
Seis goles nos colaron el sábado. Seis nos coló el Barça. Y en nuestra casa. Nunca un partido de fútbol resultó tan doloroso para un servidor. Creo que ha sido la mayor humillación que he recibido desde que soy madridista. Y no es porque yo haya visto precisamente pocas derrotas blancas. Ni las eliminatorias europeas perdidas durante el último lustro, ni la goleada del Valencia en la Copa del 99, ni la del Zaragoza hace tres años; ni aun el 0-3 que el Barça nos endosó en noviembre del 2005 ha sido tan doloroso como el partido del sábado. Uno contemplaba la posibilidad de un partido duro y arduo, hasta era consciente de la posibilidad de perder, pero no me esperaba esto. Nos la metieron doblada: derrota, baño y goleada. Y encima el equipo que más nos odia, el que más se alegra de nuestras miserias y cuyos aficionados soporto a diario.
Gran parte de la culpa de todo esto lo tiene el propio Madrid. Las nefastas políticas deportivas e ineptitudes de los dirigentes blancos, la demagogia y las falsas ilusiones creadas por la prensa blanca, el conformismo de una afición indolente y profundamente ignorante han propiciado la cruda realidad de este Madrid: un equipo de aspiraciones paupérrimas. No da para más. El adjetivo ridículo es constante en sus noches por Europa. Un equipo que, con su mediocre y lastimoso presente, maltrata a su glorioso pasado y a su futuro. Porque no es capaz ni de generar ilusión. Y, para remate de las penurias, tiene la desgracia de convertir a toda una leyenda viva en un auténtico lastre (Raúl). Sin todo esto, el Barça jamás se hubiera permitido el lujo de humillarnos.
No obstante, no voy a restar ningún mérito a los culés. Admito su superioridad en el clásico. Guardiola pareció aprender muy rápido la lección del Chelsea. En el partido de ida, el Barça, con el técnico culé a la cabeza, se quejó de que les pusieran el autobús. Ay, mamá, que fulano no me deja, clamaron. El catennaccio en estado puro es una forma totalmente legítima de ganar partidos de igual modo que practicar un fútbol ofensivo. Es trabajo del Barça conseguir sus objetivos por iniciativa propia, y no porque el rival se lo ponga en bandeja. Así, el Madrid de Juande supongo que intentaría jugar como los ingleses -lo supongo porque no lo vi- pero el Barça se adelantó. Fue listo Guardiola: estudió al Madrid, aprovechó sus puntos débiles e, incluso, varió el sistema para poder jugar y ganar al Real. Fue el 4-3-3 menos rígido de toda la temporada. No sé si se fijaron, pero el Barça jugó en casi la totalidad del partido sin un nueve definido y con Messi por el centro. Así sí, señor Guardiola. Así sí tienen mérito las victorias. A mayor dificultad, mayor grandeza. Felicito su victoria en el Bernabéu y mi parabién les daré cuando les toque la hora de celebrar sus títulos.
Confieso una cosa: el Barça, personalmente, me ha hecho daño. Y eso es difícil. Que el Barça me traiga dolores de cabeza es complicado. Por la sencilla razón de que no me importa sus andaduras. No me interesan ni celebro sus miserias como tampoco me enrabian sus victorias. No es mi estilo. Simplemente no me caen simpáticos, nada más. O dicho de otro modo: soy madridista, no antibarcelonista. Pero por esta vez voy a hacer una excepción. Ésta derrota no se puede pasar por alto. No se olvidará jamás. La escandalosa goleada es un ultraje en toda regla al honor madridista. No podemos tener esa mancha en nuestra historia. Quiero venganza, pido revancha. Quiero lo mismo que ocurrió hace 14 años, cuando le devolvimos la manita que ellos mismos nos endosaron. Necesito tener la conciencia tranquila.
Pero eso, la vindicta culé, no deber ser más que una batalla particular. O un capricho mío. Sólo eso. Porque nuestra gran batalla, nuestra verdadera guerra es recuperar nuestra identidad. A ver si los futuribles dirigentes blancos nos devuelven la grandeza perdida. Por ello, espero y deseo el Florentino del 2000. El mismo que cambió el rumbo del club. El mismo con el que fuimos grandes en todos los aspectos, que no todo son resultados. Y que sea cuanto antes, pues, al ritmo que vamos, me estoy convirtiendo en un jodido nostálgico. No es mi intención pasarme el resto de mi vida contando batallitas. Quiero volver a revivirlas; quiero que mi equipo recupere el lugar que históricamente le corresponde. El cetro del fútbol mundial debe ser siempre blanco.
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Actualizo la entrada:
Hoy media España futbolera celebra el pase a la final del FC Barcelona. La otra mitad refuña y maldice la potra culé y los fallos arbitrales.
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Todos lo vimos ayer. El arbitraje de ayer fue horroroso, hasta tres penaltis no pitó el árbitro ayer. El Chelsea tuvo sus ocasiones para llevarse la eliminatoria; todo lo contrario que el Barça que tan sólo tuvo una y en tiempo de descuento. Le bastó con eso. Iniesta, el futbolista con más talento del Barça -es opinable, y yo opino- la metió por toda la escuadra. Golazo. Sin embargo, realmente, la victoria del Barça fue injusta e inmerecida, porque el Chelsea dominó el encuentro.
Pero quisiera hacer una breve reflexión. No somos nadie para poder quejarnos. Lo mejor es mantener la boca cerrada. Imaginen si en en vez del Barça fuese ayer el Madrid. Todos lo hubiéramos celebrado como locos. A ningún madridista le hubiera importado si el arbitro influyó o no en su contra; como tampoco nos habría molestado que su equipo fuera inferior en el juego. Porque estos partidos son los que se ganan por lo civil o por lo criminal.
Así que, madridistas, menos quejas fútiles y más mirarse el ombligo. Que tenemos muchas cosas por hacer. Aunque nos fastidie, dejemos en paz a la gente que hace las cosas bien.


