lunes, 23 de marzo de 2020

Lorenzo Sanz, el presidente de la Séptima

Lorenzo Sanz, el 20 de mayo de 1998. Foto de Atlas (ARCHIVO EL PAÍS).

Lorenzo Sanz era un señor castizo, un buscavidas que desde la pobreza se labró un hueco en la vida a su manera, tosca pero astuta, sin elegancia ni clase, pero con olfato e instinto, y que devolvió al Real Madrid la gloria europea y recuperó el prestigio deportivo. Lo consiguió al estilo de los noventa, entre delirios de grandeza pero gestiones chapuceras. "Estamos aquí para recuperar nuestro sitio en la historia", proclamaba micrófono en mano ante el Bernabéu en el verano de 1996, durante la presentación de la temporada. Aquel curso fichó al mejor entrenador del mundo y reunió una de las mejores camadas de fichajes de siempre. Había sembrado el camino del Real del siglo XXI. 

Era un madridista tradicionalista, del puro y las mocitas madrileñas, que captó el sentido global del fútbol aunque sin el talento ni la capacidad para desenvolverse en la nueva galaxia que se avecinaba. Un tipo familiar, paternalista y cercano con los jugadores; conocedor del juego, con buen ojo para fichar y muy, muy apasionado del Madrid, que era el centro de su universo; un hombre también de sombras y grises, involucrado en negocios turbios y con problemas con la Justicia, como muchos buscavidas. Su despedida de la Presidencia, en aquel verano del 2000, significó el final de una era: el adiós a los noventa y a los presidentes como Sanz. Había conseguido reescribir la historia, su gran deseo. Durante su mandato, el club desterró los éxitos europeos en blanco y negro e inició el Madrid moderno, el que todos conocemos hoy: respetado, temido y de nuevo hegemónico. Su legado para el madridismo es inmortal: legó el título más importante de su historia, la Séptima. Descanse en paz.

viernes, 20 de marzo de 2020

Recuerdos de un Mundial (I): Italia 1990

Fue el Mundial que conquistó la Alemania de Matthäus (y con Bodo Illgner de portero). La Mannschaft sumó su tercera corona, igualaba a Brasil e Italia e inmortalizó que "el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre ganan los alemanes". La Alemania Federal, en tiempos donde la URSS aún existía, apeó a la Holanda campeona de Europa (Gullit, Rijkaard y Van Basten) y a una de las mejores Inglaterra de su historia (Gascoigne). Pero también fue la Copa del Mundo que el Pelusa dejó escapar. La albiceleste, ebria de felicidad con México 86, acarició la gloria infinita del Olimpo del fútbol (como los germanos, podía empatar en entorchados con brasileños e italianos), pero empezó con un sonoro ridículo ante Camerún. Fue también el Mundial en el que Italia pitó el himno argentino y Maradona (leyenda viva ya del Nápoles, con dos Scudettos en San Paolo) se revolvía contra la grada, mascullando "hijosdeputa".

Italia renovó sus estadios y acogía de nuevo una Copa del Mundo tras su cita del 34 (con Mussolini en el palco). El Calcio vivía su era dorada: el Milan de Sacchi reinaba en Europa, Platini se erigía en mariscal de la Juve, el Nápoles sobrecogía el norte italiano y el Inter brillaba con sus tres alemanes campeones mundialistas (Matthäus, Brehme y Klinsmann). La azurra presumía de su nuevo bambino de oro, su 10 fantasista, Roberto Baggio, joven perla de la Serie A y recién fichado por la Juve. Pero cayó en semis, derrotada por Maradona. ¿Y España? Ay, España, presa de su malditismo histórico. No pasó de octavos, eliminada por Yugoslavia. Antes, Míchel exhibió su icónico grito: "Me lo merezco". No fue tampoco un Mundial reluciente en juego: hubo pocos goles, muchos pases al portero (el detonante para instaurar la cesión) y demasiadas tandas de penalti. Pero siempre me gustó su canción, la estética de sus camisetas y las historias que dejó para la posteridad.


lunes, 23 de septiembre de 2019

Los años oscuros del Real Madrid de baloncesto

El Real Madrid de baloncesto se vuelve a proclamar campeón de un título, la Supercopa de España, y el madridismo, que saborea con deleite esta bella época de esplendor, se resiste a no olvidar. A pesar de los éxitos, el hincha merengue recuerda que no siempre fue así. La memoria tiene presente que durante muchos años sufrió y padeció con la sección de baloncesto, más incluso que con el fútbol. Desde que el Real Madrid de Pablo Laso se instaló en la excelencia competitiva, que le ha llevado a disputar prácticamente todas las finales (25 de 34 posibles), con triunfo en la mayoría de ellas (18 campeonatos), el madridismo disfruta con el regusto de haber dejado atrás la pesadilla que tanto tiempo duró. 

Hoy llueven los elogios al equipo blanco, el lasismo es una referencia y la trayectoria del club es extraordinaria. El Barcelona, anclado a la sombra de su eterno rival durante más de un lustro, descarga este verano un sobresfuerzo económico para poder desbancar al equipo que rige con puño de hierro el baloncesto español. Pero no hace mucho ambos clubes afrontaban realidades diferentes: el Barça reinaba mientras el Madrid naufragaba, con equipos impotentes que acumularon decepciones y fracasos estrepitosos. Aquella época decadente perduró casi dos décadas y sumió en una depresión al madridismo, acostumbrado históricamente a pugnar por la victoria.

Alberto Herreros lanza el triple ganador de la final de la ACB 04/05. Foto de Real Madrid.com.

Cómo no olvidar que Alberto Herreros, antimadridista confeso en los noventa y última gran estrella del baloncesto nacional hasta la irrupción de los ‘Júniors de Oro’, abandonó en 1996 Estudiantes por el Real Madrid para ganar títulos y acabó su carrera en 2005 con solamente una Recopa europea y dos Ligas en su poder. Y habría ganado menos de no ser por su triple milagroso ante el TAU Vitoria. Un anotador excelso condenado a la mediocridad, sumando fiascos año tras año y que se retiró "cansado de perder finales", como él mismo reconocía. 

Cómo no olvidar jamás que el Real Madrid no participó en ninguna Final Four de la Euroliga en la primera década del milenio. Pasaban los años y el Real Madrid, rey de reyes en Europa, se ausentaba de la gran cita del baloncesto continental. Surgieron generaciones de madridistas que nunca habían visto a su equipo en una final de la máxima competición europea. Un servidor, que se enamoró del baloncesto a mediados del 2000, tuvo que esperar hasta el año 2011 para contemplar por primera vez al Real Madrid en una Final Four.

Cómo no olvidar tampoco que el Real Madrid finalizó una temporada en… ¡la décima posición! El equipo merengue se quedó por primera vez fuera del play off de la ACB en el curso 02/03, firmando un ridículo espantoso mientras el fastuoso Barça de Bodiroga se coronaba en la Euroliga. Aquel plantel, a los mandos de Javier Imbroda, que había cambiado la Selección española por el Raimundo Saporta, reunía viejas guardias nacionales, como los hermanos Angulo (el tirador Alberto y el defensivo Lucio), el veterano Alfonso Reyes y el propio Herreros, además de exjugadores del Barça como Alain Digbeu y Derrick Alston. No formaban un mal roster, a priori. Pero el año resultó horrible. Eliminado en primera ronda de la Copa del Rey y en la primera fase de la Euroliga, aquel conjunto protagonizó la peor temporada de la historia del Real Madrid.

Cómo no olvidar de ninguna manera que en la temporada 03-04 el Real Madrid dejó escapar un título menor, pero un título al fin y al cabo, al perder la final de la Copa ULEB contra el discreto pero digno Hapoel Jerusalén. El argentino Julio Lamas era el entrenador y la plantilla, aunque pobre en calidad, tenía como mejores jugadores al fiable base estadounidense Elmer Bennett y al prometedor Kaspars Kambala, un pivot letón de fantásticos movimientos pero más recordado por su patada voladora en un derbi. El Madrid tropezaba otra vez en cuartos de la Copa del Rey y en Liga era eliminado en cuartos por Estudiantes, que vivía su última etapa dorada. El club merengue, por el contrario, sumaba su cuarta temporada en blanco. 

Plantilla del Real Madrid de la temporada 02/03. Foto de Madridistareal.com.
Cómo no olvidar nunca las heridas de los clásicos, aquella sensación de inferioridad en cada enfrentamiento ante el Barça. Los azulgranas doblegaban al Madrid con frecuencia, sometiéndole en ocasiones a resultados dolorosos, con Navarro como líder, auténtica bestia negra de los blancos. El escolta llegó a anotar 33 puntos a los merengues. Nunca desaprovechó una oportunidad para hacer sangre en los clásicos. 

Y cómo no olvidar las reiteradas amenazas del cierre de la sección, que han sobrevolado tradicionalmente  el club. A finales de los noventa, las penurias deportivas mermaron las arcas, un agravio que se añadía a la penosa gestión económica de los directivos. En la etapa de Florentino, son numerosas las ocasiones en las que el presidente avisaba de que “la sección de baloncesto no es rentable, genera más pérdidas que ingresos”. Todavía hoy lo sigue diciendo en público.

La triste decadencia

Ahora parece increíble, pero durante muchos años el Real Madrid era un club mediocre en el baloncesto. Desde 1996 hasta 2011 apenas cosechó cinco trofeos. El periplo oscuro comenzó tras la etapa de Sabonis y duró hasta la irrupción de Pablo Laso. En total, son 15 temporadas en las que el conjunto blanco ganó tres Ligas (99/00, 04/05 y 06/07), una Recopa de Europa (96/97) y una Copa ULEB (06/07). Nada más. Además, el Real Madrid perdió dos finales ACB (96/97 y 00/01), cayó en cinco finales de la Copa del Rey (00/01, 04/05, 06/07, 09/10 y 10/11) y fue derrotado en una final de la Copa ULEB (03/04). Y, para más inri, el Real Madrid, que siempre ha sido el más laureado de la Copa de Europa, acumuló 15 años sin pisar la Final Four.

El Real Madrid no sólo cedió en la batalla que libra desde los ochenta con el Barcelona por la hegemonía del baloncesto nacional, sino que además claudicó ante la segunda línea de la ACB: Baskonia, Málaga y Valencia. Incluso flaqueó contra su vecino, el Estudiantes, superior a los blancos durante varias temporadas. El ocaso también sucedió en Europa. El viejo dominador del continente desapareció de la élite, contemplando cómo los históricos CSKA y Maccabi Tel Aviv aumentaban su palmarés (ambos poseen 8 y 6 Euroligas, respectivamente) y cómo los griegos Panathinaikos y Olympiacos (con 6 y 3 entorchados, respectivamente) se abrían paso en la cima europea.

No todo fueron penurias: el club logró victorias importantes, que invitaban a soñar con el optimismo. Pero resultaron efímeras alegrías en una travesía por el desierto. Obradovic dirigía, Arlaukas mandaba en la pintura y Bodiroga y Herreros lideraban el perímetro en los primeros años sin Sabonis, pero sucumbieron ante el Barça de Aíto y Dueñas. Después, Scariolo condujo un buen equipo, con Raúl López, Djordevic y Tabak, pero perdedor ante el ciclón de Pau Gasol en 2001 y el vendaval que fue aquel Barça de Navarro, Bodiroga y Fucka, que consiguió su primera y ansiada Euroliga en 2003, amén del triplete.

Louis Bullock, en la temporada 06/07. Foto de Europa Press.
Y hubo especialmente tres periodos esperanzadores para el madridismo: tres proyectos ilusionantes que obtuvieron el éxito pero se apagaron antes de tiempo, anulados por la falta de continuidad. Es el periodo de Maljković y los fichajes de Louis Bullock y Felipe Reyes, que elevaron el nivel del equipo hasta el punto de disputar finales (2005) tras cinco años ausente; duró dos años, en el segundo curso el proyecto se vino abajo. Es también la etapa de Joan Plaza, que cosechó un doblete (Liga y Copa ULEB; y además se plantó en la final de la Copa del Rey, perdida ante los azulgranas), pero que se desvaneció un año después, pese a terminar primero en la clasificación, derrotado en primera ronda ante el octavo clasificado, Unicaja –sorpresón-.  Otro proyecto dilapidado.

Y finalmente la era de Messina, un técnico que aterrizó con el aval de su palmarés y que hizo acopio de un buen puñado de jóvenes perlas (Llull, Tomic y Sergio Rodríguez) y de veteranos de la Liga (Garbajosa y Prigioni). Pero no pudo hacer frente a otro brillante Barça, que alzó su segunda Euroliga con Navarro –nuevamente-, Pete Mickeal y Ricky Rubio. Aun así, el entrenador italiano volvió a situar al equipo en las finales de la Copa, saldadas con dos derrotas y, aunque ya fuera del club tras dimitir meses antes, su sucesor, Molin, rompió el maleficio en 2011 al entrar en la Final Four, un hecho insólito desde 1996.

El fin de la era ominosa

Los designios del Real Madrid cambiaron con Pablo Laso. La andadura del vitoriano empezó con un derroche de aire fresco en el juego, veloz y anotador, que le colocó en la pista de baile de los grandes, tuteando al Barcelona. Al fin ganó la Copa del Rey (11/12), tras 19 años de sequía, pero perdió en la pelea por el título de Liga. Al año siguiente las tornas se volvieron: el Madrid cedió en Copa, pero capturó la Liga (12/13); siempre con el Barça de rival. El equipo blanco alcanzó un nivel ofensivo exuberante, nunca visto en el Madrid durante todo el siglo XXI.

El lasismo, cuya trayectoria se encuentra en vías de canonización, conjugó al inicio victorias de relumbrón, pero también derrotas muy sonadas (las dos finales perdidas en la Euroliga, en la temporada 12/13 y en la 13/14). Sin embargo, la mecha estaba prendida. El Madrid se encaminaba hacia la reconquista de la gloria perdida. La temporada 14/15 fue la obra maestra de Laso: pleno de títulos, con un imponente repóquer en un mismo curso (Supercopa española, Copa del Rey, Euroliga, Liga nacional e Intercontinental). Alberto Herreros, la leyenda del Madrid de entreguerras, se redimía en los despachos. El Real Madrid había conseguido la ansiada continuidad, clave para erigirse en lo que es hoy: un tótem hegemónico.

miércoles, 6 de marzo de 2019

El fin de una era


De repente, el madridista retrocedió una década. El Madrid tiró la temporada apeado en los octavos de final de la Copa de Europa, eliminado y sin títulos. Como en una amarga noche cualquiera de 2009. El madridismo vuelve a sentir sensaciones que creía enterradas en un lustro de felicidad europea: el ardor de la derrota imprevista, la frustración de saberse impotente y la sonrisa del antimadridista asomando. El Real se despoja de su corona en un escenario que su hincha no tolera: perder se acepta, pero no se concibe abandonar el cetro lejos de la élite en la que se codeó y dominó. Fuera de su salón habitual de baile, volviendo -insisto- a las noches aciagas de Lyon en 2009.

Es cierto: es el fin de una era. Y la memoria exige gratitud eterna a un equipo que dio alegrías únicas al madridista, que gozó de hazañas que antes sólo pudo soñar. Recalquemos, por si alguien no lo ha valorado suficientemente: más de mil días como rey de Europa, cuatro copas de Europa en cinco años. ¿Cómo hacer un reproche? Pero el agradecimiento eterno no es incompatible con la reivindicación diaria de un aficionado exigente por razón de ser. Debemos reconocerlo: la planificación de la era Después de Cristiano ha sido pésima. Los síntomas, que solo Zidane advirtió, ya afloraron el año pasado, se evidenciaron durante esta temporada y ahora, en una semana trágica, se revolvieron en la cara del madridista.

Modric lo expresó con claridad: se traspasó al mejor goleador de todos los tiempos y en su lugar se optó por no incorporar a nadie. Entonces se vio como un riesgo, hoy se contempla como un grave error. A cambio se fio todo, añadía Modric, a que los futbolistas de la plantilla -Bale, Benzema, Isco, Asensio- dieran un paso adelante. Pudo pasar, pero no ocurrió. Y el Madrid lo acusó estrepitosamente en la 18/19.

El gol lo es todo en el fútbol: salva partidos en los que el juego naufraga. Quién sabe qué hubiera sucedido con pólvora este año: qué partidos se habrían maquillado, qué puntos no se habrían desaprovechado, qué devenir de una eliminatoria copera podría haber cambiado. Los detalles caprichosos del fútbol. Pero esta observación es un ejercicio ficticio, que evita analizar un trasfondo más hondo aún. Porque más allá de los (no) goles y la estrategia deportiva, el rendimiento de muchos futbolistas fue deplorable; el entrenador inicial, Lopetegui, se quedó sin tiempo para plasmar su libreto, bloqueado por los resultados y también incapaz de levantar a sus pupilos; y el técnico sustituto, Solari, se encontró con un marrón y su mejor logro, la racha de enero, terminó en espejismo, devorado por la realidad.

Consumado el fracaso, es el momento de tomar decisiones. Y bien estudiadas. Hasta junio, hay tres meses inanes para calcular los pasos y no cometer errores. Primero, un entrenador. Un nuevo técnico que marque un nuevo rumbo. Por bien intencionado que fuera Solari, su andadura queda ya condicionada por esta temporada. Segundo, sentencias duras. Toca renovar los pesos pesados. No necesariamente deben ser medidas abruptas. Jugadores queridos por la afición, los símbolos, pueden pasar a ocupar un rol secundario. Pero el nuevo Madrid ya no puede erigirse en torno a Modric. La columna vertebral, tan exitosa en el pasado, tan fallida hoy día, ya no puede ser la misma. Tercero, gastarse la pasta. La nueva política de contratar jugadores jóvenes es un acierto, pero incompleta para las aspiraciones del Madrid. Nunca se debió de tomar en serio las críticas que recriminaban "el uso del talonario": se picó el anzuelo. Sin jugadores de alto nivel, no se puede competir en la élite salvaje del fútbol. Y hoy el Madrid necesita un salto de calidad. 

Y un crack. Si puede ser, hay que fichar un crack. El vacío es evidente desde que se fue el Siete. Una estrella que guíe el nuevo proyecto y marque diferencias. Por fortuna, el edificio no hay que derruirlo. El grupo de las jóvenes perlas -Vinicius, Reguilón, Ceballos, Llorente e incluso el defenestrado Asensio- es buena materia prima para reconstruir el equipo. Y todavía son aprovechables otros miembros de la plantilla. No todo se ha hecho mal.

Renacer no supone una aventura inédita para el Madrid. Siempre lo ha hecho en su historia, para delirio de sus hinchas y desazón de sus adversarios. Volverá: la 18/19 queda ya como una tregua para sus rivales, que al fin descansan de la tiranía blanca.

sábado, 28 de julio de 2018

Después de Cristiano

Cristiano Ronaldo. Foto de Getty Imágenes.

Ningún jugador está por encima de una camiseta ni de un equipo, se suele afirmar con firmeza entre los hinchas. Pero sólo un futbolista extraordinario como Cristiano Ronaldo, cuya irrupción marcó un punto de inflexión en el Real Madrid, podría hacer que se tambaleara esta sentencia, tan vieja como el fútbol. El traspaso del portugués significa también el fin de una era, ya que establece en los libros de la Historia del club blanco un Antes de Cristiano y un Después de Cristiano. El 'siete' se despide después de rubricar 450 goles en 438 partidos, con una salvaje media de 50 tantos por temporada y que, sobre todo, ha dado cuatro Copas de Europa. Quizá no sea el jugador más querido para el madridismo, ni tampoco resulte el más admirado, pero sí es el futbolista más importante desde Alfredo Di Stéfano: es el jugador que más y mejor ha rendido con el Real Madrid.

A Cristiano siempre hay que valorarlo en el campo, me comentaba con lucidez un amigo, gran hincha madridista. Y es cierto. La grandeza del delantero se percibe en el césped. Sin embargo, toda su figura forma parte del mismo paquete: el propio carácter egocéntrico, tan guardián de sí mismo y tan necesitado de adulación, explica también una tenacidad inigualable y una feroz voluntad de superación. Su voracidad, su hambre de marcar goles en cada partido por insignificante que resultara, ya constituye una marca registrada. Como todos los genios, es alguien especial, lo que incluye soportar sus celebraciones, sus gestos y sus declaraciones. Esa personalidad determina su dimensión como futbolista. 

Durante muchos años al portugués se le privó de la catalogación de genio, relegado a una segunda categoría de estrella. Nada más lejos de la realidad. Su duelo en tiempo y espacio con Lionel Messi representa una de las grandes epopeyas del deporte, similar a la que firmaron Magic Johnson y Larry Bird y protagonizan todavía Roger Federer y Rafa Nadal. Sólo el portugués ha logrado el privilegio de tutear al astro argentino, a quien llegó a derrotar en más de una temporada; y ese mérito, que entroniza su carrera, únicamente está al alcance de un genio. 

Las despedidas deparan (casi) siempre un regusto amargo, máxime para un madridismo aún dolorido por el adiós de Zinedine Zidane. No caben tampoco reproches para Cristiano. No deberían. El crack, que llegó como un extremo y mutó a supergoleador, dio su mejor fútbol al club blanco, lo catapultó a la cima de la Copa de Europa y se marcha sin arrastrar ni un minuto de decadencia. El madridismo deberá aprender a convivir sin su jugador franquicia y a sobrevivir a su recuerdo. La leyenda queda ahora como modelo de máxima exigencia para todo futbolista que persiga la gloria en el Real. Empieza la era Después de Cristiano.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 21 de julio de 2018

El ejemplo de Maradona

Maradona, en el palco del estadio Krestovski. Foto de Gabriel Bouys (AFP

Para quienes el nombre de Diego Armando Maradona se remonta a recopilaciones de brillantes jugadas en YouTube y a letras escritas en mayúsculas en los libros de Historia (del fútbol), la figura del astro argentino está exenta de toda divinidad. Es decir, quienes no somos argentinos ni crecimos antes de los noventa hemos conocido a otro Maradona, acostumbrados a sus caídas, sus salidas de tono y sus resurrecciones. Por eso nos duelen menos ni nos sonrojan tanto las últimas escenas del ‘Pelusa’ en el estadio de San Petersburgo, con su celebración celestial primero, sus insultos después y, finalmente, su desalojo asistido del palco.

«Dio una imagen lamentable, no es un ejemplo para los niños», analizaban en las tertulias, cargando por su comportamiento. De nuevo se exigen conductas impolutas a los deportistas, como si los malos ejemplos no sirvieran tampoco para educar, empeñados en desterrar los errores y en endulzar actitudes perfectas, como si los pecados no existieran. Es indudable que la exquisita educación de atletas como Pau Gasol o la deportividad intachable de Rafa Nadal son un regalo para quienes tienen en sus manos la formación de un joven; pero no resulta menos cierto que paradigmas como el de Maradona también ayudan a entender la complejidad de la vida como modelos de caminos torcidos y como una manera de descubrir lo que no se debería hacer.

Y en esa misión, la biografía de la leyenda argentina es una lección: el pibe que salió de la miseria y se erigió en un futbolista sublime, que enamoró a todos los hinchas con un fútbol antológico, que dos veces conquistó el Scudetto en los años más lustrosos del Calcio italiano y que condujo a todo un país a la cima de la Copa del Mundo; el mismo hombre que, convertido en deidad, arrastró sus días de gloria y fama hacia el fango, devorado por su propia figura e inmerso en problemas de salud y adicciones. «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha», dijo, genial, Maradona en su despedida del fútbol, a modo de epitafio. La mancha de una persona, tan humana como todas, no empaña el legado futbolístico de Maradona. Las luces se admiran, pero de las sombras se aprende aún más.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

sábado, 2 de junio de 2018

Zizou y su legado único

Zinedine Zidane, junto con Florentino Pérez, el día de su adiós. Foto de ABC.


«Tomé la decisión de no seguir el próximo año. Quiero mucho a este club», anunciaba Zinedine Zidane, sobrecogiendo el corazón del hincha madridista en su semana más placentera. «Después de tres años, el equipo necesita un cambio para seguir ganando». Sólo cinco días después de coronarse como campeón de Europa, el artífice de una obra irrepetible se despide y deja en el madridismo una sensación de orfandad, como sólo se puede sentir cuando le arrebatan su joya más preciada. No es para menos. El legado del francés es abrumador. No sólo por los títulos y su etapa triunfal, sino sobre todo por la dimensión de la figura de Zidane. Zizou es un tipo especial. Puro carisma. El hombre que lo ha conseguido todo en el fútbol es el mismo que responde que su mejor recuerdo es su presentación como jugador del Real Madrid. «Era un sueño». Es el mismo que se retiró como futbolista antes de sufrir su ocaso, perdonando un último año de contrato; y es el mismo que ahora se marcha en la cima como técnico del Real.

El madridismo se queda sin su gran fetiche. Zidane ha sido un regalo: como jugador, por su fútbol elegante, su clase en el verde y su volea inolvidable en Glasgow; y sobre todo como entrenador, cuyo brillante periplo sorprendió a todos. Nadie esperaba la hoja de ruta que trazó en el banquillo blanco. Aceptó el reto de dirigir a un Madrid inmerso en una crisis y lo recuperó para colocarlo en la final de Milán. Después firmó una temporada perfecta, en juego y resultados, aprovechando al máximo su plantilla (manejaba dos onces competitivos). Reconvirtió a Cristiano Ronaldo y lo potenció, convenciéndole de la importancia de la suplencia, una idea impensable en otro tiempo para el portugués. Y rubricó su gestión con una tercera Copa de Europa consecutiva en su año más complicado.

Tomó decisiones valientes, protegió a sus jugadores, pidió disculpas cuando se equivocó, asumió siempre la responsabilidad, se comportó impoluto con los árbitros y apagó los fuegos diarios del Bernabéu con serenidad. Y lo hizo desde la naturalidad aplastante, sin artificios ni imposturas, sino con su sonrisa, ya icónica. No hay ninguna mancha. Y así permanecerá en el imaginario madridista en el día en que anuncia su adiós. Aunque el madridismo suspira por un «hasta luego», no hay espacio para el reproche. Zidane se lo ha ganado.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Decimotercera

Gareth Bale, en el minuto 64. Foto de Robert Ghement (Efe)

Los detalles resuelven el fútbol. La final de Kiev deparó las lágrimas de un portero desdichado en el peor momento, pero también dejó la extraordinaria imagen de un gol de chilena en el instante más decisivo, como es la cima de la Copa de Europa. En un duelo hay otros factores importantes además de los detalles, por supuesto: detrás de los focos del golpeo estelar de Bale encontramos la soberbia actuación de Ramos y Varane anulando al tridente red, el recital silencioso de Benzema bailando su mejor vals y el trabajo de un equipo que capeó el fulgurante inicio del rival para sentirse dominador con el paso de los minutos. El juego pesa y fija el rumbo, aunque no decida tanto como una pelota caprichosa. De disgustos inoportunos bien sabe el madridismo, que se vio obligado a remar como nunca en el partido más angustioso de su historia moderna cuando Casillas –el héroe de tantas noches- salió a no se sabe dónde hasta que una hora después Sergio Ramos, en otro detalle crucial, puso fin a la agonía.

La Decimotercera llegó sin respiro, casi atropellando las anteriores. Apenas da tiempo para valorar la dificultad que supone convertirse en campeón de Europa, no digamos ya la hazaña de conseguirlo en tres ocasiones de forma consecutiva. Mi generación se hizo madridista durante las tres Champions del 98 y al 2002 y sobrevaloró el mérito de la victoria: pasé toda una adolescencia sintiendo la amargura de la derrota. Por eso uno no olvida las seis eliminaciones en octavos ni los golpes de las semifinales; uno todavía recuerda las noches de Lyon, el desastre de la Roma, el dolor de la tanda de penaltis de 2012 y la debacle en Dortmund y su remontada truncada. Los fantasmas pasados siguen ahí, aunque los destierre la poderosa sonrisa de Zidane –cómo sonríe, otro gran detalle-. El madridista se siente ahora feliz, abrazado a Zizou, cuya figura es un regalo para el madridismo.

viernes, 4 de mayo de 2018

La final

22 días. Es el tiempo que queda para la cita de Kiev; es el tiempo que tiene el madridismo para saborear la espera. Después llegará la final, el partido será un infarto y, quién sabe, quizá se pierda y el estado de ánimo se torne en un drama. Pero antes de la taquicardia nadie puede despojarle al hincha blanco de sus días más hermosos y felices. Proezas como jugar cuatro de las últimas cinco finales de la Champions League recuerdan que el madridismo vive para sentir momentos como este. Es incomparable esa sensación. Un madridista promete lealtad eterna a sus colores y soporta tragos amargos (verbigracia: irregularidad en la Liga, clásicos vapuleados) para contar los días que le faltan para su final de la Copa de Europa.

En las jornadas previas al gran escaparate del fútbol, el madridismo se envuelve en historias únicas: los recuerdos de otras finales (que son muchas en este club), las odiseas de los aficionados que viajan a Kiev y el relato de las leyendas que evocan sus duelos en los grandes triunfos e incluso en las derrotas, como aquella tarde aciaga de París de 1981 en la que Camacho tuvo la gloria en sus botas con una vaselina marrada ante precisamente el Liverpool. Y, por supuesto, hay instantes de pánico, en los que se mira al rival como invencible (ciertamente la sonrisa de Klopp produce pavor) y se cree que la victoria será imposible. El respeto a la historia del adversario y la curiosidad por conocer con detalle a sus futbolistas también forman parte de la rutina del finalista.

Se equivocaría el madridista si no valora este periodo de dulce expectación; máxime cuando tiene los precedentes de los 32 años que transcurrieron entre la Sexta y la Séptima y las duras eliminaciones de los doce años entre la Novena y la Décima. El hincha del Real y su cuenta atrás para la final de la Copa de Europa: ¿Qué puede superar este momento?

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.

jueves, 8 de marzo de 2018

El Real y sus enigmas

Foto de Christophe Ena (AP)

Los caminos del Real Madrid son inescrutables. A ver qué analista descifra cómo es posible que el equipo que firma una de las mejores temporadas de su gloriosa historia (la 16/17 fue casi perfecta en juego, resultados y títulos) es el mismo que, meses después, deambula en la Liga, tira la Copa y aun así elimina a uno de los superfavoritos de Europa. Quién diablos entiende a este club. ¿Será capaz de terminar su annus horribilis en Kiev? El desafío es mayúsculo. E insólito. Ya lo era repetir como campeón de la Champions, nadie lo había conseguido hasta entonces, y lo logró: quién si no en la Copa de Europa, el Real en su competición fetiche. ¿Qué es la historia para un club acostumbrado a reescribirla? No pequemos ahora de euforia, el termómetro de la Liga no miente: cuando se rinde mal en el torneo doméstico implica que hay problemas futbolísticos sin resolver. Y la lógica invita a pensar que esas incógnitas se pueden pagar en Europa, ante los rivales más exigentes del continente. Pero también era increíble que este equipo no se pareciera al del curso pasado. En París, el Real volvió a reconocerse a sí mismo: en el duelo crucial, compitió sereno, inteligente y mortal, con el pulso de quien lleva afrontando eliminatorias con éxito desde hace un lustro. Visto así, sorprende que casi esos mismos jugadores patinaran con estrépito una semana antes, en Cornellá. Lo dicho: ¿quién descodifica a este club? Mientras sus hinchas siguen incrédulos, el Madrid ha alargado la tensión de la temporada hasta abril, se ha colado entre los ocho mejores de Europa y ha dado un serio aviso a sus adversarios al fulminar a una de sus mayores amenazas (¿o el PSG ya no es tan bueno ahora?). No es el que el Madrid siempre vuelve: es que nunca se va.

*Artículo de opinión publicado en el diario La Opinión de Murcia.