miércoles, 4 de octubre de 2017

Patriotismo en la selección

Recuerdo un diagnóstico futbolero que escuché en la antesala de una Eurocopa, cuando en las tertulias entre amiguetes dilucidábamos cómo demonios podía España superar la maldita barrera de los cuartos de final. “Lo que nos pasa”, analizaba un colega, “es que hay jugadores que no sienten la selección. No se sienten españoles”. Era comienzos de junio de 2008 y el tipo clavó su observación: esos mismos futbolistas se proclamaron campeones de dos Eurocopas y un Mundial.

Como hinchas, tendemos a exigir actitud sobre el verde y lo hacemos porque ciertamente el fútbol, en esencia, es pasión. Pero la actitud no deja de constituir un factor más (imprescindible, eso sí) entre otras muchas variables. Resulta absurdo creer que el éxito se explique sólo por derroche de bemoles. La evolución del juego y la alta competición exigen algo más que “echarle huevos”. Un arrebato puede servir para derrotar a un rival, pero suele ser insuficiente para ganar un campeonato. Aquello de ‘la furia española’ quedó anclado en el pasado.

Y, en consecuencia, resulta ingenuo pensar que en el fútbol de clubes se juegue únicamente por amor a una camiseta y que en las selecciones se haga por amor a una patria. O, al menos, como única causa. Un futbolista puede aceptar la llamada por muchas razones: por experiencia profesional, por prestigio internacional, por sumar currículum, por curiosidad, por dinero, incluso porque le obligan. Etcétera. Y también por representar a su país, por supuesto. Cada uno tiene sus motivaciones individuales. Respetables todas. Y si hay contradicciones, en todo caso son dilemas personales: un asunto del deportista, no del hincha. Exijamos profesionalidad (rendimiento) a los futbolistas, que de sentir los colores ya nos ocupamos los aficionados.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Aquel alirón de la Liga de las remontadas



Un servidor, que estuvo aquella tarde en el Bernabéu y fue testigo de la coronación de la Liga más increíble de todas las que celebró el madridismo en su historia, nunca había visto por televisión aquel partido. Diez años después, aquel inolvidable Madrid-Mallorca reapareció de casualidad gracias a YouTube, con el encuentro completo y narrado por el equipo de Canal Plus. Fue imposible resistirse al morbo de confrontar, una década después, los recuerdos con el visionado preciso de los 90 minutos de aquel duelo. Porque sobre aquel día uno conserva intactas las sensaciones, así como las anécdotas contadas tantas veces para rememorar la cita y también las imágenes icónicas que la tele ha ido repitiendo a lo largo de estos años. Pero la memoria apenas custodió el lance del juego: el fútbol y sus circunstancias. No recordaba, por ejemplo, que Ramos (entonces se le nombraba como Sergio Ramos) jugó como central; ni recordaba tampoco la exhibición que derrochó Arango en el Bernabéu.

Me acuerdo -disculpen, pero sólo puedo usar la primera persona- del gol del Mallorca como un escalofrío; mantengo muy presente qué sentí cuando Ruud van Nistelrooy abandonaba el campo lesionado en la primera parte y con el marcador ya adverso; no olvido que dos veces pregunté por el resultado del Barça a mi desconocido vecino de asiento: sin despojarse el auricular de la radio, primero respondió 0-1 y después 0-3. Nunca más volví a preguntarle. Todavía sonrío cuando evoco las palabras que aquel grupo de hinchas gallegos le espetaban a Roberto Carlos desde la grada cuando el lateral defendía a Jonás: "Dale, Roberto, dale". Recuerdo cómo temblaba el estadio con el gol del empate. A fuego quedó grabado el abrazo con el que nos enfundamos mi otro vecino de bancada -también desconocido- y yo tras el segundo del Real. Y aún permanece fresco mi estupor al comprobar en el marcador quién había anotado el tanto, cuyo goleador, con el estruendo de la celebración, no dio tiempo a discernir en directo. “¡Diarrá, Diarrá!”, gritábamos incrédulos y sonrientes. Y jamás se borrará el instante del pitido final, las manos en alto, el alivio y el júbilo por un título que se resistió cuatro años y que se consiguió de la manera más inverosímil: a contracorriente, remontando y desafiando cualquier ley de la lógica futbolística. Esos sentimientos son patrimonio sagrado de mi memoria como madridista.

Ante todo, si una sensación perdura es la tensión con la que se vivió el transcurso de los minutos. La Décima fue angustia hasta el gol de Ramos; la Undécima fue nerviosismo y la Duodécima, regocijo; pero aquel alirón de la trigésima Liga, aquella final liguera en la que el Real ponía fin a cuatro temporadas de fracasos y decepciones, si una impresión predominó en el ambiente fue la tensión.

Preso de ese estado que congela el ánimo, siempre cuento como anécdota que olvidé echar fotos durante el partido. Por supuesto, era un madridista fervoroso que vivía sus años más intensos de militancia madridista, consciente de la importancia del duelo para el club, y la idea de captar imágenes era secundaria; pero también resultaba la segunda vez en mi vida que veía al Real Madrid en directo, en un estadio de fútbol. Y era joven. Compréndanme. Por eso, hipnotizado por todo cuando contemplaba, mi propósito inicial pasaba por fotografiar cualquier detalle que sucedía delante de mis ojos: la llegada al estadio, los hinchas en la Castellana, algún aficionado del Mallorca, el calentamiento de los futbolistas, el trío arbitral, una falta en los primeros minutos… Hasta que Varela heló el Bernabéu con su gol. Sólo cuando terminó el partido y los jugadores, inmersos en la celebración, se acercaron hacia nuestra zona pude caer en la cuenta de que no había fotografiado nada más. Ninguna instantánea más. Pese a mis propósitos iniciales, en ningún momento me acordé de la cámara. Desde entonces tengo claro que las cámaras de fotografías, ahora móviles, en los campos no son cosa de hinchas sino de turistas o de primerizos.

El fútbol recuerda al Real Madrid de la 06-07 como un equipo que se proclamó campeón jugando mal. Y, ciertamente, aquel Madrid tenía muchos problemas. Con una plantilla extrañamente diseñada (cohabitaban veteranos cerca de la decadencia con noveles sin caché; lidiaban futbolistas seleccionados por Capello con otros a los que el entrenador nunca pidió), sin estilo tras una temporada abrupta, salpicada por las derrotas ante rivales menores y las prematuras eliminaciones europeas y coperas, por las críticas furibundas y por un ambiente enrarecido en el club, y abocado a los impulsos de orgullo herido del final del curso; el Madrid se plantó en la jornada 38 sin un fútbol definido. Su juego ofensivo era disperso y efervescente, casi improvisado, confiado al talento de sus jugadores y su instinto competitivo. No, no fue el bloque rocoso que deseaba Capello, y que intentó cimentar con aquel doble pivote Emerson-Diarrá; pero sí exhibió el espíritu ganador que anhelaba el técnico italiano.

Y, claro, aquella tarde no iba a disimular las carencias de todo un año. Y para colmo el Madrid empezó nervioso. El Mallorca, en cambio, sin agobios, se desenvolvía cómodo en el campo madridista, con Jonás perforando por su banda y sobre todo con Arango, que entre líneas hacía daño a la defensa blanca. En una de sus escaramuzas, el venezolano asistió y Varela finalizó. Gol del Mallorca. La tensión, el marcador en contra y un estadio mudo no ayudaban a ubicarse al equipo blanco en el partido. El Madrid palidecía para generar oportunidades y recurría a menudo a los balones largos. No había manera de enlazar con los delanteros. Van Nistelrooy, desconectado; Raúl, desaparecido, dominados ambos por Ballesteros -una leyenda del fútbol secundario-. Diarrá perdió dos balones en sendas conducciones y se lo recriminó el Bernabéu, que poco después coreaba el nombre de Guti, suplente aquella jornada.

La única luz en el juego era Robinho. El brasileño se ofrecía constantemente, pedía la pelota, la buscaba. Y con ella en sus botas, Robinho encaraba, desequilibraba e intentaba asociarse. El juego se desatascaba con sus acciones. También puso el peligro, sorprendentemente, Míchel Salgado (titular por lesión de Miguel Torres), con dos internadas por su banda, caño al rival incluido. E igualmente Beckham, con sus centros y sus faltas, siempre amenazantes. El inglés, una ocasión más -y esta era la última-, se mostró generoso en el esfuerzo y valiente en la actitud. Entre tanto el Barcelona ganaba 0-3 en el minuto 37, según indicaba Carlos Martínez. No hubo más ocasiones y el duelo se marchó al descanso con el madridismo en estado de shock.

Entró Guti por Emerson en la reanudación, pero la balanza no se invirtió. Al menos durante los primeros 20 minutos: ni el Mallorca sufría ni el Madrid encontraba ideas. De nuevo Varela dispuso de una clamorosa oportunidad tras un excelente pase de Aganzo. Tan cómodo discurría el Mallorca que incluso se permitió el lujo de hacer un rondo en una jugada. Los minutos pasaban y el Madrid sólo era capaz de alcanzar la portería rival con dos acciones de Beckham: un centro que Ramos no remató por poco y una falta que se estrelló en el larguero. El inglés, para más inri, se retiraba lesionado. Pero, caprichos del destino, detalles del fútbol, esta desdicha marcó el duelo. Su sustituto, Reyes, cambió el devenir del partido precisamente en el segundo balón que tocó: en el enésimo intento de Robinho por la banda, el brasileño conecta en el área con Higuaín, quien con un espléndido movimiento se deshace de Ballesteros y se la coloca a Reyes. El andaluz chuta al primer palo y marca el empate.

Ya nada fue igual. Todo lo que el Madrid no había logrado con el juego, lo consiguió con la fe y el empuje, que también forman parte del fútbol -dicho sea de paso-. La grada se reactivó y el Real se volcaba. Guti, que casi se autoexpulsa tras un calentón (“El Madrid necesita once jugadores para remontar”, decía Robinson), se adueñó de los mandos y el duelo entró en un trance frenético. Robinho deja en el suelo a Héctor y su disparo roza el palo. El brasileño tira una doble pared con Diarrá, que cae en el área. No hay penalti. Entregado el Madrid en ataque, el Mallorca aprovecha una contra por medio del exculé Maxi López para dar el último susto, desbaratado por Casillas. El conjunto blanco, desatado, mete la quinta marcha. Y otra vez Robinho prueba desde fuera del área, pero Moyá despeja a córner. Fue el momento. Ese saque de esquina acabó en diana. Diarrá remató uno de los goles más importantes -¿y olvidados?- de la historia moderna del madridismo. Por cierto, quien lanzó el córner fue el Pipa, doble asistente, protagonista cuando entonces gozaba de buena estrella (el gol definitivo de la remontada ante el Espanyol, el tanto del alirón que marcaría en Pamplona un año después… El Lyon embrujó a un jugador que se vació sin éxito para triunfar en el Real).

Al poco, Reyes anotaba el tercero y el madridismo se desahogaba al fin: la Liga de las remontadas era suya, era nuestra.






sábado, 22 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (II): Madrid-Barça de la 04/05

El clásico de la 04/05 se destapó, ante todo, como la reivindicación del orgullo mancillado del Madrid de los Galácticos. El duelo perdura en la memoria madridista como la última exhibición de una generación irrepetible, como el epílogo de un conjunto que fascinó mucho más que ganó. Fue la redención del viejo rey destronado ante el emergente aspirante, el insolente Barça de Rijkaard, hambriento de fútbol y de títulos. En aquella etapa, el Real competía, a ojos sinceros, como una ruina de equipo, incapaz de sostenerse táctica ni físicamente, discontinuo en el juego y condenado a una renovación profunda. Pero a un partido, ay a un partido, aquella colección de estrellas prejubiladas era temible: aquella calidad legendaria podía esconder un historial de defectos en noventa minutos. Lo demostró un Ronaldo motivado, encarando como en los noventa; lo certificó un -por un día- ordinariamente pragmático Zidane, dispuesto a purgar en labores de intendencia y que no dudó en lanzarse ante el poste en pos del gol; lo atestiguó Roberto Carlos, echándole un pulso a Xavi, a sus piernas y al tiempo. Y lo verificó Beckham, con un pase cartesiano, exento de marketing pero repleto de su mejor leyenda. Los Galácticos dieron un puñetazo en el verde. Fue el último. El triunfo en el clásico no trajo la Liga y los trofeos jamás volverían, pero aquella tarde, ay aquella tarde, los Galácticos se rebelaron para firmar la última página dorada de su historia.


viernes, 21 de abril de 2017

Recuerdos de un clásico (I): Madrid-Barça de la 06/07

El clásico de la 06/07 queda en el recuerdo como una ensoñación de lo que pudo ser y nunca fue en la segunda era de Fabio Capello en el Real. Pocas veces el plan que siempre pergeñó el italiano funcionó como aquel día. Sí, Capello y su Madrid acabaron ganando la Liga, pero con otras armas (la fe como ley salvaje, el orgullo del veterano herido como razón de supervivencia), distintas a las que planificó al principio de la temporada. Pero ese partido, ese clásico de octubre de 2006, el Madrid se erigió compacto, rocoso y solidario, con su doble pivote cipotudo como eje, Guti jugando con libertad en campo contrario y lanzando pases sin juez, Robinho como fuego en verso libre y la efectividad del inolvidable Ruud. Incluso Raúl, el héroe decadente, revivió aquella noche galones pretéritos, con un gol importante en una cita clave. No resultó tampoco el duelo perfecto: Messi, el genio incipiente, encontró las únicas hendiduras del plan, quebrando la cintura de Cannavaro, y provocó las ocasiones del Barça. No entraron y el Madrid voló por el clásico a la manera que siempre soñó Capello para derrotar al vigente campeón de Europa.


jueves, 9 de marzo de 2017

Remontadas

Todavía hay algo peor que tu adversario gane. Que lo haga a tu manera. Que te haga sentir estúpido con tu relato exclusivo. Esa remontada es nuestra, esa gesta lleva la firma del Madrid. La lleva cuando las proezas no tienen explicación. Simplemente suceden porque forman parte de su grandeza: irrumpen y dejan felicidad e incredulidad a partes iguales. Pero no pida una descripción científica. O a ver quién se atreve a descifrar cómo se marcan tres goles en el 88. De repente, surge un golazo inapelable; después se desliza una astucia –seamos elegantes‑ y al final se dispara el fogonazo de la épica: alguien, un anónimo ayer, un héroe después, empuja a la red el balón caído del cielo. Y el estadio se viene abajo mientras las hemerotecas archivan en oro. Pasas a la historia porque, primero, no existe precedente y, segundo, se ha desafiado toda lógica deportiva. Ese prodigio lo consiguió un equipo anoche. Y no fue el Real.

martes, 5 de julio de 2016

El regreso del 'Chacho' a la NBA



La noticia del regreso de Sergio Rodríguez a la NBA genera un cierto escepticismo: a sus treinta años y asentado en el mejor momento de su carrera, ¿acierta el 'Chacho' renunciando a un hábitat favorable -el básquet FIBA-, que domina y a menudo deslumbra con su talento, embarcado además en un proyecto ganador con un rol importante? La NBA acarrea un reto difícil y supone abandonar la zona de confort; pero nunca olvidemos que es la cima: la NBA es el sueño de todo jugador de baloncesto. Sobresalir en Europa no simboliza lo mismo que hacerlo en el escaparate norteamericano. Otrosí: la oferta obsequia una nómina demasiado bien pagada (8 kilos de dólares) como para no pensárselo. Y la experiencia fallida de antaño sólo se tiene que asumir como una brújula para no tropezar en errores de bisoñez y sortear peligros conocidos. Figurará en un equipo perdedor, el peor de la Liga, lo que conlleva sus contras –muy obvios-, pero también sus pros –más protagonismo, más visibilidad-. Un ‘Chacho’ pletórico, con la misma confianza que gozó en el ‘lasismo’, no debe temer a nada: ni a ningún base físico rival ni a ningún entrenador desconfiado.

sábado, 11 de julio de 2015

Casillas, por última vez



Yo quiero ser Jabois, he dicho más de una vez, para escribir hagiografías como las que firma ahora en 'El País'. Para hablar del portero legendario y su ocaso deportivo sin quitarme el sombrero. Para referirme con su verdad de la razón y su talento de la expresión sobre el portero madridista que aunaba cualidades extraordinarias con vicios mundanos que nunca corrigió. La fotogénica agilidad para la estirada, la habilidad para el mano a mano, sus reflejos y nada más; la parada imposible, el don para ser decisivo en el día más importante. En eso era sobresaliente.

Sí, Casillas volaba y obraba milagros, aunque tal vez su mayor mérito futbolístico fue su capacidad para ocultar sus defectos y enaltecer sus virtudes (por eso es el yerno deseado). Pues nunca enmendó su inseguridad en el juego aéreo, ni su nulidad en las salidas, ni su impotencia para ordenar a sus defensas ni su torpeza con los pies. En eso era deficiente.

Con todo, era el portero anti-manual, que no blocaba los balones porque se fiaba de su instinto; el arquero imbatible bajo los palos, pero temeroso fuera de ellos. Sin embargo, la media refleja trato de leyenda porque alcanzó el Olimpo y los cancerberos prodigiosos de la Academia consiguieron menos. Porque Casillas se la sacó a Robben, y ganamos y fuimos campeones del mundo, y punto.

Hay una cuestión que quiero resaltar en el análisis de Jabois: pone negro sobre blanco el pésimo rendimiento de Casillas en aquellos primeros seis meses de la 2012/13. Dimes y diretes con Mourinho aparte, el portero cosechó un mal rendimiento. Había argumentos deportivos que sopesar, fundamentos tal vez insuficientes ante un imberbe Adán, pero condenatorios ante un Diego López sobrado de razones, el artífice de la meritocracia.

Algo se torció ahí, en efecto, porque la equilibrada balanza que siempre cultivó Casillas se resquebrajó. Perdió toda su confianza y afloraron todas sus miserias, incluso con la solución salomónica de Ancelotti. Desbordado, la parada milagrosa y el instante salvador nunca emergieron. Fue una pena que su declive adquiriera tintes 'Kahnescos', con sonadas cantadas impropias de su categoría, inmerecidas. Pero era una leyenda en decadencia. Una caída que él nunca admitió, porque no quiso, no lo veía o no le dejaron diagnosticar. “Es que me veo bien. Soy el primero en reconocer que si las cosas no van bien me voy. Pero no es así”, dijo cuando concluyó una de sus peores temporadas: la última.

No dramaticemos llegado el momento. El Madrid rompió con Di Stéfano y hubo otras cinco Copas de Europa; el club superó a Santillana y hubo otros mitos; Raúl jubiló a Butragueño y nadie le echó de menos; la Décima llegó sin González Blanco. Y nunca añoramos su decadencia, sino que recordamos su monumento. Toca ahora con Iker Casillas: era ley de vida –futbolística-.

domingo, 18 de mayo de 2014

El Real Madrid y su última corona


Diecinueve años después, el Real Madrid puede volver a reinar en Europa. Se trata de mucho tiempo para un club que se empecina todos los años en ser el mejor de su deporte, pero cuya leyenda se había desvanecido estrepitosamente a finales del pasado siglo. Desde la consecución de la última Copa de Europa en 1995, el Madrid solamente ha disputado tres 'Final four'. En dos de ellas cayó derrotado en semifinales: en París en 1996 ante el Barça y, mucho años después, en Barcelona en 2011 ante el Maccabi, hoy rival. Entretanto, hubo una capitulación de quince años, en los que el Madrid se convirtió en un club menor, vencido e impotente. Fue un ignominioso paréntesis competitivo en el que contempló cómo la nueva élite del baloncesto continental no reunía al viejo rey de la competición. Los equipos griegos, que no habían ganado nunca en Europa, lograron nueve Euroligas entre 1996 y 2013: Panathinaikos se hizo gigante con seis entorchados y Olympiakos, vigente campeón, logró tres. También crecieron los viejos enemigos: Maccabi ganó tres y tanto Barça como CSKA se alzaron con dos trofeos.

El tercer asalto por la corona europea se produjo en la temporada pasada. El Madrid regresó a una final de la Copa de Europa con una escuadra talentosa y vigorosa, apuntalada con jugadores prestigiosos como Rudy Fernández y espoleada por el talento de Sergio Rodríguez, que por aquellas fechas destapó su versión inaudita de crack y que mantiene actualmente. Era un plantel diseñado para recuperar la hegemonía en España y y tomar el mando en la máxima competición continental. El equipo venía de reiniciar el último proyecto fracasado: se fue Messina, un plan bien intuido pero mal ejecutado, que aportó un salto significativo pero sin triunfos, y apareció Pablo Laso. Era otra propuesta, más desatada y descarada, menos controladora, más acorde con su joven e impetuosa plantilla, pero igualmente exigida por las urgencias históricas. A fuerza de evolucionar con el nuevo baloncesto, el conjunto merengue volvió a ganar los títulos con una Copa del Rey frente al sobrio y elitista Barça en el primer año, y a conquistar en la siguiente campaña la Liga nacional, pero el ascendente itinerario se truncó frente al Olympiakos.

El Real Madrid dilapidó una diferencia de 18 puntos y claudicó en la final más codiciada. Pero aquella dolorosa derrota supuso la última lección de un proyecto plenamente armado: había que ser más competitivo y fiero ante los grandes rivales. Nunca más habría fisuras ni titubeos y trazó una trayectoria impecable. Desde entonces ha ganado todos los títulos que ha jugado: Liga, Supercopa y Copa del Rey. El conjunto de Pablo Laso sembró un camino de superioridad inquebrantable, certificada en las 27 victorias consecutivas en la Liga ACB, y de admiración unánime del mundo de baloncesto, articulado en una de las mejoras temporadas que se recuerdan. Aplastó sin compasión al Barça, su última muesca, y se sitúa de nuevo en la final de la Euroliga. El último desafío para recuperar la gloria es el Maccabi, un contrincante histórico en consonancia con el mayúsculo reto del Real Madrid. La vieja copa de Europa vuelve a estar a su alcance, aunque esta vez hay mucho más en juego: se mide la excelencia de un equipo destinado a ser memorable.

sábado, 1 de febrero de 2014

Descanse en paz, Luis Aragonés



Luis Aragonés perdurará para siempre como el artífice de la etapa más dorada del fútbol español. Invirtió el rumbo de la Selección en las competiciones internacionales y transformó el ánimo de los españoles, por entonces víctimas de un fatalismo incorregible.

Gran parte de su mérito se enaltece si recordamos que su periplo como seleccionador estuvo marcado por el acoso y derribo perpetuo de la prensa. La enésima decepción que resultó la prematura eliminación contra Francia, a quien previamente se despreció (cómo olvidar esa portada de 'Marca' que instaba a jubilar a Zidane), y la decisión irrevocable de no convocar a Raúl, otrora máxima figura de nuestro fútbol, propiciaron una de las mayores campañas mediáticas que ha sufrido un entrenador en nuestro país.

Aquel Mundial de Alemania significó el germen del estilo de juego con el que España se convertiría invencible durante los tres siguientes torneos. La Selección nacional encontraba su fútbol después de años apelando a la furia de Juanito, moliendo cemento con Clemente y buscando el grial en los centros de Joaquín a Morientes. Aquel Mundial perfiló además el reclutamiento de los hombres que conducirían a su selección al éxito, un relevo generacional que necesitó del destierro de los viejos héroes. Nunca se volvió a echar en falta a Raúl.

Y con Aragonés manteado al cielo de Viena, la prensa olvidó e ignoró ignominiosamente; nadie rectificó. Incluso quienes en su día torpedearon su trabajo y pidieron su cabeza hoy titulan 'el padre de la España del tiqui-taca'. Pero no todos. Merece la pena recordar el artículo que Enric González escribió el día de la final de la Euro: "Ha resultado que sí, que él era un sabio y nosotros, los periodistas, unos capullos".

Descanse en paz, Luis Aragonés.

domingo, 19 de enero de 2014

El Madrid vence al Gipuzkoa Basket y firma el mejor inicio de la historia de la ACB


El Real Madrid cosechó un nuevo récord al vencer por 65-76 al Gipuzkoa Basket: las 16 victorias ligueras (y ninguna derrota) suponen el mejor inicio en la historia de la era ACB. Su última víctima nunca se rindió pese a un mal comienzo que le lastró durante todo el partido. El conjunto donostiarra no pudo asegurar la clasificación para la Copa del Rey, pero tendrá otra oportunidad en el próximo encuentro frente al Tuenti Móvil Estudiantes. El triunfo del Madrid certificó el honorífico título de campeón de inverno de la Liga Endesa a falta de una jornada para el final de la primera vuelta. Sergio Llull (18 puntos) tomó el mando exterior en ausencia de Carroll con cuatro triples y lideró la victoria blanca número 31 de la temporada, todas ellas conseguidas de forma consecutiva.

El primer cuarto declinó la balanza del partido. El Gizpukua Basket no hizo gala a su fama defensiva y concedió muchas facilidades al Madrid. Llull penetraba y tiraba solo; el equipo merengue, dirigido por el hoy titular Draper, jugaba fluido y cómodo; se sucedían los tiros sin oposición. Todos los integrantes del quinteto inicial anotaron; demasiado fácil para el mejor ataque de la Liga, incomprensible para la segunda mejor defensa. “No nos podemos permitir acabar el primer cuarto con una falta. Salid a por ellos”, clamaba Sito Alonso a sus jugadores en un tiempo muerto. Tampoco el ataque guipuzcoano estaba siendo fértil. Los triples no entraban y el Donostia Arena echaba de menos a su tirador, Jason Robinson, baja por lesión. El Real Madrid abría brecha con 12-23 en diez minutos.

Reaccionó el Gipuzkoa Basket y salió en el segundo cuarto decidido a frenar el avance madridista. La agresividad que exigía Sito se transformó en dos faltas en dos minutos; en menos de cinco minutos el Madrid se colocó en bonus. El juego se obstruía, los ataques se atrofiaron y el marcador aminoró su velocidad. El Gizpukua lograba uno de sus propósitos, pero faltaba el otro: anotar. El Madrid no se despegaba, pero tampoco se acercaba el equipo vasco. Solo Neto encontró ideas, ayudado en la pintura por David Doblas, pero ambos chocaron ante la respuesta de Sergio Rodríguez que, fiel a su cita con el segundo cuarto, destrozó la defensa guipuzcoana con 8 puntos y mantuvo al Real Madrid a más de diez puntos: 28-37 al descanso.

Sergio Llull entró de nuevo en escena tras la reanudación con dos canastas y una asistencia. En el otro lado, Doblas se adueñaba de los tableros. No hubo manera de contener al bravo capitán cántabro, que concluyó el encuentro con 16 puntos y 10 rebotes. Fue la única hendidura blanca, donde el Gizpukua le hizo daño. Se aproximó a siete puntos, pero un rebote en ataque de Mirotic, un triple lejano de Rudy y un contragolpe dirigido por el mariscal Llull y liquidado con un mate de Rudy desactivaron todo intento de acercamiento guipuzcoano. Tres acciones consecutivas y el Madrid obtenía la máxima distancia: 36-52. Otra vez amenazaba el Real Madrid con despachar el choque y otra vez Sito se vía obligado a pedir tiempo para recomponer a los suyos. Doblas no cedió en su empeño por perforar la zona madridista, Bourousis se cargó con cuatro faltas y el Gipuzkoa llegó vivo al último cuarto, todavía con esperanzas: 49-58.

La hinchada del Donostia Arena apretó entusiasmada cuando su equipo se puso otra vez a siete puntos y con siete minutos por jugar. Aparecieron Winchester y Hanley, inéditos durante casi todo el encuentro, y resistía el pulso el Gipuzkoa, pero fue una vana ilusión. Como si lo tuviera planificado, como si esperara paciente a su presa, como tantas veces ha hecho a lo largo de la temporada, el Madrid desplegó su artillería en el momento justo y zanjó el duelo. Esta vez ejecutó a su rival mediante Rudy Fernández: encestó tras cargar un rebote ofensivo para situar al Madrid a nueve puntos de diferencia y después masacró la zona vasca con un triple cuando restaban cuatro minutos para el pitido final. Y Reyes convirtió dos tiros libres. El Madrid había matado el partido para desolación de la afición local. El récord había caído. No hubo más incidencia más allá de maquillar el resultado en vista del pase de Copa. Octavo clasificado y con un 'basket average' de +55, el Gipuzkoa Basket depende de sí mismo para estar en Málaga.