sábado, 2 de junio de 2018

Zizou y su legado único

Zinedine Zidane, junto con Florentino Pérez, el día de su adiós. Foto de ABC.


«Tomé la decisión de no seguir el próximo año. Quiero mucho a este club», anunciaba Zinedine Zidane, sobrecogiendo el corazón del hincha madridista en su semana más placentera. «Después de tres años, el equipo necesita un cambio para seguir ganando». Sólo cinco días después de coronarse como campeón de Europa, el artífice de una obra irrepetible se despide y deja en el madridismo una sensación de orfandad, como sólo se puede sentir cuando le arrebatan su joya más preciada. No es para menos. El legado del francés es abrumador. No sólo por los títulos y su etapa triunfal, sino sobre todo por la dimensión de la figura de Zidane. Zizou es un tipo especial. Puro carisma. El hombre que lo ha conseguido todo en el fútbol es el mismo que responde que su mejor recuerdo es su presentación como jugador del Real Madrid. «Era un sueño». Es el mismo que se retiró como futbolista antes de sufrir su ocaso, perdonando un último año de contrato; y es el mismo que ahora se marcha en la cima como técnico del Real.

El madridismo se queda sin su gran fetiche. Zidane ha sido un regalo: como jugador, por su fútbol elegante, su clase en el verde y su volea inolvidable en Glasgow; y sobre todo como entrenador, cuyo brillante periplo sorprendió a todos. Nadie esperaba la hoja de ruta que trazó en el banquillo blanco. Aceptó el reto de dirigir a un Madrid inmerso en una crisis y lo recuperó para colocarlo en la final de Milán. Después firmó una temporada perfecta, en juego y resultados, aprovechando al máximo su plantilla (manejaba dos onces competitivos). Reconvirtió a Cristiano Ronaldo y lo potenció, convenciéndole de la importancia de la suplencia, una idea impensable en otro tiempo para el portugués. Y rubricó su gestión con una tercera Copa de Europa consecutiva en su año más complicado.

Tomó decisiones valientes, protegió a sus jugadores, pidió disculpas cuando se equivocó, asumió siempre la responsabilidad, se comportó impoluto con los árbitros y apagó los fuegos diarios del Bernabéu con serenidad. Y lo hizo desde la naturalidad aplastante, sin artificios ni imposturas, sino con su sonrisa, ya icónica. No hay ninguna mancha. Y así permanecerá en el imaginario madridista en el día en que anuncia su adiós. Aunque el madridismo suspira por un «hasta luego», no hay espacio para el reproche. Zidane se lo ha ganado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Decimotercera

Gareth Bale, en el minuto 64. Foto de Robert Ghement (Efe)

Los detalles resuelven el fútbol. La final de Kiev deparó las lágrimas de un portero desdichado en el peor momento, pero también dejó la extraordinaria imagen de un gol de chilena en el instante más decisivo, como es la cima de la Copa de Europa. En un duelo hay otros factores importantes además de los detalles, por supuesto: detrás de los focos del golpeo estelar de Bale encontramos la soberbia actuación de Ramos y Varane anulando al tridente red, el recital silencioso de Benzema bailando su mejor vals y el trabajo de un equipo que capeó el fulgurante inicio del rival para sentirse dominador con el paso de los minutos. El juego pesa y fija el rumbo, aunque no decida tanto como una pelota caprichosa. De disgustos inoportunos bien sabe el madridismo, que se vio obligado a remar como nunca en el partido más angustioso de su historia moderna cuando Casillas –el héroe de tantas noches- salió a no se sabe dónde hasta que una hora después Sergio Ramos, en otro detalle crucial, puso fin a la agonía.

La Decimotercera llegó sin respiro, casi atropellando las anteriores. Apenas da tiempo para valorar la dificultad que supone convertirse en campeón de Europa, no digamos ya la hazaña de conseguirlo en tres ocasiones de forma consecutiva. Mi generación se hizo madridista durante las tres Champions del 98 y al 2002 y sobrevaloró el mérito de la victoria: pasé toda una adolescencia sintiendo la amargura de la derrota. Por eso uno no olvida las seis eliminaciones en octavos ni los golpes de las semifinales; uno todavía recuerda las noches de Lyon, el desastre de la Roma, el dolor de la tanda de penaltis de 2012 y la debacle en Dortmund y su remontada truncada. Los fantasmas pasados siguen ahí, aunque los destierre la poderosa sonrisa de Zidane –cómo sonríe, otro gran detalle-. El madridista se siente ahora feliz, abrazado a Zizou, cuya figura es un regalo para el madridismo.

viernes, 4 de mayo de 2018

La final

22 días. Es el tiempo que queda para la cita de Kiev; es el tiempo que tiene el madridismo para saborear la espera. Después llegará la final, el partido será un infarto y, quién sabe, quizá se pierda y el estado de ánimo se torne en un drama. Pero antes de la taquicardia nadie puede despojarle al hincha blanco de sus días más hermosos y felices. Proezas como jugar cuatro de las últimas cinco finales de la Champions League recuerdan que el madridismo vive para sentir momentos como este. Es incomparable esa sensación. Un madridista promete lealtad eterna a sus colores y soporta tragos amargos (verbigracia: irregularidad en la Liga, clásicos vapuleados) para contar los días que le faltan para su final de la Copa de Europa.

En las jornadas previas al gran escaparate del fútbol, el madridismo se envuelve en historias únicas: los recuerdos de otras finales (que son muchas en este club), las odiseas de los aficionados que viajan a Kiev y el relato de las leyendas que evocan sus duelos en los grandes triunfos e incluso en las derrotas, como aquella tarde aciaga de París de 1981 en la que Camacho tuvo la gloria en sus botas con una vaselina marrada ante precisamente el Liverpool. Y, por supuesto, hay instantes de pánico, en los que se mira al rival como invencible (ciertamente la sonrisa de Klopp produce pavor) y se cree que la victoria será imposible. El respeto a la historia del adversario y la curiosidad por conocer con detalle a sus futbolistas también forman parte de la rutina del finalista.

Se equivocaría el madridista si no valora este periodo de dulce expectación; máxime cuando tiene los precedentes de los 32 años que transcurrieron entre la Sexta y la Séptima y las duras eliminaciones de los doce años entre la Novena y la Décima. El hincha del Real y su cuenta atrás para la final de la Copa de Europa: ¿Qué puede superar este momento?

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 8 de marzo de 2018

El Real y sus enigmas

Foto de Christophe Ena (AP)

Los caminos del Real Madrid son inescrutables. A ver qué analista descifra cómo es posible que el equipo que firma una de las mejores temporadas de su gloriosa historia (la 16/17 fue casi perfecta en juego, resultados y títulos) es el mismo que, meses después, deambula en la Liga, tira la Copa y aun así elimina a uno de los superfavoritos de Europa. Quién diablos entiende a este club. ¿Será capaz de terminar su annus horribilis en Kiev? El desafío es mayúsculo. E insólito. Ya lo era repetir como campeón de la Champions, nadie lo había conseguido hasta entonces, y lo logró: quién si no en la Copa de Europa, el Real en su competición fetiche. ¿Qué es la historia para un club acostumbrado a reescribirla? No pequemos ahora de euforia, el termómetro de la Liga no miente: cuando se rinde mal en el torneo doméstico implica que hay problemas futbolísticos sin resolver. Y la lógica invita a pensar que esas incógnitas se pueden pagar en Europa, ante los rivales más exigentes del continente. Pero también era increíble que este equipo no se pareciera al del curso pasado. En París, el Real volvió a reconocerse a sí mismo: en el duelo crucial, compitió sereno, inteligente y mortal, con el pulso de quien lleva afrontando eliminatorias con éxito desde hace un lustro. Visto así, sorprende que casi esos mismos jugadores patinaran con estrépito una semana antes, en Cornellá. Lo dicho: ¿quién descodifica a este club? Mientras sus hinchas siguen incrédulos, el Madrid ha alargado la tensión de la temporada hasta abril, se ha colado entre los ocho mejores de Europa y ha dado un serio aviso a sus adversarios al fulminar a una de sus mayores amenazas (¿o el PSG ya no es tan bueno ahora?). No es el que el Madrid siempre vuelve: es que nunca se va.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 14 de diciembre de 2017

El privilegio de ver a Xabi Alonso

Xabi Alonso - Foto de 'Ecos del Balón'

Hace sólo seis meses que Xabi Alonso, uno de los futbolistas más fascinantes de la última década, colgó las botas y su nombre vuelve a resonar ahora tras una maravillosa entrevista en Ecos del Balón. El tolosarra demuestra que explica tan bien el fútbol como lo disputaba, desentrañando con maestría las claves de su oficio, el del mediocentro, mientras rememora su trayectoria como jugador de élite. "Antes sólo jugaba al fútbol; en los últimos años jugaba y lo analizaba”, cuenta al tiempo que desmenuza cómo afrontaba sus duelos contra Messi, su fascinación por Valerón y su adaptación a la Premier, entre otros recuerdos. Xabi Alonso firmó una carrera deportiva preciosa, que le llevó a debutar en el equipo de su vida hasta competir en el club más exigente del planeta, pasando también por dos históricos de Inglaterra y Alemania; fue además dirigido por entrenadores tan dispares como exitosos y especiales (Benítez, Mourinho, Guardiola, Aragonés, Del Bosque) y rubricó su expediente con un periodo internacional de gloria en la Selección española. El madridismo, que gozó de sus mejores temporadas, encontró con él la pieza por la que tanto suspiró, ausente durante mucho tiempo (desde Redondo): el gran centrocampista. Su constante evolución, su permanente meta por mejorar (“siempre he querido probarme”), es un ejemplo para los jugadores que vienen. Para los aficionados, queda en la memoria un estilo único de desenvolverse en el césped: el elegante mediocentro de exquisito golpeo, comprometido con su escudo, top en su posición y que no dudaba en ir al suelo. O sea, puro fútbol.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 19 de noviembre de 2017

El drama de Italia

La lluvia cae, el sol se pone por poniente e Italia siempre es un rival temible en una Copa del Mundo. Un dogma imperecedero se resquebrajaba el pasado lunes en San Siro, cuando la selección italiana fue incapaz de salvar su trascendental duelo contra Suecia y se quedaba fuera del gran acontecimiento futbolístico del planeta por primera vez en casi sesenta años. Honores, ante todo, para Suecia, el verdugo y feliz clasificado. Las historias de los imposibles embellecen el deporte, pero un Mundial de fútbol sin Italia es una noticia (deportiva) asombrosa. Todavía muchos no nos los creemos. Como si nos dicen que el Madrid deja de jugar de blanco o que Rafa Nadal es realmente humano. Días antes del fatídico partido, en un diario italiano (según cita la agencia AFP) se comentaba que un campeonato mundial sin Italia "era más improbable que el aterrizaje en la Plaza de San Pedro de una nave espacial llegada de Saturno". El fiasco se ha sentido en tierras transalpinas como una hecatombe, como no podía ser de otra manera en un país que se considera inventor del calcio (para los italianos, los orígenes del balompié se remontan al Medievo florentino). El fútbol italiano busca ahora razones, causas y culpables para soportar el drama. Que su mejor jugador hoy día sea Buffon, el portero, tal vez constituya el primero de los síntomas en una azzurra que históricamente alumbró delanteros y mediapuntas extraordinarios. El legendario guardameta dejó un dignísimo epitafio, aplaudiendo el himno sueco frente a los silbidos y dando la mano al adversario en el término del duelo. Su última imagen queda para la posteridad: las lágrimas de Buffon son el llanto de Italia.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

Foto de Cordon Press.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las Ligas que el Madrid no gana

Alirón Liga 87/88. Foto de Defensa Central.

No hay manera, oiga, de vivir Ligas tranquilas como madridista. Uno creía que había llegado ese culmen deportivo en el que la inercia de los triunfos conduciría a un periodo de calma y estabilidad, pero de nuevo estaba en una ilusión: los puntos se esfuman en las primeras jornadas, el liderato se aleja y el equipo se ve en otra temporada obligado a remar a contracorriente. Tal vez sea un vicio endémico, adquirido en los últimos años, pero no siempre fue así.


La gran diferencia entre el madridista moderno –el que nace y crece, pongamos, en los noventa y el siglo XXI y el madridista clásico –aquel que vivió los ochenta, setenta e incluso los sesenta– es la forma en que afronta la Liga. El estado de ánimo ha variado de un madridismo plácido, cómodo en su rutina de triunfos, propia de una época en la que el Real disputaba como el equipo hegemónico de la competición nacional (el Madrid ganó 19 Ligas desde 1961 hasta 1990), a un madridismo exaltado, inmerso en una era de sobresaltos, y más habituado a dejar escapar Ligas que a conseguirlas.


Alirón Liga 60/61. Foto de Cihefe.

En las pocas veces de la era moderna en las que el Madrid conseguía esa serenidad deseada, esa aburrida tranquilidad que el madridista reclama para sus domingos, el efecto se dilapidó con rapidez. Ocurrió, por ejemplo, con el Madrid de Capello de la 96/97 y con el de Mourinho de la 11/12. Incluso en la etapa de Del Bosque, la última dorada hasta el nuevo reinado de Zidane, el equipo alternaba éxitos con decepciones –sí, se anotó siete títulos, pero también se dejó una Intercontinental y un Centenariazo en casa–.

La irregularidad es la irremediable condena contemporánea, pero a cambio ha gozado de un gen único para las grandes noches. El madridista del nuevo tiempo presenció desastres como los de Tenerife y ridículos como el Alcorconazo, pero también disfrutó de momentos únicos como la Séptima o la Décima y ha sobrevivido –y con éxito- a rivales liderados por Leo Messi –tres Copas de Europas coincidiendo con Messi; no olviden, valórenlo–. 

Así que, pese a que uno anhela tardes soporíferas de victorias, Ligas ganadas en el salón de casa, los tropiezos ligueros sitúan ahora al equipo y al hincha en un escenario que todos conocen muy bien: el Madrid suele funcionar cuando se le entierra en otoño. Hay una sola realidad inalterable a lo largo de la historia, que saben y -temen- sus rivales: el Real siempre vuelve

miércoles, 4 de octubre de 2017

Patriotismo en la Selección

Recuerdo un diagnóstico futbolero que escuché en la antesala de una Eurocopa, cuando en las tertulias entre amiguetes dilucidábamos cómo demonios podía España superar la maldita barrera de los cuartos de final. “Lo que nos pasa”, analizaba un colega, “es que hay jugadores que no sienten la Selección. No se sienten españoles”. Era comienzos de junio de 2008 y el tipo clavó su observación: esos mismos futbolistas se proclamaron campeones de dos Eurocopas y un Mundial.

Como hinchas tendemos a exigir actitud sobre el verde y lo hacemos porque ciertamente el fútbol, en esencia, es pasión. Pero la actitud no deja de constituir un factor más (imprescindible, eso sí) entre otras muchas variables. Resulta absurdo creer que el éxito se explique sólo por derroche de bemoles. La evolución del juego y la alta competición exigen algo más que “echarle huevos”. Un arrebato puede servir para derrotar a un rival, pero suele ser insuficiente para ganar un campeonato. Aquello de ‘la furia española’ quedó anclado en el pasado. 


Y, en consecuencia, resulta ingenuo pensar que en el fútbol de clubes se juegue únicamente por amor a una camiseta y que en las selecciones se haga por amor a una patria. O, al menos, como única causa. Un futbolista puede aceptar la llamada del seleccionador por muchas razones: por experiencia profesional, por prestigio internacional, por sumar currículum, por curiosidad, por dinero, incluso porque le obligan. Etcétera. Y también por representar a su país, por supuesto. Cada uno tiene sus motivaciones individuales. Respetables todas. Y si hay contradicciones, en todo caso son dilemas personales: un asunto del deportista, no del hincha. Exijamos profesionalidad (rendimiento) a los futbolistas, que de sentir los colores ya nos ocupamos los aficionados.


*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Aquel alirón de la Liga de las remontadas



Un servidor, que estuvo aquella tarde en el Bernabéu y fue testigo de la coronación de la Liga más increíble de todas las que celebró el madridismo en su historia, nunca había visto por televisión aquel partido. Diez años después, aquel inolvidable Madrid-Mallorca reapareció de casualidad gracias a YouTube, con el encuentro completo y narrado por el equipo de Canal Plus. Fue imposible resistirse al morbo de confrontar, una década después, los recuerdos con el visionado preciso de los 90 minutos de aquel duelo. Porque sobre aquel día uno conserva intactas las sensaciones, así como las anécdotas contadas tantas veces para rememorar la cita y también las imágenes icónicas que la tele ha ido repitiendo a lo largo de estos años. Pero la memoria apenas custodió el lance del juego: el fútbol y sus circunstancias. No recordaba, por ejemplo, que Ramos (entonces se le nombraba como Sergio Ramos) jugó como central; ni recordaba tampoco la exhibición que derrochó Arango en el Bernabéu.

Me acuerdo -disculpen, pero sólo puedo usar la primera persona- del gol del Mallorca como un escalofrío; mantengo muy presente qué sentí cuando Ruud van Nistelrooy abandonaba el campo lesionado en la primera parte y con el marcador ya adverso; no olvido que dos veces pregunté por el resultado del Barça a mi desconocido vecino de asiento: sin despojarse el auricular de la radio, primero respondió 0-1 y después 0-3. Nunca más volví a preguntarle. Todavía sonrío cuando evoco las palabras que aquel grupo de hinchas gallegos le espetaban a Roberto Carlos desde la grada cuando el lateral defendía a Jonás: "Dale, Roberto, dale". Recuerdo cómo temblaba el estadio con el gol del empate. A fuego quedó grabado el abrazo con el que nos fundimos mi otro vecino de bancada -también desconocido- y yo tras el segundo del Real. Y aún permanece fresco mi estupor al comprobar en el marcador quién había anotado el tanto, cuyo goleador, con el estruendo de la celebración, no dio tiempo a discernir en directo. “¡Diarrá, Diarrá!”, gritábamos incrédulos y sonrientes. Y jamás se borrará el instante del pitido final, las manos en alto, el alivio y el júbilo por un título que se resistió cuatro años y que se consiguió de la manera más inverosímil: a contracorriente, remontando y desafiando cualquier ley de la lógica futbolística. Esos sentimientos son patrimonio sagrado de mi memoria como madridista.

Ante todo, si una sensación perdura es la tensión con la que se vivió el transcurso de los minutos. La Décima fue una agonía hasta el gol de Ramos; la Undécima fue un mar de nervios y la Duodécima, sexo en el paraíso; pero aquel alirón de la trigésima Liga, aquella final liguera en la que el Real ponía fin a cuatro temporadas de fracasos y decepciones, si una impresión predominó en el ambiente fue la tensión.

Preso de ese estado que congela el ánimo, siempre cuento como anécdota que olvidé echar fotos durante el partido. Por supuesto, era un madridista fervoroso que vivía sus años más intensos de militancia madridista, consciente de la importancia del duelo para el club, y la idea de captar imágenes era secundaria; pero también resultaba la segunda vez en mi vida que veía al Real Madrid en directo, en un estadio de fútbol. Y era joven. Compréndanme. Por eso, hipnotizado por todo cuando contemplaba, mi propósito inicial pasaba por fotografiar cualquier detalle que sucedía delante de mis ojos: la llegada al estadio, los hinchas en la Castellana, algún aficionado del Mallorca, el calentamiento de los futbolistas, el trío arbitral, una falta en los primeros minutos… Hasta que Varela heló el Bernabéu con su gol. Sólo cuando terminó el partido y los jugadores, inmersos en la celebración, se acercaron hacia nuestra zona pude caer en la cuenta de que no había fotografiado nada más. Ninguna instantánea más. Pese a mis propósitos iniciales, en ningún momento me acordé de la cámara. Desde entonces tengo claro que las cámaras de fotografías, ahora móviles, en los campos no son cosa de hinchas sino de turistas o de primerizos.

El fútbol recuerda al Real Madrid de la 06-07 como un equipo que se proclamó campeón jugando mal. Y, ciertamente, aquel Madrid tenía muchos problemas. Con una plantilla extrañamente diseñada (cohabitaban veteranos cerca de la decadencia con noveles sin caché; lidiaban futbolistas seleccionados por Capello con otros a los que el entrenador nunca pidió), sin estilo tras una temporada abrupta, salpicada por las derrotas ante rivales menores y las prematuras eliminaciones europeas y coperas, por las críticas furibundas y por un ambiente enrarecido en el club, y abocado a los impulsos de orgullo herido del final del curso; el Madrid se plantó en la jornada 38 sin un fútbol definido. Su juego ofensivo era disperso y efervescente, casi improvisado, confiado al talento de sus jugadores y su instinto competitivo. No, no fue el bloque rocoso que deseaba Capello, y que intentó cimentar con aquel doble pivote Emerson-Diarrá; pero sí exhibió el espíritu ganador que anhelaba el técnico italiano.

Y, claro, aquella tarde no iba a disimular las carencias de todo un año. Y para colmo el Madrid empezó nervioso. El Mallorca, en cambio, sin agobios, se desenvolvía cómodo en el campo madridista, con Jonás perforando por su banda y sobre todo con Arango, que entre líneas hacía daño a la defensa blanca. En una de sus escaramuzas, el venezolano asistió y Varela finalizó. Gol del Mallorca. La tensión, el marcador en contra y un estadio mudo no ayudaban a ubicarse al equipo blanco en el partido. El Madrid palidecía para generar oportunidades y recurría a menudo a los balones largos. No había manera de enlazar con los delanteros. Van Nistelrooy, desconectado; Raúl, desaparecido, dominados ambos por Ballesteros -una leyenda del fútbol secundario-. Diarrá perdió dos balones en sendas conducciones y se lo recriminó el Bernabéu, que poco después coreaba el nombre de Guti, suplente aquella jornada.

La única luz en el juego era Robinho. El brasileño se ofrecía constantemente, pedía la pelota, la buscaba. Y con ella en sus botas, Robinho encaraba, desequilibraba e intentaba asociarse. El juego se desatascaba con sus acciones. También puso el peligro, sorprendentemente, Míchel Salgado (titular por lesión de Miguel Torres), con dos internadas por su banda, caño al rival incluido. E igualmente Beckham, con sus centros y sus faltas, siempre amenazantes. El inglés, una ocasión más -y esta era la última-, se mostró generoso en el esfuerzo y valiente en la actitud. Entre tanto el Barcelona ganaba 0-3 en el minuto 37, según indicaba Carlos Martínez. No hubo más ocasiones y el duelo se marchó al descanso con el madridismo en estado de shock.

Entró Guti por Emerson en la reanudación, pero la balanza no se invirtió. Al menos durante los primeros 20 minutos: ni el Mallorca sufría ni el Madrid encontraba ideas. De nuevo Varela dispuso de una clamorosa oportunidad tras un excelente pase de Aganzo. Tan cómodo discurría el Mallorca que incluso se permitió el lujo de hacer un rondo en una jugada. Los minutos pasaban y el Madrid sólo era capaz de alcanzar la portería rival con dos acciones de Beckham: un centro que Ramos no remató por poco y una falta que se estrelló en el larguero. El inglés, para más inri, se retiraba lesionado. Pero, caprichos del destino, detalles del fútbol, esta desdicha marcó el duelo. Su sustituto, Reyes, cambió el devenir del partido precisamente en el segundo balón que tocó: en el enésimo intento de Robinho por la banda, el brasileño conecta en el área con Higuaín, quien con un espléndido movimiento se deshace de Ballesteros y se la coloca a Reyes. El andaluz chuta al primer palo y marca el empate.

Ya nada fue igual. Todo lo que el Madrid no había logrado con el juego, lo consiguió con la fe y el empuje, que también forman parte del fútbol -dicho sea de paso-. La grada se reactivó y el Real se volcaba. Guti, que casi se autoexpulsa tras un calentón (“El Madrid necesita once jugadores para remontar”, decía Robinson), se adueñó de los mandos y el duelo entró en un trance frenético. Robinho deja en el suelo a Héctor y su disparo roza el palo. El brasileño tira una doble pared con Diarrá, que cae en el área. No hay penalti. Entregado el Madrid en ataque, el Mallorca aprovecha una contra por medio del exculé Maxi López para dar el último susto, desbaratado por Casillas. El conjunto blanco, desatado, mete la quinta marcha. Y otra vez Robinho prueba desde fuera del área, pero Moyá despeja a córner. Fue el momento. Ese saque de esquina acabó en diana. Diarrá remató uno de los goles más importantes -¿y olvidados?- de la historia moderna del madridismo. Por cierto, quien lanzó el córner fue el Pipa, doble asistente, protagonista cuando entonces gozaba de buena estrella (el gol definitivo de la remontada ante el Espanyol, el tanto del alirón que marcaría en Pamplona un año después… El Lyon embrujó a un jugador que se vació sin éxito para triunfar en el Real).

Al poco, Reyes anotaba el tercero y el madridismo se desahogaba al fin: la Liga de las remontadas era suya, era nuestra.






domingo, 24 de septiembre de 2017

Fracasos deportivos

Tantos éxitos nos han malacostumbrado. Se encadenan las glorias de Nadal, Mireia Belmonte, la Undécima, la Duodécima y uno, abrumado ante los triunfos, acaba asumiendo que la victoria es lo habitual y se olvida de que la derrota forma parte del juego. En el deporte de élite se llega al extremo de que no ganar un torneo se recibe como «un fracaso». El calificativo ha alcanzado en el fútbol un cariz demoledor, rotundo, a pesar de que la RAE siga definiendo la palabra simplemente como «resultado adverso».

No ocurre en el baloncesto, más alejado de los maniqueísmos del fútbol, donde nadie ha catalogado como un fiasco el hecho de que España no revalidara su corona europea. Al contrario, queda la sensación de una trayectoria esplendorosa, con nueve medallas en diez Eurobaskets.

«El éxito es estar siempre ahí», comentaba en una entrevista Sergio Rodríguez antes de caer eliminado ante Eslovenia. Ese es, como aficionado, el objetivo que se debería pedir a un equipo o a un deportista: que sea competitivo y pelee por los triunfos; que se codee en el ring de los favoritos; que pugne por la gloria; o sea, que «esté ahí», como dice El Chacho. Porque exigir medallas de oro y dar por sentado que se deben conseguir títulos es irreal. El deporte no es eso: el éxito y el fracaso no se pueden valorar con sólo 90 minutos, o con 40. Y menos cuando, como en la vida, se suele perder más que ganar. Incluso el Real Madrid, por citar un caso de palmarés abundante, ha sumado más temporadas sin campeonatos de Liga (en 53 ocasiones) que con el trofeo en sus vitrinas (33). ¿Tantas veces ha fracasado en su historia? Yo no lo vería así.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.