domingo, 26 de marzo de 2017

La culpa siempre es del árbitro

Soy tan ingenuo que pienso que los árbitros simplemente se equivocan. Por eso me aburre Piqué con sus tuits, me decepciona Fernando Roig con sus insinuaciones y me resulta indiferente cuando muchos aficionados se quejan de la actuación arbitral en la eliminatoria del Barça ante el PSG. Con los árbitros me pasa lo mismo que con los ciclistas en la carretera: no se encuentran en igualdad de condiciones, por lo que me cuesta oponerme a ellos incluso cuando no aciertan. Son la parte débil del sistema. Los árbitros no son juzgados en las mismas condiciones cuando cargan con decisiones adoptadas en segundos frente a quien tiene a su disposición repeticiones, comentaristas y la barra de un bar dictando cátedra o un timelime ardiendo. Y no lo están tampoco cuando discurren solos y sin voz ni turno de réplica frente al linchamiento mediático. 

Hemos interiorizado tan mal –tan sesgado, tan desproporcionado– el concepto del arbitraje que ya no hay vuelta atrás: el árbitro no se equivoca, nos roba. Es un adversario más dentro del terreno de juego. Sólo a él le negamos el error humano, valga la paradoja, cuando el fútbol es un juego repleto de imprecisiones –¿No falla acaso el delantero, no se defiende mal un córner o el entrenador dispone de un fallido planteamiento?–; y asumimos como rutinarias la intencionalidad, la premeditación y, a menudo, la alevosía. Y lo peor no es el diagnóstico, sino el tratamiento. Apenas se plantean sugerencias para corregir esos errores. ¿En qué y por qué fallan? ¿Hay una preparación deficiente? ¿Necesitan otro asistente? ¿Cómo puede ayudar la tecnología? Ese debate no interesa; preferimos teorías de Villaratos, clasificaciones de la otra Liga y hacernos las víctimas. Es más divertido, desde luego; pero muy injusto.

*Artículo de opinión publicado en La Opinión de Murcia.

jueves, 9 de marzo de 2017

Remontadas europeas

El Barça celebra el gol decisivo, anotado por Sergi Roberto. Foto de Eurosport.


Todavía hay algo peor que tu adversario gane. Que lo haga a tu manera. Que te haga sentir estúpido con tu relato exclusivo. Esa remontada es nuestra, esa gesta lleva la firma del Madrid. La lleva cuando las proezas no tienen explicación. Simplemente suceden porque forman parte de su grandeza: irrumpen y dejan felicidad e incredulidad a partes iguales. Pero no pida una descripción científica. O a ver quién se atreve a descifrar cómo se marcan tres goles en el 88. De repente, surge un golazo inapelable; después se desliza una astucia –seamos elegantes‑ y al final se dispara el fogonazo de la épica: alguien, un anónimo ayer, un héroe después, empuja a la red el balón caído del cielo. Y el estadio se viene abajo mientras las hemerotecas archivan en oro. Pasas a la historia porque, primero, no existe precedente y, segundo, se ha desafiado toda lógica deportiva. Ese prodigio lo consiguió un equipo anoche. Y no fue el Real.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

domingo, 22 de enero de 2017

El madridismo y su dosis de histeria

Por fin el madridismo está cómodo. Ya era hora. Tanta felicidad nos había situado en un terreno desconocido: el placebo que aparece cuando todo salía rodado era una sensación poco habitual, tanto que nos mosqueaba. Las derrotas contra el Sevilla en Liga y ante el Celta en Copa nos devuelven a un escenario que reconocemos mejor: las críticas, el pesimismo y el sobresalto. Es decir, la histeria. También nos sobrevuela el supersticioso recuerdo del Madrid de Queiroz, que se desplomó tras un inicio brillante, así como el de Ancelotti; así que más nos valía acelerar cuanto antes la caída, para luego poder estar a tiempo de corregir –lo que definimos como remontar–. Y, además, nueve meses –el tiempo que duró la racha merengue sin perder– suponían demasiado silencio para los antimadridistas: había que concederles ya su derecho a ser felices. Resulta curioso cómo gran parte del madridismo de la historia moderna –la que, digamos, nació tras los desastres de Tenerife– asume que funciona mejor a contracorriente, sin el cartel de favorito y cuando todos le dan por muerto. Parece que lo deseamos incluso cuando no hay motivos. Al menos, de momento. Pues exceptuando tal vez la época de Mourinho y Guardiola –con equipos rozando y alcanzando los 100 puntos– las temporadas nunca son arrolladoras. Ni en resultados ni menos aún en juego. Los altibajos son circunstancias naturales del deporte. Y de su gestión dependen en buena medida los resultados finales. Por ejemplo: aunque parezca increíble, aún tiene arreglo la Copa. El fin del mundo que tanto nos gusta todavía no ha llegado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Educación en el fútbol

Ocurrió hace poco, en un partido de fútbol disputado en Huelva. Los entrenadores de dos equipos rivales detuvieron el juego ante los insultos que la grada vociferaba hacia el árbitro. Los técnicos se revolvieron y exigieron a los hinchas, sus aficionados, que se calmaran y dejaran de increpar. La grada eran los propios familiares de los jugadores: padres de futbolistas de once años. Este gesto insólito –cuyo relato escuché en la COPE– ocurrió hace unas semanas, pero los insultos se suceden a menudo en los campos de fútbol base. Es una situación muy grave. Nos llenamos la boca exigiendo ejemplaridad al jugador de élite –una responsabilidad desmesurada, a mi juicio– y despreciamos que el problema se encuentra muy cerca, dentro de casa. Porque, por más que insistan, una actitud pendenciera de una estrella, un peinado rimbombante e incluso una declaración soez no va a condicionar decisivamente la formación de un menor. Sin embargo, un energúmeno que en su tiempo libre con su hijo chilla e insulta a un árbitro –o al rival, o a otra persona– es un irresponsable, que falla con su primer deber como padre. El niño mira, observa y aprende; no los minusvaloremos, pero su mirada necesita referencias, la guía de un adulto. Esa influencia la ejerce su entorno más directo: el padre, el maestro, el entrenador. Y no Messi ni Cristiano.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 12 de diciembre de 2016

El mito de Sergio Ramos

Foto de Getty Imágenes.

Se empeña Sergio Ramos en reescribir su leyenda a fuerza de transformar lo excepcional –el gol decisivo en los últimos minutos– en rutina. El camero es un jugador especial: sus frecuentes excesos pueden exasperar a la misma hinchada que después celebra absorta sus hazañas. Tal vez por eso resulta complicado ser ecuánime con Ramos. Su trayectoria es la de un futbolista con un extraordinario potencial que apenas canalizó en regularidad ni en constancia. Sólo le recuerdo una temporada completa rindiendo a gran nivel –la 11/12, asentado ya como central–. Pero el fútbol también se explica con instantes en momentos cruciales; es decir, una volea sublime en Glasgow o una parada inverosímil en Johannesburgo. Y aquel cabezazo en el 92.48 en Lisboa colocó a Ramos en terreno sagrado de la historia del Real Madrid –palabras mayores–. Lo sorprendente ahora es que aquel cabezazo queda como el primero de una muesca asombrosa. Esta virtud sólo está al alcance de futbolistas únicos; una cualidad muy propia de lo que, año tras año, nos costaba creer que teníamos ante nosotros: un genio.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

martes, 5 de julio de 2016

El regreso del 'Chacho' a la NBA



La noticia del regreso de Sergio Rodríguez a la NBA genera un cierto escepticismo: a sus treinta años y asentado en el mejor momento de su carrera, ¿acierta el 'Chacho' renunciando a un hábitat favorable -el básquet FIBA-, que domina y a menudo deslumbra con su talento, embarcado además en un proyecto ganador con un rol importante? La NBA acarrea un reto difícil y supone abandonar la zona de confort; pero nunca olvidemos que es la cima: la NBA es el sueño de todo jugador de baloncesto. Sobresalir en Europa no simboliza lo mismo que hacerlo en el escaparate norteamericano. Otrosí: la oferta obsequia una nómina demasiado bien pagada (8 kilos de dólares) como para no pensárselo. Y la experiencia fallida de antaño sólo se tiene que asumir como una brújula para no tropezar en errores de bisoñez y sortear peligros conocidos. Figurará en un equipo perdedor, el peor de la Liga, lo que conlleva sus contras –muy obvios-, pero también sus pros –más protagonismo, más visibilidad-. Un ‘Chacho’ pletórico, con la misma confianza que gozó en el ‘lasismo’, no debe temer a nada: ni a ningún base físico rival ni a ningún entrenador desconfiado.

lunes, 30 de mayo de 2016

Y nada más

Sergio Ramos alza la Undécima Copa de Europa. Foto de Mundo Deportivo.

Lo sabemos: ni salud ni dinero, ni esconde los problemas cotidianos ni nunca los solucionará, pero el alegrón que provoca el fútbol es inmenso. Único e incomparable. La vida también es esto. Milán albergó un duelo de la Copa de Europa agónico y cardíaco para sus hinchas y que reparó un final despiadado para todos: madridistas expiados de la angustia, atléticos sumidos en la tristeza y antimadridistas abocados a la frustración –sí, los «cholistas por un día» y los «cholo pienso en ti»–. El fútbol también produce amargura; cómo si no, cuando la gloria se escapa por dos minutos en Lisboa y ahora se esfuma en un marrado penalti. Pero la epopeya que ha rubricado Simeone en un lustro es demasiado elocuente como para no creer que surgirá una nueva oportunidad. Siempre hay una revancha en el fútbol: el mismo equipo vapuleado en el clásico del Bernabéu, ridiculizado en la Copa y que destituyó a su técnico es quien ahora saborea la Undécima. El Real no entiende de proyectos ni sabe vivir sin sobresaltos, pero, mientras nos desquicia, sigue ensanchando su histórica leyenda.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Madridismo dolorido

Es doloroso, pero el madridismo se ha acostumbrado a sufrir humillaciones históricas cuando juega contra su eterno rival. Disculpen el exabrupto deportivo en este ´Buenos días´, y sí, el fútbol no da soluciones ni elude los problemas cotidianos, como recuerda a menudo Relaño, pero emociona y sobrecoge a demasiada gente como para aplicar soflamas mojigatas. La vida también es esto. Y el Madrid volvió a claudicar ante el Barça. La grada descargó contra el palco, que resetea proyectos sin criterio, abonado al 'cortoplacismo'; la prensa deportiva señala al entrenador, pese a que puso el equipo que ellos querían de antemano. Con todo, Benítez, que presume de cuidar la pizarra, alineó un once inédito esta temporada; sin rodaje, expuesto a grietas, vulnerable en defensa, sin ideas con la pelota. Cursimente ofensivo, como querían, pero incapaz. La quema también afecta a los jugadores, cómo no. Pero la ecuación en el deporte suele ser mucho más sencilla: enfrente hubo un adversario superior, que disfruta cuando huele la sangre en el Bernabéu. No queda más que esperar la revancha. El fútbol también es esto.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

lunes, 31 de agosto de 2015

Usain Bolt

Sucede a menudo que las proezas del deporte quedan infravaloradas con el paso del tiempo. Lo que supone una asombrosa hazaña acaba arrinconada cuando otro deportista, aún más audaz, supera la marca y establece un nuevo hito. Creíamos que nadie batiría los siete oros de Spitz en unos Juegos y un tiburón llamado Phelps irrumpió para derrocar su vetusto récord; pensábamos que el tenis nunca conocería tenistas como Borg y McEnroe, o después Sampras y Agassi, y surgieron Federer y Nadal; nunca imaginábamos que la Liga volvería a contemplar registros goleadores como en los años cincuenta y ahí están Messi y Cristiano, destrozando los topes históricos. Todo queda y todo pasa, que diría aquél y cantaría otro. Y tampoco pensamos que el atletismo engendraría un fenómeno como Usain Bolt. El jamaicano acaba de coronarse en los Mundiales de Pekín como el atleta con más medallas de oro de la historia, un colofón a una inmaculada trayectoria en la que apenas ha sentido la derrota, más propia de un tirano. Su gesta trasciende al deporte: aún ostenta el título de hombre más rápido del planeta. Toca la admiración... hasta que aparezca otra leyenda.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 11 de julio de 2015

Casillas, por última vez



Yo quiero ser Jabois, he dicho más de una vez, para escribir hagiografías como las que firma ahora en 'El País'. Para hablar del portero legendario y su ocaso deportivo sin quitarme el sombrero. Para referirme con su verdad de la razón y su talento de la expresión sobre el portero madridista que aunaba cualidades extraordinarias con vicios mundanos que nunca corrigió. La fotogénica agilidad para la estirada, la habilidad para el mano a mano, sus reflejos y nada más; la parada imposible, el don para ser decisivo en el día más importante. En eso era sobresaliente.

Sí, Casillas volaba y obraba milagros, aunque tal vez su mayor mérito futbolístico fue su capacidad para ocultar sus defectos y enaltecer sus virtudes (por eso es el yerno deseado). Pues nunca enmendó su inseguridad en el juego aéreo, ni su nulidad en las salidas, ni su impotencia para ordenar a sus defensas ni su torpeza con los pies. En eso era deficiente.

Con todo, era el portero anti-manual, que no blocaba los balones porque se fiaba de su instinto; el arquero imbatible bajo los palos, pero temeroso fuera de ellos. Sin embargo, la media refleja trato de leyenda porque alcanzó el Olimpo y los cancerberos prodigiosos de la Academia consiguieron menos. Porque Casillas se la sacó a Robben, y ganamos y fuimos campeones del mundo, y punto.

Hay una cuestión que quiero resaltar en el análisis de Jabois: pone negro sobre blanco el pésimo rendimiento de Casillas en aquellos primeros seis meses de la 2012/13. Dimes y diretes con Mourinho aparte, el portero cosechó un mal rendimiento. Había argumentos deportivos que sopesar, fundamentos tal vez insuficientes ante un imberbe Adán, pero condenatorios ante un Diego López sobrado de razones, el artífice de la meritocracia.

Algo se torció ahí, en efecto, porque la equilibrada balanza que siempre cultivó Casillas se resquebrajó. Perdió toda su confianza y afloraron todas sus miserias, incluso con la solución salomónica de Ancelotti. Desbordado, la parada milagrosa y el instante salvador nunca emergieron. Fue una pena que su declive adquiriera tintes 'Kahnescos', con sonadas cantadas impropias de su categoría, inmerecidas. Pero era una leyenda en decadencia. Una caída que él nunca admitió, porque no quiso, no lo veía o no le dejaron diagnosticar. “Es que me veo bien. Soy el primero en reconocer que si las cosas no van bien me voy. Pero no es así”, dijo cuando concluyó una de sus peores temporadas: la última.

No dramaticemos llegado el momento. El Madrid rompió con Di Stéfano y hubo otras cinco Copas de Europa; el club superó a Santillana y hubo otros mitos; Raúl jubiló a Butragueño y nadie le echó de menos; la Décima llegó sin González Blanco. Y nunca añoramos su decadencia, sino que recordamos su monumento. Toca ahora con Iker Casillas: era ley de vida –futbolística-.