jueves, 2 de noviembre de 2017

Las Ligas que el Madrid no gana

Alirón Liga 87/88. Foto de Defensa Central.

No hay manera, oiga, de vivir Ligas tranquilas como madridista. Uno creía que había llegado ese culmen deportivo en el que la inercia de los triunfos conduciría a un periodo de calma y estabilidad, pero de nuevo estaba en una ilusión: los puntos se esfuman en las primeras jornadas, el liderato se aleja y el equipo se ve en otra temporada obligado a remar a contracorriente. Tal vez sea un vicio endémico, adquirido en los últimos años, pero no siempre fue así.


La gran diferencia entre el madridista moderno –el que nace y crece, pongamos, en los noventa y el siglo XXI– y el madridista clásico –aquel que vivió los ochenta, setenta e incluso los sesenta– es la forma en que afronta la Liga. El estado de ánimo ha variado de un madridismo plácido, cómodo en su rutina de triunfos, propia de una época en la que el Real disputaba como el equipo hegemónico de la competición nacional (el Madrid ganó 19 Ligas desde 1961 hasta 1990), a un madridismo exaltado, inmerso en una era de sobresaltos, y más habituado a dejar escapar Ligas que a conseguirlas.


Alirón Liga 60/61. Foto de Cihefe.

En las pocas veces de la era moderna en las que el Madrid conseguía esa serenidad deseada, esa aburrida tranquilidad que el madridista reclama para sus domingos, el efecto se dilapidó con rapidez. Ocurrió, por ejemplo, con el Madrid de Capello de la 96/97 y con el de Mourinho de la 11/12. Incluso en la etapa de Del Bosque, la última dorada hasta el nuevo reinado de Zidane, el equipo alternaba éxitos con decepciones –sí, se anotó siete títulos, pero también se dejó una Intercontinental y un Centenariazo en casa–.

La irregularidad es la irremediable condena contemporánea, pero a cambio ha gozado de un gen único para las grandes noches. El madridista del nuevo tiempo presenció desastres como los de Tenerife y ridículos como el Alcorconazo, pero también disfrutó de momentos únicos como la Séptima o la Décima y ha sobrevivido –y con éxito- a rivales liderados por Leo Messi –tres Copas de Europas coincidiendo con Messi; no olviden, valórenlo–. 

Así que, pese a que uno anhela tardes soporíferas de victorias, Ligas ganadas en el salón de casa, los tropiezos ligueros sitúan ahora al equipo y al hincha en un escenario que todos conocen muy bien: el Madrid suele funcionar cuando se le entierra en otoño. Hay una sola realidad inalterable a lo largo de la historia, que saben y -temen- sus rivales: el Real siempre vuelve

miércoles, 4 de octubre de 2017

Patriotismo en la Selección

Recuerdo un diagnóstico futbolero que escuché en la antesala de una Eurocopa, cuando en las tertulias entre amiguetes dilucidábamos cómo demonios podía España superar la maldita barrera de los cuartos de final. “Lo que nos pasa”, analizaba un colega, “es que hay jugadores que no sienten la Selección. No se sienten españoles”. Era comienzos de junio de 2008 y el tipo clavó su observación: esos mismos futbolistas se proclamaron campeones de dos Eurocopas y un Mundial.

Como hinchas tendemos a exigir actitud sobre el verde y lo hacemos porque ciertamente el fútbol, en esencia, es pasión. Pero la actitud no deja de constituir un factor más (imprescindible, eso sí) entre otras muchas variables. Resulta absurdo creer que el éxito se explique sólo por derroche de bemoles. La evolución del juego y la alta competición exigen algo más que “echarle huevos”. Un arrebato puede servir para derrotar a un rival, pero suele ser insuficiente para ganar un campeonato. Aquello de ‘la furia española’ quedó anclado en el pasado. 


Y, en consecuencia, resulta ingenuo pensar que en el fútbol de clubes se juegue únicamente por amor a una camiseta y que en las selecciones se haga por amor a una patria. O, al menos, como única causa. Un futbolista puede aceptar la llamada del seleccionador por muchas razones: por experiencia profesional, por prestigio internacional, por sumar currículum, por curiosidad, por dinero, incluso porque le obligan. Etcétera. Y también por representar a su país, por supuesto. Cada uno tiene sus motivaciones individuales. Respetables todas. Y si hay contradicciones, en todo caso son dilemas personales: un asunto del deportista, no del hincha. Exijamos profesionalidad (rendimiento) a los futbolistas, que de sentir los colores ya nos ocupamos los aficionados.


*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Aquel alirón de la Liga de las remontadas



Un servidor, que estuvo aquella tarde en el Bernabéu y fue testigo de la coronación de la Liga más increíble de todas las que celebró el madridismo en su historia, nunca había visto por televisión aquel partido. Diez años después, aquel inolvidable Madrid-Mallorca reapareció de casualidad gracias a YouTube, con el encuentro completo y narrado por el equipo de Canal Plus. Fue imposible resistirse al morbo de confrontar, una década después, los recuerdos con el visionado preciso de los 90 minutos de aquel duelo. Porque sobre aquel día uno conserva intactas las sensaciones, así como las anécdotas contadas tantas veces para rememorar la cita y también las imágenes icónicas que la tele ha ido repitiendo a lo largo de estos años. Pero la memoria apenas custodió el lance del juego: el fútbol y sus circunstancias. No recordaba, por ejemplo, que Ramos (entonces se le nombraba como Sergio Ramos) jugó como central; ni recordaba tampoco la exhibición que derrochó Arango en el Bernabéu.

Me acuerdo -disculpen, pero sólo puedo usar la primera persona- del gol del Mallorca como un escalofrío; mantengo muy presente qué sentí cuando Ruud van Nistelrooy abandonaba el campo lesionado en la primera parte y con el marcador ya adverso; no olvido que dos veces pregunté por el resultado del Barça a mi desconocido vecino de asiento: sin despojarse el auricular de la radio, primero respondió 0-1 y después 0-3. Nunca más volví a preguntarle. Todavía sonrío cuando evoco las palabras que aquel grupo de hinchas gallegos le espetaban a Roberto Carlos desde la grada cuando el lateral defendía a Jonás: "Dale, Roberto, dale". Recuerdo cómo temblaba el estadio con el gol del empate. A fuego quedó grabado el abrazo con el que nos fundimos mi otro vecino de bancada -también desconocido- y yo tras el segundo del Real. Y aún permanece fresco mi estupor al comprobar en el marcador quién había anotado el tanto, cuyo goleador, con el estruendo de la celebración, no dio tiempo a discernir en directo. “¡Diarrá, Diarrá!”, gritábamos incrédulos y sonrientes. Y jamás se borrará el instante del pitido final, las manos en alto, el alivio y el júbilo por un título que se resistió cuatro años y que se consiguió de la manera más inverosímil: a contracorriente, remontando y desafiando cualquier ley de la lógica futbolística. Esos sentimientos son patrimonio sagrado de mi memoria como madridista.

Ante todo, si una sensación perdura es la tensión con la que se vivió el transcurso de los minutos. La Décima fue una agonía hasta el gol de Ramos; la Undécima fue un mar de nervios y la Duodécima, sexo en el paraíso; pero aquel alirón de la trigésima Liga, aquella final liguera en la que el Real ponía fin a cuatro temporadas de fracasos y decepciones, si una impresión predominó en el ambiente fue la tensión.

Preso de ese estado que congela el ánimo, siempre cuento como anécdota que olvidé echar fotos durante el partido. Por supuesto, era un madridista fervoroso que vivía sus años más intensos de militancia madridista, consciente de la importancia del duelo para el club, y la idea de captar imágenes era secundaria; pero también resultaba la segunda vez en mi vida que veía al Real Madrid en directo, en un estadio de fútbol. Y era joven. Compréndanme. Por eso, hipnotizado por todo cuando contemplaba, mi propósito inicial pasaba por fotografiar cualquier detalle que sucedía delante de mis ojos: la llegada al estadio, los hinchas en la Castellana, algún aficionado del Mallorca, el calentamiento de los futbolistas, el trío arbitral, una falta en los primeros minutos… Hasta que Varela heló el Bernabéu con su gol. Sólo cuando terminó el partido y los jugadores, inmersos en la celebración, se acercaron hacia nuestra zona pude caer en la cuenta de que no había fotografiado nada más. Ninguna instantánea más. Pese a mis propósitos iniciales, en ningún momento me acordé de la cámara. Desde entonces tengo claro que las cámaras de fotografías, ahora móviles, en los campos no son cosa de hinchas sino de turistas o de primerizos.

El fútbol recuerda al Real Madrid de la 06-07 como un equipo que se proclamó campeón jugando mal. Y, ciertamente, aquel Madrid tenía muchos problemas. Con una plantilla extrañamente diseñada (cohabitaban veteranos cerca de la decadencia con noveles sin caché; lidiaban futbolistas seleccionados por Capello con otros a los que el entrenador nunca pidió), sin estilo tras una temporada abrupta, salpicada por las derrotas ante rivales menores y las prematuras eliminaciones europeas y coperas, por las críticas furibundas y por un ambiente enrarecido en el club, y abocado a los impulsos de orgullo herido del final del curso; el Madrid se plantó en la jornada 38 sin un fútbol definido. Su juego ofensivo era disperso y efervescente, casi improvisado, confiado al talento de sus jugadores y su instinto competitivo. No, no fue el bloque rocoso que deseaba Capello, y que intentó cimentar con aquel doble pivote Emerson-Diarrá; pero sí exhibió el espíritu ganador que anhelaba el técnico italiano.

Y, claro, aquella tarde no iba a disimular las carencias de todo un año. Y para colmo el Madrid empezó nervioso. El Mallorca, en cambio, sin agobios, se desenvolvía cómodo en el campo madridista, con Jonás perforando por su banda y sobre todo con Arango, que entre líneas hacía daño a la defensa blanca. En una de sus escaramuzas, el venezolano asistió y Varela finalizó. Gol del Mallorca. La tensión, el marcador en contra y un estadio mudo no ayudaban a ubicarse al equipo blanco en el partido. El Madrid palidecía para generar oportunidades y recurría a menudo a los balones largos. No había manera de enlazar con los delanteros. Van Nistelrooy, desconectado; Raúl, desaparecido, dominados ambos por Ballesteros -una leyenda del fútbol secundario-. Diarrá perdió dos balones en sendas conducciones y se lo recriminó el Bernabéu, que poco después coreaba el nombre de Guti, suplente aquella jornada.

La única luz en el juego era Robinho. El brasileño se ofrecía constantemente, pedía la pelota, la buscaba. Y con ella en sus botas, Robinho encaraba, desequilibraba e intentaba asociarse. El juego se desatascaba con sus acciones. También puso el peligro, sorprendentemente, Míchel Salgado (titular por lesión de Miguel Torres), con dos internadas por su banda, caño al rival incluido. E igualmente Beckham, con sus centros y sus faltas, siempre amenazantes. El inglés, una ocasión más -y esta era la última-, se mostró generoso en el esfuerzo y valiente en la actitud. Entre tanto el Barcelona ganaba 0-3 en el minuto 37, según indicaba Carlos Martínez. No hubo más ocasiones y el duelo se marchó al descanso con el madridismo en estado de shock.

Entró Guti por Emerson en la reanudación, pero la balanza no se invirtió. Al menos durante los primeros 20 minutos: ni el Mallorca sufría ni el Madrid encontraba ideas. De nuevo Varela dispuso de una clamorosa oportunidad tras un excelente pase de Aganzo. Tan cómodo discurría el Mallorca que incluso se permitió el lujo de hacer un rondo en una jugada. Los minutos pasaban y el Madrid sólo era capaz de alcanzar la portería rival con dos acciones de Beckham: un centro que Ramos no remató por poco y una falta que se estrelló en el larguero. El inglés, para más inri, se retiraba lesionado. Pero, caprichos del destino, detalles del fútbol, esta desdicha marcó el duelo. Su sustituto, Reyes, cambió el devenir del partido precisamente en el segundo balón que tocó: en el enésimo intento de Robinho por la banda, el brasileño conecta en el área con Higuaín, quien con un espléndido movimiento se deshace de Ballesteros y se la coloca a Reyes. El andaluz chuta al primer palo y marca el empate.

Ya nada fue igual. Todo lo que el Madrid no había logrado con el juego, lo consiguió con la fe y el empuje, que también forman parte del fútbol -dicho sea de paso-. La grada se reactivó y el Real se volcaba. Guti, que casi se autoexpulsa tras un calentón (“El Madrid necesita once jugadores para remontar”, decía Robinson), se adueñó de los mandos y el duelo entró en un trance frenético. Robinho deja en el suelo a Héctor y su disparo roza el palo. El brasileño tira una doble pared con Diarrá, que cae en el área. No hay penalti. Entregado el Madrid en ataque, el Mallorca aprovecha una contra por medio del exculé Maxi López para dar el último susto, desbaratado por Casillas. El conjunto blanco, desatado, mete la quinta marcha. Y otra vez Robinho prueba desde fuera del área, pero Moyá despeja a córner. Fue el momento. Ese saque de esquina acabó en diana. Diarrá remató uno de los goles más importantes -¿y olvidados?- de la historia moderna del madridismo. Por cierto, quien lanzó el córner fue el Pipa, doble asistente, protagonista cuando entonces gozaba de buena estrella (el gol definitivo de la remontada ante el Espanyol, el tanto del alirón que marcaría en Pamplona un año después… El Lyon embrujó a un jugador que se vació sin éxito para triunfar en el Real).

Al poco, Reyes anotaba el tercero y el madridismo se desahogaba al fin: la Liga de las remontadas era suya, era nuestra.






domingo, 24 de septiembre de 2017

Fracasos deportivos

Tantos éxitos nos han malacostumbrado. Se encadenan las glorias de Nadal, Mireia Belmonte, la Undécima, la Duodécima y uno, abrumado ante los triunfos, acaba asumiendo que la victoria es lo habitual y se olvida de que la derrota forma parte del juego. En el deporte de élite se llega al extremo de que no ganar un torneo se recibe como «un fracaso». El calificativo ha alcanzado en el fútbol un cariz demoledor, rotundo, a pesar de que la RAE siga definiendo la palabra simplemente como «resultado adverso».

No ocurre en el baloncesto, más alejado de los maniqueísmos del fútbol, donde nadie ha catalogado como un fiasco el hecho de que España no revalidara su corona europea. Al contrario, queda la sensación de una trayectoria esplendorosa, con nueve medallas en diez Eurobaskets.

«El éxito es estar siempre ahí», comentaba en una entrevista Sergio Rodríguez antes de caer eliminado ante Eslovenia. Ese es, como aficionado, el objetivo que se debería pedir a un equipo o a un deportista: que sea competitivo y pelee por los triunfos; que se codee en el ring de los favoritos; que pugne por la gloria; o sea, que «esté ahí», como dice El Chacho. Porque exigir medallas de oro y dar por sentado que se deben conseguir títulos es irreal. El deporte no es eso: el éxito y el fracaso no se pueden valorar con sólo 90 minutos, o con 40. Y menos cuando, como en la vida, se suele perder más que ganar. Incluso el Real Madrid, por citar un caso de palmarés abundante, ha sumado más temporadas sin campeonatos de Liga (en 53 ocasiones) que con el trofeo en sus vitrinas (33). ¿Tantas veces ha fracasado en su historia? Yo no lo vería así.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 7 de junio de 2017

La duodécima alegría

Celebración del segundo gol del Real Madrid. Foto de Ángel Martínez (Web del Real Madrid)


Aquella cita célebre de Kevin Keegan («El asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada») es tan bonita e idílica que no resulta necesario matizar que es mentirosa, pero, ay, chico, qué alegría más tonta deja el fútbol. Eso también es la vida, suelo decir a menudo. Cómo no va a formar parte de la vida si en Cardiff los madridistas sufrieron -un poquito-, saltaron, disfrutaron y se proclamaron campeones por duodécima vez. Y cómo no lo van a querer si otra vez reina en Europa.

El madridismo desea tanto este trofeo precisamente porque ningún hincha siente como el madridista cada derrota europea, cada temporada sin la orejona en casa. Porque el éxtasis de la victoria lleva tatuado cada año en que el título no fue suyo. Una exigencia desmedida e irreal, pues en el fútbol se pierde más que se gana incluso compitiendo de blanco, pero los madridistas han convertido ese sentimiento en su patrimonio. Es imposible olvidar que varias generaciones de madridistas lamentaron 32 años de amargas noches en la Copa de Europa y otros soportaron -soportamos- doce inviernos que pesaron como losas hasta que la Décima exorcizó.

La Duodécima, en cambio, irrumpió tan rápida como la Undécima -tan seguidas que apenas dio tiempo a pedirlas-, en una final menos sufrida, pero inmaculada, inapelable y rubricada con el sello de Zidane. La alegría es blanca. Cómo no vamos a disfrutar de esto.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 30 de abril de 2017

Superando el clásico

Leo Messi, tras marcar el gol decisivo. Foto de Marca.

En los años de gloria, cuando el fútbol y la fidelidad a unos colores lo eran todo, perder ante el eterno rival suponía la herida más grave que un hincha podía sufrir. El día siguiente se soportaba con un preceptivo apagón informativo: tras la derrota, no se ponía la tele, ni se leían periódicos ni se hablaba con el vecino. Hay tragos que se superan mejor en silencio. Con el 2-6, por ejemplo, juro que tardé más de cinco años en ver el resumen. Por eso, me sorprendo a mí mismo cuando, de nuevo en un revés, ahora me atrevo a hojear algunas páginas, leyendo a unos, escuchando a otros. Incluso intento comprender, cuando antes ahogaba penas olvidando. Ese maldito gol de Messi escoció como sólo puede doler una derrota en el último instante de un clásico. Pero se entierra como se cicatrizan las heridas de las viejas batallas. Uno recuerda, por ejemplo, que en la misma temporada de la Décima se perdieron ambos duelos de Liga; y la Undécima se logró en el mismo curso en el que se perdió 0-4. Tal vez sea la única lección que haya aprendido con los años: la revancha –la oportunidad de redimirse- en el fútbol siempre vuelve. Y los madridistas todavía estamos a tiempo en la 16/17.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 22 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (II): Madrid-Barça de la 04/05

El clásico de la 04/05 se destapó, ante todo, como la reivindicación del orgullo mancillado del Madrid de los Galácticos. El duelo perdura en la memoria madridista como la última exhibición de una generación irrepetible, como el epílogo de un conjunto que fascinó mucho más que ganó. Fue la redención del viejo rey destronado ante el emergente aspirante, el insolente Barça de Rijkaard, hambriento de fútbol y de títulos. En aquella etapa, el Real competía, a ojos sinceros, como una ruina de equipo, incapaz de sostenerse táctica ni físicamente, discontinuo en el juego y condenado a una renovación profunda. Pero a un partido, ay a un partido, aquella colección de estrellas prejubiladas era temible: aquella calidad legendaria podía esconder un historial de defectos en noventa minutos. Lo demostró un Ronaldo motivado, encarando como en los noventa; lo certificó un -por un día- ordinariamente pragmático Zidane, dispuesto a purgar en labores de intendencia y que no dudó en lanzarse ante el poste en pos del gol; lo atestiguó Roberto Carlos, echándole un pulso a Xavi, a sus piernas y al tiempo. Y lo verificó Beckham, con un pase cartesiano, exento de marketing pero repleto de su mejor leyenda. Los Galácticos dieron un puñetazo en el verde. Fue el último. El triunfo en el clásico no trajo la Liga y los trofeos jamás volverían, pero aquella tarde, ay aquella tarde, los Galácticos se rebelaron para firmar la última página dorada de su historia.


viernes, 21 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (I): Madrid-Barça de la 06/07

El clásico de la 06/07 queda en el recuerdo como una ensoñación de lo que pudo ser y nunca fue en la segunda era de Fabio Capello en el Real. Pocas veces el plan que siempre pergeñó el italiano funcionó como aquel día. Sí, Capello y su Madrid acabaron ganando la Liga, pero con otras armas (la fe como ley salvaje, el orgullo del veterano herido como razón de supervivencia), distintas a las que planificó al principio de la temporada. Pero ese partido, ese clásico de octubre de 2006, el Madrid se erigió compacto, rocoso y solidario, con su doble pivote cipotudo como eje, Guti jugando con libertad en campo contrario y lanzando pases sin juez, Robinho como fuego en verso libre y la efectividad del inolvidable Ruud. Incluso Raúl, el héroe decadente, revivió aquella noche galones pretéritos, con un gol importante en una cita clave. No resultó tampoco el duelo perfecto: Messi, el genio incipiente, encontró las únicas hendiduras del plan, quebrando la cintura de Cannavaro, y provocó las ocasiones del Barça. No entraron y el Madrid voló por el clásico a la manera que siempre soñó Capello para derrotar al vigente campeón de Europa.


domingo, 26 de marzo de 2017

La culpa siempre es del árbitro

Soy tan ingenuo que pienso que los árbitros simplemente se equivocan. Por eso me aburre Piqué con sus tuits, me decepciona Fernando Roig con sus insinuaciones y me resulta indiferente cuando muchos aficionados se quejan de la actuación arbitral en la eliminatoria del Barça ante el PSG. Con los árbitros me pasa lo mismo que con los ciclistas en la carretera: no se encuentran en igualdad de condiciones, por lo que me cuesta oponerme a ellos incluso cuando no aciertan. Son la parte débil del sistema. Los árbitros no son juzgados en las mismas condiciones cuando cargan con decisiones adoptadas en segundos frente a quien tiene a su disposición repeticiones, comentaristas y la barra de un bar dictando cátedra o un timelime ardiendo. Y no lo están tampoco cuando discurren solos y sin voz ni turno de réplica frente al linchamiento mediático. 

Hemos interiorizado tan mal –tan sesgado, tan desproporcionado– el concepto del arbitraje que ya no hay vuelta atrás: el árbitro no se equivoca, nos roba. Es un adversario más dentro del terreno de juego. Sólo a él le negamos el error humano, valga la paradoja, cuando el fútbol es un juego repleto de imprecisiones –¿No falla acaso el delantero, no se defiende mal un córner o el entrenador dispone de un fallido planteamiento?–; y asumimos como rutinarias la intencionalidad, la premeditación y, a menudo, la alevosía. Y lo peor no es el diagnóstico, sino el tratamiento. Apenas se plantean sugerencias para corregir esos errores. ¿En qué y por qué fallan? ¿Hay una preparación deficiente? ¿Necesitan otro asistente? ¿Cómo puede ayudar la tecnología? Ese debate no interesa; preferimos teorías de Villaratos, clasificaciones de la otra Liga y hacernos las víctimas. Es más divertido, desde luego; pero muy injusto.

*Artículo de opinión publicado en La Opinión de Murcia.

jueves, 9 de marzo de 2017

Remontadas europeas

El Barça celebra el gol decisivo, anotado por Sergi Roberto. Foto de Eurosport.


Todavía hay algo peor que tu adversario gane. Que lo haga a tu manera. Que te haga sentir estúpido con tu relato exclusivo. Esa remontada es nuestra, esa gesta lleva la firma del Madrid. La lleva cuando las proezas no tienen explicación. Simplemente suceden porque forman parte de su grandeza: irrumpen y dejan felicidad e incredulidad a partes iguales. Pero no pida una descripción científica. O a ver quién se atreve a descifrar cómo se marcan tres goles en el 88. De repente, surge un golazo inapelable; después se desliza una astucia –seamos elegantes‑ y al final se dispara el fogonazo de la épica: alguien, un anónimo ayer, un héroe después, empuja a la red el balón caído del cielo. Y el estadio se viene abajo mientras las hemerotecas archivan en oro. Pasas a la historia porque, primero, no existe precedente y, segundo, se ha desafiado toda lógica deportiva. Ese prodigio lo consiguió un equipo anoche. Y no fue el Real.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.