patear un balón. Empecé a enamorarme de este deporte. Me interesé y me informé sobre el Baloncesto. Primero, la ACB, y después, la NBA. Por entonces, estaba  reciente la retirada de Jordan y por  mera curiosidad sobre el gran mito me sumergí en la historia de la NBA. El interés por Jordan me introdujo en la mítica historia de la NBA. Quería saber cosas del 23 de los Bulls, quería saber qué hizo para que se le considerara el mejor de todos los tiempos. Y eso me llevó a su incuestionable y eterna dictadura Bulls en la década de los noventa. A los gloriosos ochentas, a Magic y Bird, a los Lakers y los Celtics, al Fórum y al Garden. Jamás admiré y disfruté tanto con la NBA de los ochenta. He dicho amarillo y verde, sin embargo debería mencionar también los Sixers del doctor Jota y Moses Malone, los indomables Piston, las torres gemelas de Houston y demás. Posteriormente, seguí con los setenta, que me gustaron menos pero son fundamentales para comprender el boom de los ochenta, y los sesenta donde descubrí que un tal Chamberlain fue individualmente mejor que Jordan. Pero ninguna me caló tanto como los ochenta. Rotundamente, me había enamorado de la NBA. Fue entonces cuando yo, en plena adolescencia, decidí tener equipo. Tenía que ser de alguno. Y elegí los Lakers, en aquel año ganadores de su décimo tercer título (el segundo de O'neal y Kobe). Y no fue por ese título, no. Fue por su color púrpura y oro, por el Fórum, por su glamour, por sus leyendas, por Magic, por las palmeras de Venice Beach. Por todo lo que rodea la aureola de misticismo de los Lakers. No obstante, todo esto me llevó a una conclusión final que siempre quedará a mi pesar: la envidia -sana, por supuesto- que tuve y tengo por todo aquel humano que pudo disfrutar de los grandes momentos históricos de la NBA en directo.

Y ahí andaba yo, con las hormonas a tope, lakermaníaco pero sobre todo, loco del baloncesto, trasnochando por ver la NBA en Sportmanía, preso de un mundo del que nunca saldré. Para colmo, todo coincidió con la llegada de un españolito a la NBA. Un españolito que resulta que también era bueno, que llegó a jugar un All Star y unos play offs de la mejor liga del mundo y que lideró a su selección, la nuestra, a un campeonato del mundo. Y todo eso lo en vivo. Pero le faltaba algo, jugar en un equipo grande con aspiraciones al anillo. Era cuestión de tiempo. Lo que no me esperaba es que ese equipo fuera los Lakers, mis Lakers. Así que hoy, y feliz como un niño el día de reyes, trasnocharé. No puedo perdérmelo. ¡Go Lakers, go!