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sábado, 2 de junio de 2018

Zizou y su legado único

Zinedine Zidane, junto con Florentino Pérez, el día de su adiós. Foto de ABC.


«Tomé la decisión de no seguir el próximo año. Quiero mucho a este club», anunciaba Zinedine Zidane, sobrecogiendo el corazón del hincha madridista en su semana más placentera. «Después de tres años, el equipo necesita un cambio para seguir ganando». Sólo cinco días después de coronarse como campeón de Europa, el artífice de una obra irrepetible se despide y deja en el madridismo una sensación de orfandad, como sólo se puede sentir cuando le arrebatan su joya más preciada. No es para menos. El legado del francés es abrumador. No sólo por los títulos y su etapa triunfal, sino sobre todo por la dimensión de la figura de Zidane. Zizou es un tipo especial. Puro carisma. El hombre que lo ha conseguido todo en el fútbol es el mismo que responde que su mejor recuerdo es su presentación como jugador del Real Madrid. «Era un sueño». Es el mismo que se retiró como futbolista antes de sufrir su ocaso, perdonando un último año de contrato; y es el mismo que ahora se marcha en la cima como técnico del Real.

El madridismo se queda sin su gran fetiche. Zidane ha sido un regalo: como jugador, por su fútbol elegante, su clase en el verde y su volea inolvidable en Glasgow; y sobre todo como entrenador, cuyo brillante periplo sorprendió a todos. Nadie esperaba la hoja de ruta que trazó en el banquillo blanco. Aceptó el reto de dirigir a un Madrid inmerso en una crisis y lo recuperó para colocarlo en la final de Milán. Después firmó una temporada perfecta, en juego y resultados, aprovechando al máximo su plantilla (manejaba dos onces competitivos). Reconvirtió a Cristiano Ronaldo y lo potenció, convenciéndole de la importancia de la suplencia, una idea impensable en otro tiempo para el portugués. Y rubricó su gestión con una tercera Copa de Europa consecutiva en su año más complicado.

Tomó decisiones valientes, protegió a sus jugadores, pidió disculpas cuando se equivocó, asumió siempre la responsabilidad, se comportó impoluto con los árbitros y apagó los fuegos diarios del Bernabéu con serenidad. Y lo hizo desde la naturalidad aplastante, sin artificios ni imposturas, sino con su sonrisa, ya icónica. No hay ninguna mancha. Y así permanecerá en el imaginario madridista en el día en que anuncia su adiós. Aunque el madridismo suspira por un «hasta luego», no hay espacio para el reproche. Zidane se lo ha ganado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Decimotercera

Gareth Bale, en el minuto 64. Foto de Robert Ghement (Efe)

Los detalles resuelven el fútbol. La final de Kiev deparó las lágrimas de un portero desdichado en el peor momento, pero también dejó la extraordinaria imagen de un gol de chilena en el instante más decisivo, como es la cima de la Copa de Europa. En un duelo hay otros factores importantes además de los detalles, por supuesto: detrás de los focos del golpeo estelar de Bale encontramos la soberbia actuación de Ramos y Varane anulando al tridente red, el recital silencioso de Benzema bailando su mejor vals y el trabajo de un equipo que capeó el fulgurante inicio del rival para sentirse dominador con el paso de los minutos. El juego pesa y fija el rumbo, aunque no decida tanto como una pelota caprichosa. De disgustos inoportunos bien sabe el madridismo, que se vio obligado a remar como nunca en el partido más angustioso de su historia moderna cuando Casillas –el héroe de tantas noches- salió a no se sabe dónde hasta que una hora después Sergio Ramos, en otro detalle crucial, puso fin a la agonía.

La Decimotercera llegó sin respiro, casi atropellando las anteriores. Apenas da tiempo para valorar la dificultad que supone convertirse en campeón de Europa, no digamos ya la hazaña de conseguirlo en tres ocasiones de forma consecutiva. Mi generación se hizo madridista durante las tres Champions del 98 y al 2002 y sobrevaloró el mérito de la victoria: pasé toda una adolescencia sintiendo la amargura de la derrota. Por eso uno no olvida las seis eliminaciones en octavos ni los golpes de las semifinales; uno todavía recuerda las noches de Lyon, el desastre de la Roma, el dolor de la tanda de penaltis de 2012 y la debacle en Dortmund y su remontada truncada. Los fantasmas pasados siguen ahí, aunque los destierre la poderosa sonrisa de Zidane –cómo sonríe, otro gran detalle-. El madridista se siente ahora feliz, abrazado a Zizou, cuya figura es un regalo para el madridismo.