sábado, 28 de julio de 2018

Después de Cristiano

Cristiano Ronaldo. Foto de Getty Imágenes.

Ningún jugador está por encima de una camiseta ni de un equipo, se suele afirmar con firmeza entre los hinchas. Pero sólo un futbolista extraordinario como Cristiano Ronaldo, cuya irrupción marcó un punto de inflexión en el Real Madrid, podría hacer que se tambaleara esta sentencia, tan vieja como el fútbol. El traspaso del portugués significa también el fin de una era, ya que establece en los libros de la Historia del club blanco un Antes de Cristiano y un Después de Cristiano. El 'siete' se despide después de rubricar 450 goles en 438 partidos, con una salvaje media de 50 tantos por temporada y que, sobre todo, ha dado cuatro Copas de Europa. Quizá no sea el jugador más querido para el madridismo, ni tampoco resulte el más admirado, pero sí es el futbolista más importante desde Alfredo Di Stéfano: es el jugador que más y mejor ha rendido con el Real Madrid.

A Cristiano siempre hay que valorarlo en el campo, me comentaba con lucidez un amigo, gran hincha madridista. Y es cierto. La grandeza del delantero se percibe en el césped. Sin embargo, toda su figura forma parte del mismo paquete: el propio carácter egocéntrico, tan guardián de sí mismo y tan necesitado de adulación, explica también una tenacidad inigualable y una feroz voluntad de superación. Su voracidad, su hambre de marcar goles en cada partido por insignificante que resultara, ya constituye una marca registrada. Como todos los genios, es alguien especial, lo que incluye soportar sus celebraciones, sus gestos y sus declaraciones. Esa personalidad determina su dimensión como futbolista. 

Durante muchos años al portugués se le privó de la catalogación de genio, relegado a una segunda categoría de estrella. Nada más lejos de la realidad. Su duelo en tiempo y espacio con Lionel Messi representa una de las grandes epopeyas del deporte, similar a la que firmaron Magic Johnson y Larry Bird y protagonizan todavía Roger Federer y Rafa Nadal. Sólo el portugués ha logrado el privilegio de tutear al astro argentino, a quien llegó a derrotar en más de una temporada; y ese mérito, que entroniza su carrera, únicamente está al alcance de un genio. 

Las despedidas deparan (casi) siempre un regusto amargo, máxime para un madridismo aún dolorido por el adiós de Zinedine Zidane. No caben tampoco reproches para Cristiano. No deberían. El crack, que llegó como un extremo y mutó a supergoleador, dio su mejor fútbol al club blanco, lo catapultó a la cima de la Copa de Europa y se marcha sin arrastrar ni un minuto de decadencia. El madridismo deberá aprender a convivir sin su jugador franquicia y a sobrevivir a su recuerdo. La leyenda queda ahora como modelo de máxima exigencia para todo futbolista que persiga la gloria en el Real. Empieza la era Después de Cristiano.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 21 de julio de 2018

El ejemplo de Maradona

Maradona, en el palco del estadio Krestovski. Foto de Gabriel Bouys (AFP) 

Para quienes el nombre de Diego Armando Maradona se remonta a recopilaciones de brillantes jugadas en YouTube y a letras escritas en mayúsculas en los libros de Historia (del fútbol), la figura del astro argentino está exenta de toda divinidad. Es decir, quienes no somos argentinos ni crecimos antes de los noventa hemos conocido a otro Maradona, acostumbrados a sus caídas, sus salidas de tono y sus resurrecciones. Por eso nos duelen menos ni nos sonrojan tanto las últimas escenas del ‘Pelusa’ en el estadio de San Petersburgo, con su celebración celestial primero, sus insultos después y, finalmente, su desalojo asistido del palco.

«Dio una imagen lamentable, no es un ejemplo para los niños», analizaban en las tertulias, cargando por su comportamiento. De nuevo se exigen conductas impolutas a los deportistas, como si los malos ejemplos no sirvieran tampoco para educar, empeñados en desterrar los errores y en endulzar actitudes perfectas, como si los pecados no existieran. Es indudable que la exquisita educación de atletas como Pau Gasol o la deportividad intachable de Rafa Nadal son un regalo para quienes tienen en sus manos la formación de un joven; pero no resulta menos cierto que paradigmas como el de Maradona también ayudan a entender la complejidad de la vida como modelos de caminos torcidos y como una manera de descubrir lo que no se debería hacer.

Y en esa misión, la biografía de la leyenda argentina es una lección: el pibe que salió de la miseria y se erigió en un futbolista sublime, que enamoró a todos los hinchas con un fútbol antológico, que dos veces conquistó el Scudetto en los años más lustrosos del Calcio italiano y que condujo a todo un país a la cima de la Copa del Mundo; el mismo hombre que, convertido en deidad, arrastró sus días de gloria y fama hacia el fango, devorado por su propia figura e inmerso en problemas de salud y adicciones. «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha», dijo, genial, Maradona en su despedida del fútbol, a modo de epitafio. La mancha de una persona, tan humana como todas, no empaña el legado futbolístico de Maradona. Las luces se admiran, pero de las sombras se aprende aún más.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 2 de junio de 2018

Zizou y su legado único

Zinedine Zidane, junto con Florentino Pérez, el día de su adiós. Foto de ABC.


«Tomé la decisión de no seguir el próximo año. Quiero mucho a este club», anunciaba Zinedine Zidane, sobrecogiendo el corazón del hincha madridista en su semana más placentera. «Después de tres años, el equipo necesita un cambio para seguir ganando». Sólo cinco días después de coronarse como campeón de Europa, el artífice de una obra irrepetible se despide y deja en el madridismo una sensación de orfandad, como sólo se puede sentir cuando le arrebatan su joya más preciada. No es para menos. El legado del francés es abrumador. No sólo por los títulos y su etapa triunfal, sino sobre todo por la dimensión de la figura de Zidane. Zizou es un tipo especial. Puro carisma. El hombre que lo ha conseguido todo en el fútbol es el mismo que responde que su mejor recuerdo es su presentación como jugador del Real Madrid. «Era un sueño». Es el mismo que se retiró como futbolista antes de sufrir su ocaso, perdonando un último año de contrato; y es el mismo que ahora se marcha en la cima como técnico del Real.

El madridismo se queda sin su gran fetiche. Zidane ha sido un regalo: como jugador, por su fútbol elegante, su clase en el verde y su volea inolvidable en Glasgow; y sobre todo como entrenador, cuyo brillante periplo sorprendió a todos. Nadie esperaba la hoja de ruta que trazó en el banquillo blanco. Aceptó el reto de dirigir a un Madrid inmerso en una crisis y lo recuperó para colocarlo en la final de Milán. Después firmó una temporada perfecta, en juego y resultados, aprovechando al máximo su plantilla (manejaba dos onces competitivos). Reconvirtió a Cristiano Ronaldo y lo potenció, convenciéndole de la importancia de la suplencia, una idea impensable en otro tiempo para el portugués. Y rubricó su gestión con una tercera Copa de Europa consecutiva en su año más complicado.

Tomó decisiones valientes, protegió a sus jugadores, pidió disculpas cuando se equivocó, asumió siempre la responsabilidad, se comportó impoluto con los árbitros y apagó los fuegos diarios del Bernabéu con serenidad. Y lo hizo desde la naturalidad aplastante, sin artificios ni imposturas, sino con su sonrisa, ya icónica. No hay ninguna mancha. Y así permanecerá en el imaginario madridista en el día en que anuncia su adiós. Aunque el madridismo suspira por un «hasta luego», no hay espacio para el reproche. Zidane se lo ha ganado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Decimotercera

Gareth Bale, en el minuto 64. Foto de Robert Ghement (Efe)

Los detalles resuelven el fútbol. La final de Kiev deparó las lágrimas de un portero desdichado en el peor momento, pero también dejó la extraordinaria imagen de un gol de chilena en el instante más decisivo, como es la cima de la Copa de Europa. En un duelo hay otros factores importantes además de los detalles, por supuesto: detrás de los focos del golpeo estelar de Bale encontramos la soberbia actuación de Ramos y Varane anulando al tridente red, el recital silencioso de Benzema bailando su mejor vals y el trabajo de un equipo que capeó el fulgurante inicio del rival para sentirse dominador con el paso de los minutos. El juego pesa y fija el rumbo, aunque no decida tanto como una pelota caprichosa. De disgustos inoportunos bien sabe el madridismo, que se vio obligado a remar como nunca en el partido más angustioso de su historia moderna cuando Casillas –el héroe de tantas noches- salió a no se sabe dónde hasta que una hora después Sergio Ramos, en otro detalle crucial, puso fin a la agonía.

La Decimotercera llegó sin respiro, casi atropellando las anteriores. Apenas da tiempo para valorar la dificultad que supone convertirse en campeón de Europa, no digamos ya la hazaña de conseguirlo en tres ocasiones de forma consecutiva. Mi generación se hizo madridista durante las tres Champions del 98 y al 2002 y sobrevaloró el mérito de la victoria: pasé toda una adolescencia sintiendo la amargura de la derrota. Por eso uno no olvida las seis eliminaciones en octavos ni los golpes de las semifinales; uno todavía recuerda las noches de Lyon, el desastre de la Roma, el dolor de la tanda de penaltis de 2012 y la debacle en Dortmund y su remontada truncada. Los fantasmas pasados siguen ahí, aunque los destierre la poderosa sonrisa de Zidane –cómo sonríe, otro gran detalle-. El madridista se siente ahora feliz, abrazado a Zizou, cuya figura es un regalo para el madridismo.

viernes, 4 de mayo de 2018

La final

22 días. Es el tiempo que queda para la cita de Kiev; es el tiempo que tiene el madridismo para saborear la espera. Después llegará la final, el partido será un infarto y, quién sabe, quizá se pierda y el estado de ánimo se torne en un drama. Pero antes de la taquicardia nadie puede despojarle al hincha blanco de sus días más hermosos y felices. Proezas como jugar cuatro de las últimas cinco finales de la Champions League recuerdan que el madridismo vive para sentir momentos como este. Es incomparable esa sensación. Un madridista promete lealtad eterna a sus colores y soporta tragos amargos (verbigracia: irregularidad en la Liga, clásicos vapuleados) para contar los días que le faltan para su final de la Copa de Europa.

En las jornadas previas al gran escaparate del fútbol, el madridismo se envuelve en historias únicas: los recuerdos de otras finales (que son muchas en este club), las odiseas de los aficionados que viajan a Kiev y el relato de las leyendas que evocan sus duelos en los grandes triunfos e incluso en las derrotas, como aquella tarde aciaga de París de 1981 en la que Camacho tuvo la gloria en sus botas con una vaselina marrada ante precisamente el Liverpool. Y, por supuesto, hay instantes de pánico, en los que se mira al rival como invencible (ciertamente la sonrisa de Klopp produce pavor) y se cree que la victoria será imposible. El respeto a la historia del adversario y la curiosidad por conocer con detalle a sus futbolistas también forman parte de la rutina del finalista.

Se equivocaría el madridista si no valora este periodo de dulce expectación; máxime cuando tiene los precedentes de los 32 años que transcurrieron entre la Sexta y la Séptima y las duras eliminaciones de los doce años entre la Novena y la Décima. El hincha del Real y su cuenta atrás para la final de la Copa de Europa: ¿Qué puede superar este momento?

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 8 de marzo de 2018

El Real y sus enigmas

Foto de Christophe Ena (AP)

Los caminos del Real Madrid son inescrutables. A ver qué analista descifra cómo es posible que el equipo que firma una de las mejores temporadas de su gloriosa historia (la 16/17 fue casi perfecta en juego, resultados y títulos) es el mismo que, meses después, deambula en la Liga, tira la Copa y aun así elimina a uno de los superfavoritos de Europa. Quién diablos entiende a este club. ¿Será capaz de terminar su annus horribilis en Kiev? El desafío es mayúsculo. E insólito. Ya lo era repetir como campeón de la Champions, nadie lo había conseguido hasta entonces, y lo logró: quién si no en la Copa de Europa, el Real en su competición fetiche. ¿Qué es la historia para un club acostumbrado a reescribirla? No pequemos ahora de euforia, el termómetro de la Liga no miente: cuando se rinde mal en el torneo doméstico implica que hay problemas futbolísticos sin resolver. Y la lógica invita a pensar que esas incógnitas se pueden pagar en Europa, ante los rivales más exigentes del continente. Pero también era increíble que este equipo no se pareciera al del curso pasado. En París, el Real volvió a reconocerse a sí mismo: en el duelo crucial, compitió sereno, inteligente y mortal, con el pulso de quien lleva afrontando eliminatorias con éxito desde hace un lustro. Visto así, sorprende que casi esos mismos jugadores patinaran con estrépito una semana antes, en Cornellá. Lo dicho: ¿quién descodifica a este club? Mientras sus hinchas siguen incrédulos, el Madrid ha alargado la tensión de la temporada hasta abril, se ha colado entre los ocho mejores de Europa y ha dado un serio aviso a sus adversarios al fulminar a una de sus mayores amenazas (¿o el PSG ya no es tan bueno ahora?). No es el que el Madrid siempre vuelve: es que nunca se va.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 14 de diciembre de 2017

El privilegio de ver a Xabi Alonso

Xabi Alonso - Foto de 'Ecos del Balón'

Hace sólo seis meses que Xabi Alonso, uno de los futbolistas más fascinantes de la última década, colgó las botas y su nombre vuelve a resonar ahora tras una maravillosa entrevista en Ecos del Balón. El tolosarra demuestra que explica tan bien el fútbol como lo disputaba, desentrañando con maestría las claves de su oficio, el del mediocentro, mientras rememora su trayectoria como jugador de élite. "Antes sólo jugaba al fútbol; en los últimos años jugaba y lo analizaba”, cuenta al tiempo que desmenuza cómo afrontaba sus duelos contra Messi, su fascinación por Valerón y su adaptación a la Premier, entre otros recuerdos. Xabi Alonso firmó una carrera deportiva preciosa, que le llevó a debutar en el equipo de su vida hasta competir en el club más exigente del planeta, pasando también por dos históricos de Inglaterra y Alemania; fue además dirigido por entrenadores tan dispares como exitosos y especiales (Benítez, Mourinho, Guardiola, Aragonés, Del Bosque) y rubricó su expediente con un periodo internacional de gloria en la Selección española. El madridismo, que gozó de sus mejores temporadas, encontró con él la pieza por la que tanto suspiró, ausente durante mucho tiempo (desde Redondo): el gran centrocampista. Su constante evolución, su permanente meta por mejorar (“siempre he querido probarme”), es un ejemplo para los jugadores que vienen. Para los aficionados, queda en la memoria un estilo único de desenvolverse en el césped: el elegante mediocentro de exquisito golpeo, comprometido con su escudo, top en su posición y que no dudaba en ir al suelo. O sea, puro fútbol.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 19 de noviembre de 2017

El drama de Italia

La lluvia cae, el sol se pone por poniente e Italia siempre es un rival temible en una Copa del Mundo. Un dogma imperecedero se resquebrajaba el pasado lunes en San Siro, cuando la selección italiana fue incapaz de salvar su trascendental duelo contra Suecia y se quedaba fuera del gran acontecimiento futbolístico del planeta por primera vez en casi sesenta años. Honores, ante todo, para Suecia, el verdugo y feliz clasificado. Las historias de los imposibles embellecen el deporte, pero un Mundial de fútbol sin Italia es una noticia (deportiva) asombrosa. Todavía muchos no nos los creemos. Como si nos dicen que el Madrid deja de jugar de blanco o que Rafa Nadal es realmente humano. Días antes del fatídico partido, en un diario italiano (según cita la agencia AFP) se comentaba que un campeonato mundial sin Italia "era más improbable que el aterrizaje en la Plaza de San Pedro de una nave espacial llegada de Saturno". El fiasco se ha sentido en tierras transalpinas como una hecatombe, como no podía ser de otra manera en un país que se considera inventor del calcio (para los italianos, los orígenes del balompié se remontan al Medievo florentino). El fútbol italiano busca ahora razones, causas y culpables para soportar el drama. Que su mejor jugador hoy día sea Buffon, el portero, tal vez constituya el primero de los síntomas en una azzurra que históricamente alumbró delanteros y mediapuntas extraordinarios. El legendario guardameta dejó un dignísimo epitafio, aplaudiendo el himno sueco frente a los silbidos y dando la mano al adversario en el término del duelo. Su última imagen queda para la posteridad: las lágrimas de Buffon son el llanto de Italia.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

Foto de Cordon Press.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las Ligas que el Madrid no gana

Alirón Liga 87/88. Foto de Defensa Central.

No hay manera, oiga, de vivir Ligas tranquilas como madridista. Uno creía que había llegado ese culmen deportivo en el que la inercia de los triunfos conduciría a un periodo de calma y estabilidad, pero de nuevo estaba en una ilusión: los puntos se esfuman en las primeras jornadas, el liderato se aleja y el equipo se ve en otra temporada obligado a remar a contracorriente. Tal vez sea un vicio endémico, adquirido en los últimos años, pero no siempre fue así.


La gran diferencia entre el madridista moderno –el que nace y crece, pongamos, en los noventa y el siglo XXI– y el madridista clásico –aquel que vivió los ochenta, setenta e incluso los sesenta– es la forma en que afronta la Liga. El estado de ánimo ha variado de un madridismo plácido, cómodo en su rutina de triunfos, propia de una época en la que el Real disputaba como el equipo hegemónico de la competición nacional (el Madrid ganó 19 Ligas desde 1961 hasta 1990), a un madridismo exaltado, inmerso en una era de sobresaltos, y más habituado a dejar escapar Ligas que a conseguirlas.


Alirón Liga 60/61. Foto de Cihefe.

En las pocas veces de la era moderna en las que el Madrid conseguía esa serenidad deseada, esa aburrida tranquilidad que el madridista reclama para sus domingos, el efecto se dilapidó con rapidez. Ocurrió, por ejemplo, con el Madrid de Capello de la 96/97 y con el de Mourinho de la 11/12. Incluso en la etapa de Del Bosque, la última dorada hasta el nuevo reinado de Zidane, el equipo alternaba éxitos con decepciones –sí, se anotó siete títulos, pero también se dejó una Intercontinental y un Centenariazo en casa–.

La irregularidad es la irremediable condena contemporánea, pero a cambio ha gozado de un gen único para las grandes noches. El madridista del nuevo tiempo presenció desastres como los de Tenerife y ridículos como el Alcorconazo, pero también disfrutó de momentos únicos como la Séptima o la Décima y ha sobrevivido –y con éxito- a rivales liderados por Leo Messi –tres Copas de Europas coincidiendo con Messi; no olviden, valórenlo–. 

Así que, pese a que uno anhela tardes soporíferas de victorias, Ligas ganadas en el salón de casa, los tropiezos ligueros sitúan ahora al equipo y al hincha en un escenario que todos conocen muy bien: el Madrid suele funcionar cuando se le entierra en otoño. Hay una sola realidad inalterable a lo largo de la historia, que saben y -temen- sus rivales: el Real siempre vuelve

miércoles, 4 de octubre de 2017

Patriotismo en la Selección

Recuerdo un diagnóstico futbolero que escuché en la antesala de una Eurocopa, cuando en las tertulias entre amiguetes dilucidábamos cómo demonios podía España superar la maldita barrera de los cuartos de final. “Lo que nos pasa”, analizaba un colega, “es que hay jugadores que no sienten la Selección. No se sienten españoles”. Era comienzos de junio de 2008 y el tipo clavó su observación: esos mismos futbolistas se proclamaron campeones de dos Eurocopas y un Mundial.

Como hinchas tendemos a exigir actitud sobre el verde y lo hacemos porque ciertamente el fútbol, en esencia, es pasión. Pero la actitud no deja de constituir un factor más (imprescindible, eso sí) entre otras muchas variables. Resulta absurdo creer que el éxito se explique sólo por derroche de bemoles. La evolución del juego y la alta competición exigen algo más que “echarle huevos”. Un arrebato puede servir para derrotar a un rival, pero suele ser insuficiente para ganar un campeonato. Aquello de ‘la furia española’ quedó anclado en el pasado. 


Y, en consecuencia, resulta ingenuo pensar que en el fútbol de clubes se juegue únicamente por amor a una camiseta y que en las selecciones se haga por amor a una patria. O, al menos, como única causa. Un futbolista puede aceptar la llamada del seleccionador por muchas razones: por experiencia profesional, por prestigio internacional, por sumar currículum, por curiosidad, por dinero, incluso porque le obligan. Etcétera. Y también por representar a su país, por supuesto. Cada uno tiene sus motivaciones individuales. Respetables todas. Y si hay contradicciones, en todo caso son dilemas personales: un asunto del deportista, no del hincha. Exijamos profesionalidad (rendimiento) a los futbolistas, que de sentir los colores ya nos ocupamos los aficionados.


*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.