Dicen periodistas, analistas y aficionados que el Manchester United de ayer fue una decepción. El equipo inglés, a lo largo de toda la temporada, ha desarrollado un fútbol rápido, eléctrico y vertical. Fuerte en defensa pero valiente en el área rival, con delanteros de mucha calidad y gol. Es el líder de la Premier, está en semifinales de la máxima competición continental con total merecimiento y, lo mejor sin duda, posee al mejor jugador del mundo, Cristiano Ronaldo. El portugués está realizando una temporada de escándalo y sus números son, sin discusión, de Balón de Oro y de Fifa World Player. Sin embargo, tales reconocimientos individuales no llegarán de no ser hombre en la Copa de Europa. Pero él lo sabe. Tiene fijado la final de Moscú en la frente. Sueña con la orejones y, por qué no, jugar en España.
No obstante, en el día de ayer, no se vio nada de lo citado en el anterior párrafo. O eso afirma la opinión pública futbolera. Enfrente del Barça no hubo ningún equipo ofensivo sino al contrario, un conjunto muy defensivo. En ningún momento se vio la verticalidad que tanto caracteriza al United. Parecía como si en vez de Ferguson, en el banquillo visitante se hubiera sentado el mismísimo José Mourinho. Y Cristiano, a parte de fallar una pena máxima, se tomó el partido como si de un amistoso se tratara. Esto es, con tres o cuatro detalles de la calidad que tiene, pero no más. Sin motivación y con aire de divo. Vamos, el tío estaba en un amistoso. O sea. Que ni el Manchester jugó al ataque, ni metió miedo Ronaldo, ni nada de nada. Una patata en toda regla. El United les resultó un fraude, un timo.
Pero mire por donde, que yo no ví ningún chasco. Es cierto que no ví el juego típico del Manchester United -ni yo ni nadie- pero no por ello resultó ser un fracaso. Es más, el conjunto inglés jugó como un equipo del siglo XXI. Los diablos rojos salieron conscientes de que las eliminatorias duran 180 minutos y no 90, y de la importancia que supone no encajar un gol. El Barça, para bien o para mal y más en su campo, siempre tiene la pelota. Y ante eso, o se le quita el balón o se le espera. Hasta el momento nadie le ha quitado la pelota, sino al revés, han habido equipos que le han esperado y le han dado soberanas lecciones -el Real Madrid, el Villareal, y el Chelsea, el año pasado, son ejemplos-. Haber jugado de manera distinta hubiera propiciado que los culés estuvieran más liberados del marcaje, más contragolpe y, por consecuencia, más posibilidad de anotar un gol. Ayer el Manchester defendió bien, taponó a Messi e intentó que los mediocentros culés no conectaran con los delanteros. La pena fue no marcar un gol. Cristiano tuvo la única ocasión. Y falló. Con él es lo único en lo que estoy de acuerdo con los demás.
Todo despejado para Old Traffor, donde, ahí sí, en un campo de dimensiones más reducidas, la afición de su lado y el Barça con mucha presión, el Manchester jugará como todo el mundo esperaba. Y más le vale a Miltio que no tiente más a la diosa fortuna. San Jordi no estará presente el 29 de abril.
Este blog es una mirada muy personal sobre el mundo del deporte. Abierto en 2006, cuando un servidor tenía 16 años, el cuaderno es un recorrido íntimo de más de diez años: contiene desde las observaciones de un adolescente sobre sus pasiones -el fútbol, el baloncesto o la Fórmula 1- hasta las reflexiones actuales, muchas de ellas publicadas en prensa.
jueves, 24 de abril de 2008
jueves, 6 de marzo de 2008
La champions por la tele
El flamante líder de la primera división española, el equipo invencible, el equipo que tiene ganada la liga desde hace meses según el diario más leído de España, la "máquina total" en palabras de su presidente, o sea, el Real Madrid, ha sido eliminado a las primeras de cambio de la máxima competición continental, la Copa de Europa. La competición que lo ha sido todo para el Real, el trofeo que le permitió y le permite ser la envidia del resto, el campeonato que hizo que la FIFA por unanimidad le declarase mejor equipo indiscutibles de la historia, la Copa de Europa, le ha dado con la puerta en las narices al Real Madrid. O al revés, el Real, como así se le llama en el extranjero, le ha dado la espalda a su competición.
Y la manera de su eliminación ha sido la peor de todas. En octavos, en la primera oportunidad, ante un equipo inferior -sobre el papel-, sin dar ninguna sensación de poder ganar, sin espíritu y en su campo. Todo un ultraje a la gloriosa camiseta del Madrid. Lo dicho, había muchas formas de perder, pero se escogió la peor. Ni siquiera la afición estuvo a la altura. Es, en resumidas cuentas, un fracaso rotundo y ridículo. También es verdad que si al equipo blanco le cambias el nombre ayer, si no se llamara Real Madrid, si no poseyera la brillante historia que posee, no merecería tales adjetivos. Es más, está haciendo una buena temporada, con muchísimas posibilidades de ganar la liga, siempre un éxito. Pero no, el equipo de ayer era el Real Madrid. Este club siempre tiene la obligación moral y ética de ganar la copa de Europa o, al menos, de pelear hasta el final. Le pese a quien le pese. La competición nacional, la Liga, siempre ha sido la segunda opción. De hecho, han habido ligas que ni se han celebrado. Bien lo sabe la generación de la quinta del buitre. Bien lo saben los madridistas de verdad.
Y la manera de su eliminación ha sido la peor de todas. En octavos, en la primera oportunidad, ante un equipo inferior -sobre el papel-, sin dar ninguna sensación de poder ganar, sin espíritu y en su campo. Todo un ultraje a la gloriosa camiseta del Madrid. Lo dicho, había muchas formas de perder, pero se escogió la peor. Ni siquiera la afición estuvo a la altura. Es, en resumidas cuentas, un fracaso rotundo y ridículo. También es verdad que si al equipo blanco le cambias el nombre ayer, si no se llamara Real Madrid, si no poseyera la brillante historia que posee, no merecería tales adjetivos. Es más, está haciendo una buena temporada, con muchísimas posibilidades de ganar la liga, siempre un éxito. Pero no, el equipo de ayer era el Real Madrid. Este club siempre tiene la obligación moral y ética de ganar la copa de Europa o, al menos, de pelear hasta el final. Le pese a quien le pese. La competición nacional, la Liga, siempre ha sido la segunda opción. De hecho, han habido ligas que ni se han celebrado. Bien lo sabe la generación de la quinta del buitre. Bien lo saben los madridistas de verdad.
martes, 5 de febrero de 2008
¡Gasol, traspasado a los Lakers!

Aún no me lo creo. Gasol jugará en los Lakers. En mis Lakers. La temporada estaba siendo mejor de lo que me esperaba. Pensé que con Bryant pidiendo el traspaso y con Mitch Kutchap tocándose la nariz por enésima vez, este año iba a ser cuanto menos bueno. Los Lakers dejarían de crecer, tal y como estaban haciendo desde que se fue Shaquille O'neal. Kobe se marcharía, la franquicia volvería otra vez a empezar de cero y yo perdería toda mi ilusión por la NBA. Pues no, ocurrió todo lo contrario. Kobe se quedó, los Lakers jugaron mejor que el último año y, por tanto, me ilusioné más que nunca. La temporada iba de perlas, llegamos incluso a ser líderes de la Conferencia Oeste. Todo marchaba bien. Pero tenía mis dudas, como cualquier otro seguidor de los Lakers. El objetivo de este año era superar la primera ronda de los play offs. De lo contrario, habrían hecho lo mismo que el año pasado y que el anterior. Esto es, no crecerían sino al contrario, se estancarían. Así que dudaba, a pesar de tener al mejor entrenador y jugador de la Liga, Phil Jackson y Kobe Bryant, respectivamente, -es opinable y yo opino- no estaba seguro de pasar ronda, no confiaba en la plantilla. Sin embargo, de repente, ¡zas!, me entero de que Pau Gasol es jugador de los Lakers.
Mi primera reacción fue un sonoro ¡toma!, parecido al de Alonso encima de su Renoult el año en que ganó su primer mundial. Lo repetí varias veces. Estaba eufórico. Pero duró poco. Inmediatamente digo, no puede ser, ésto tiene truco; no, maldita sea, aquí se huele algo raro que no me gusta un pelo. Gasol cobra 12 millones, ¿a quién le habrán dado a cambio? No, Bryant, no, es imposible -cobra más y lo habrían nombrado igualmente-. Pero a ver si le han dado a Odom, o a Bynum, o a Fisher. ¿O a los tres? ¿Le habrán dado a Phil? No, factoría_senna, no seas imbécil y piensa un poco. Jackson continúa, leches, cómo puedes pensar eso. Y sobre los tres citados se irá alguno pero no todos. Gasol y Bryant juntos sí, pero que no se me lleven a medio equipo. Total, pasé de eufórico a nervioso perdido. Rápidamente acudí a Internet, tenía que saberlo y bien. Tontos los del estado de Tennessee no pueden ser. Y ahí sí que me quedé de piedra: Kwame Brown, Javaris Crittenton, Aaron McKie y los derechos de Marc Gasol y las primeras selecciones de los drafts de 2008 y 2010. O sea, le damos a un muerto, a un chavalín que aunque tiene buena pinta no perdemos nada sin él, a un viejo que está para al asilo, a Marc y los derechos de draft de dos años que no necesitamos para nada. Todo esto a cambio de un tío de 20-10 por noche, que ha sido All Star y sin necesidad de tocar el equipo. Un auténtico lugarteniente de Kobe. Una ganga de traspaso, sin ningún pero que señalar. ¿No podían ser todos los días así? Era imposible estar más contento. Y sabedor de la gran noticia baloncestística del año, me fui de fiesta, era viernes, más feliz que una anchoa.
Costará creerlo, pero soy joven y sí, soy de los Lakers y no por una razón cualquiera. Empecé como todo crío con el fútbol, pero a los once años descubrí el mundo de la canasta. No era bueno, pero se me daba mejor que patear un balón. Empecé a enamorarme de este deporte. Me interesé y me informé sobre el Baloncesto. Primero, la ACB, y después, la NBA. Por entonces, estaba reciente la retirada de Jordan y por mera curiosidad sobre el gran mito me sumergí en la historia de la NBA. El interés por Jordan me introdujo en la mítica historia de la NBA. Quería saber cosas del 23 de los Bulls, quería saber qué hizo para que se le considerara el mejor de todos los tiempos. Y eso me llevó a su incuestionable y eterna dictadura Bulls en la década de los noventa. A los gloriosos ochentas, a Magic y Bird, a los Lakers y los Celtics, al Fórum y al Garden. Jamás admiré y disfruté tanto con la NBA de los ochenta. He dicho amarillo y verde, sin embargo debería mencionar también los Sixers del doctor Jota y Moses Malone, los indomables Piston, las torres gemelas de Houston y demás. Posteriormente, seguí con los setenta, que me gustaron menos pero son fundamentales para comprender el boom de los ochenta, y los sesenta donde descubrí que un tal Chamberlain fue individualmente mejor que Jordan. Pero ninguna me caló tanto como los ochenta. Rotundamente, me había enamorado de la NBA. Fue entonces cuando yo, en plena adolescencia, decidí tener equipo. Tenía que ser de alguno. Y elegí los Lakers, en aquel año ganadores de su décimo tercer título (el segundo de O'neal y Kobe). Y no fue por ese título, no. Fue por su color púrpura y oro, por el Fórum, por su glamour, por sus leyendas, por Magic, por las palmeras de Venice Beach. Por todo lo que rodea la aureola de misticismo de los Lakers. No obstante, todo esto me llevó a una conclusión final que siempre quedará a mi pesar: la envidia -sana, por supuesto- que tuve y tengo por todo aquel humano que pudo disfrutar de los grandes momentos históricos de la NBA en directo.
Y ahí andaba yo, con las hormonas a tope, lakermaníaco pero sobre todo, loco del baloncesto, trasnochando por ver la NBA en Sportmanía, preso de un mundo del que nunca saldré. Para colmo, todo coincidió con la llegada de un españolito a la NBA. Un españolito que resulta que también era bueno, que llegó a jugar un All Star y unos play offs de la mejor liga del mundo y que lideró a su selección, la nuestra, a un campeonato del mundo. Y todo eso lo ví en vivo. Pero le faltaba algo, jugar en un equipo grande con aspiraciones al anillo. Era cuestión de tiempo. Lo que no me esperaba es que ese equipo fuera los Lakers, mis Lakers. Así que hoy, y feliz como un niño el día de reyes, trasnocharé. No puedo perdérmelo. ¡Go Lakers, go!
lunes, 21 de enero de 2008
Flases (III)
El Real Madrid ha ganado en su campo a todos sus rivales históricos. San Mamés, Mestalla, Camp Nou y el Calderón. Los cuatro han visto un dos en la quiniela cuando les ha visitado el equipo blanco.
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El Madrid está intratable. ¡Ni con Franco!
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El Madrid está intratable. ¡Ni con Franco!
viernes, 4 de enero de 2008
Impartiendo una humilde cátedra
El fútbol así como tal puede ser una palabreja bastante ambigua. Por un lado, resulta ser un deporte cuya influencia es nula en la vida. No da dinero ni aporta nada. Sólo es un entretenimiento más, algo pasajero. Nada más. Los pertenecientes a este bando critican incluso a los del otro bando por no ver que esto no es nada en la vida. Familia, salud y trabajo están por encima de todo y no se entiende que se entrometa ahí el fútbol. Pero por otro lado, resulta ser un complejo mundo con sus nombres propios, adjetivos y verbos. A sus espaldas conforma una numerosa afición, cuya existencia da sentido a este deporte. Además, aporta unos sentimientos distintos y especiales a los comunes, que se exploran a flor de piel partido a partido. Se vive a diario y es tan cotidiano como un desayuno común. Sin él no se entendería la existencia aquí, con el resto de los mortales. Es, prácticamente, una cosmovisión que millones de personan respaldan.
Yo, por desgracia o por fortuna -aún no lo sé, el tiempo me lo dirá- estoy metido de lleno en el segundo bando. Hoy, quisiera tratar una rama ardua, pero simple a la vez, del fútbol. Me resulta muy curioso como se usan los adverbios bien y mal, unidos al sustantivo -en este caso- jugar. Para la inmensa mayoría, los conceptos están claros. Pero, en mi opinión, hay un cierto desconcierto y confusión de ideas. Un servidor hará aquí un humilde intento de aclarar tales conceptos. Es verdad que son ideas mías, de mi cosecha e ideadas por mi inocente e ingenua mente. Pero que, en materia futbolística, son realmente definiciones absolutas. O eso creo yo que debería de ser. La idea general que tanta confusión trae, y que yo en este artículo intento solucionar, es que jugar bien es jugar al ataque y jugar a la defensiva es jugar mal. No, no para mí. Se trata pues, de una malinterpretación que a mí me molesta mucho y escribo el presente texto por tal razón.
Al fútbol, como el resto de deportes, se juega. Por consiguiente, hay distintas y variadas maneras de jugar. Todas ellas tienen un fin: ganar. Esto sí es una verdad como la copa de un pino. Lo importante es ganar. Es un dogma tanto para el deporte como para cualquier trabajador normal. En el ámbito profesional, y el fútbol lo es, sólo vale la victoria, todo lo demás es mentira. Y es aquí, donde empiezo yo. Cuando un equipo, durante una semana o más -a veces, una temporada- ensaya determinadas jugadas, tácticas y demás para un concreto partido y luego, en dicho encuentro, sale bien y gana, entonces, ese equipo ha jugado bien. Sí, así con todas las de ley y así a secas: ha jugado bien. He aquí el primer error general: la gente llama jugar bien a un fútbol bonito, alegre y felizote. Mentira. Un entrenador, con su cuerpo técnico, y con 14 jugadores, planea ganar un partido y lo gana con las artes planeadas, ese equipo lo ha hecho bien, ha jugado bien. Es decir, jugar bien es aplicar al terreno de juego un sistema y una manera de jugar correcto, independientemente de que el sistema sea defensivo u ofensivo. Si lo hace bien, juega bien.
¿Maneras de jugar bien? Hay infinitas, cada cual sigue sus teorías, creencias y experiencias particulares, es decir, cada cual sigue su propio librillo. No obstante, se pueden generalizar en dos: jugar de una manera ofensiva y jugar de una manera defensiva. Me explico. Hay un modo que consiste en tener la pelota siempre, en tocarla y llevarla hasta la portería contraria, creando ocasiones con tal de marcar más goles que el rival. Fácil. El otro método consiste en tener un equipo bien hecho atrás, de manera que evita al rival llegar al área consiguiendo que no cree ocasiones, elude así encajar y, con total certeza, ya tiene un empate que se rompe con precisas contras o jugadas hechas bajo la seguridad de un muro por atrás que no se quiebra. Fácil. Uno intenta llegar y el otro lo evita. Las dos son válidas para la victoria. Y las dos son igualmente legítimas -futbolísticamente hablando, claro-. Si un equipo ensaya tanto un modo como el otro, en el partido lo aplica y gana, entonces lo habrá hecho bien, es más, lo habrá hecho de puta madre. Se lleva a cabo un trabajo que da un resultado óptimo. ¿No se puede pedir más, no?
El segundo error general es lo contrario. Un juego feo, defensivo y tacaño para el aficionado medio es jugar mal. Otra mentira más grande que los pechos de Yola Berrocal. Jugar mal, a mi juicio- no se debe olvidar que hablo yo, esto es, mi opinión y mi consciencia-, es hacer todo lo contrario a lo planeado. Ir a un partido y que nada de lo entrenado le salga. Se intenta ganar el encuentro con las artes estudiadas y planificadas, pero no funciona. No lo hace bien, o sea, juega mal. Eso es jugar mal. Dicho así, se aplica un sistema defensivo y el adversario le golea. Dicho de otra forma, se efectúa un sistema ofensivo y no se mete un gol. Ha perdido y su explicación no es otra que ha jugado mal. Por ello, me parece una pena que la sociedad futbolera clasifique jugar de manera defensiva como jugar mal, cuando en realidad no es así. Personalmente, pienso que tiene más mérito jugar defensiva que ofensivamente, ya que estos suelen hacerlo por la tremenda calidad de sus jugadores, unas cualidades innatas, siendo todo más fácil y cómodo; mientras que los defensivos no poseen tales características y suelen indagar en soluciones más costosas, basadas sobre todo en el trabajo diario. De hecho, los entrenadores de este estilo suelen estar infravalorados y, los que tienen éxito, etiquetados como entrenadores non gratos. Dígase Capello, Benítez, Mourinho, etcétera. Pero claro, el trato a dichos entrenadores es otra cosa, no tiene nada que ver con lo que intento exponer hoy. Así que, continúo.
¿Se puede jugar mal y ganar? Por supuesto que sí y vaya si se puede. Los once tipejos, a los que se les añade los tres cambios reglamentarios -se supone que cuando las cosas no salen, se buscan soluciones y una de ellas es sustituir a los más atontados del equipo- no se enteran de nada en todo el partido, el rival le está maniatando y dominando, pero, por lo que fuere, no anota ningún gol y el equipo resulta que en el último minuto pilla una contra y ¡hala! gana el partido. Pues sí, claro que puede ocurrir. El entrenador del equipo vencedor en rueda de prensa mentará a la Virgen Santísima de su pueblo, a su chaqueta de la suerte y a la flor que posee en el trasero. Sin embargo, ha ganado. Mal, pero ha ganado. Mas repito, ha jugado mal, porque no ha hecho nada de lo que tenía que hacer. Simplemente ha aguantado como ha podido y el otro no lo ha aprovechado. ¿Y el otro, qué? ¿Ha jugado bien y ha perdido? Sí, y además lo repito, sí, sí y otra vez sí. También cuenta, es parte del juego. Es aquí, entre otros, donde entra el factor suerte, que en realidad no suele pasar mucho, ya que se manipula muchas veces. Como juega a la defensiva y gana, pues tiene suerte. No. Suerte es si juega a la defensiva, le hacen miles de ocasiones, pero gana. Suerte es si juega a la ofensiva, no hace una mísera ocasión, pero gana. La verdad es que el asunto de la suerte también se merece un artículo.
A continuación, voy a hacer de este párrafo un paréntesis general, a modo de pausa publicitaria. Espero que me vaya expresando bien a lo largo del texto. No es cuestión, con lo mal que está el patio ahí fuera, de que les líe yo ahora. Por eso, en este párrafo, voy a resumir un tilín de todo: 1.-Un equipo programa un sistema de juego y lo ejerce en el partido con éxito, sea cual sea el resultado final, entonces juega bien, lo haya hecho ofensiva o defensivamente. 2-.Un equipo no hace nada o casi nada de lo planificado en un partido y, otra vez, sea cual sea el resultado, éste juega mal, lo haya hecho ofensiva o defensivamente. 3.-Por lo general y cuidado con estas líneas -voy a permitirme unas frases con juegos de palabras-, jugar bien equivale a ganar. Y jugar mal es igual a perder. Casi siempre suele ser así. Vale. Correcto, hasta ahí bien. Me siguen. No obstante, si se dan los casos contradictorios, por ejemplo, un equipo gana jugando mal, no por ganar habrá jugado bien y, al revés -si pierde jugando bien- no por perder habrá jugado mal. En este apartado entran factores imprevisibles que no se entrenan ni se trabajan, como puede ser la suerte, un árbitro o la calidad de un jugador rival. Así pues, lo primero es el estilo, cómo querer jugar: si de una manera ofensiva o si de una manera defensiva. Cualquiera de las dos es correcta; si se hace bien, juega bien y si no, juega mal. Ya ven, más simple que el mecanismo de un sonajero.
Y es que, sinceramente, me fastidia como casi todos los periodistas especializados en materia deportiva -sí, amigos, estudian carrera, hacen oposiciones y todo- opinan, o peor, imponen sus criterios en los cuales, un equipo que no practica juego por bandas, no crea ocasiones y, en definitiva, no realiza un fútbol ofensivo, se trata de un equipo que no sabe jugar al fútbol: juega mal. Manda huevos. Un ejemplo de estos artistas son Relaño y Valdano. Al primero, no le comprendo, es un hombre que sabe y mucho de fútbol, ha estudiado, ha escrito libros y vive por y para el fútbol; no entiendo por qué no acepta a Capello y a sus semejantes. Decir que los equipos de Capello juegan mal, me sabe a una barbaridad tremenda. ¿Cómo puede decir eso de un entrenador que ha ganado 9 ligas y una copa de Europa? ¿Jugando mal se puede ganar tanto? ¿Qué pieza falla? ¿Qué no encaja? Reflexionen, de verdad. Y en cuanto a Valdano, tres cuartos de lo mismo. Un tipo que destacaba por ser un jugador de fuerza, constancia y trabajo y no por su calidad y talento. Y eso que era delantero. No miento. Él, precisamente él, ganó un Mundial con una selección ultradefensiva. Con Maradona al frente, es cierto, pero con Bilardo (la antítesis de Menotti, ya saben) de entrenador. Sin embargo, después, se metió a entrenador y apostó por el fútbol que tanto proclama ahora, pero no triunfó, tan sólo ganó una liga. Y con el Madrid, que todo hay que decirlo. Ahora va de sabio, que lo puede ser, de mente brillante al servicio del mejor postor. Pues bien, para él, el Real Madrid, el día del clásico de la presenta temporada, jugó mal y el Barça bien. Cada vez tengo más claro que vive en el mundo de Yuppie. Ya veremos quien lo saca de ahí. Otro caso sería también el oráculo del barcelonismo, Cruyff, que también vio lo mismo que Valdano en el Barça-Madrid (0-1). Pero paso de meter más cizaña y es que, en otras cosas, Johan es de lo pocos que ha triunfado -esta palabra conlleva títulos de verdad- con un fútbol ofensivo y, muchas veces, bonito.
Y ya terminando de completar este entramado puzzle que ustedes, por leerme, y yo, por escribir, les he metido, hablo del cuarto y último punto que creo que monta toda la confusión: jugar bonito. O tiki-taka, o jogo bonito, como dicen algunos pavos. Digo que trae todo el lío porque la gente tilda al adverbio bien y al adjetivo bonito como sinónimos. Un grave error. No es lo mismo. Primero, ya hemos dicho que jugar de manera defensiva también es jugar bien. Y si algo precisamente tienen los equipos defensivos es su escasa belleza. Segundo, el juego ofensivo no tiene por qué ser estrictamente bonito. Un ejemplo. En contra de lo que la gente piensa, el Real Madrid jamás ha jugado bonito. En sus años gloriosos su juego ha sido muy bueno, de los mejores de la historia, pero no era exquisito. Digamos que bonito es la cúspide de la pirámide, el último escalón al que a nadie le interesa subir. La remanguillé, la créme de la créme que dirían nuestros vecinos franceses. Porque para jugar bonito tan sólo importa que se acuda a un partido a disfrutar. Tan sólo eso, a disfrutar, a pasarlo bien, a echar un rato libre. Y por ahí encontramos la razón por la que en el fútbol sólo importa ganar. Porque ni los jugadores, ni los entrenadores, ni los directivos, ni muchos aficionados, ni hasta el árbitro van a un partido a disfrutar. Nadie de los citados. Tan sólo una minoría resalta el espectáculo por delante de la victoria. Nadie repito. Hay dinero en juego y ese dinero, sólo suma ganando. Si quisieran jugar bonito y ganar dinero, se montaría un circo, no una competición estrictamente profesional.
Pero gracias a dios, y a pesar de que unos pocos -los locos del fútbol, que dirían- ven hermosura en sistemas complejos, jugadas estudiadas, tácticas y demás, el fútbol nos regala veraces momentos de auténtica belleza. Sí, señores, hay equipos que en determinados momentos juegan bonito. Pero nunca es su intención. Sólo en diversos momentos, a veces un par de minutos, y porque se lo pueden permitir -van ganando y tienen mucha calidad, ése es el principal argumento- hacen jugadas, toques, regates, paredes, filigranas y, otra vez, jugaditas, todo para la galería. Ahí sí. El tiki-taka ese que tanto pronuncia el diario de Relaño y cía, que por cierto, la idea salió de un señor de la competencia -mi añorado (en baloncesto) Montes- no sirve para una temporada, ni siquiera para noventa minutos. Es imposible. Un partido vale, dos ya son muchos, pero no toda una temporada. Nadie sale a un partido a jugar así (a tikitakear), por la sencilla razón de que no da resultados. Así de sencillo es. Amigos, y terminando que es gerundio, sólo hay un equipo en toda la faz de la Tierra que salga a jugar bonito y gane siempre. Y no es otro que los Harlem Globetrotter.
Yo, por desgracia o por fortuna -aún no lo sé, el tiempo me lo dirá- estoy metido de lleno en el segundo bando. Hoy, quisiera tratar una rama ardua, pero simple a la vez, del fútbol. Me resulta muy curioso como se usan los adverbios bien y mal, unidos al sustantivo -en este caso- jugar. Para la inmensa mayoría, los conceptos están claros. Pero, en mi opinión, hay un cierto desconcierto y confusión de ideas. Un servidor hará aquí un humilde intento de aclarar tales conceptos. Es verdad que son ideas mías, de mi cosecha e ideadas por mi inocente e ingenua mente. Pero que, en materia futbolística, son realmente definiciones absolutas. O eso creo yo que debería de ser. La idea general que tanta confusión trae, y que yo en este artículo intento solucionar, es que jugar bien es jugar al ataque y jugar a la defensiva es jugar mal. No, no para mí. Se trata pues, de una malinterpretación que a mí me molesta mucho y escribo el presente texto por tal razón.
Al fútbol, como el resto de deportes, se juega. Por consiguiente, hay distintas y variadas maneras de jugar. Todas ellas tienen un fin: ganar. Esto sí es una verdad como la copa de un pino. Lo importante es ganar. Es un dogma tanto para el deporte como para cualquier trabajador normal. En el ámbito profesional, y el fútbol lo es, sólo vale la victoria, todo lo demás es mentira. Y es aquí, donde empiezo yo. Cuando un equipo, durante una semana o más -a veces, una temporada- ensaya determinadas jugadas, tácticas y demás para un concreto partido y luego, en dicho encuentro, sale bien y gana, entonces, ese equipo ha jugado bien. Sí, así con todas las de ley y así a secas: ha jugado bien. He aquí el primer error general: la gente llama jugar bien a un fútbol bonito, alegre y felizote. Mentira. Un entrenador, con su cuerpo técnico, y con 14 jugadores, planea ganar un partido y lo gana con las artes planeadas, ese equipo lo ha hecho bien, ha jugado bien. Es decir, jugar bien es aplicar al terreno de juego un sistema y una manera de jugar correcto, independientemente de que el sistema sea defensivo u ofensivo. Si lo hace bien, juega bien.
¿Maneras de jugar bien? Hay infinitas, cada cual sigue sus teorías, creencias y experiencias particulares, es decir, cada cual sigue su propio librillo. No obstante, se pueden generalizar en dos: jugar de una manera ofensiva y jugar de una manera defensiva. Me explico. Hay un modo que consiste en tener la pelota siempre, en tocarla y llevarla hasta la portería contraria, creando ocasiones con tal de marcar más goles que el rival. Fácil. El otro método consiste en tener un equipo bien hecho atrás, de manera que evita al rival llegar al área consiguiendo que no cree ocasiones, elude así encajar y, con total certeza, ya tiene un empate que se rompe con precisas contras o jugadas hechas bajo la seguridad de un muro por atrás que no se quiebra. Fácil. Uno intenta llegar y el otro lo evita. Las dos son válidas para la victoria. Y las dos son igualmente legítimas -futbolísticamente hablando, claro-. Si un equipo ensaya tanto un modo como el otro, en el partido lo aplica y gana, entonces lo habrá hecho bien, es más, lo habrá hecho de puta madre. Se lleva a cabo un trabajo que da un resultado óptimo. ¿No se puede pedir más, no?
El segundo error general es lo contrario. Un juego feo, defensivo y tacaño para el aficionado medio es jugar mal. Otra mentira más grande que los pechos de Yola Berrocal. Jugar mal, a mi juicio- no se debe olvidar que hablo yo, esto es, mi opinión y mi consciencia-, es hacer todo lo contrario a lo planeado. Ir a un partido y que nada de lo entrenado le salga. Se intenta ganar el encuentro con las artes estudiadas y planificadas, pero no funciona. No lo hace bien, o sea, juega mal. Eso es jugar mal. Dicho así, se aplica un sistema defensivo y el adversario le golea. Dicho de otra forma, se efectúa un sistema ofensivo y no se mete un gol. Ha perdido y su explicación no es otra que ha jugado mal. Por ello, me parece una pena que la sociedad futbolera clasifique jugar de manera defensiva como jugar mal, cuando en realidad no es así. Personalmente, pienso que tiene más mérito jugar defensiva que ofensivamente, ya que estos suelen hacerlo por la tremenda calidad de sus jugadores, unas cualidades innatas, siendo todo más fácil y cómodo; mientras que los defensivos no poseen tales características y suelen indagar en soluciones más costosas, basadas sobre todo en el trabajo diario. De hecho, los entrenadores de este estilo suelen estar infravalorados y, los que tienen éxito, etiquetados como entrenadores non gratos. Dígase Capello, Benítez, Mourinho, etcétera. Pero claro, el trato a dichos entrenadores es otra cosa, no tiene nada que ver con lo que intento exponer hoy. Así que, continúo.
¿Se puede jugar mal y ganar? Por supuesto que sí y vaya si se puede. Los once tipejos, a los que se les añade los tres cambios reglamentarios -se supone que cuando las cosas no salen, se buscan soluciones y una de ellas es sustituir a los más atontados del equipo- no se enteran de nada en todo el partido, el rival le está maniatando y dominando, pero, por lo que fuere, no anota ningún gol y el equipo resulta que en el último minuto pilla una contra y ¡hala! gana el partido. Pues sí, claro que puede ocurrir. El entrenador del equipo vencedor en rueda de prensa mentará a la Virgen Santísima de su pueblo, a su chaqueta de la suerte y a la flor que posee en el trasero. Sin embargo, ha ganado. Mal, pero ha ganado. Mas repito, ha jugado mal, porque no ha hecho nada de lo que tenía que hacer. Simplemente ha aguantado como ha podido y el otro no lo ha aprovechado. ¿Y el otro, qué? ¿Ha jugado bien y ha perdido? Sí, y además lo repito, sí, sí y otra vez sí. También cuenta, es parte del juego. Es aquí, entre otros, donde entra el factor suerte, que en realidad no suele pasar mucho, ya que se manipula muchas veces. Como juega a la defensiva y gana, pues tiene suerte. No. Suerte es si juega a la defensiva, le hacen miles de ocasiones, pero gana. Suerte es si juega a la ofensiva, no hace una mísera ocasión, pero gana. La verdad es que el asunto de la suerte también se merece un artículo.
A continuación, voy a hacer de este párrafo un paréntesis general, a modo de pausa publicitaria. Espero que me vaya expresando bien a lo largo del texto. No es cuestión, con lo mal que está el patio ahí fuera, de que les líe yo ahora. Por eso, en este párrafo, voy a resumir un tilín de todo: 1.-Un equipo programa un sistema de juego y lo ejerce en el partido con éxito, sea cual sea el resultado final, entonces juega bien, lo haya hecho ofensiva o defensivamente. 2-.Un equipo no hace nada o casi nada de lo planificado en un partido y, otra vez, sea cual sea el resultado, éste juega mal, lo haya hecho ofensiva o defensivamente. 3.-Por lo general y cuidado con estas líneas -voy a permitirme unas frases con juegos de palabras-, jugar bien equivale a ganar. Y jugar mal es igual a perder. Casi siempre suele ser así. Vale. Correcto, hasta ahí bien. Me siguen. No obstante, si se dan los casos contradictorios, por ejemplo, un equipo gana jugando mal, no por ganar habrá jugado bien y, al revés -si pierde jugando bien- no por perder habrá jugado mal. En este apartado entran factores imprevisibles que no se entrenan ni se trabajan, como puede ser la suerte, un árbitro o la calidad de un jugador rival. Así pues, lo primero es el estilo, cómo querer jugar: si de una manera ofensiva o si de una manera defensiva. Cualquiera de las dos es correcta; si se hace bien, juega bien y si no, juega mal. Ya ven, más simple que el mecanismo de un sonajero.
Y es que, sinceramente, me fastidia como casi todos los periodistas especializados en materia deportiva -sí, amigos, estudian carrera, hacen oposiciones y todo- opinan, o peor, imponen sus criterios en los cuales, un equipo que no practica juego por bandas, no crea ocasiones y, en definitiva, no realiza un fútbol ofensivo, se trata de un equipo que no sabe jugar al fútbol: juega mal. Manda huevos. Un ejemplo de estos artistas son Relaño y Valdano. Al primero, no le comprendo, es un hombre que sabe y mucho de fútbol, ha estudiado, ha escrito libros y vive por y para el fútbol; no entiendo por qué no acepta a Capello y a sus semejantes. Decir que los equipos de Capello juegan mal, me sabe a una barbaridad tremenda. ¿Cómo puede decir eso de un entrenador que ha ganado 9 ligas y una copa de Europa? ¿Jugando mal se puede ganar tanto? ¿Qué pieza falla? ¿Qué no encaja? Reflexionen, de verdad. Y en cuanto a Valdano, tres cuartos de lo mismo. Un tipo que destacaba por ser un jugador de fuerza, constancia y trabajo y no por su calidad y talento. Y eso que era delantero. No miento. Él, precisamente él, ganó un Mundial con una selección ultradefensiva. Con Maradona al frente, es cierto, pero con Bilardo (la antítesis de Menotti, ya saben) de entrenador. Sin embargo, después, se metió a entrenador y apostó por el fútbol que tanto proclama ahora, pero no triunfó, tan sólo ganó una liga. Y con el Madrid, que todo hay que decirlo. Ahora va de sabio, que lo puede ser, de mente brillante al servicio del mejor postor. Pues bien, para él, el Real Madrid, el día del clásico de la presenta temporada, jugó mal y el Barça bien. Cada vez tengo más claro que vive en el mundo de Yuppie. Ya veremos quien lo saca de ahí. Otro caso sería también el oráculo del barcelonismo, Cruyff, que también vio lo mismo que Valdano en el Barça-Madrid (0-1). Pero paso de meter más cizaña y es que, en otras cosas, Johan es de lo pocos que ha triunfado -esta palabra conlleva títulos de verdad- con un fútbol ofensivo y, muchas veces, bonito.
Y ya terminando de completar este entramado puzzle que ustedes, por leerme, y yo, por escribir, les he metido, hablo del cuarto y último punto que creo que monta toda la confusión: jugar bonito. O tiki-taka, o jogo bonito, como dicen algunos pavos. Digo que trae todo el lío porque la gente tilda al adverbio bien y al adjetivo bonito como sinónimos. Un grave error. No es lo mismo. Primero, ya hemos dicho que jugar de manera defensiva también es jugar bien. Y si algo precisamente tienen los equipos defensivos es su escasa belleza. Segundo, el juego ofensivo no tiene por qué ser estrictamente bonito. Un ejemplo. En contra de lo que la gente piensa, el Real Madrid jamás ha jugado bonito. En sus años gloriosos su juego ha sido muy bueno, de los mejores de la historia, pero no era exquisito. Digamos que bonito es la cúspide de la pirámide, el último escalón al que a nadie le interesa subir. La remanguillé, la créme de la créme que dirían nuestros vecinos franceses. Porque para jugar bonito tan sólo importa que se acuda a un partido a disfrutar. Tan sólo eso, a disfrutar, a pasarlo bien, a echar un rato libre. Y por ahí encontramos la razón por la que en el fútbol sólo importa ganar. Porque ni los jugadores, ni los entrenadores, ni los directivos, ni muchos aficionados, ni hasta el árbitro van a un partido a disfrutar. Nadie de los citados. Tan sólo una minoría resalta el espectáculo por delante de la victoria. Nadie repito. Hay dinero en juego y ese dinero, sólo suma ganando. Si quisieran jugar bonito y ganar dinero, se montaría un circo, no una competición estrictamente profesional.
Pero gracias a dios, y a pesar de que unos pocos -los locos del fútbol, que dirían- ven hermosura en sistemas complejos, jugadas estudiadas, tácticas y demás, el fútbol nos regala veraces momentos de auténtica belleza. Sí, señores, hay equipos que en determinados momentos juegan bonito. Pero nunca es su intención. Sólo en diversos momentos, a veces un par de minutos, y porque se lo pueden permitir -van ganando y tienen mucha calidad, ése es el principal argumento- hacen jugadas, toques, regates, paredes, filigranas y, otra vez, jugaditas, todo para la galería. Ahí sí. El tiki-taka ese que tanto pronuncia el diario de Relaño y cía, que por cierto, la idea salió de un señor de la competencia -mi añorado (en baloncesto) Montes- no sirve para una temporada, ni siquiera para noventa minutos. Es imposible. Un partido vale, dos ya son muchos, pero no toda una temporada. Nadie sale a un partido a jugar así (a tikitakear), por la sencilla razón de que no da resultados. Así de sencillo es. Amigos, y terminando que es gerundio, sólo hay un equipo en toda la faz de la Tierra que salga a jugar bonito y gane siempre. Y no es otro que los Harlem Globetrotter.
domingo, 30 de diciembre de 2007
Flases (II)
Ésta la debí publicar en su debido momento, pero, por razones que no sé ni yo, la publico ahora.
Diferencias entre unos y otros:
Ruud Van Nistelrooy le dedica su partido a una amiga en estado terminal (16/12/2007).
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Oleguer Presas hace declaraciones en favor del terrorista De Juana (06.02.2007 ).
PD: Soy un perfecto demagogo, vale, pero la frase merece reflexión, ¿o no?
Diferencias entre unos y otros:
Ruud Van Nistelrooy le dedica su partido a una amiga en estado terminal (16/12/2007).
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Oleguer Presas hace declaraciones en favor del terrorista De Juana (06.02.2007 ).
PD: Soy un perfecto demagogo, vale, pero la frase merece reflexión, ¿o no?
Flases
El portero suplente del Fútbol Club Barcelona se lesiona de gravedad durante el partido amistoso disputado en San Mamés entre la selección autonómica del País Vasco y la de Cataluña.
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¿Saldrá ahora el señor Laporta exigiendo compensación ecónomica a su amada selección autonómica catalana?
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¿Saldrá ahora el señor Laporta exigiendo compensación ecónomica a su amada selección autonómica catalana?
jueves, 13 de diciembre de 2007
Hablando de héroes
Hoy voy a hablar de hombres de verdad. Decía en un anterior post que la fórmula 1 de hoy en día carece de la esencia de la auténtica fórmula 1... gracias a Dios. La fórmula uno de antaño no tenía nada que ver con la de ahora. Los hombres que conducían aquellos monoplazas no eran pilotos, sino auténticos héroes del siglo XX. Competir era sobrevivir. Cuando el juego era la vida que diría aquél. Aquellos bólidos eran auténticas bestias amaestradas por hombres excepcionales y conducidos en circuitos de mala muerte. Sí, míticos y grandiosos con trazados monumentales, pero con medidas de seguridad del tercer mundo, donde la muerte estaba al paso de cada curva. Así lo reflejan los libros de historia: hasta 23 pilotos fallecieron en grandes premios, amén también de 29 espectadores y oficiales.Hasta el punto que se afirmaba que un piloto que permaneciese 5 años en activo tenía un 65 por ciento de posibilidades de morir. Los pilotos negociaban con su vida carrera a carrera, todos con el sueño de ser campeón del mundo de fórmula 1. Esa era su meta, la meta de todos ellos. Y para ello no había obstáculo ni barrera que les parara. Ponían su vida en peligro, por tanto, poseían un grado de valor y decisión superior al común del resto de los mortales.
Por consiguiente, hoy toca hablar de uno de ellos. Toca comentar aquel terrible gran premio de Alemania de 1976. La carrera fue en el viejo Nurburgring, el infierno verde, esto es, en el Nordschleife original. El protagonista en sí es el tricampeón mundial austriaco Niki Lauda. Por entonces, llevaba un lustro en la fórmula 1 y ya había conseguido ser campeón del mundo. Se encontraba pues, en camino de su segunda corona mundial. Pero no la lograría ese año. Así, en un primero de agosto de 1976, Lauda se disponía a disputar la décima prueba año. Sin embargo, apenas en la segunda vuelta, se vio envuelto en el mayor desafío de toda su vida. En la curva de Berwerkel, Lauda perdió el control de su coche, se salió de pista donde las escapatorias brillaban por su ausencia, y chocó contra el muro. Su auto se incendió y se quedó hecho un amasijo de chapa y hierros, con el piloto dentro. El mundo se paralizó mientras miraba en directo semejantes escenas por televisión. El resto de coches lo esquivaron a duras penas, no obstante, un italiano, el piloto Arturo Merzario se detuvo y junto con dos pilotos que llegaron después, Harald Ertl y Guy Edwards, lo ayudaron a sacarlo.

Las consecuencias del accidente fueron terribles. Tenía quemaduras de primer y de tercer grado en la cabeza y en las muñecas, varios huesos rotos y los pulmones inundados de gases tóxicos. Además, entró en un coma indefinido. Se trataba de un hombre prácticamente muerto. E incluso le dieron la extrema unción. Esto es, las esperanzas de vida eran nulas. Sin embargo y ante la sorpresa de todos, médicos inclusive, Niki despertó. Había esquivado a la muerte y con un cuerpo mutilado había sobrevivido. Gracias a la rapidez y valentía de aquellos tres pilotos, no perdió la vida en aquella fatídica tarde. A Merzario, el primer piloto que paró, Niki le regaló un reloj de oro en agradecimiento. Y en cuanto a las causas del accidente, tardaron en averiguarse, no en vano, el Ferrari de Lauda había quedado destrozado. Hasta que se confirmó que había sido por un fallo en la suspensión trasera izquierda. Lauda quedó conforme con esa explicación: estaba convencido de que el accidente no pudo haber sido culpa suya, porque se trataba de una curva poco exigente y no había forma de equivocarse. Cosas de genios.
Una experiencia así marca a cualquiera. Pero no a Niki Lauda. Justo después de despertar del coma, lo primero que hizo fue preguntar cuándo sería la próxima carrera. Tenía esposa, hijos, fama, dinero, y había sido campeón del mundo de la categoría reina del automovilismo. Era ya una leyenda viva del automovilismo. Lo tenía todo, no había razón alguna para volver a enfrentarse a la muerte. Pero se trataba de Lauda, el gran Niki Lauda. Con sangre mojando los vendajes de su cabeza, con una oreja menos y en menos de cuarenta días, reapareció en la siguiente carrera, en el circuito de Monza. Al final, no llegó a lograr el campeonato del mundo, le faltó un sólo punto. Pero no tuvo que esperar mucho. Al año siguiente, ganó su segundo título mundial. El que le arrebataron en aquella nefasta curva de Berwerkel. ¿Por qué volvió? Ni lo sé yo ni lo sabe nadie. Lo que sí que sé yo es que huevos como los suyos no los hay.
Pero a día de hoy, año 2007, desgraciadamente, el nombre de Lauda no suena por su hazaña. No, qué va, y al menos en España, su nombre ha sonado por unas desafortunadas declaraciones en contra del ídolo nacional, Fernando Alonso. Todos le han criticado, le han llamado de todo y se han cagado en su familia en pro de defender al guapo de Alonso. Los primeros, los periodistas y después, esa patriótica y sabia afición que tenemos. Y es que, en primer lugar, en este mundo de libertad de expresión, la cual se utiliza y se manipula a mansalva, pero se nombra, que es lo que cuenta; cualquier tipejo, hombre, famoso, mendigo o incluso un servidor en su humilde blog, puede decir lo que le dé la real o república gana. Pero es sobre todo él y todos los pilotos retirados, de las pocas personas que tienen más autorización que nadie para hablar de fórmula 1. De decir lo que le salga de las narices. Y de respetarle. La verdad es que me siento ridículo dando ese primer argumento, no se debería ni pensar, pero viendo el patio... En segundo lugar, nadie cuenta con el factor prensa. Cualquier frase inocente puede convertirse en una declaración de guerra con un simple cambio de letras. Y son ellos, los periodistas, a los que me cisco yo en su conciencias. Ellos profanan las mentiras y confunden a los demás. Porque no sólo le han criticado -cosa totalmente legítima- sino que le han tildado de loco para arriba. Así claro, los aficionados dicen lo que quieren, porque los periodistas también lo dicen. Y ellos saben mucho, no se puede dudar de la inteligencia de un periodista. Es delito. Y eso precisamente es lo que más me duele. Un cronista de fórmula 1 ama por ley a la fórmula uno con todas sus letras , y amar a este deporte significa enamorarte de su historia, de empaparte de leyendas y hazañas. Una de ellas es la de Lauda. Pero ellos no tienen compasión. Todo sea por vender.
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Pero claro, resulta que yo hoy no había venido a escribir de Alonso y demás. Yo hoy he venido a hablar de héroes, como es el gran Niki Lauda.
martes, 16 de octubre de 2007
Cinco días para la carrera del siglo

Lewis Hamilton, Fernando Alonso y Kimi Raikkonen. Estos son los protagonistas de la carrera de fórmula 1 que se disputará en Interlagos, Brasil, el próximo domingo 21. Los tres pelearán por la corona más codiciada del automovilismo mundial (y que me perdonen los norteamericanos). Después de tres meses recorriendo el mundo, el circo de la fórmula uno alcanza su última parada en la tierra de los míticos Fitipaldi, Piquet y Senna. La expectación es máxima. Aquí en España, el diario Marca, ya ha calificado a la carrera como "la carrera del siglo".
Tengo que decir que no me hace mucha gracia eso de la carrera del siglo. Yo, al menos, le pondría un matiz: la carrera del siglo XXI. Eso sí que me convence. Porque, eso de poner en la gran historia de la fórmula uno que la carrera más importante fue una en la que corrió unos tales Hamilton, Raikkonen y Alonso, pues como que dan ganas de hacer puñetas al diario Marca. No es cuestión de quitar méritos y valores a estos tres pilotos, sino se trata de no olvidar los méritos de otros. De los grandes héroes de la fórmula1. De esos que no hay ahora.
Sin embargo, este mundial ha estado muy bien. Bonito, disputado y espectacular. Vale, han habido muchas carreras sosas y tampoco ha hecho mucha gracia el asunto del espionaje. Pero miren, hemos tenido otros años más sosos y el proceso del espionaje ha hecho que al duelo Hamilton versus Alonso se le haya unido un tercer contrincante, Raikkonen. Pues mejor. Ahora, los tres tienen posibilidades. Uno más que otros. Pero las tienen, que es lo que cuenta. Y ya sabemos de la capacidad de la fórmula uno para que las cosas más inverosímiles ocurran en sólo una carrera. Desde que gane Hamilton sin incidente ninguno, hasta que Alonso y Hamilton se estrellen en la primera curva como ya hicieron en su día Senna y Prost en aquel lejano gran premio de Suzuka del 90. Más vale que no ocurra eso, de lo contrario, nos chafarían la carrera, Raikkonen le bastaría con quedar segundo y McLaren haría el ridículo más grande de sus historia.
Ocurra lo que ocurra, lo único que tenemos claro es que, aficionados o no, el domingo tenemos una cita con la fórmula uno que no podemos rechazar. ¡Disfrútemos, pues!
miércoles, 4 de abril de 2007
Los Fabolous Five Bicampeones
Recuerden este quinteto porque ya forma parte de la historia del baloncesto: Humphrey, Brewer, Green, Noah y Al Horford. Hombres que ya alcanzaron la gloria hace un año pero que decidieron quedarse un año más para intentar el asalto el segundo título consecutivo de la Liga Universitaria, a pesar de las rutilantes ofertas de las franquicias NBA.
El caso es que les ha salido bien. Han logrado lo que sólamente seis universidades han logrado, sus nombres se han revalorizado y además se les recordará por el único equipo que pudo con el gran Gred Oden. Y es que la final fue eso: Gred Oden contra Florida Gators. Los de Ohio State dejaron más sólo que nunca a la futura estrella de la NBA. Su pésimo porcentaje de 3, 2 de 19 a falta de 5 minutos para acabar el partido, les delata. Tan sólo Conley Júnior pudo echarle una mano con 20 puntos. Los de Florida llevaron siempre la iniciativa y el rumbo del partido decidiendo cuando, donde y cómo despegarse del partido. El marcador nunca cobró peligro. Y es que contar con un pivot constante como Al Horford que hizo dobles figuras 18-12 y con tiradores letales como Humphrey o Green, 7 triples entre los 2, machaca a cualquiera. Eso sí, respetando al imparable Oden, que campó a sus anchas con sus espectaculares 25 puntos, 13 rebotes y 4 tapones. Al final el MVP fue para Corey Brewer con 13 puntos y 8 rebotes, mientras que el último componente de este quinteto ya mítico, el 4 y líder espiritual de los Gators Joakim Noah, fue el que menos brilló, y es que, entre otras cosas, tuvo que bailar con las más fea (Oden).
El caso es que les ha salido bien. Han logrado lo que sólamente seis universidades han logrado, sus nombres se han revalorizado y además se les recordará por el único equipo que pudo con el gran Gred Oden. Y es que la final fue eso: Gred Oden contra Florida Gators. Los de Ohio State dejaron más sólo que nunca a la futura estrella de la NBA. Su pésimo porcentaje de 3, 2 de 19 a falta de 5 minutos para acabar el partido, les delata. Tan sólo Conley Júnior pudo echarle una mano con 20 puntos. Los de Florida llevaron siempre la iniciativa y el rumbo del partido decidiendo cuando, donde y cómo despegarse del partido. El marcador nunca cobró peligro. Y es que contar con un pivot constante como Al Horford que hizo dobles figuras 18-12 y con tiradores letales como Humphrey o Green, 7 triples entre los 2, machaca a cualquiera. Eso sí, respetando al imparable Oden, que campó a sus anchas con sus espectaculares 25 puntos, 13 rebotes y 4 tapones. Al final el MVP fue para Corey Brewer con 13 puntos y 8 rebotes, mientras que el último componente de este quinteto ya mítico, el 4 y líder espiritual de los Gators Joakim Noah, fue el que menos brilló, y es que, entre otras cosas, tuvo que bailar con las más fea (Oden).
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El quinteto de los Gators, al mando del gran Billy Donovan, ya forma parte con letras de oro de los libros del baloncesto. De hecho, se trata del primer quinteto de la historia de la NCAA que repite título.
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